“Hay un sitio en el mundo que se llama paz, / habitado por la mayoría. / Es solo un espacio probable, / al que se llega mediante la palabra / y el corazón despierto”. Así empezaba un poema, que empecé allá por el lejano 1979 y nunca terminé. Había triunfado el sandinismo en Nicaragua y en El Salvador avanzaba el FMLN (“la paz que da la guerra”, decía una canción cubana posterior); pero simultáneamente con el ¡Pare! que le pusieron a los guerrilleros salvadoreños ─gracias al apoyo imperial en la era Reagan─ se congeló mi poema. Meses atrás se habían firmado los acuerdos SALT-2 ─a la larga inútiles─ de limitación en el desarrollo del armamento nuclear.

Todas las palabras del idioma sufren desgaste semántico: “libertad”, “igualdad”, “fraternidad”, “derechos humanos”, “justicia”, “democracia”, pero la palabra “paz” permaneció en estado casi puro durante un buen tiempo por lo difícil que resulta contaminar su esencia con el antónimo: la paz siempre fue ausencia de guerra, y era muy difícil enmascararla con invasiones y bombardeos. Pero todo tiene su tiempo sobre el planeta, y los “escogidos del cielo” lograron la metamorfosis. Lo halcones cambiaron el color del término: abanderados espurios de “los más altos valores”, los conjugaron con bombas capaces de expandir ─fuego y muerte en nombre de su paz─ las bondades contenidas en la desigualdad y el abuso.

Un viejo refrán afirma que “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Después de ochenta años de terminado el más cruento conflicto armado entre naciones, y de que el mundo entero construyera políticas de paz a través de instituciones globales, acuerdos bilaterales, y proclamas ─como la que define a América Latina “zona de paz” ─ vuelve la guerra a imponer su protagonismo, con más saña y menos piedad que nunca. La agresión imperialista a Venezuela con el objetivo de secuestrar a su presidente junto con su esposa, el petróleo y los recursos naturales del país echa por tierra la potencia real de los documentos. Bien lo dijo Ignacio Ramonet: “Después del ataque contra Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores, Donald Trump y su asesor de seguridad nacional Stephen Miller han redefinido la doctrina de Estados Unidos en materia de política exterior: imperialismo brutal”. La palabra paz pasó, al parecer definitivamente, al saco roto de términos solo reanimables con un reciclaje radical.

“Sigamos clamando por la paz, como mismo hemos clamado por la justicia, aunque a ambas las veamos cada día más desdibujadas de lo posible inmediato”.

América Latina nunca ha sido zona de paz. Su conflictiva historia de relaciones con la potencia continental que pretende someterla registra, con detalles, el sinfín de agresiones padecidas. Décadas atrás la Revolución cubana validó un camino que en lo futuro solo pudo recorrer con relativo éxito otra nación: Nicaragua.

Tras el fracaso de otras experiencias guerrilleras, la izquierda asumió como política imponer sus reivindicaciones por vías democráticas, pero el enemigo nunca renunció a la violencia, de ahí el macabro Plan Cóndor que validó golpes de estado, dictaduras y crímenes horrendos. Durante un buen lapso siguieron peleando también en el campo de los argumentos y, con el favor del consorcio mediático y sus falsas verdades, dañaron credibilidades. Hasta este momento que acabamos de vivir: regresamos a los métodos imperiales al estilo Roma. Preguntémonos con César Vallejo: “Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas / o los heraldos negros que nos manda la muerte”.

Valdría la pena repetir también, con el poeta Luis García Montero: “Vigílate a ti mismo / cuando hables de paz. / Que no lleguen los himnos victoriosos / donde el amor no llega. / (…) / No olvides que el cinismo / flota como un ahogado, / que las guerras crueles /necesitan de ti”. El guerrerista no ve como legítimo el lenguaje con que se intenta conminarle a la paz; de ahí que combatirlo no sea una opción sino una necesidad de vida o muerte.

Hay que seguir convocando al mundo para que la paz acabe de pasar de una vez, de los documentos, a las acciones de los estados; solo que el imperialismo ha dejado claro que tal propósito no se logrará con resoluciones y pactos; ellos escogieron imponer el poder de sus armas. Vale defenderse.

La poeta española Gloria Fuertes propuso alguna vez otra utopía, como todas, algo ingenua: “Si todos los políticos / se hicieran pacifistas / vendría la paz. / Que no vuelva a haber otra guerra, / pero si la hubiera, / ¡Que todos los soldados / se declaren en huelga!”.

“(…) la paz siempre fue ausencia de guerra, y era muy difícil enmascararla con invasiones y bombardeos”.

La paz es hoy una de las metas cada vez más inasible de la especie humana. Sus tres humildes letras se desdibujan con cada bofetada imperial a nuestros pueblos. Se habló durante un tempo de “convivencia pacífica”, de “tolerancia a la alteridad”, de “respeto mutuo”. Todos son conceptos que la práctica de una sola nación hizo caducar bruscamente.

Sigamos clamando por la paz, como mismo hemos clamado por la justicia, aunque a ambas las veamos cada día más desdibujadas de lo posible inmediato. Sigamos también preparándonos para una guerra que nos impondrá el poderoso gigante de las siete leguas. Fidel siempre lo supo, y nunca lo descuidó, los que le han seguido también lo saben, y no lo descuidan. Pero la radicalidad del cambio histórico que encarnan estos primeros días de 2026 hace que siempre tengamos ante los ojos las verdades contenidas en estos versos que Vicente Aleixandre escribió cuando Madrid fue bombardeada por los fascistas en aquellos también amargos días de 1936: “Bajo la luz de la luna se vieron / las hediondas aves de la muerte: / aviones, motores, buitres oscuros cuya pluma encierra / la destrucción de la carne que late”.

1