La música es, de todas las formas de arte, la más lograda. Como oyente, nadie le exige a la música que signifique algo. La música es la fuga primaria, apela a aquello no tocado por el intelecto. Te apropias de ella sin inconformidades por no saber qué quiso decir esta o aquella pieza, sin preguntarte qué pretendía el autor. Goza de una libertad difícilmente alcanzable por otras artes.
Si de entender se trata, la música es la única de las artes enteramente temporal. No hay libertad para el que escucha de imponer su propio tiempo. El autor lo obliga, sin concesiones, a regirse por su tiempo. Para consolarle, le da la ilusión de total libertad en cuanto a espacio. El espacio en la música es el reino no normado del oyente; la pradera donde le puede dar rienda suelta a su ilusión de libertad.
Si de entender se trata, la música es la única de las artes enteramente temporal. No hay libertad para el que escucha de imponer su propio tiempo. El autor lo obliga, sin concesiones, a regirse por su tiempo. Para consolarle, le da la ilusión de total libertad en cuanto a espacio. El espacio en la música es el reino no normado del oyente; la pradera donde le puede dar rienda suelta a su ilusión de libertad.
Fijémonos en estas dos piezas de rock donde las voces entran varios minutos después del comienzo y las dos no pueden ser más diferentes. Aquellos que están buscando evidencia incontrovertible de que estamos siendo visitados por seres conscientes de otro planeta, deberían fijarse en “Shine on You Crazy Diamond”. No se dejen engañar, eso no se compuso en este astro que habitamos, por más que los créditos vayan a Pink Floyd.
“La música, aquella que no necesita del texto, apela a un sentido de nosotros que infiere en toda ella la libertad”.
La otra pieza sobre la que llamo la atención, por lo del lapso preliminar antes de la entrada vocal, es “Xanadu”, de Rush. Que alguien me mencione otro ejemplo, donde solo tres músicos son capaces de crear figuras de tal complejidad. Se requiere coraje, en el rock, para saberse capaz de sostener al oyente por tanto tiempo antes de que la voz tome su lugar en una pieza. Obviemos por un momento piezas instrumentales como “YYZ” o “Villa Stragliato”, que pertenecen también al archivo de evidencias de la Zona 51. ¿Cuántos brazos tenía Neil Peart?
Y hablando de brazos, si de poder se trata, ya saben los que aman a los Perros Negros, que también hay algo extraño pasando con John Boham. Recuerden de algunos conciertos de Led Zeppelin que duraron cinco horas, en las que el frenesí del baterista no amainó por un instante.

A veces la obsesión por lo que no está es tan grande, que lo evidente se escapa en quien hurga sin tino. Tantas acusaciones de que determinada pieza de Led Zeppelin, tocada hacia atrás anunciaba al diablo, o que otra pieza de los Beatles, repetida del mismo modo confirmaba la muerte de McCartney, que lo obvio les pasó por delante y no lo vieron. Como confesaba Ritchie Blackmore, el riff más famoso de The Purple, aquel de “Smoke on the Water”, no era otra cosa que una parte conocida de la quinta de Beethoven tocada en reverso. Se necesita a uno venido de otro lugar lejano para trastrocar lo que hizo un correligionario.
Pero si de silencios se trata Stanley Kubrick, tan genio detrás de la cámara y tan difícil de justificar detrás del estrado, se atreve a eliminar las palabras en los primeros 25 minutos de 2001: Odisea del espacio. La osadía de su viaje no quedó ahí, en los 142 minutos de filme, 88 no tienen diálogos, solo imágenes, sonido. Por eso, más que un filme, es una sinfonía. Para el espectador el viaje se resume en transitar, mientras mira, de la condición de estar a la condición de ver. Por eso, como las piezas aludidas al comienzo, hay que regresar a la obra cinematográfica una y otra vez para completar la transmutación.

Pero seamos honesto, hay algo de la ópera de Kubrick en “Shine on You Crazy Diamond” y en consecuencia, quizás Zaratrustra habló por medio del atormentado Floyd, no importa el color que tenga, y este pudo al menos por una vez, amanecer.
Volvamos al inicio, es decir, al silencio que precede las palabras. La música, aquella que no necesita del texto, apela a un sentido de nosotros que infiere en toda ella la libertad. Quizás no haya momento más libre que cuando la música nos dirige los sentidos. Y quizás no haya mayor libertad que cuando se crea música. Y toda música tiene al silencio como referencia implícita, como “El silencio de Beethoven” que invocó el mexicano Ernesto Cortázar.
A diferencia de otras artes, el texto carga en sí el maleficio de la palabra que, tarde o temprano, agota las interpretaciones. No hay silencio en las palabras y contra ese maleficio batallaron grandes titanes: Lezama. Cuántas palabras necesitó Lezama para describirnos los silencios que rodearon a Muerte de Narciso. Y aún él, colosal, logró tan solo esconderlo, de contrabando, en el espacio inmensurable que hay entre el fin de una palabra y el comienzo de otra. Ahí, donde las olas de aire logran envolver el secreto albino y donde el espejo es capaz de averiguar callado si alguien ha muerto, o solo se ha fugado, sin alas.

