(Fragmentos de la introducción a la tercera edición de Cuando el beisbol se parece al cine, en proceso de publicación en este 2026 por Ediciones Icaic).

Acompañados por la memoria de Ismael Sené, líder en la larga brega para que se reconociera el beisbol como Patrimonio Cultural, el 19 de octubre de 2021, en los terrenos de El Palmar de Junco, que en su siglo y medio de historia tal vez sea el estadio en activo más antiguo del mundo, se produjo la declaratoria de su reconocimiento. Como subraya la resolución ministerial que fija esa condición, la pelota “se arraiga como pasatiempo criollo, y deviene en elemento catalizador de la integración sociocultural y del proceso de surgimiento y consolidación de la nación cubana” y de manera indiscutible “forma parte de la cultura popular tradicional, entendido como deporte, espectáculo y tradición oral, y trasciende a otros ámbitos como la literatura, las artes plásticas, el teatro, el cine, la música, e incluso, el vocabulario cotidiano”. Este esperado suceso cumple un viejo anhelo de todos los que de una forma u otra le debemos tanto a nuestro deporte nacional en el espíritu de ser cubano, deuda que gracias a la voluntad de muchos, entre los que me incluyo, como da fe el presente volumen, ha sido saldada, con amplia repercusión en el ámbito de la sociedad, el deporte y la cultura. Todo lo que ahora, como es natural, impondrá nuevos desafíos para el futuro que ya es presente. Este acontecimiento así lo reconoció en su importancia un estudio sobre el beisbol colombiano: “El 19 de octubre de 2021, en una ceremonia protocolaria, la cultura del beisbol fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación Cubana. Este hecho motivó a otros países y regiones de Centroamérica y el Caribe a iniciar procedimientos similares”. [1]

“El deporte, como expresión de la cultura de una sociedad, deja un legado a manera de construcción simbólica y material, que está determinado por su contexto”.

Nos alegra que las páginas de este libro, por aquello de que la controversia es inseparable de la pelota, contribuyeran en su momento a apoyar esa idea por encima de la anécdota, la jugada espectacular, el récord, el evento cultural o histórico, y que este conjunto de figuras cimeras del beisbol cubano configure una galería donde cobre cuerpo y sentido lo que escribiera el cronista ejemplar que fue Eladio Secades, y que me permito citar en extenso:

El beisbol en Cuba es una emoción silvestre. Es la cátedra que se practica por unanimidad. Por lo mismo que todos conocemos de beisbol, nunca nos ponemos de acuerdo y discutimos con ese odio fraternal con que solo pueden disentir los vecinos, los amigos y los hermanos. El deporte no merecería la pena si no fuera por ese conjunto deshilachado de la cordialidad […]. Nada más aburrido que la coincidencia entre fanáticos […] el criollo nunca dice hablar, sino discutir de pelota […]. En el beisbol nacional no hay diletantes, sino críticos. No hay aficionados inocentes y fáciles de complacer, sino expertos armados de cultura y exigencia […]. Para el cubano el juego termina, pero el deporte sigue. En el mitin de la esquina. En la bronca de la lechería del barrio. En la “guantanamera” para hacer rabiar al compañero de oficina. [2]

Me gustaría citar a Jorge Luis Borges, uno de los autores canónicos, quien nunca simpatizó, quizás como ninguno, con el llamado “deporte de las multitudes”, acaso sí con el críquet: “Los aficionados al fútbol no son ni buenos ni malos, son incorregibles”. Disfruto asumir esa disquisición desdeñosa de “incorregible” para el seguidor declarado del beisbol, que igual se define como testarudo o intransigente. El intelectual español Javier Marías impuso una frase que constituye un axioma: “El fútbol es la recuperación semanal de la infancia”. Igual se puede decir del beisbol como la recuperación cíclica de la memoria de siempre en el altar de nuestra “educación sentimental”.

“Más allá del paisaje familiar, el beisbol es el testimonio afectivo de cada una de nuestras edades”.

El deporte, como expresión de la cultura de una sociedad, deja un legado a manera de construcción simbólica y material, que está determinado por su contexto. La pelota tampoco es una entidad absoluta. Los procesos de socialización que condicionan a los atletas, al espectáculo y al público, son los que caracterizan una época y tejen un entramado que define lo normal y lo razonable. Para resumirlo con la sencilla frase de una canción contemporánea del dúo Buena Fe: …será que el beisbol se parece a la vida…

Nuestros peloteros, sus jugadas y su historia, forman parte de lo universal criollo de nuestra identidad. Con esa intención establecí múltiples vínculos, como un juego de espejos, entre el deporte nacional y diferentes protagonistas de nuestra cultura y acontecer histórico, interrelaciones entre eventos y manifestaciones del arte y la literatura que se imbrican en ese tejido identitario, y lazos dialógicos con la cuenca caribeña y, sobre todo, con ese espacio originario de nuestra pelota que es la cultura norteamericana. La música y el beisbol han sido sin duda los escenarios más atractivos para la interrelación entre los pueblos cubano y norteamericano, y eso responde a una sapiencia bicentenaria que comparten. Como nos recuerda el profesor Félix Alfonso López, en su prólogo a Nueve innings. La cultura del beisbol en el Caribe colombiano, este se replica en nuestro Mare Nostrum:

Un punto neurálgico en esta cartografía lo son Las Antillas, que en su totalidad presentan una condición de puente telúrico entre las dos grandes masas continentales de América. A esta circunstancia de referencialidad múltiple, es lo que Benítez Rojo llama un “Meta Archipiélago”, una “Isla que se repite”, cuyo centro espacial es muy difícil de precisar […]. Entre los códigos culturales compartidos por una parte de las referidas tierras está el beisbol, llamado entre nosotros de manera coloquial “juego de pelota” o sencillamente “pelota”. [3]

Abundo en notas, citas, comentarios, muchos prestados y algunos que pueden parecer redundantes, pues me resultaban imprescindibles en este “cajón de sastre”. Por aquello que reivindicaba ese intelectual entusiasta de la pelota que se llamó Roberto Fernández Retamar —conjurando a su maestro Alfonso Reyes—, también “prefiero repetirme a citarme”; y por la verdad de Perogrullo de que toda escritura, como los anillos de los árboles añosos, está sobrepuesta una sobre otra, conformando un peregrino palimpsesto. Una curiosidad, como otras muchas de este volumen debida al acucioso incansable que es Félix Julio: un poema de ocasión casi desconocido de don Alfonso, dedicado a su amigo José María Chacón y Calvo —quien era amante del ejercicio físico—, nos sorprende con estos versos: Bien quisiera, al compás de una danza de Albéniz/ jugar un par de horas al base-ball o al tenis/ Pero todo es inútil; llueve; yo tengo sueño… [4] Son tantas e imprescindibles las citas y las referencias bibliográficas que suscita un volumen de este tipo, que requerirían numerosas notas a pie de página. Aun cuando solo lo logré en parte, traté de reducirlas lo más posible, consecuente con aquello que el sabio Eliseo Diego dispuso en Poemas al margen: “Poniendo aquí esta aclaración me ahorro una nota ‘a pie de página’”. Según el gran actor norteamericano John Barrymore, semejantes notas equivalen a “las llamadas telefónicas en la noche de bodas. Por tanto, es aconsejable evitarlas”.

“Con la pelota, nuestras existencias no terminan, nos prolongamos en las distintas generaciones que guardamos en la memoria, con el anhelo de querer verlo y recordarlo todo (…)”.

En el título que antecede a la primera edición de este libro [5], cuya redacción concluí en diciembre de 2011, adelanté la conjetura de posibles reediciones futuras, poniendo en evidencia mi inconformidad con lo logrado hasta ese momento: “Me queda mucho por conocer y escribir sobre el tema, organizar estas páginas solo me sirvió para “calentar el brazo” con vistas a un proyecto más ambicioso, algo que se adivina en las ideas esbozadas, en los muchos apuntes de temas por desarrollar. Los anexos que incluyo: artículos, entrevistas, crónicas, cuentos, así lo delatan”. Ahora doy a conocer esta nueva versión, enriquecida, “corregida y aumentada”, como prefieren decir los editores, pero igual de limitada, pues es un tema que no se agota y, como en el acertijo infantil de “el cuento de la buena pipa”, no tendrá fin.

Más allá del paisaje familiar, el beisbol es el testimonio afectivo de cada una de nuestras edades. Su narrativa nos acompaña, en apariencia oculta y sencilla, pero siempre como un vestigio inexorable del pasado o como una dimensión más amplia del tiempo por vivir, pues… “el público y los jugadores son siempre de la misma edad”. Al recrear el pasado, que es el ánimo que gravita sobre estas páginas, me resulta válida, como conciencia del tema que nos ocupa, el siguiente argumento de Tzvetan Todorov, extraído de su libro Los dilemas de la memoria (consultado en la Biblioteca Digital del Centro Teórico-Cultural Criterios):

[…] el pasado no puede nunca ser restituido íntegramente. En todo caso, solo subsisten algunos rastros, materiales o psíquicos, de lo que fue: entre los hechos en sí mismos y las huellas que dejan, se desarrolla un proceso de selección que escapa a la voluntad de los individuos. Cuando un individuo emprende por su propia cuenta un trabajo de recuperación del pasado se agrega un segundo proceso de selección, consciente y voluntario: de todos los rastros dejados por el pasado, escogeremos retener y consignar solo unos determinados por juzgarlos, por alguna razón, dignos de ser perpetuados. A este trabajo de selección necesariamente le sigue otro, de disposición y por lo tanto de jerarquización de los hechos: algunos serán puestos en relieve, otros expulsados a la periferia.

Para concluir, quede en estas páginas mi admiración, “estén donde estén”, a peloteros y aficionados, desde la fama o el anonimato, evocados en la memoria de las generaciones pasadas o en el desafío de las emergentes, vibrantes en el Estadio Universitario de Caracas, en el Yankee Stadium del Bronx, en el Latino del Cerro, o en los campos de Perico y Quemado de Güines, los placeres de Arroyo Naranjo, las esquinas de El Vedado; todos ellos alimentaron esta pasión que otorga un sentido más a la vida. Además de un homenaje, aquí se paga una deuda de la nostalgia por los tiempos pasados, luminosos o difíciles, y se hace una apuesta de futuro por los que vendrán con sus nuevos ídolos, leyendas, poemas, novelas o películas. Como escribí, hace más de treinta y cinco años, [6] rememorando “aquellos momentos inolvidables” de la infancia y la adolescencia:

El doble movimiento de Hurtado; Alarcón enseñando el número; el largo swing de don Miguel Cuevas; Isasi al robo de segunda; o el guante mágico y elegante de Ñico Jiménez, levantaron de sus asientos —desde el abarrotado estadio hasta la íntima sala familiar, pasando por el comedor del campamento cañero y la barraca de la unidad militar— a millones de cubanos que, tristes o felices, les siguen agradeciendo a estos peloteros aquellos momentos inolvidables…

Hoy acotaría, con respecto a estas evocaciones que me son tan entrañables: Pero el hombre entre el/ público/ cada temporada es más viejo. Nuestra edad se juzga por los peloteros que hemos visto jugar durante esa película que se parece a la vida.

“Nuestros peloteros, sus jugadas y su historia, forman parte de lo universal criollo de nuestra identidad”. Imagen: Cortesía del autor

Con la pelota, nuestras existencias no terminan, nos prolongamos en las distintas generaciones que guardamos en la memoria, con el anhelo de querer verlo y recordarlo todo, y no quedarnos en un solo lado del terreno, sino trascender en permanente renovación en nuestros hijos, amigos, aquellos que nos sobrevivan y compartieron un instante de las alegrías y las zozobras que nos regalaron sus protagonistas y nuestros compañeros de afición, incluyendo los del equipo contrario.

A todos ellos, dentro y fuera del terreno, los reconozco en las glorias del centenario guajiro Conrado Marrero o de mi ídolo de la infancia, reencontrado años después como un cordial conocido, Orestes Minnie Miñoso —fallecidos ambos pero cercanos en el tiempo—, y a los demás actores y testigos que dejaron sus vidas en el diamante o en las gradas, y, en especial, a los silenciosos y anónimos espectadores agrupados alrededor del radio o el televisor, representados en Pedro, el abuelo de mi hija, y mi madre, quien me llevó por primera vez al estadio por puro amor, pues no tenía la menor idea de aquello que tanto me entusiasmaba. A ellos es a quienes con eterna gratitud dedico estas páginas.


Notas:

[1] Bertha Lucía Arnedo Redondo y Felipe Merlano De la Ossa: Nueve innings. La cultura del beisbol en el Caribe colombiano, Cartagena de Indias, Colombia, 2022, p. 131.

[2] Leonardo Padura y Raúl Arce: El alma en el terreno (prólogo de Norberto Codina), Editora Abril, La Habana, 1989, p. 9.

[3] Berta Lucía Arnedo Redondo y Felipe Merlano De la Ossa: Ob. cit., p. 12.

[4] Zenaida Gutiérrez Vega: Epistolario Alfonso Reyes-José María Chacón, Fundación Universitaria Española, Madrid, 1976, p. 17.

[5] Norberto Codina: Cajón de bateo. Algunas claves entre beisbol y cultura, Ediciones Matanzas, Matanzas, 2012.

[6] Norberto Codina: “El beisbol o el centro del universo”, en Leonardo Padura y Raúl Arce, ob. cit. p. 12.