El periodismo cultural para Reinaldo Cedeño Pineda (Santiago de Cuba, 1968), galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro este año, no es la letra, sino la llama, no es la cáscara, sino la nuez. Es una inmersión en el infinito universo de las subjetividades y la creación, muchas veces una inmersión en apnea como si en ello le fuera la vida, y como confirmamos en las páginas de Ser periodista, ser Quijote, libro publicado en 2019 por Ediciones La Luz, sello de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Holguín.

“Ser periodista es una marca de nacimiento que te seguirá como tu propia sombra, como tu luz”.

Seis textos —muchos de ellos escritos a partir de conferencias impartidas en universidades o eventos, que beben de las posibilidades del ensayo y del artículo sin el objetivo de sentar cátedra, pero sí producto de las experiencias de una trayectoria de más de treinta años en el ejercicio periodístico; o sea, de la utilidad de la virtud puesta en pos de los demás— integran un libro que nos demuestra que a la hora de dejar una impronta en el complejo corpus nacional de la profesión valen más las jerarquías que las geografías, valen más el amor y la pasión, los verdaderos sentimientos hacia el periodismo, que el acto complaciente y la rutina ineficaz y vacía.

“A puerta sorda hay que dar martillazo mayor…”, escribió José Martí en “Sobre los oficios de la alabanza”, publicado en el periódico Patria en 1892; y esta frase sirve de pórtico —como si cada uno fuera un aldabonazo, como si el libro mismo, en su conjunto e intensión lo fuese— a los textos que encontramos en Ser periodista, ser Quijote. El primero de ellos, “Ser Periodista”, nos acerca a los orígenes de su vocación y los años iniciales: “Ser periodista es una marca de nacimiento que te seguirá como tu propia sombra, como tu luz. Ser periodista es ser niño con los ojos de asombro siempre abiertos”. Y poco antes asegura: “El periodismo es un servicio inexcusable, es, sobre todo, la conciencia pública de una sociedad. Es eso o no es”.

“El periodismo no es solo un hecho comunicacional, es sobre todo, un hecho cultural”.

Poeta, investigador y promotor cultural, Cedeño se acerca al Martí que siempre le acompaña, ese que “es un llamado perenne” y “nuestro contacto más precioso, más preciso con la futuridad”, en “José Martí: el periodismo como sanación”. Le continúan —en este “volumen estructurado con intención y coherencia, en cuya sencillez y enfoque profesional radica su valor intrínseco” y que destaca por “el uso apropiado del lenguaje, los rasgos del estilo periodístico, la coherencia y el oficio de casi tres décadas de trabajo, donde el empleo profuso de recursos estilísticos otorga amenidad y elegancia”, al decir del también periodista y narrador Rubén Rodríguez, responsable de las palabras de contraportada del cuaderno— reflexiones sobre el periodismo cultural, la entrevista, el titular y la crónica. Todo ello —con “su tono didáctico, información que aporta, teorización y definiciones conceptuales, acerca de la práctica del diarismo y sus antecedentes históricos”, añade Rubén Rodríguez— es matizado por ejemplos atractivos y por su experiencia como periodista, esa que “siempre alumbra”.

Para Reinaldo Cedeño el periodismo cultural es criterio. “Un periodista no es un recopilador de datos, sino un líder cultural, y por tanto un ente activo de análisis, influencia y transformación. El periodismo no es solo un hecho comunicacional, es sobre todo, un hecho cultural. El periodismo cultural no es un elemento sucedáneo o ajeno, no es lo que llega después; sino un componente capital de dicho proceso. Sin él, la obra artística —y más— queda en algunos elegidos, se consume en sí misma. El periodismo cultural es esa resonancia”, escribe.

Y además, resume en los siguientes textos que entrevistar es tocar, titular es iluminar y cronicar es salvar. A esto se ha aferrado, ha sido su tabla en alta mar, para embestir contra las estrecheces, contra la cotidianidad, sus adversidades y desatinos; y para crear con fe de vida.

Publicado en 2016 en formato ebook por Ediciones Claustrofobias y Ediciones UO, de Santiago de Cuba, y ahora ampliado y revisado para La Luz, con edición de Liset Prego y diseño de Roberto Ráez a partir de una obra de Norlys Guerrero Pi, Ser periodista, ser Quijote incluye una selección de crónicas escritas por Cedeño en diferentes momentos, que nos demuestran que cuando el olfato y la vocación persisten, una crónica puede nacer del más insospechado de los acontecimientos. “Las crónicas compiladas devienen bitácora y currículo de un autor destacado por su labor notable como promotor literario —y cultural—. Sobresalen por sus valores periodísticos y formales, excelencia en la redacción y relevancia informativa y estética”, añade Rubén. ¿A cuántas personas habrá salvado el periodismo de Cedeño? ¿Cuántos momentos habrá fijado en nuestra memoria, como si fuese una fotografía que resiste al paso del tiempo, las crónicas de este amigo periodista? ¿Cuántos “seres de fábula en los lugares más mediáticos o en los rincones más invisibles del archipiélago cubano y en este mundo nuestro” habrán captado la mirada de Reinaldo? Ahí estuvo su mano para calibrar las historias, las vidas… “Nada hay tan pequeño que no pueda engendrar una crónica grande. La crónica es una apuesta al ser humano. No hay oxígeno sin memoria, no hay memoria sin cronistas”.

“El periodismo es un servicio inexcusable, es, sobre todo, la conciencia pública de una sociedad”.

Cedeño es autor, además, de los poemarios Los corderos alzan la vista, Poemas del lente y Tejiendo un país; la investigación A capa y espada, la aventura de la pantalla; y los libros de periodismo cultural El hueso en el papel y Las pequeñas palabras, entre otros. Su nombre es asiduo, asimismo, en disímiles publicaciones en Cuba y fuera de la Isla. A los múltiples reconocimientos y premios por su quehacer reporteril y literario, como el Reconocimiento al Mérito Periodístico del ICRT en 2017 y el Diploma Nicolás Guillén de la Uneac en 2011, Reinaldo Cedeño suma una sencillez sin cortapisas que le ha permitido —con el asombro de quien, a pesar de la experiencia de la profesión, se maravilla como la primera vez— narrar la “novela cotidiana” de su Santiago de Cuba. De sus artistas y sus habitantes más sencillos. De su propia vida.

Aun hoy —como hizo cuando niño— se planta en medio de la sala y grita sus verdades en forma de poema o crónica. La diferencia es que ahora somos más los que le escuchamos y admiramos su trabajo. No importa que arrecie el vendaval sobre la llama, él siempre tiene bien resguardada la lumbre, para que nada la apague. No fueron “chispazos” los que lo llevaron al arte y el periodismo. Reinaldo Cedeño Pineda ha vivido y sigue en medio de la descarga.

¿Por qué enfrentarse a los molinos de viento y seguir cabalgando?, le pregunté como cierre de una entrevista a propósito de la entrega del Premio Nacional de Periodismo Cultural, y me respondió: “Porque el periodismo es como la vida. Y uno no se baja de la vida hasta que te toca”. Ser periodista, ser Quijote —libro que recomiendo no solo a colegas del gremio sino a estudiantes y a todos los interesados en el periodismo y el “calibraje” de la palabra en la balanza de los días— es un martillazo mayor para seguir viviendo sobre el costillar de Rocinante.

2