Esa mañana pensé que me gustaba tu cabeza rapada a lo Bruce Willis, y que las arrugas de tu frente eran tan atractivas como las de Benicio del Toro. Luego, cuando sonreíste frente a mi casa, me recordaste a Richard Gere, a pesar de que la sonrisa ocultaba un poco la elocuencia de tus ojos, que eran como los de Baldwin.
No. No creía en esa mierda de los sueños pueden hacerse realidad, y mucho menos en tres deseos que se convierten en hechos, ni en la magia, ni en las series manga, ni en las películas de ciencia ficción de los sábados.
- Échate para allá. ¡Qué clase de calor, madreselva!
- ¿Qué es eso de madreselva, Susy?
- Nada, nada. Oye, ya sabes que yo soy muy calurosa, y hasta tu aliento me irrita. Hazme el favor, no hables más.
Ahora, por fin, soy yo mismo, sin hipocresía, sin cargo de conciencia, sin prejuicios ni presiones. Así nací y así me moriré, como dice una canción.
Hay cosas que yo no me explico de la vida. Todo eso que tiene que ver con la Naturaleza para mí está muy obscuro, y lo de los dioses más. Ellos son los llamados a originar todos esos fenómenos que uno ve, que yo vide y que es positivo que han existido. Los dioses son caprichosos e inconformes.
Con un tipo así todo es posible. Por eso un día ¡se le ocurrió enlatar el sol! No sabía cómo hacerlo. Pero sabía, intuía, presentía, creía que se podía hacer. Y eso era suficiente. ¡Qué vacilón! ¡Enlatar el sol! Meterlo en laticas.
Por quinta vez arrugué y tiré al suelo una hoja repleta de tachaduras y frases sin sentido. ¿Cómo empezar? ¿Qué ponerle a Janela? Cartas… Escribir una carta. Comenzar a desgarrarse las ropas y el pellejo en cada oración escrita. Respirar profundo. Exhalar…
El paño morado de una prolongada tristeza colgaba de los largos patios, de las cámaras abullonadas que formaban el palacio del obispado. En el centro el gran patio cuadrado parecía inundado de amistosas sombras desde la muerte de Monseñor.
La montaña tiene mil metros de altura. He decidido comérmela poco a poco. Es una montaña como todas las montañas: vegetación, piedras, tierra, animales y hasta seres humanos que suben y bajan por sus laderas.
Creyó advertir Leonardo cuando saltó de la volante a la acera, que un militar, en completo uniforme, que caminaba de prisa hacia la Plaza Vieja, se había separado de la segunda ventana de su casa, y que contemporáneamente se había desprendido de un postigo de la misma el bien conocido rostro de una de sus hermanas.