Ha muerto un gran pintor…, y amigo. Ever Fonseca dejó de existir físicamente el pasado domingo 29 de marzo, pero no su obra pictórica, la cual permanecerá por siempre. La misma se reconocerá entre las más emblemáticas de la primera generación de artistas plásticos graduados de la Escuela Nacional de Arte (ENA). En dicha institución docente lo conocí en el ya lejano 1967; recién había concluido mi Servicio Militar Obligatorio cuando ingresé en la ENA para estudiar diseño escenográfico con el profesor checo Dimitri Kadernovska.
Entre los estudiantes de diseño y los de artes plástica siempre hubo una gran camaradería. Y entre estos últimos sobresalía Ever, no sólo por ser de los primeros en iniciar tales estudios en la ENA, sino también por provenir de las filas del Ejército Rebelde, condición que lejos de distanciarlo de los más jóvenes de recién ingreso, lo hacía más familiar entre nosotros, porque a diferencia de algunos, siempre fue franca y espontánea su forma de ser.
Al paso de los años, “el guajiro” devino uno de los grandes pintores cubanos surgidos durante la segunda mitad del pasado siglo. Siempre fiel a sí mismo y, por consiguiente, a su origen y naturaleza, su obra pictórica alcanzó una originalidad tal que se desmarcó de cualquier otro precedente de nuestra herencia plástica, sin que por ello dejara de inspirarse en lo mejor de su legado, al abordar con un lenguaje visual de vanguardia los mitos y leyendas de su tierra oriental, justo allí, donde al decir de nuestro José Martí: “Son más altas las palmas”.
“…siempre recordaré su auténtica amistad y entrega, el consejo franco y la oportuna broma…”
El amor a las artes nos volvió a relacionar a inicios de los setenta, cuando ambos coincidimos como profesores en el Curso para Trabajadores de la Escuela de Diseño del Ministerio de Cultura, sita entonces en 11 y 4, al lado del Departamento de Orientación Revolucionaria. En su nueva condición, todo Ever seguía siendo el mismo. Sin necesidad de asomar la cabeza, se sabía el aula donde él daba clases, por la relación natural, de camaradería que establecía entre su jerarquía docente y el alumnado, donde no faltaban profesionales ya establecidos en nuestros medios de comunicación. En tal desempeño siempre recordaré su auténtica amistad y entrega, el consejo franco y la oportuna broma, que al airear el ambiente, hacían de dicha escuela el espacio más natural para enseñar y aprender, alumnos y profesores.
Todo lo contrario de lo que a veces ocurría con ciertos críticos del ámbito artístico nacional, incapaces de interiorizar y comprender una pintura que rebasaba todo canal preestablecido, para concluir en una nueva propuesta estética y comunicativa de vanguardia; realzada, además, por resistirse a cualquier aptitud imitadora o repetitiva con respecto a lo ya instituido en nuestra cultura visual.
Dos años atrás, aproximadamente, su esposa nos convocó para escribir el prólogo de un libro sobre la trayectoria del amigo en nuestras artes plásticas. Para entonces ya Ever estaba enfermo. Un hijo suyo, establecido en Colombia, había hecho otro tanto, el cual llegó a publicar. Pero él, Ever Fonseca, conociéndolo como lo conocíamos, quería el suyo, “el cubano”, para leerlo, releerlo y tenerlo entre sus manos. El libro se concibió y diseño por Artecubano Ediciones; allí, aún se espera. En tanto, su pintura permanece y permanecerá por siempre. Nuestra amistad también.

