Cuando hace ya 15 años organizamos por primera vez la Noche de los Libros, en que los restaurantes, cafeterías, áreas deportivas, cines y parques de la populosa calle 23, en La Habana, se convirtieron en espacios literarios, hubo algo que llamó poderosamente mi atención. Si bien todas las presentaciones de libros, encuentros con autores y paneles de diversos temas contaron con un numeroso público atento y diverso, lo que se llevó las palmas de manera arrolladora fueron unas postales portadoras de poemas de escritores cubanos y extranjeros, e ilustradas con la obra de Ernesto Rancaño.

En cada esquina solo se ofertaba una sola de esas postales, y las personas debían recorrer toda la arteria para armar aquella especie de antología. Ello desató un juego multitudinario en el que miles de jóvenes y no tan jóvenes preguntaban por la posesión de un autor o un poema y los intercambiaban apasionadamente, como si aquellos pedazos de cartulina contuvieran un verdadero tesoro. Algo similar sucedió poco después, cuando en lo que llamamos Lecturas en el Prado abanicos de cartulina que mezclaban versos de poetas y obras de artistas plásticos cubanos hicieron furor.

“Lo lúdico es también parte de la cultura”.

Igual sorpresa tuvo lugar en la primera edición del Festival Universitario del Libro y la Lectura (FULL); uno de los espacios más exitosos fue el Pepito’s Bar, donde, con la participación de estudiantes y profesores del Instituto Superior de Diseño Industrial y el apoyo entusiasta del genial Juan Padrón, se recreó el ambiente de la película Vampiros en La Habana. Al solicitar a un grupo de jóvenes que se disfrazaran de vampiros para trabajar allí —esperando de ellos tal vez rechazo y resistencias—, nos sorprendió la alegría y el carácter divertido con el que lo asumieron.

Lo lúdico es también parte de la cultura, y sobre todo, es una necesidad de las personas más jóvenes. Apostar solo por lo serio y solemne como vía de difusión cultural es, además de empobrecedor, un estímulo para buscar y encontrar satisfacción, diversión y juego —no necesariamente superficiales o colonizadores— en referentes no siempre edificantes. Si la mayoría de nuestras fiestas carnavalescas han ido perdiendo brillo y participación activa de los públicos; si actividades como la Noche de los Libros y el FULL han ido empobreciendo sus contenidos y alcance; si nunca convocamos a disfrazarse con personajes literarios como el Quijote, Cecilia Valdés o los dibujos animados nacionales, no nos sorprendamos. Si a buena parte de lo que se transmite en nuestros medios le sobra solemnidad y le falta tanto lo épico como lo lúdico, y no hay en ellos ni héroes ni universos criollos que conecten con los adolescentes, es lógico que una necesidad natural de esa edad se satisfaga con referentes como Halloween, los personajes de las películas en que la CIA y el FBI resuelven todos los problemas, o versiones contemporáneas de Robin Hood, como La casa de papel.

Las parrandas de Remedios, las charangas de Bejucal, las fiestas del Bando Azul y el Bando Rojo, o un festival de repentismo deberían ser, con códigos contemporáneos, espectáculos televisivos promovidos con mucho tiempo y con espacios para concursos de todo tipo. ¿Cuándo fue que desaprendimos que las premiaciones de los concursos del cartel y la conga del Carnaval de La Habana llenaban el coliseo de la Ciudad Deportiva y se transmitían en vivo por televisión con conductores como Germán Pinelli y Consuelo Vidal?

“Hay un mundo descolonizador por explotar al interior de nuestras instituciones y cultura”.

Yo no supe de las monstruosidades del Ku Klux Klan en la escuela ni en clases de historia, sino en una serie como la norteamericana Raíces, transmitida y promovida en espacio estelar por nuestra televisión, y en alguna de las películas que comentaba Mario Rodríguez en la desaparecida Tanda del Domingo. El primer héroe negro que vi fue el imbatible Jiquí, de la tropa de Nacho Verdecia, que nos hacía jugar en las calles a los mambises, gracias a un espacio llamado Aventuras que hace rato desapareció de nuestras pantallas. Son otros tiempos, y tal vez nada de eso pueda ser repetido, pero no hay que mirar afuera para saber que hay un mundo descolonizador por explotar al interior de nuestras instituciones y cultura.

Es inaceptable que prácticas racistas cargadas de odio y violencia pretendan naturalizarse entre nosotros, y es nuestro deber buscar más allá de los responsables inmediatos y de las entidades estatales o privadas que en aras de ingresar más se hacen cómplices de ellas. Pero, superando lo coyuntural, es urgente e imprescindible indagar en las causas de por qué un aparato educativo, cultural y mediático tan abarcador como el nuestro no ha hecho posible una recepción crítica de este hecho y permite que aniden en nuestro tejido social las condiciones para su reproducción.

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