Desde hace ciento quince años se celebra el Día de la Mujer en varias partes del mundo. Comenzó en el año 1911, a propuesta de la destacada comunista alemana Clara Zetkin, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en 1910, en Copenhague, Dinamarca.
El acto conmemorativo tiene varios antecedentes. El 8 de marzo de 1857, un grupo de obreras textiles tomó la decisión de salir a las calles de Nueva York a protestar por las míseras condiciones en las que trabajaban. Distintos movimientos se sucedieron a partir de esa fecha. El 5 de marzo de 1908, Nueva York fue escenario de nuevo de una huelga polémica para aquellos tiempos. Un grupo de mujeres reclamaba la igualdad salarial, la disminución de la jornada laboral a 10 horas, y un tiempo para poder dar de mamar a sus hijos. Durante esa huelga, perecieron más de un centenar de mujeres quemadas en una fábrica de Sirtwoot Cotton, en un incendio que se atribuyó al dueño de la fábrica como respuesta a la huelga.
“… muchas mujeres nos han guiado, y continúan mostrando nuestra irrevocable condición de batalladoras…”
Cuba tiene el mérito histórico de estar entre las naciones de América Latina ─y en general del tercer mundo─ que celebraron por primera vez el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. En el año 1931, bajo el terror implantado por la dictadura del presidente Gerardo Machado, grupos de combativas trabajadoras manuales e intelectuales aglutinadas por la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC) y la Federación Obrera de La Habana y otras organizaciones vinculadas al Partido Comunista efectuaron el acto que estrenó la celebración de la significativa efeméride.
Desde entonces, mucho ha llovido, y aunque se han alcanzado contundentes logros, la batalla por el reconocimiento que merecemos, y la igualdad que nos corresponde, no ha cesado. Ilustres nombres de cubanas acreditan nuestro carácter indómito, desde las míticas Ana Betancourt, Mariana Grajales, hasta las contemporáneas Lidia y Clodomira, Tania, Haydeé, Vilma, Celia, Melba: muchas mujeres nos han guiado, y continúan mostrando nuestra irrevocable condición de batalladoras. Rindo tributo a todas, y, en aras de personalizar esta página, y acercarme a alguien íntimo, evoco la figura de quien me mostró el camino por el cual yo debía transitar, sin permitir que ningún obstáculo me amedrentara. Obviamente, me refiero a mi madre. Trabajadora desde sus dieciséis años, se mantuvo impartiendo clases hasta el fin de sus días, setenta años después de haberse parado frente a un aula por primera vez. Curiosamente, el año de su nacimiento coincide con la primera vez que se celebró en Cuba el Día de la Mujer. Me estremece el dato, como si al nacer, ya viniera mi madre con la encomienda de ser lo que efectivamente fue: Una mujer valientísima. La recuerdo llevándome a su trabajo cuando yo aún no tenía edad para asistir a la escuela.
Algunas de sus alumnas la ayudaban, mientras ella cargaba conmigo y con el proyector, que en aquella época se requería para pasar diapositivas. El aparato, que parecía una mole y pesaba como tal, (era antiquísimo), pertenecía a mi madre, de forma que había que llevarlo y traerlo del aula a nuestra casa constantemente. Igual sucedía con unas cajas metálicas, también pesadísimas, donde estaban archivadas todas las diapositivas que ella había ido atesorando desde sus tiempos de estudiante. Jamás escuché a mi madre quejarse por su labor de cargadora de tales equipos antediluvianos. En general, no se lamentaba. Batalló muchas veces, eso sí: cuando intentaron que su departamento desapareciera y se integrara a otra materia docente; cuando trataron que el creativo taller de la Crítica –ingeniado por ella– no se considerara asignatura primordial; o si de alguna manera se minimizaba la labor de la Universidad como centro de formación de críticos de arte, mi madre dejaba de ser la dama finísima que era, para convertirse en una leona desafiante. Para ella, no existía obstáculo posible. Fue la primera persona a quien escuché defender a la mujer con vehemencia. Su agudeza, su inteligencia y sobre todo, su valentía, la compulsaron a preponderar la condición de mujer ya fuera como creadora, como objeto/sujeto de arte, como tema artístico en su sentido más amplio. Estudió, divulgó y promocionó la labor de la mujer tanto como sus fuerzas se lo permitieron. Fuera del ámbito académico, sus inquietudes no cesaban. La recuerdo inconforme por cosas que aun hoy encuentro insolutas (e insólitas), y pondré un ejemplo: ¿Por qué razón no compiten hombres y mujeres juntos en los campeonatos de ajedrez? solía preguntar siempre que se acercaban las olimpíadas. Nosotros, su familia, no supimos qué responder.
“Modesta, incansable, defensora de nosotras, sus herederas mujeres cubanas, abrazamos sus mismas causas…”
Consagrada a su trabajo por encima de todo, mi madre constituye no solo la persona ejemplar que sus incontables alumnos veneran, sino mi guía personal, aun a sabiendas de que jamás estaré a su altura. Me consuela imaginármela a punto de salir a sus clases, o regresando del aula, siempre con la sensación de que “pude hacerlo mejor”. Modesta, incansable, defensora de nosotras, sus herederas mujeres cubanas, abrazamos sus mismas causas, aunque su imponente presencia se encuentre lejos, en una dimensión desde la cual, sin embargo, continúa su inigualable magisterio. Felicidades, madre.

