Al filo de sus vitales y muy lúcidos setenta y seis años, Roberto Fabelo (Guáimaro, 1950) nos regala Médula, una exposición que puede disfrutarse en la sede del habanero Museo Nacional de Bellas Artes hasta mediados del verano del presente 2026.

Conversar con Fabelo siempre, pero ¡siempre!, es un goce y un aprendizaje: horas antes de su cumpleaños —el 28 de enero— dialogamos con este dibujante, pintor, escultor, grabador e ilustrador que sorprende por las muchas ideas que logra condensar en cada una de sus propuestas y, según me confirmó, Médula es la exposición más grande que ha realizado hasta el momento. El diálogo que hoy ofrecernos a nuestros lectores —y que fue organizado y “agendado” por su musa, la imprescindible Súyu—, comenzó así.

“Primero quiero agradecer tu voluntad de ‘cazarme y atraparme’ después de tantos años de conocernos y de haber intercambiado muchas veces en conversaciones, siempre, muy interesantes.

“En este momento, quizás, esté cerrando un ciclo considerando que —a veces sin querer— hacemos ciclos de realizaciones y también lo que la vida propicia. Estoy al borde de los setenta y seis años. Soy un septuagenario y me mantengo trabajando y viviendo como si no lo fuera”.

Martí diría que estás viviendo “los años altos”. Siempre he querido preguntarte, ¿cuánto queda del niño de raíces campesinas que fuiste?

“Una vez dije que ojalá ningún niño se perdiera en el adulto que algún día iba a ser. Lo dije pensando en mi propia experiencia, vivencia, porque desde niño venía con esas ganas de dibujar, de crear, de entretenerme, de jugar, disfrutar y hacer algo con mis manos, con mi corazón, con mi mente.

“Desde niño sentí los deseos y la necesidad de dibujar por todos lados: paredes, pizarras, papeles, cartones… y sigo con ese espíritu —no digo que infantil—, pero sí del niño que traigo desde mis comienzos hasta hoy. Algo queda en mí que me sigue permitiendo jugar, explorar, dudar, temer, que son realidades propias de la visión de un niño que se asoma curioso al mundo nuevo, a diferentes desafíos, a incógnitas.

“…desde niño venía con esas ganas de dibujar, de crear, de entretenerme, de jugar, disfrutar y hacer algo con mis manos, con mi corazón, con mi mente”.

“Creo que eso ha caracterizado un poco la naturaleza de mi propio trabajo y es inherente de mi propia vida. El jugar con elementos de la naturaleza, crear mis propios juguetes y hacer trazos por todos lados fue el principio.

Ese espíritu continúa y sigo siendo un ‘grafomaníaco’, porque en el dibujo se origina todo y es donde está el cimiento de mi trabajo, mi mirada viendo el dibujo como instrumento de apropiación, de representación y de indagación”.

Hace unos años me dijiste que te considerabas un “atrapador de imágenes”, ¿sigue siendo así?

“El permanecer siempre dibujando me lleva, constantemente, a buscar y atrapar imágenes, porque no siempre uno tiene ideas; no siempre esas imágenes que ves las puedes apresar. No obstante, el ejercicio mismo del dibujo sí me ha llevado a capturar esas imágenes, a incorporarlas, a hacerlas parte de mi imaginario y, en consecuencia, desarrollar propósitos más ambiciosos que van más allá del maravilloso juego. He llegado hasta este punto de mi vida en que —¡salvando a ese niño!— he podido mantener una dinámica de búsquedas y la he fijado, la he soldado a mi alma, a mi espíritu. Eso me acompañará siempre”.

¿Cuál es el recuerdo más lejano que tienes del Fabelo niño con el hacer de las manos?

“Recuerdo muy claramente cuando cogía la cera de los panales de miel —después de tomarme la miel— y la masticaba, y con esa misma cera hacía pequeños animalillos del entorno: alacranes, arañitas, lagartijas. Trataba de imitarlos tal cual. Ahí lo que había era un juego, una mera curiosidad y un divertimiento. Esos alacranes, lagartijas y arañas se los llevaba a mi abuela para asustarla. Ese era el propósito. Quizás ahí está la génesis de mi interés por las formas y aquello constituía un simple juego en el intento de representar aquello que me gustaba. Ese fue, tal vez, el big bang de mi propio proceso como formación y gestación de una visión acerca de la vida y, posteriormente, del arte cuando entré en un camino más complejo de pensamiento, de análisis y de concientización de que aquello tenía que ver con el arte”.   

Siempre he querido hacerte esta pregunta para despejar una curiosidad. Alguien me comentó que estando en la Academia cogías las tizas blancas de escribir en la pizarra y las tallabas, ¿es eso cierto?, ¿sería la génesis de un escultor en pañales? 

“Es cierto. Con esas mismas tizas yo dibujaba en los pizarrones de la escuela y con trozos de cuchillas de afeitar —que eran de una laminita fina y filosa— trataba de hacer pequeñas esculturas.

“Las tizas son confeccionadas a partir del yeso, que es un material con el que puedes trabajar con facilidad. Después lo continué haciendo con trozos que dejaban los escultores en su modelado, luego del vaciado. Todo eso se lo regalaba a los amigos. Recuerdo que a Servando Cabrera le regalé alguna de esas piececitas que tenían un carácter erótico porque, precisamente, la obra de Servando tenía ese carácter.

“Esto no lo he dicho antes: en ese momento trataba de hacer pequeños cuerpos, parejas desnudas. En algunas de las visitas que hice a Servando se lo obsequiaba y el me daba libros y me alentaba a que estudiara. Tuve el privilegio de ver su obra junto a un montón de colegas que fueron muy asiduos a sus enseñanzas desde que eran sus alumnos cuando él era profesor de la Escuela Nacional de Arte (ENA). Lamentablemente no llegué a ser alumno suyo. Esos pedacitos de tizas cedían, en efecto, ante la cuchilla. No era más que un niño jugando”.

¿Sería esa la semilla del escultor en que te convertiste posteriormente?   

“Siempre digo y aclaro: no soy escultor de oficio. Quizás soy escultor por afinidad con diversos materiales. Estudié lo básico de la escultura, pero respeto muchísimo la obra de otros escultores que sí tienen una verdadera formación en esa especialidad. Como nos dieron una preparación básica en la Escuela de Arte, me familiaricé con los materiales y, además, estaba constantemente viendo ejemplos de realización de esculturas. Al final, la escultura se diversifica en su medio para realizarla y sin uno querer —e incluso sin darse mucha cuenta—, te conviertes en escultor porque manejas    los volúmenes, objetos y materiales, pero repito, no me considero un escultor: hago mi escultura y a partir de ella me atrevo a hacer planteamientos que pueden considerarse escultóricos”.

Naciste en Guáimaro, un sitio de la geografía cubana marcado por la historia. Viniste al mundo un 28 de enero, fecha del natalicio del Héroe Nacional cubano, José Martí. Eres un artista que ya se considera “universal”, con una obra reconocida en Cuba y también fuera de fronteras, ¿cuánto de esa Cuba raigal que llevas en tu ADN se refleja en tu obra?

“Universal, universal es Wifredo Lam; pero considero que donde quiera que haya un artista cubano, donde quiera que esté —ya sea en Cuba, en España, en el Congo o en China— hay algo de Cuba debido a su identidad, sus raíces, sus orígenes, y siempre estará tocado por algo muy particular, telúrico: salitre, monte, barrio, que pueden caracterizarlo.

“En mi hay de todo eso también. El haber nacido en Guáimaro, efectivamente, pesa. Nací en las afueras de Guáimaro, en el monte, y la conciencia de que era un lugar singular en la historia de Cuba la tuve después. Obviamente, ahí está el componente contextual, histórico, de cualquier persona sea artista o no.

“Siempre digo y aclaro: no soy escultor de oficio. Quizás soy escultor por afinidad con diversos materiales”.

“Considero que las infancias son múltiples y sí creo que en mi primera infancia hay mucho de ese entorno rural que tiene que ver con los paisajes, los animales. Recuerdo que en la madrugada acompañaba a un tío que ordeñaba vacas y me montaba en ancas sobre un caballo y ese olor a la mañana, a leche fresca, al primer trino de los pájaros… esas son impresiones primeras.

“Cuando nos mudamos para el poblado veía a algunos veteranos de las guerras de independencia —¡ya viejitos!— que se paseaban con sus medallitas colgadas al pecho y sus añejas guayaberas, y todo el mundo los saludaba con gran respeto. Son mezclas de experiencias que se acumulan. Mi familia era muy humilde y mi padre lo mismo cortaba caña, que era carbonero o lo que apareciera, pero era una familia muy decente, muy camagüeyana, muy respetuosa unos de otros, ¡muy bonita! Y, sobre todo, unos padres cariñosos. Todos esos componentes de lo íntimo y del entorno gestaron en mí y formaron una manera de percibir el mundo y a los seres humanos, y me explica —a mí mismo— algunos rasgos de mi propia naturaleza. De niño era muy aventurero y me gustaba perderme por los montes, bañarme en los ríos, montarme en caballos ajenos. Así fue una parte de mi infancia”.

Una infancia feliz

“Creo que casi todos los niños, salvo los que desgraciadamente estén en un lugar donde haya guerra, son ajenos a los dramas, e incluso en medio de la pobreza se divierten y, obvio, tiene que ver con la ingenuidad, con la inocencia, con la pureza”.

Hoy en el Museo Nacional de Bellas Artes se expone Medula. Quiero que me confirmes, que me aclares, ¿es esta la exposición más grande que has realizado hasta el momento?

“Puedo decir que sí, que es la exposición más abarcadora que he hecho hasta el momento. Es una muestra que se mueve en diversos lenguajes y maneras de abordar la imagen y los temas que he trabajado. Esta es la quinta exposición que he realizado en el Museo Nacional de Bellas Artes y, por cosas de la vida, he tenido la suerte de haber hecho Fragmentos vitales en 1988, Un poco de mí en 2003, Mundos en el 2005, Sobrevivientes en 2009, hasta llegar a Médula. Esta exposición es la más grande”.

No obstante, estás de manera permanente en el Museo: aquí está Sobrevivientes y en las salas permanentes parte de tu obra en papel kraft

“Exacto. Estar en el Museo atesorado de esa forma, para mí, verdaderamente, es un honor. Me siento muy honrado porque no siempre se puede estar en un museo. Es una forma de reconocimiento que se hace a la labor de un artista. Es un privilegio estar junto a otros grandes colegas históricos y contemporáneos”.

“…[Médula] es la exposición más abarcadora que he hecho hasta el momento”.

Sobrevivientes está, también, de manera permanente en el Museo.

Sobrevivientes —o las cucarachas, como la gente les llaman— ha generado todo tipo de interpretación y de especulaciones. Uno puede intentar tratar de hacer una descripción, pero es insensato revelar una clave: las claves de una pieza, pueden ser mil claves, un millón de claves, porque cada espectador elabora o relabora una obra según su visión. Esa es una de las cualidades que tiene el arte. Imponer un título es una pista que hay que seguir, pero no es algo totalmente definitorio”.

Hablando de títulos, ¿por qué la Médula en Fabelo?, ¿qué tiene esta exposición de medular?

“La palabra médula o el concepto ‘médula’ está asociado a lo medular de mi trabajo. Lo medular como esencia, como sustancia que está en el origen de todo y contiene todo y hace vivir. Si no hay médula, nada es posible.

“El título de esta exposición me venía por ahí porque decidí exponer lo más medular de mi trabajo que va desde el dibujo que tradicionalmente he hecho sobre papeles hasta manipulación de objetos encontrados: calderos llenos de historia con su pátina de carbón, de fuego, de grasa, que han sido intervenidos por mí y colocados en forma de torres como es el título de esa instalación.

“Me pregunto, ¿cómo mutas sin perder tu condición? El desafío o el imán que me subyuga tiene diversas atracciones. Por lo tanto, materiales diversos, elementos conceptuales diversos, descripciones, puros juegos. Creo que soy diverso y variado”.

En Médula están incluidas ese tipo de piezas hasta la instalación de los huesos colgando que son, quizás, los que más se aproximan al sentido o a la clara idea de lo que es la médula. En esa instalación está el manejo del volumen, del espacio y la aplicación del dibujo que en mí es medular, sustancial, vital.

“Me pareció que ese término abarcaba y expresaba el propósito de demostrar esa diversidad y variedad que te lleva a pensar que Fabelo es el mismo, pero variado. Me pregunto, ¿cómo mutas sin perder tu condición? El desafío o el imán que me subyuga tiene diversas atracciones. Por lo tanto, materiales diversos, elementos conceptuales diversos, descripciones, puros juegos. Creo que soy diverso y variado”.

Es claro que el dibujo tiene en Médula un gran peso: está sobre papel, está sobre huesos, está sobre calderos, es decir, en los más diversos soportes; pero hay una instalación en la que hay que hacer un paréntesis. Me refiero a “Liderazgo”, ¿por qué estos rinocerontes?

“El rinoceronte es un animal que tiene una imagen que ha sido muy atractiva para muchísimos artistas. Es un animal verdaderamente bello en el que se mezcla fuerza y, a la vez, fragilidad ante los hombres. El símbolo de fuerza y fragilidad puede ser una dualidad que —para el planteamiento de esta instalación—, me sirve para mostrar la necesidad de la contradicción.

“Unos van en un sentido y solo hay uno que va en otro. Si uno logra colocarlo en esta época entenderá que hay una crisis de los liderazgos y que hay grandes, enormes, desafíos en ese sentido que están caracterizando y están signando esta época. No me he propuesto dar una explicación acerca de esta instalación, de definirla, de enmarcarla, porque creo que es necesario que el espectador tenga la posibilidad de elaborar sus propias ideas y su visión y quisiera respetar eso.

“‘Liderazgo’ es una celebración de la naturaleza misma y de la belleza de este animal”.

“He escuchado todo tipo de comentarios y de opiniones y estoy muy satisfecho, porque eso es lo más importante: que cada quien interprete la obra. Tenemos muy cerca en el tiempo y en el espacio las contradicciones propias del liderazgo: el líder y su soledad; también, el líder y su objetivo. Dejo eso ahí para que cada uno pueda sacar sus conclusiones.

“Igualmente, ‘Liderazgo’ es una celebración de la naturaleza misma y de la belleza de este animal, y advertencias que uno también quiere hacer sobre la responsabilidad del hombre para con los ecosistemas, la naturaleza y su entorno. Por lo tanto, el registro de interpretaciones puede ser desde lo natural, biológico, social, político… puede haber innumerables aristas de interpretación a la hora de tener una apreciación o una percepción de esta instalación”.

Me haces recordar Mundos, exposición personal en la que incluiste varias esferas y una de ellas estaba recubierta con casquillos de balas y hoy, desgraciadamente, vivimos en un momento en el que las guerras son un escenario real. El hambre, la necesidad de alimentarse, es una realidad que se vive hoy en el mundo y Cuba no está exenta de ello, ¿cuánto de esas inquietudes siguen estando en el centro de tu quehacer?, ¿es lo que te rodea, lo que te nutre?, ¿qué es lo que te mueve para hacerte ese tipo de planteamientos desde el arte con muchos significantes?

“Es el tiempo que he vivido y el que estoy viviendo. Estas preocupaciones han salido no porque haya existido una concientización del problema. Es que percibiendo, teniendo experiencias, y recibiendo informaciones confluyen en uno todos esos procesos y salen en la obra. 

“En las torres, por ejemplo, el uso de viejos y tiznados calderos están cargados de mil historias y hablan de la precariedad en la que hemos vivido los cubanos y de la precariedad que se vive en muchas partes del mundo.

Es natural que si eso sucede, me sienta como una especie de realista porque miro, estoy atento a la realidad y el hecho de vivirla facilita que aparezcan estas piezas que están llenas de una extraña poesía que se relaciona con las vivencias de la gente. ¿Cuántas personas habrán comido de esos calderos que colecto?, ¿cuánta historia personal de todo tipo habrá detrás de todo eso? Esa pátina oscura que no es más que la mezcla de la grasa y el fuego y de las historias humanas que hay en esos calderos, están imantadas.

“Ese vicio de dibujar en todas partes me llevó a rayar y dibujar sobre esos calderos”.

Esos calderos se han convertido para mí en símbolos, en expresiones de mi propia realidad. Por lo tanto, respeto mucho esa realidad, respeto la existencia de estos objetos relacionados con esas vidas, con esas dinámicas. Es por eso que los he amontonado.

Quizás antes les pasaba por el lado y no me detenía, pero sí recuerdo que en los campamentos, viendo esos calderos en las escuelas al campo, en las becas, en los rincones de viejas cocinas, empecé a apreciarlos de otra forma. Comencé a hacer sobre su superficie incisiones, dibujos, olvidándome de que ya de por sí tenían —en su aspecto original— una poesía y que eran intocables. Ese vicio de dibujar en todas partes me llevó a rayar y dibujar sobre esos calderos”.

Hace más de veinte años me afirmaste: “no se puede perder la curiosidad ni la inquietud”. Al filo de tus setenta y seis fructíferos eneros, ¿qué te queda?

(Risas) “Sigo sintiendo una inmensa necesidad de dar respuestas a esas ganas que tenía cuando niño, y aún no la he podido colmar plenamente.

“Siempre pienso: lo pude hacer mejor, me parece que a todo le falta más trabajo. De modo que me queda mucho por hacer para simplemente decir que esto es un tránsito y que el fin, el destino, es vivir y haber tenido la dicha de expresarme a través de lo que desde niño me gustaba. Me he atrevido a hacer cosas que me indican que puedo seguir atreviéndome.

“Siempre pienso: lo pude hacer mejor, me parece que a todo le falta más trabajo”.

“Doy gracias porque siempre me acompaña Súyu, mi musa; que a veces me advierte, pero siempre, ¡siempre!, me impulsa a hacerlo y es la que, igualmente, me pone en alerta. Y eso lo agradezco mucho. Más agradecido a la vida no puedo ser de lo que he podido realizar. Ahora, cerrando este ciclo con Médula en el Museo Nacional es algo que me hace sentir profundamente satisfecho y muy conmovido por la respuesta del público”.

¿Es una exposición hecha para los cubanos?

“Sí y no. Médula está pensada para todo el mundo; pero los cubanos somos gente que, en estos momentos críticos, difíciles, de carencias y dificultades de todo tipo, necesitamos del arte.

El día de la inauguración de Médula hubo más de uno que la calificó de “conmovedora”, y creo que eso encierra un sentir. Médula está hecha para los cubanos y para todos. Esta exposición se la debía al Museo y a su director, Jorge Fernández, con quien desde hace años me comprometí a que me curara una exposición. Jorge, junto con la joven especialista Laura Arañó —del equipo de curadores del Museo—, hicieron una selección extraordinaria. Quiero subrayar que todo el equipo del Museo de Bellas Artes de La Habana hizo una labor espectacular: montadores, restauradores, ¡todos!, se pusieron en función de Médula y estoy muy, pero muy agradecido. Igual, a ese público que visita la exposición y que viene desde lejísimo pasando mucho trabajo con el transporte: esos son los que más me interesan. De corazón lo digo”. 

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