Desde hace varios meses se ha acrecentado un estilo de redacción muy específico. Exceso de adjetivación, de oraciones adversativas, gerundios y adverbios de modo. Estructuras que se repiten constantemente. Desde periódicos, redes sociales, guiones de videos y tristemente algunos libros. Cada día los textos generados por inteligencia artificial generativa son más comunes.
Creo que muchos estaremos de acuerdo en lo que esto representa para escritores, editores, periodistas y comunicadores. Para cualquier creador de la palabra es un robo e infravaloración de sus habilidades que demoran años en construirse. Pero quiero centrar mi análisis en otro aspecto: ¿qué efecto puede traer para los lectores consumir siempre el mismo discurso?, ¿cuánto del pensamiento crítico peligra?
Si constantemente somos expuestos a las mismas estructuras y narrativas, entonces lo homogéneo del discurso se transfiere a la mente, eliminando capacidades analíticas. El pensamiento crítico se construye contrarrestando e investigando diversas fuentes, pero si la fuente siempre es la misma, con las mismas palabras, además, con una condescendencia notable a las posturas de quien pregunta, se cae del sesgo de confirmación a un agujero del razonamiento.
“En un entorno donde cada día se nos adormecen más los sentidos, es necesario agudizar la pupila”.
Lejos de ser conspirativa ante la presencia de esta supuesta Gran Hermana, creo que el mejor remedio para evitarla está un poco en consumirla. Acercarse críticamente a ella permite explorar y reconocer sus patrones, haciéndola identificable, pues en más de una ocasión he visto personas muy instruidas caer en la neblina de un buen prompt. Esto sucede precisamente por no conocerla. Si bien puede ser hechizante, es un espejismo: mal empleada es la herramienta fundamental del fanfarrón y el opio para el menos audaz de los lectores.
En un entorno donde cada día se nos adormecen más los sentidos, es necesario agudizar la pupila. Bien es sabido que estos programas no carecen de sesgos, pues su programación está condicionada por los intereses hegemónicos occidentales. No podemos exigirle ética a la máquina en sí misma, sino a su creador, y a nosotros mismos en su consumo.
“…esta macroestructura discursiva que se está presentando ciega completamente el sentido de lo humano, de la razón, el sentimiento y la intuición”.
Muchos pueden ser los males de su uso, desde desnudar personas, copiar el estilo de un artista, o fomentar delirios humanos con su “empatía y validación programada”. Pero, esta macroestructura discursiva que se está presentando ciega completamente el sentido de lo humano, de la razón, el sentimiento y la intuición.
Cuando todo está dicho con la misma cadencia, los mismos conectores, la misma condescendencia validante, el lector deja de enfrentarse a la resistencia que genera el verdadero diálogo. El desacuerdo, la incomodidad, la frase mal amarrada pero honesta, la contradicción fértil; eso se pierde, y el pensamiento crítico nace de esa fricción: no de la lisura discursiva.

