I.

El pensamiento tradicional africano llegó a Cuba con los centenares de miles de personas que fueron trasplantados y esclavizados lejos de sus tierras de origen, entre los siglos XVI y XIX. De este lado del Atlántico se estableció, inapelablemente en los sistemas religiosos, la oralidad y las costumbres que influyeron de modo decisivo a la conformación del etnos cubano.

Sin embargo, los enfoques cercanos al etnocentrismo occidental ilustrado han tratado de mostrar las tradiciones de origen africano como un conjunto de prácticas de corte anti-intelectual y afectivo, espontáneas y pragmáticas, carentes de corpus doctrinales, en fin, cultos de experiencia sin contenidos desprovistos de ética y esquivos a la objetivación sistémica.

“En nuestro país se ponderan muchísimo las expresiones culturales provenientes de África, nadie niega la variedad, fuerza e influencias de la música africana y lo que le debemos”.

Denominaciones como “cultos sincréticos”, “sistemas mágico-religiosos”, “religiones utilitarias”, “santería”, “brujería”, “magia negra” y otras perlas similares, han servido para descalificar intelectualmente a estas prácticas vinculándolas con supersticiones, fetichismo, prelógica y atraso. Por fortuna, otras voces se alzaron para justipreciar el acervo de esas tradiciones, como son los casos de Fernando Ortiz, Argeliers León, Isaac Barreal y otros académicos, que más recientemente han aportado enjundiosos estudios sobre el tema, mostrando un acercamiento respetuoso y más objetivo a formas de pensamiento diferente al occidental, pero no menos eficientes.

En nuestro país se ponderan muchísimo las expresiones culturales provenientes de África, nadie niega la variedad, fuerza e influencias de la música africana y lo que le debemos (no quiero imaginar qué música estuviéramos escuchando o bailando hoy si no fuera por esa influencia), de los bailes y de la impronta de la oralidad, que para nada pueden subestimarse.

Música, bailes y ritos mágico-religiosos se asentaron en Cuba e influyeron en el modo de crear y ejecutar la música y muchos de nuestros bailes. Imagen: Tomada de onlinetours

Sin embargo, el pensamiento que sustenta esas tradiciones ha sido ignorado y olvidado. Esa carencia necesita ser superada.

II.

Resulta que el pensamiento tradicional africano, muestra una notable unidad en casi todas las latitudes del mundo subsahariano. Su cosmogonía se nos devela en una metafísica que pone al humano como figura modélica, sin apartarlo de los elementos naturales, sino integrándolo al universo, no como amo de la naturaleza, sino como parte de ella y orientándolo a un vínculo armónico consigo mismo, con sus congéneres y con el ecosistema.

África en Cuba, legado, historia e identidad. Foto: Abel Padrón Padilla/Cubadebate

La armónica interdependencia entre realidad, pensamiento y praxis humana son la base de su sustento filosófico. No debe ni puede haber contradicciones entre preceptos religiosos, principios morales, normativas de justicia, orientación de la práctica médica y las formas de apropiación y uso de los recursos de la naturaleza.

El pensamiento africano no se orienta desde el pasado, sino desde el tiempo trascendente, que se identifica como cíclico, se vincula con los estadíos del macrocosmos y ubica a lo cronológico en un esquema espiral de acontecimientos que repiten sus esencias, periódicamente, una y otra vez, desde perspectivas y caminos diferentes.

“No existe vida plena sin el vínculo fluido con los antepasados y la conciencia sobre el origen y el linaje al que se pertenece”.

La búsqueda de la armonía en sus dimensiones y visiones, en sus expresiones materiales —dentro de las cuales están los constructos sociales—, constituyen la base de la espiritualidad, la sabiduría legítima y el sentido de la buena vida y la buena muerte.

Ese proceso y su orientación hacia la trascendencia, exigen la iniciación religiosa como requisito para transitar el camino hacia el comportamiento virtuoso. La iniciación tiene como objetivo promover en el individuo las transformaciones bio-psico-sociales y culturales para su interacción consciente y electiva con el entorno, lo prepara como receptor de una herencia ancestral selectiva que lo carga del conocimiento de una mitología y de sus procederes rituales, y lo arman para entender mejor la vida, para estar en mejores condiciones y vivirla plenamente.

No existe vida plena sin el vínculo fluido con los antepasados y la conciencia sobre el origen y el linaje al que se pertenece. La familia es entendida como una corporación a la que pertenecen los ancestros desde el más remoto pasado, los vivos y los que están por nacer, que llevarán consigo la herencia común. Hay que invocar siempre a los ancestros, no hay que olvidarlos, no hay que prescindir de su energía y su presencia inmaterial, porque están más cerca de lo divino, son los custodios de la experiencia vital, porque siempre habrá algo que aprender de ellos, porque pueden guiar aún.

Ifá, personaje místico que los yorubas consideran como la divinidad de la sabiduría y del desarrollo intelectual. Imagen: Tomada de Internet

El pensamiento africano considera lo sobrenatural como algo natural y cotidiano. En el texto sagrado de Ifá se lee: “lo sobrenatural, es lo más natural” (Irete Ogbe). Entendiendo como natural, lo que modifica y compone la naturaleza. De hecho, el Ser Supremo también es parte de lo natural y nunca se coloca por encima de lo creado por él. Si la creación divina es natural, entonces el Creador también. Por eso, los Orishas, Loas, Nkisi son energías (fuerzas) naturales, conscientes y selectivas y pueden considerarse, además, hierofanías del Ser Supremo en toda ley.

Son pocos los mitos relativos al Ser Supremo, quien asume una posición uránica, impersonal, poco intervencionista y eminentemente delegativa. Aun así, conserva sus atributos de rector de los principios y leyes del universo.

“El pensamiento tradicional africano es un portador válido de conceptos relacionados con el ideal social”.

Esta circunstancia trae como consecuencia, que los vínculos rituales y los sustratos de culto sean con esas entidades, en quienes el Ser Supremo delegó funciones específicas a cargo de los distintos dominios de lo natural y eso se llama polilatría (que no politeismo). Por tanto, no resulta ocioso insistir una vez más, en que no hay contradicción que estos sistemas religiosos sean monoteístas y practiquen la polilatría.

El pensamiento tradicional africano también es un portador válido de conceptos relacionados con el ideal social. Desde sus preceptos, este comienza a gestarse desde el individuo. El ser humano debe transitar etapas hasta llegar al comportamiento armónico con la naturaleza, comenzando —de acuerdo con los preceptos de Ifá, por ejemplo—, con lograr iwa pele (el buen carácter), concretar después iwa tawa (el carácter socialmente útil) y luego, iwa l’aye (el carácter armonioso con la naturaleza).

Estos sucesivos estadíos harían al humano poseedor de ògbón itùnàyèsé (la sabiduría legítima) y de eniyàn gìdí (un comportamiento virtuoso). Ese comportamiento lo pone en condición de restaurar la armonía colectiva, en caso de fractura, y construir el ipo rerè (estado de bienestar social).

III.

Estos aspectos que he tratado discretamente y otros más que forman parte de la herencia de África —y que son el sustento esencial de las manifestaciones musicales, danzarias, performativas derivadas de la tradición oral y de otro tipo—, no están debidamente identificados como parte de nuestra conciencia colectiva.

No se trata ahora de asumir las religiones africanas como guía de la conducta moral y social de un pueblo como el nuestro, que ha asimilado las tradiciones de más de sesenta denominaciones religiosas, lo que da fe de lo democráticos y respetuosos que podemos llegar a ser con la diversidad. Lo que considero esencial, es que se reconozca, a partir de un acercamiento serio y crítico, los innegables valores de un ideario absolutamente ignorado que, por demás, nos pertenece.

Jorge Enrique Caballero, director e intérprete de Voces de 1912. Imagen: Tomada del Mincult

Por eso hay que agradecer a Jorge haber integrado en su demoledora puesta en escena elementos de ese pensamiento, y vincularlo de forma muy creativa y raigal al tratamiento que da en su obra a uno de los acontecimientos más tristes y bochornosos de nuestra historia. La mal llamada “Guerrita de 1912” o “Levantamiento de los Independientes de Color” fue en rigor, una masacre hija del odio y del racismo, que tuvo más cercanía con una “limpieza étnica” que con un escarmiento.

Voces de 1912, un legado de la historia. Imagen: Tomada de Cubaperiodistas

Que Jorge haya abordado el hecho desde las perspectivas que le ofrece su contacto con estas formas de pensamiento, sin folclorismos innecesarios, ni efectismos pseudoreligiosos, sin exotismo trasnochados y sin quejumbrosos panfletos, da más brillo a su trabajo.

La historia necesita ser contada también de esta manera, el presente lo exige y el devenir lo merece.