Cuando se quiere de veras, como quiero a Alfredo Zaldívar Muñoa, el tiempo se difumina, las fechas son imprecisas, el presente perpetúa el pasado, y nada tiene más importancia que el afecto continuo, imbatible, y muchísimas razones (y deudas de gratitud) lo explican. Si tuviera que precisar el año exacto en que lo conocí, me resultaría más o menos imposible, porque su nombre ya era familiar en mi hogar desde antes de yo verlo en persona, dada su amistad con Eliseo, con Cintio, con Fina, con Marta Valdés, con Nancy Morejón, todos seres entrañables asiduos a visitarnos, y por supuesto con Roberto (A quien por suerte Zaldívar nunca llamó “Retamar”), y con Adelaida. Más o menos puedo precisar que en los años noventa por primera vez lo vi en el aeropuerto José Martí, cargando montones de bultos cuando viajaban junto a él las maravillosas obras de arte de Ediciones Vigía. Iba hacia España, según recuerdo, y mi padre me lo presentó más o menos así: “Quiero que conozcas a un gran poeta, a un artista inmenso, al fundador de las ediciones más bellas de Cuba”. Así que más o menos llevamos treinta y tantos años de una relación que cada vez se hace más cercana, más entrañable.

Cuando Sigfredo Ariel me dijo que Zaldívar era El Alcalde de Matanzas (más o menos hace veinte años), yo añadí lo que sigo creyendo, y cada vez más: “Será Alcalde, pero es un verdadero Hado Madrino, de tanta magia que brota de él”. Visitar la Atenas de Cuba tiene su nombre, de forma que si él no está siento como si no hubiera visitado esa ciudad, a pesar de ser tan cautivadora. Porque si no lo veo, me falta amor, me falta paz, me falta mi Hado. Incontables veces he tenido el privilegio de ir a Matanzas (más o menos una vez por año), y aunque antes no iba sola (o con Sigfredo y Norge, o con Arístides y Lidia, o con Nancy y Marta o con mis padres), ahora que voy como Laidi a secas, recibo de Alfredo el mismo afecto, la misma complicidad, el mismo alborozo inigualable de cuando iba acompañada. Si tuviera que escoger su cualidad más sobresaliente (son muchísimas: su talento artístico, su consagración al trabajo, su definición de la belleza aún en los detalles más simples, su ingenio, su sentido del humor, su poesía, su narrativa, su chispeante modo de afrontar la realidad) diría, a riesgo de parecer ridícula, su lealtad.    

“Me parece increíble más o menos que se cumplan setenta años de la llegada al mundo de esta criatura que en realidad no tiene edad, porque los símbolos, como los ángeles, como las hadas, en este caso mi hado, carecen de temporalidad”.

De tantos “más o menos”, he recibido y recibo del Hado los más bellos regalos, y los menos rimbombantes detalles. Nada es superfluo en su actuar porque no actúa: es auténtico. Y así se ilumina el espacio que habita, con una legítima y sobrecogedora lealtad. Llegados los durísimos momentos de la muerte de mis padres, fue a él a quien avisé de primera mano, porque no merecía saberlo de otra forma. Sé cuánto los amó (amor brujo y bien correspondido a lo largo y ancho del tiempo), de manera que aunque nuestro cariño es tan auténtico como todo lo suyo, es también una herencia, y, por tanto, doblemente eterno.

Me parece increíble más o menos que se cumplan setenta años de la llegada al mundo de esta criatura que en realidad no tiene edad, porque los símbolos, como los ángeles, como las hadas, en este caso mi hado, carecen de temporalidad. Etéreos y no etarios nos acompañan desde cualquier dimensión, y siempre están, siempre existen, y siempre nos acompañarán, aunque ya no estemos en este plano terrenal y pragmático que nada tiene que ver con la espiritualidad del arcángel a quien hoy, sin embargo, felicitamos con el fervor que más o menos nos brota. Concluyo con una anécdota seguramente intrascendente, pero que demuestra cuánto amo al caballero a quien sus queridas Maylan y Nathaly sorprenderán con muchísimos mensajes de amor.

Hace más o menos siete años, revisaba yo la papelería de mi padre, y encontré su diminuta (y caótica, debo añadir) libreta de teléfonos. En el separador correspondiente a la letra “Z”, sólo había un número. La página, trémula y sola, reflejaba únicamente el contacto de su amigo personal y mi Hado Zaldívar. Por impulso, sin pensarlo, rasgué ese papel y se lo regalé al Alcalde de Matanzas. Es una puerilidad, lo sé, pero quise que Alfredo Zaldívar Muñoa tuviera constancia (otra) de cuánto su amigo, mi padre, lo estimaba y lo necesitaba. Hoy, cuando más o menos solo voy quedando yo de aquella pléyade que tanto lo quiso, me sumo a la felicitada colectiva, y le digo “Dúranos, quiérete, acompáñanos con tu sempiterna y mucha melancolía, queridísimo nuestro”.