Amalia e Ignacio: “Ángel mío, Amalia idolatrada”
Los amores románticos sí existen cuando son enteramente reales. Y llegan a ser más hermosos que los de la ficción. También pueden entrar en el imaginario y la leyenda. Los amores de Amalia Simoni e Ignacio Agramonte fueron así: eternos.
Amalia mía, Amalia adorada:
Qué tarde tan agradable he pasado. Tu recuerdo ha venido de una manera muy especial y que tú no sospechas, felicítame en un día que jamás tuvo para mí esta dicha. (30 de julio de 1867, aun siendo novios)
Adorada Amalia mía:
Continúo sin novedad pero sin noticias de ti ni del Mambisito que constituyen todo mi amor. Escríbeme, Amalia mía, ya que no puedo estar a tu lado. (4 de junio de 1869). Ángel mío, Amalia idolatrada:
¡Con cuánta alegría, leí ayer tus cartas del 26 de agosto y 29 de septiembre! ¡Muy atrasadas son; pero hace tiempo que no leía carta tuya! Antes solo había recibido una, creo que del 7 de septiembre. ¡Cuánto he gozado con la pintura que me haces de nuestro Ernesto y de sus gracias! ¡Ay, quién te viera y quién lo viera a él! De nuestro segundo chiquitín, nada sé. Supongo por una de Simoni del 28 de diciembre que habrá nacido en los primeros días, de este año. ¡Como lucha el corazón, bien mío, uno y otro día, en todos los momentos de la vida, con esa separación de las prendas que así adora! ¡Qué honda amargura encierra el pecho, porque no te veo, y vivo lejos de ti! Y sin embargo me siento dichoso cuando pienso en que me amas y que con frecuencia piensas en mí. (Desde el campo insurrecto de Camagüey, 1 de abril de 1871)

Nacida el 10 de junio de 1842 e hija de una familia acomodada de Camagüey con anhelos patrióticos, Amalia Simoni y el joven abogado Ignacio Agramonte se casaron el 1 de agosto de 1868. Ella tiene 26 años, él uno más. El 1 de diciembre la familia Simoni abandona su casa-quinta en Puerto Príncipe para mudarse a la finca La Matilde, un lugar más seguro dada la filiación mambisa de los Simoni. En La Matilde nace el primogénito Ernesto, que el padre llama El mambisito.
Pero aquel lugar deja de ser lo suficientemente seguro y Agramonte traslada la familia a un paraje que llama El Idilio, en las proximidades de la serranía de Cubitas.
Hallándose en campaña recibió el mayor general Ignacio Agramonte la noticia del nacimiento de su primer hijo. Hombre apegado al seno familiar, difícilmente podía controlar la ansiedad por abrazar al pequeño. A caballo partió en la medianoche hacia la finca El Idilio, su nido de amores con Amalia Simoni, adonde llegó cuando todos dormían. En el cuarto mismo de Amalia se hallaban otras mujeres refugiadas allí de la persecución de los españoles.

Es Mary Cruz en su biografía El Mayor quien cuenta que una de ellas, Ana Betancourt, escuchó ruidos y se asomó:
En efecto, paseándose como un león acosado, vio a Ignacio en el portalito, frente a la puerta. Con impaciencia, gritó a las durmientes: “Vamos, vamos, ciudadanas, de pie y fuera de este cuarto, que aquí está un hombre desesperado por abrazar a su mujer y conocer a su hijo”. Ni ante un peligro habrían procedido aquellas mujeres con mayor celeridad. Junto a la esposa y al hijo, Agramonte sentía crecer sus fuerzas y le parecían más pequeñas las dificultades de la guerra.
Sin embargo, pese a las precauciones llega un momento en que la tropa española sigue de cerca a la familia y no da tiempo a Amalia para ocultarse. El oficial español la apresa, junto a otras mujeres.
– ¿Su nombre, señora?
– Soy Amalia Simoni, esposa del mayor general del Ejército Libertador Ignacio Agramonte. ¡Viva Cuba!
– ¡Y viva España, señora!, que ambas pueden convivir si tratan de hacerlo en armonía. No tema usted. A la generosidad de su esposo debo yo la vida. Con ella respaldo la de usted y la de los suyos.
El general Fajardo propone a Amalia que por amor a ella y a su hijo, Agramonte renuncie a la revolución. He aquí su respuesta:
-General, primero me cortará usted la mano, antes que escriba a mi esposo que sea traidor.
Amalia Simoni tuvo durante toda su vida dos amores innegablemente ligados: Ignacio Agramonte y Cuba
Cuando la situación en Cuba se torna insostenible para Amalia, embarca hacia Nueva York, donde nace Herminia, a quien Agramonte no llega a conocer. Hallándose en Yucatán, México, tiene conocimiento de la muerte en combate del esposo el 11 de mayo de 1873, a la edad de 31 años. Idolatrado por los hombres bajo su mando que lo reconocen afectuosamente por el Mayor, poseedor de un valor temerario, inteligente como jefe y responsable por la vida de los suyos, Agramonte ha organizado y liderado combate tras combate la caballería camagüeyana. Al caer en el potrero de Jimaguayú, los españoles identifican su cadáver, se apropian de él y lo conducen a la ciudad de Camagüey, donde incineran los restos y dejan al viento esparcir las cenizas para que el héroe jamás pueda ser inhumado por los suyos.
Amalia regresó a Puerto Príncipe a la terminación de la Guerra de los Diez Años, y con la irrupción de la del 95 de nuevo emigra a Norteamérica, donde recauda fondos para la insurrección. En Cuba, una vez proclamada la república, rechaza una pensión gubernamental que como viuda del Mayor se le pretende dar: “Mi esposo no peleó para dejarme una pensión, sino por la libertad de Cuba”, expresa entonces.
Falleció en La Habana el 23 de enero de 1918, a los 73 años. Finalmente en 1991 sus restos fueron trasladados a Camagüey.

