A Dios se le ocurrió, en una ocasión, crear el Universo a partir de un punto que estallara de pronto y sin motivo alguno. Cualquiera habría pensado en algo más interesante, como por ejemplo diseñar su creación estrella por estrella, pintar detalladamente hermosas galaxias y, desde el inicio, darle vida a una criatura inteligente.
Ni que decir tiene que me fascinan los parques, esos recintos abiertos, repletos de césped, árboles y bancos, donde se reposa del ruido citadino. Sirven, además, para estudiar las asignaturas difíciles, ésas en las que no nos queda más remedio que leer los apuntes justo antes de enfrentar el suspenso.
Estamos en la parada del ómnibus con el sol encima de nuestras cabezas empeñándose en taladrarnos el cráneo. Estamos, a pesar del calor, abrazados como si la vida del uno dependiera del roce con el cuerpo del otro.
Las palabras impresas en la hoja del telegrama sin más adornos, fue el comienzo de todo. X ignoraba de quién podría tratarse y por qué había deseado encontrarlo, al punto de anunciárselo en el correo.
Sólo dos americanos había en aquel hotel. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones.
Cierto joven, inexperto sí, pero no pobre, porque llevaba consigo considerable suma de dinero, salió a correr el mundo y fue a pasar la noche de aquel día a una ciudad populosa en donde quiso proveerse de lo necesario; y era esto algo de comer porque se sentía con buen apetito, y una cama donde reposar porque estaba por demás fatigado del viaje, que fue largo y penoso.
El silencio de la sala de terapia es roto por el sonido de los instrumentos médicos. El olor de los medicamentos inunda mi nariz, abro los ojos.
No podía estar esperando por Miriam toda una vida (creo que continuaba su romance juvenil con aquel infame shortstop de Los Arroceros), así que me marché a vivir con la princesa Shikishi, hija del emperador Go-Shirakawa, un poco mayor, pero que en la primera noche en su casa ya me demostró cuanto valía, sobre todo cuanto valía como mujer pensante.
Nunca te lo he ocultado, Laura, siempre te he dicho que me encantan los niños. Me fascinan. Cada vez que los veo correr, reír, saltar por ahí, mi corazón se acelera.