Poemas escritos por el Che

La Jiribilla
14/6/2020

Si bien la poesía no fue el vehículo de expresión predilecto del Che, acudió a ella en momentos de su existencia en que la dimensión de lo vivido no cabía sino en versos, que no fueron escritos para ser publicados, pero que, a 92 años de su natalicio queremos regalar al lector como una forma más íntima de acercarse a su persona.

 

 

Autorretrato oscuro

De una joven nación de raíces de hierba

(raíces que niegan la rabia de América)

Vengo a ustedes, hermanos norteños.

 

Cargado de gritos de desaliento y de fe,

Vengo a ustedes, hermanos norteños,

Vengo de donde venimos los «homo sapiens»,

Devoré kilómetros en ritos trashumantes;

Con mi materia asmática que cargo como una cruz

Y en la entraña extraña de metáfora inconexa.

 

La ruta fue larga y muy grande la carga,

Persiste en mí el aroma de pasos vagabundos

Y aun en el naufragio de mi ser subterráneo

—a pesar de que se anuncian orillas salvadoras―

Nado displicente contra la resaca,

Conservando intacta la condición de náufrago.

 

Estoy solo frente a la noche inexorable

Y a cierto dejo dulzón de los billetes.

Europa me llama con voz de vino añejo,

Aliento de carne rubia, objetos de museo.

 

Y en la clarinada alegre de países nuevos

Yo recibo de frente el impacto difuso

De la canción de Marx y Engels,

Que Lenin ejecuta y entonan los pueblos.

 

Y aquí

 

«Soy mestizo», grita un pintor de paleta encendida,

«soy mestizo», me gritan los animales perseguidos,

«soy mestizo», claman los poetas peregrinos,

«soy mestizo», resume el hombre que me encuentra

En el diario dolor de cada esquina,

Y hasta el enigma pétreo de la raza muerta

Acariciando una virgen de madera dorada:

«Es mestizo este grotesco hijo de mis entrañas.»

 

Yo también soy mestizo en otro aspecto:

En la lucha en que se unen y repelen

Las dos fuerzas que disputan mi intelecto,

Las fuerzas que me llaman sintiendo de mis vísceras

El sabor extraño de fruto encajonado

Antes de lograr su madurez del árbol.

 

Me vuelvo en el límite de la América hispana

A saborear un pasado que engloba el continente.

El recuerdo se desliza con suavidad indeleble

Como el lejano tañer de una campana.

 

Despedida a Tomás

 

A ti, encallado amigo,

Hacia las aguas quietas

Del arrecife blanco

Donde te amarra tu sueño de náufrago,

Va mi canción de despedida.

 

Hoy he despertado

Con afán de alas en las jarcias,

Y tiendo velas inalámbricas

Navegando hacia el puerto de la hora

Marcado por la brújula indolente.

 

Hoy estiro mi lenguaje al viento

Para estrechar tus palabras

Y llevarme algo de tu lamento tierno

A compartir asombros

Que ya estoy viviendo.

 

Te comprendo, golondrina truncada.

Quisiera llevarte a la fuente Castalia

O darte elíxir de iguales poderes;

Y aunque soy un médico asomado a las cosas

Que no las transforma y apenas comprende

Tengo no obstante una fórmula mágica

—creo que la aprendí en una mina de Bolivia,

O tal vez chilena, peruana o mexicana,

O en el destroncado imperio del Sonora,

O en un puerto negro del Brasil africano,

O tal vez en cada punto una palabra—.

 

La fórmula es sencilla:

No te preocupes del cerco, ataca el arrecife,

Une tus manos jóvenes a la piedra anciana

Y dale en tu pulso a los rojos corales palpitantes

En diminutas ondas cotidianas.

 

Un día, aunque mi recuerdo sea una vela

Más allá del horizonte

Y tu recuerdo sea una nave

Encallada en mi memoria,

Se asomará la aurora a gritar con asombro

Viendo a los rojos hermanos del horizonte

Marchando alegres hacia el porvenir.

Ellos, los males quietos terribles y blancos

Como la noche sorprendida al revés.

 

Y entonces, poeta blancuzco de cuatro paredes,

Serás el cantor del universo:

Entonces, poeta trágico, dedicado, enfermo,

Serás un robusto poeta del pueblo.

 

A los mineros de Bolivia

En un 9 de abril

 

Es el trueno y se desboca

con inimitable fragor.

Cien y mil truenos estallan,

y es profunda su canción.

Son los mineros que llegan,

son los mineros del pueblo,

los hombres que se encandilan

cuando salen al sol,

y que dominan el trueno

y aman su recio fragor.

 

¿Qué la metralla los siega

y la dinamita

estalla

y sus cuerpos se disfunden

en partículas de horror,

cuando llega alguna bala

hasta el ígneo cinturón?

 

¡QUÉ IMPORTA!;

 

Es el trueno y se desboca

con inimitable fragor.

Cien mil truenos estallan,

y es profunda su canción.

Por la boca del trueno

se oye volar el valor.

Son los mineros de acero,

son el pueblo y su dolor.

 

Salen de una caverna

colgada en la montaña.

Son enjambres de topos

que llegan a morir

sin miedo a la metralla.

Morir, tal la palabra

que es norte de sus días;

morir despedazado,

morir de silicosis,

morir lenta agonía

en la cueva derrumbada.

 

Palenque

 

Algo queda vivo en tu piedra

hermana de las verdes alboradas,

tu silencio de manes

escandaliza las tumbas reales.

Te hiere el corazón la piqueta indiferente

de un sabio de gafas aburridas

y te golpea el rostro la procaz ofensa

del estúpido “¡oh!” de un gringo turista.

Pero tienes algo vivo.

 

Yo no sé qué es,

la selva te ofrenda un abrazo de troncos

y aun la misericordia araña de sus raíces.

Un zoólogo enorme muestra el alfiler

donde prenderá tus templos para el trono,

y tú no mueres todavía.

 

¿Qué fuerza te mantiene

más allá de los siglos

viva y palpitante como en la juventud?

¿Qué dios sopla, al final de la jornada

el hálito vital en tus estelas?

¿Será el sol jocundo de los trópicos?

¿Por qué no lo hace Chichón – Itzá?

¿Será el abrazo jovial de la floresta

o el canto melodioso de los pájaros?

¿Y por qué duerme más hondo a Quiriguá?

¿Será el tañer del manantial sonoro

golpeando entre los riscos de la sierra?

Los incas han muerto, sin embargo.

 

Uaxactún…  dormida

A Morley, el desconocido y venerado amigo

 

Uaxactún, la de grises ensueños,

voz escondida detrás del misterio;

bella durmiente de los bosques nuestros;

he venido a besarte los ruedos,

o la verde maraña del pelo,

o el aire que mide el silencio.

Uaxactún,  Uaxactún.

 

Yo sé que tu muerte es invento del blanco:

te dormiste cansada de andar por los siglos,

compañera sola del monte infinito.

 

Adivino el comienzo del sueño,

cuando lanzaste tus glóbulos pardos

—retoños del bronce— al fluir de los vientos,

Uaxactún,  Uaxactún.

 

Imitando en atávico gesto

La dispersión que de allende los mares

nos enviara el asiático ancestro.

Y cuando lanzaste tu grito de adiós

despidiendo al abuelo del abuelo

del quetzalíneo Tecum.

Uaxactún,  Uaxactún.

 

Y cuando cerraste tus ojos de templos,

Y cuando cruzaste tus brazos de estelas

(detenidos relojes que duermen el tiempo).

Más tu embrujada quietud y el silencio

Cederán al influjo de un príncipe bello

que «levántate y anda» te ordene en un beso.

Uaxactún,  Uaxactún.

 

Ya se oye en tu sueño de siglos

el trinar de aurorales alondras,

anunciando el final de la noche

cuando tus nuevos retoños de bronce

se bañan al sol que alumbra SUS tierras.

 

UAXACTÚN

UAXACTÚN

 

Es el final del sueño:

se anuncia el príncipe;

deviene el pueblo

con pífanos y tamboriles,

sembrando ejemplos rojos

en el corazón de América.

 

M.I.O.

 

Rapsodia a Fidel

 

Vámonos,
Ardiente profeta de la aurora,
Por recónditos senderos inalámbricos
a liberar el verde caimán que tanto amas.

Vámonos,
Derrotando afrentas con la frente
Plena de martianas estrellas insurrectas,
Juremos lograr el triunfo o encontrar la muerte.

Cuando suene el primer disparo y se despierte
En virginal asombro la manigua entera,
Allí, a tu lado, serenos combatientes,
Nos tendrás.

Cuando tu voz derrame hacia los cuatro vientos
Reforma agraria, justicia, pan, libertad,
Allí, a tu lado, con idénticos acentos,
Nos tendrás.

Y cuando llegue el final de la jornada
La sanitaria operación contra el tirano,
allí, a tu lado, aguardando la postrer batalla,
Nos tendrás.

El día que la fiera se lama el flanco herido
Donde el dardo nacionalizador le dé,
Allí, a tu lado, con el corazón altivo,
Nos tendrás.

No pienses que puedan menguar nuestra entereza
Las decoradas pulgas armadas de regalos;
Pedimos un fusil, sus balas y una peña.
Nada más.

Y si en nuestro camino se interpone el hierro,
Pedimos un sudario de cubanas lágrimas
Para que se cubran los guerrilleros huesos
En el tránsito a la historia americana.
Nada más.

 

M.I.O.

7 de julio de 1956

Día del juramento

 

 

Mi única en el mundo

 

(Poema a Aleida antes de su partida a Bolivia)

 

A hurtadillas extraje de la alacena de Hickmet

este solo verso enamorado,

para dejarte la exacta dimensión de mi cariño.
 

No obstante,

en el laberinto más hondo del caracol taciturno

se unen y repelen los polos de mi espíritu:

tú y TODOS.

Los Todos me exigen la entrega total,
¡que mi sola sombra oscurezca el camino!
Mas, sin burlar las normas del amor sublimado
Te guardo escondida en mi alforja de viaje.

(Te llevo en mi alforja de viajero insaciable
como al pan nuestro de todos los días).

Salgo a edificar las primaveras de sangre y argamasa
y dejo, en el hueco de mi ausencia,
este beso sin domicilio conocido.

Pero no me anunciaron la plaza reservada
en el desfile triunfal de la victoria
y el sendero que conduce a mi camino
está nimbado de sombras agoreras.

Si me destinan al oscuro sitial de los cimientos,
guárdalo en el archivo nebuloso del recuerdo;
úsalo en noches de lágrimas y sueños…

Adiós, mi única,
no tiembles ante el hambre de los lobos
ni en el frío estepario de la ausencia;
del lado del corazón te llevo
y juntos seguiremos hasta que la ruta se esfume…

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