Hay tres tipos de poetas: uno de ellos, quizás el que mayores ensoñaciones convoca, es aquel en el que la persona, al descrearse, engendra una sombra o arquetipo que los hace indistinguible de la criatura. Poeta es poema y viceversa (Homero o Shakespeare). Otro es un cuerpo de emanaciones que se podrá leer, incluso confundir pero donde no acabamos de encontrar geometrías más allá del cuerpo-papel; este es un bardo donde la respiración, la ensoñación y lo corpóreo se confunden incluso con/en el destino (Lezama lanzando el juego de yaquis, la carcajada de Casal o Paul Celan en el puente de Mirabeau) y, finalmente, existen aquellos cuerpos cargados de sentido donde poesía y poeta arman una estructura de tan alto calibre —¿zigurat?— que alcanzan a distinguirse en medio de los paisajes o son ellos el paisaje (Wan Wei, Li Bai, Paul Valery o José Martí).
Esta taxonomía “fantástica” nos advierte de su inutilidad.
La Obra es lo que vale, lo que habla. El lector es el que consagra (sacerdote y ara) cuando lee; el poeta es solo ofrenda y propiciatorio. Para estas bodas hacen falta dos. Así que habría que proponer otra clasificación o al menos otro tipo de fracaso que dé testimonio de aproximaciones más jocundas.
La “vida literaria” nos engaña con fuegos de artificio. Es la Muerte la que viene a ejercer sus ordenanzas.
Domingo Alfonso tuvo noventa años de espera. Ahora, que ya no nos acompaña, viene a por nosotros su obra. A algunos nos dio tiempo a celebrarlo y que él nos escuchara. Esto que escribo, primero se lo dije en la casa de los Aroche-Mendoza, luego en la suya, cuando me mostró los sitios familiares.
Alfonso entra desde su primer libro en el canon de la Generación del Cincuenta, es decir, la del conversacionalismo de raíz sajona y de allí no se aparta.
Siguiendo el afán ordenancista, podríamos proponer otros tres tipos de poetas:
- Poetas-faro: como la isla frente a la Alejandría de Egipto atraen, acogen, pero terminan sacando de sus aguas a los que buscan refugio o quieren imitar sus canales (Nicolás Guillén, otra vez Lezama).
- Poetas-ínsula: Sitios paradisiacos, cerrados, donde se está cómodo o incómodo pero del que es difícil escapar (Heredia, Eliseo Diego, Baquero).
- Poetas-puente: los que perteneciendo a una promoción o tendencia, habiendo llevado esta a su “definición mejor” anuncian y prefiguran la siguiente o se incorporan directamente en ella (Roberto Friol, Francisco de Oraá, Carlos Galindo Lena, Domingo Alfonso, Delfín Prats, Lina de Feria, Raúl Hernández Novás, Ángel Escobar, Roberto Manzano, Reina María Rodríguez, Emilio de Armas, Aramís Quintero, Rafael Almanza y otros).
“Esta centralidad del sujeto (…) hace que la poesía de Domingo encuentre eco en amplios sectores de las poéticas fragmentadas de los años noventa; y lo que es mejor, conserve hasta hoy lectores y resonancia…”.
Como leen, a Domingo Alfonso lo vemos como poeta-puente. Nacido bajo el signo del neo-romanticismo —siempre hablaba de José Ángel Buesa como su maestro— entra desde su primer libro en el canon de la Generación del Cincuenta, es decir, la del conversacionalismo de raíz sajona y de allí no se aparta.
…Esta mesa fue tierra,
un arbusto, un árbol, un tronco bajo el hacha;
pasó por sierras, talleres y tiendas,
antes de detenerse ahora,
callada ante mi vista,
en un punto de su viaje a la infinita destrucción.
Sin embargo su poesía está marcada por el signo de lo individual, de lo familiar, lo doméstico, donde afloran preocupaciones metafísicas, el tema de la tristeza, la angustia, el absurdo existencial (Roberto Fernández retamar, 1980) y se presiente el paso de la Muerte rondándolo por todas parte, la destrucción. Este elemento hace que el poeta asuma el tema de la épica colectiva, de la circunstancia y de cierta vocación testimonial, casi periodística en algunos de sus coetáneos, bajo el signo de lo íntimo, cosa que no sucederá hasta los ochenta, donde emerge el conversacionalismo lírico (el de la primera Reina María Rodríguez, Osvaldo Sánchez y otros).
Bajo la noche pálida, mi novia la tristeza
me desgrana en silencio leyendas de dolor
junto al hilo metálico del riachuelo que reza
un himno con sus aguas heridas del frescor…
Esta centralidad del sujeto, zarandeado por la muerte y conmovido ante lo bello pasajero, triste, sin abandonar lo cotidiano ni los sustos y vaivenes sociales, hace que la poesía de Domingo encuentre eco en amplios sectores de las poéticas fragmentadas de los años noventa; y lo que es mejor, conserve hasta hoy lectores y resonancia, gracias a una sensibilidad, un dominio y una destreza en el uso del idioma… una elegancia progresiva, tal cual vislumbró en 1965 José Triana.
Lo nuestro será leer y atravesar el puente-Domingo Alfonso, porque al otro lado, ya sabemos, nos espera la infinita destrucción que es la eternidad.

