La sociedad del cansancio según Byung Chul Han
¿Cómo y por qué el pensamiento del coreano Byung Chul Han ha calado en la contemporaneidad? El filósofo —inicialmente técnico en metalurgia— está formado en la escuela alemana de los años 80 del siglo XX y su mayor influencia es Heidegger. No debe extrañar que persiste en el tono de su prosa una tendencia sombría hacia la contemplación, esa que para otros era un estado de apertura al ser o de escucha activa. Pero Chul Han es una especie rara, no se interesa meramente por la conciencia en su vertiente fenoménica, sino que se zambulle en los procesos de alienación. Más que concientizar el ser, para el coreano lo más trascendente es analizar cómo el ser se deconstruye, como se niega a sí mismo y muere. Si para Foucault lo más importante estaba en la obediencia y el poder, en el caso de Byung Chul Han las miras están puestas en la exigencia, en el esfuerzo y la fatiga y en las derivaciones neurológicas. Para el coreano, vivimos en una sociedad global enferma, cuya finalidad ya no es el orden, sino la producción compulsiva y sin final que desgasta y conduce a mayor serialización de la existencia.
Hice notar el tema de la metalurgia como un detalle revelador porque me parece interesante que Byung Chul Han pasa de ser un técnico a conocer por dentro la técnica —lo cual lo lleva a una hondura ontológica como parte del ser que investiga—; de manera que se asume en la licuefacción de la filosofía contemporánea. De lo sólido a lo líquido de la mano del pensamiento. Y es que, en parte, en la obra en cuestión pervive un análisis acerca de cómo lo sólido es solo una apariencia abatida por las exigencias. Vivimos en una pose en la cual se nos exige ser siempre suficientes, duros, llenos de eficiencia; hasta que el tiempo, la fatiga y el óxido nos corroen y cedemos. La muerte, en el caso de la filosofía de Byung Chul Han, pareciera seguir marcando el rumbo del ser y definiendo sus contornos como ya se vio en Heidegger. Más que la muerte, el coreano nos analiza y nos devuelve la conflictividad de una existencia humana que no logra aquilatarse a sí misma dentro de los cánones que se impuso. La sociedad occidental basa su caída en los niveles de autoexigencia. Hay que hacer cosas, en un periodo de tiempo determinado y hacerlas bien. De lo contrario, carecemos de peso ontológico, no existimos. Es como la visión simplista sobre el mundo de la lectura que a veces acompaña ciertos manuales, esos que sostienen que Julio Verne es solo para la adolescencia o que si a los cuarenta no entiendes a Hegel es porque no estás apto. Tales estándares nos suben la voz de forma constante y transforman en pequeñez todo el entorno del ser que tocan.

Por eso se lee a Byung Chul Han, porque nos está hablando desde un Heidegger actualizado. Si antes lo que nos importaba era el tema de la escucha y lo que en materia de crítica de arte —por mencionar una de las aplicaciones— podía obtenerse con la deconstrucción poética de la verdad; ahora el coreano nos ha dicho que no estamos listos para tal horizonte confrontacional, pues en la hechura del ser posmoderno no existe solidez alguna, todo es performático y cambiante y el consumo ha redefinido en tiempo récord y de manera dinámica cada uno de los rostros. Ese carácter ambivalente de la filosofía de Byung Chul Han le otorga potencia. No solo define, sino que indefine, abre una puerta para que el ser no sea e incluso que se contradiga. En Heidegger la muerte era el horizonte y ello determinaba la permanencia del pensamiento como una reflexión sobre el final. El existencialismo estuvo marcado por esa relación tensa entre el abismo y la vida, así como la toma de decisiones. Ahora todo va de despertar hacia el sueño y salirte de la realidad/pesadilla que el mercado te ha construido. El consumo les ha negado a las personas el derecho a la fantasía y la creación y les impone sus propios estándares de éxito, aplanando las decisiones. Tal libertad —entendida a la manera de Sartre— se queda en la entelequia especulativa.
La existencia en términos metafísicos no se detiene en lo que el ser individual es, sino que abarca necesariamente una ontología mayor. Esa es la contradicción en el pensamiento moderno entre la conciencia entendida como caja craneana —patologizada por las enfermedades propias de la sociedad del cansancio— y la conciencia social que se estudia desde los grandes relatos ya sean hegelianos o marxistas. Byung Chul Han trata de interceptar todo esto, haciendo del pensamiento un ejercicio asimétrico que viaja entre el todo y lo ente, entre la historia y el dasein de Heidegger. Los ensayos del coreano son breves, como sentencias chinas, van en libros digitales a través de las autopistas de internet, se descargan de forma sencilla e influyen en la percepción de lectores situados en las antípodas culturales.

Entonces, ¿qué es la sociedad del cansancio? Es algo definido por la fatiga, concepto con el cual Chul Han sustituye el de la angustia heideggeriana. Si en una obra como La muerte en Venecia de Thomas Mann el personaje protagónico —un intelectual reconocido, pero decadente— siente el vértigo de una enfermedad que es a la vez tangible, pero mágicamente inapresable; esa angustia ahora se traduce en la fatiga, la imposibilidad de seguir, la inacción fruto de la acción excesiva. Contradictoriamente, esa inacción no significa parar, sino que al contrario se vive desde el desasosiego de la ausencia de descanso. La muerte que aparece en Byung Chul Han se parece más a la del cuento La máscara de la muerte roja, una especie de sombra que nos va esquinando en los salones sociales del mundo y que conforma un contrapunteo macabro con la fiesta del consumo. Mann aún tiene normalizada la contemplación e incluso eso aparece hasta en la versión fílmica de su novela que transcurre matizada por las notas de la música de Gustav Mahler. Pero de entrada, la obra del coreano parte de que ya no es posible sentarse a observar. No nos da tiempo, todo transcurre rápido y precisamente esa velocidad hace que pierda sentido.
“La crítica de arte, en su afán de ponerse a la moda, ha renunciado a ser una voz en la jerarquización del consumo, en su lugar devino una boca más que también consume”.
Byung Chul Han quiere rescatar el valor del símbolo vinculado al ritual. Esa dimensión de la vida que se centra en lo detenido, en pararse y compartir algo, en la hospitalidad de las viejas villas medievales. Quizás sea una manera de ver el mundo demasiado premoderna y restauradora —incluso con un tono reaccionario— pero no deja de interesar como crítica a la posmodernidad que nos impone producir en serie y de paso reproducir un sentido otro del mundo, un sentido ajeno. La crítica de arte, en su afán de ponerse a la moda, ha renunciado a ser una voz en la jerarquización del consumo, en su lugar devino una boca más que también consume. Ese proceso de caída de los paradigmas no trajo una elevación del alma creativa hacia otros parámetros. Al contrario, la supuesta democracia del acceso nos dejó desvalidos de las armas de la crítica frente al acontecimiento. Lo que se pensó como un estado de apertura zen no es otra cosa que una rendición ante el sujeto comunicacional del mercado arrasador fundado en la técnica como dominio de lo ente. Llevando las categorías del pensamiento heideggeriano hasta este punto del análisis, el mundo hoy resulta todo menos una morada para el ser y lo que se define en materia de poder no se halla dentro de los márgenes del lenguaje. Al contrario, Byung Chul Han es más certero cuando nos pide que por favor nos detengamos, tomemos una taza de té o café y hagamos el ritual que nos conecta simbólicamente con el ser que nos define. Ese despertar está subyacente a varias de las visiones geopolíticas de la contemporaneidad que son refractarias del globalismo occidental. De hecho, el Gran Despertar de las identidades milenarias es una vertiente de la visión alternativa de politólogos como Alexander Duguin y su cuarta teoría política como expresión superadora de los conflictos actuales.
“La sociedad del cansancio es esa en la cual nos han licuado la identidad (…) Su movimiento no depende de una voluntad propia, debe haber una fuerza externa que lo impulse”.
Si bien la teleología que avanza de tesis en antítesis y superación es más un esquema del pensamiento que una expresión del movimiento de lo real; no se puede desperdiciar lo que esto significa para salir de la modorra alienante de la inconciencia del mundo. Byung Chul Han casi lo dibuja, casi lo sugiere: además de la contemplación son vitales los retornos de las categorías del pensamiento complejo y su uso cotidiano. La contemporaneidad pone mucho énfasis en la felicidad individual, pero obvia que esta es imposible fuera de un sistema de referencias culturales.
La sociedad del cansancio es esa en la cual nos han licuado la identidad. Lo líquido —omnipresencia de la metáfora que define la aproximación de Bauman— no solo fluye, sino que puede quedarse estancado. Su movimiento no depende de una voluntad propia, debe haber una fuerza externa que lo impulse. Eso lo determina, lo cosifica. Entonces una de las interpretaciones de la sociedad del consumo tiene que ver con su carácter tanto material como inmaterial, con la pérdida de los contornos. Cuando las fronteras son difusas no se sabe quién es quién y ello conduce a quiebres de conciencia. Pongamos como referencia el filme La sustancia de la realizadora Coralie Fargeat. La cinta, una excelente obra que toma como espejo la archiconocida El retrato de Dorian Gray, nos ofrece una metáfora salvaje sobre qué pasa cuando la identidad se licúa. En varias escenas vemos un líquido viscoso y amarillo que circula por los conductos transparentes de los sueros médicos, especie de elixir de la vida que, sin embargo, termina sustituyendo a la vida real e imponiendo su relato sobre la existencia humana. Así, la protagonista poco a poco ve cómo su identidad se anula y en lugar de ello obtiene un sucedáneo vulnerable y despedazado de sí misma. Pero ella fue llevada allí por su autoexigencia de ser exitosa, por proseguir con su trabajo como presentadora de televisión, por no permitirse el curso natural del envejecimiento y la jubilación. Entonces, la licuefacción, que aparece como salvadora, le tiende una trampa, la transforma en otra cosa y —finalmente— en una sustancia proteica con conciencia de su propio desastre, pero sin capacidad para arreglarlo. La mujer, que antes sufría de una evidente adicción al trabajo, no posee sustancia más allá de ese trabajo. La alienación del cansancio la ha desustancializado. Aquí la destotalización de lo total no conduce hacia una nueva totalización, sino que cuando la identidad se licúa pierde sentido y desaparece como mismo puede verse en la escena final de la cinta. El horror es un mecanismo para expresarnos la propia fealdad de un ser que carece de horizonte porque no se pregunta por su propio ser. Lo que debería ser una oquedad ontológica la realizadora lo recrea estéticamente.
“(…) la ausencia de contemplación ha colocado un valladar de inaccesibilidad hacia el pensamiento crítico y el gozo estético en las propias sociedades del cansancio”.
Byung Chul Han nos propone la sencillez del ritual que nos reconecta con las partes perdidas incluso de nuestra corporeidad. Si la protagonista se hubiera tomado un café o un té de una manera contemplativa quizás no hubiera terminado hecha trozos de sí misma arrastrándose por una acera. De hecho, hay una escena en la cual ella entra a una de esas cafeterías norteamericanas típicas y —tras pedir un moka— tiene que irse corriendo porque es interpelada por otro personaje que también se hallaba en su misma situación solo que en un estadio más avanzado y deplorable. ¿Sientes ya que te come desde adentro?, le grita el hombre visiblemente envejecido, con las marcas de la muerte en su rostro. La sociedad del cansancio se vive como una esclavitud “desde adentro” a diferencia de las sociedades entendidas como disciplinarias como lo esbozó Foucault. El mandato pasa a segundo plano para escuchar la voz interior que nos exige trabajar hasta desfallecer y ser siempre exitosos. Ese desgaste resulta mucho peor y coloca a la humanidad en un peligro no solo físico, sino de renuncia a la identidad, a los valores y los rituales, a aquello que constituye una fijeza.
Al llegar a este punto hay que recapitular varias cosas: la sociedad del cansancio es el punto esencial de la propuesta de Byung Chul Han que lo lleva a ser un autor de interés para los lectores por sus puntos de contacto con las experiencias alienantes de trabajo de la actualidad, también debemos anotar que se vive en un tiempo de licuefacción de las identidades que se deriva de la imposibilidad de detenernos en los rituales para admirar contemplativamente la existencia, por último recordamos que la ausencia de contemplación ha colocado un valladar de inaccesibilidad hacia el pensamiento crítico y el gozo estético en las propias sociedades del cansancio. El ansia por producir nos convierte en máquinas reproductoras del sentido del patrón y no del nuestro. La licuefacción se inicia y termina en la vida laboral que nos cosifica y determina como herramientas útiles o inútiles. Cuando pasamos nuestro tiempo de uso, nos volvemos desechables. Y aquí hay un punto de encuentro con Foucault: en las sociedades disciplinarias, a lo anormal, a lo que se hace deforme o rebelde, se les aparta, peor aún se los oculta. Cuando los ancianos ya no son productivos, los llevan a los asilos y allí los ponen —bajo la justificación de los cuidados— en un aislamiento hasta que mueren. La sociedad del cansancio no quiere que veamos el resultado de sus exigencias, porque constituye un testimonio que puede revelarnos la esclavitud.
“Lo que Byung Chul Han nos habla posee una fuerza ontológica, es una propuesta premoderna de la conciencia, una que rescata el símbolo y el ritual, pero requiere de un replanteo moderno del pensamiento occidental”.
El drama de la contemporaneidad o de la modernidad líquida —bendito Bauman— es que no se mueve en la teleología que trazó Hegel. No puede moverse, no estamos ya en tiempos de entelequias y esquemas. La carencia de ingenuidad de la existencia humana nos impide creer en relatos y aun así no tenemos otra realidad que los relatos. De manera que la falta de fe o la no reflexión en torno a la fe es parte de la alienación impuesta por la velocidad y la producción serial. ¿Por qué a la sociedad del cansancio le gusta más el consumo de materiales audiovisuales en forma de series y en cambio se propende a una caída de los filmes como formato? Las entregas en un largo periodo de tiempo permiten algo que no lo hacen las películas: la posibilidad de desconexión y reconexión. Usted puede estar fuera de una serie un grupo de capítulos, que al cabo ve uno y con solo recapitular unos segundos en el inicio ya se pone al día. El consumo es lo más importante y la capacidad del producto de garantizar que el consumidor esté enganchado la mayor cantidad de tiempo. Aquí se elimina la noción de acontecimiento y de escucha activa del ser —la contemplación— por la de consumo. Y por ende, lo que la serie persigue no es revelar, no es mostrar; sino sembrar adormecimiento, dependencia. La serie es el nuevo ritual que ocupa el sitio de los rituales que reafirmaban la identidad de la persona. Ya no es importante el café, ni ir al cine como un suceso de socialización y crítica de un producto artístico, sino la soledad de la sala de la casa, desde la cual se visiona un capítulo de una saga de Netflix.
Lo que Byung Chul Han nos habla posee una fuerza ontológica, es una propuesta premoderna de la conciencia, una que rescata el símbolo y el ritual, pero requiere de un replanteo moderno del pensamiento occidental. A la vez, al tratarse de un filósofo oriental que se europeizó, sería interesante señalar las marcas de lo zen en su propuesta y cómo eso lo conecta con el segundo Heidegger, el del giro lingüístico, el que vio en el lenguaje la morada del ser y en la poesía la respuesta a las preguntas por el ser mismo. Eso, no obstante, sería materia para otro acercamiento.

