Para comprender y difundir con acierto el legado de José Martí, y rendirle el tributo que merece, es necesario guiarse por su coherencia. Quien llegaría a ser un extraordinario artista de la palabra, a los 14 años matriculó en la Escuela Profesional de Pintura y Escultura de La Habana. Pronto la abandonó, pero a lo largo de su vida plasmó en su papelería pruebas de aptitudes para el dibujo, como su conocido autorretrato.

Le dedicó a la pintura páginas iluminadoras, y reconoció lúcidamente el valor de la imagen visual. En “El carácter de la Revista Venezolana”, artículo publicado en julio de 1881, sostuvo: “aumentan las verdades con los días, y es fuerza que se abra paso esta verdad acerca del estilo: el escritor ha de pintar, como el pintor. No hay razón para que el uno use de diversos colores, y no el otro”. Y La Edad de Oro (1889) testimonia su tino para lograr una publicación orgánicamente ilustrada.

15 repeticiones de Martí, obra de Raúl Martínez. Imagen: Tomada del sitio web del Museo Nacional de Bellas Artes

Por otra parte, su interés en la ciencia y la tecnología se aprecia no solo en La América, mensuario —destinado a público hispanoamericano— en el cual colaboró intensamente y que llegó a dirigir. Su avidez cognoscitiva estuvo unida a la convicción de que nuestra América necesitaba enfrentar desafíos que ya le venían encima, concentrados en la voracidad de una potencia emergente que todo lo usaría como arma: desde el poderío económico hasta el militar pasando por los recursos científicos y tecnológicos.

Sus ideas sobre esos temas han dado base para considerarlo precursor de nociones afines a la transferencia tecnológica, y no es fortuito que los tratara en La Edad de Oro, pensada para contribuir a la formación integral y actualizada de generaciones en camino de tener gran responsabilidad en nuestros pueblos de América. La importancia que les reconocía a las ciencias la confirma el hecho de que las tuvo presentes en Patria, pese al poco espacio del periódico y a las urgencias para las cuales lo fundó.

Que se mantenía al tanto de los hallazgos tecnológicos lo corrobora la relativa abundancia de fotografías que se le tomaron y se conservan, y es probable que su voz —¿alguno de sus medulares discursos?— se grabara en uno de los cilindros fonográficos que desarrollaba Thomas Alva Edison, innovador de cuyas invenciones estuvo al tanto. A ambos los comparó, como ejemplos de trabajadores extraordinarios, el argentino Carlos A. Aldao en su libro A través del mundo (1914).

Martí encarnó lo que en Patria del 28 de mayo de 1892 alabó de La Revista de Florida, periódico cubano editado en Tampa. De él destacó, entre otras virtudes, “su nobleza notable, que le hacía acoger y alabar toda obra útil aun cuando viniese de adversarios suyos, o persona que no fuese de sus simpatías”, y esta, que lo retrata a él: “el don de propaganda, de esparcir, de comunicarse, de meterse por el mundo”.

En función de causas justas, asumió lo propagandístico desde una posición raigalmente contraria a los intereses mercantiles y torcimientos políticos que han corrompido ese quehacer. De la perspectiva con que lo ejerció habla la generalización expresada en sus “Reflexiones” de mayo de 1878 sobre asuntos guatemaltecos: “Hay propagandas que deben hacerse infatigablemente, y toda ocasión es oportuna para hacerlas”.

Acerca del hecho divulgativo las opiniones suelen dividirse entre quienes ven en la palabra lo fundamental y quienes asumen que “una imagen vale más que mil palabras”, mientras que, ante los avances tecnológicos, hay quienes practican la superstición de los medios. Pero la obra de Martí y el pensamiento perpetuado en ella corroboran que, para él, lo decisivo era el ser humano. Esa orientación incluiría apreciar el valor de la tenacidad, la inteligencia y la honradez en el empleo de los recursos disponibles para una propaganda edificante.

“En función de causas justas, asumió lo propagandístico desde una posición raigalmente contraria a los intereses mercantiles y torcimientos políticos que han corrompido ese quehacer”.

Lo demostró con su labor periodística, su oratoria y su epistolario, y con su prédica entre quienes lo rodeaban, todo ello avalado por el ejemplo de sus actos, de su vida. Traje raído y zapatos de suela gastada no eran ganchos para conquistar la simpatía de los pobres de la tierra. Con ellos echaba de veras su suerte, y seguía viviendo con suma austeridad mientras cuidaba y hacía cuidar celosamente los fondos de la revolución.

Rumbo a la guerra, en la que ambos se mantendrían juntos hasta que él murió, Máximo Gómez —quien ya le había prestado alguna ropa— se ocupó de que se le hiciera el que seguramente fue el último traje que estrenó. Y nada de eso fue ademán para seducir a sus seguidores, entre ellos los combatientes que lo aclamarían en los campos de Cuba. Si reconocieron en él al máximo representante de la etapa revolucionaria en marcha, y hasta lo llamaban Presidente, se debió a la bien ganada confianza que les merecía.

Su proyecto lo fortaleció la claridad con que vio la falta esencial del independentismo hispanoamericano. Propia de modelos “democráticos” al uso, explica, por contraste, su aspiración —expresada en las Bases del Partido Revolucionario Cubano— de fundar en Cuba “un pueblo nuevo y de sincera democracia”. Ya en el ensayo “Nuestra América”, programático desde el título, había definido el déficit mencionado como un deber pendiente de cumplimiento: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”.

Aunque en lo más explícito se refería a planes de liberación nacional incompletos, el valor de su perspectiva no terminaba ni termina en ese ámbito. Con ella le aportó una guía cardinal a los ideales justicieros de su época y del porvenir, en la medida en que no solo convocaba a rechazar los intereses de los opresores, sino también, parejamente, sus contagiosos hábitos de mando. De la vital relevancia de esa brújula habla hasta lo que ha implicado ignorarla, en distintas épocas y latitudes, para la construcción socialista.

Dado el talento que le habría sobrado para hacer una carrera profesional lucrativa, se tiene, más que la suposición, la certeza de que optó por mantenerse pobre, y su obra aporta señales sugerentes. La crónica que ahora se citará —publicada en La Nación, de Buenos Aires, el 28 de julio de 1881— apunta explícita y contextualmente a condiciones ambientales y constructivas, y a la insalubridad en que vivían trabajadores en los Estados Unidos, a cuya sociedad concierne. Pero hay razones para situarla más allá de esos límites.

El alcance del juicio con que cierra —“La libertad debiera ya tener su arquitectura. Padece, por no tenerla”— lo calzan las líneas que le anteceden, sobre la arquitectura suntuaria, que Martí replantea desde sus bases: “Catedral debiera hacerse, porque los edificios grandiosos entusiasman, conservan y educan; pero no catedrales de ritos, a que los hombres solo se apegan para salvar su hacienda y privilegios en esta hora oscura, y son, más que catedrales, murallas, y más que altares, parapetos; sino una de arquitectura nunca vista, donde se consagrara la redención del pensamiento y fuese el entrar en ella como en la majestad, y como sublimarse en la compañía de los héroes, vaciados en bronce; ¡y las puertas, siempre abiertas!”.

Martí, obra de Mariano Rodríguez. Imagen: Tomada del portal José Martí

El sentido transformador —sinceramente democrático— de sus ideas mueve a pensar en sucesos posteriores, que llegan hasta hoy en el mundo, y cuyo cese no se percibe a la vista. Han ocurrido en distintas partes cuando, tras la victoria de movimientos revolucionarios, representantes de los humildes ocupan espacios que habían habitado los beneficiarios de la opresión. Se dirá que son soluciones prácticas, para aprovechar lo construido y asegurarles condiciones de vida a quienes deben trabajar intensamente en bien de la dignificación colectiva. Pero el asunto es mucho más complejo.

En la medida en que se piense como se vive, y operen códigos de jerarquía y protocolos que se alejen de los ideales de la justa equidad, hasta la convicción de la impertinencia del igualitarismo puede llevar a la aceptación acomodaticia de hipertrofias opuestas: las del desigualitarismo, capaces de dar frutos contrarios a los ideales justicieros de partida. Aún más si se reproducen conductas y aspiraciones, familiares incluso, que perpetúen modelos señoriales cuya reversión también demandaría una arquitectura adecuada.

Martí consumó no solamente la voluntad de representar y defender a los pobres de la tierra: para que tal afán fuera, además de sincero, orgánico y efectivo, vivió con humildad, y estaba al tanto de detalles que para otros podían pasar inadvertidos o considerarse normales, aceptables. De un modo que sugiere reparo cuando menos, en su Diario de campaña describió a un héroe formidable y elegante, “en traje de holanda gris”, y de grandes méritos, que ya tenía plata en “la silla, airosa y con estrellas”.

Para opinar de esa manera no lo detuvo que se tratara de alguien tan glorioso como Antonio Maceo, quien usaba esa silla para servir a la patria con una consagración que él no solamente conocía: la enalteció en páginas como la semblanza que le dedicó en Patria el 6 de octubre de 1893. Pero aquella imagen podía sugerirle incoherencia en medio de tropas caracterizadas por la pobreza material.

Acaso recordaría escenas que había narrado en otra semblanza, la que el 26 de agosto del mismo año publicó en Patria: la de Máximo Gómez, centrada en el encuentro que en suelo dominicano selló la unión de ambos en los preparativos de la guerra. Quiso Martí entonces “ir a saludar junto a su arado al viejo augusto que cría a su casa en la pasión de un pueblo infeliz”. Luego, por la ventana de un salón en que ambos eran agasajados, Gómez vio “que se apiñaba el gentío descalzo, […] y dijo, con voz que no olvidarán los pobres de este mundo: ‘Para estos trabajo yo’”.

Sobre esa declaración se extiende Martí con sus propias ideas: “Sí: para ellos: para los que llevan en su corazón desamparado el agua del desierto y la sal de la vida: para los que le sacan con sus manos a la tierra el sustento del país, y le estancan el paso con su sangre al invasor que se lo viola: para los desvalidos que cargan, en su espalda de americanos, el señorío y pernada de las sociedades europeas: para los creadores fuertes y sencillos que levantarán en el continente nuevo los pueblos de la abundancia común y de la libertad real: para desatar a América, y desuncir el hombre”.

“Su herencia no es válida únicamente en la lucha antimperialista y por el desarrollo justiciero de los pueblos. Lo es igualmente, o sobre todo, en la búsqueda del triunfo que la ética no ha logrado en el planeta, y que para Cuba es y ha de ser propósito vital”.

La importancia de los textos de Martí vive pareja con la de su pensamiento y su conducta, su ejemplo. Si hoy puede ser útil y estimulante ver en qué nos avala, no menos lo será indagar también en qué puede impugnarnos. No para tratar de imitarlo ignorando el paso del tiempo y la diversidad de los seres en acción, sino porque su legado lo define el poder de permanencia, lo mucho que —como él dijo de Bolívar— “tiene que hacer en América todavía”, y en el mundo, no solo en su patria natal.

Su herencia no es válida únicamente en la lucha antimperialista y por el desarrollo justiciero de los pueblos. Lo es igualmente, o sobre todo, en la búsqueda del triunfo que la ética no ha logrado en el planeta, y que para Cuba es y ha de ser propósito vital. El 26 de julio de 1973, al recordar sucesos de veinte años antes y el camino abierto con ellos, Fidel Castro proclamó: “Martí nos enseñó su ardiente patriotismo, su amor apasionado a la libertad, la dignidad y el decoro del hombre, su repudio al despotismo y su fe ilimitada en el pueblo. En su prédica revolucionaria estaba el fundamento moral y la legitimidad histórica de nuestra acción armada”.

Ese fundamento —en el que dignidad y decoro eran y son pilares, conceptos llenos de realidad, no entelequias teóricas— ha de perdurar como guía, y abarcar en pleno el funcionamiento de la nación: desde la urgencia de fomentar disciplina, ética y civilidad cotidianas, hasta lo hecho para enfrentar las penurias ocasionadas por el bloqueo imperialista y lograr, pese a él, para que la ciudadanía tenga una vida amable.

En todo es decisivo el comportamiento —público y privado— de quienes tienen la misión de ir a la vanguardia en lo cotidiano y en lo extraordinario. Incluye cómo resistir y vencer en la lucha contra enemigos poderosos, ya sea una criminal potencia imperialista, una gran crisis económica o una pandemia, o todo eso junto, y más.

La palabra de Martí enamora con su belleza. Citarlo es tentador y será edificante, máxime si se hace bien, sin adulteraciones de ninguna índole. Pero quizás lo único que de veras le rinda el homenaje que merece esté en guiarse por el valor que él concedió, y personificó, al ejemplo. Es criminal citarlo de modo irresponsable o hueco.

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