La firma está en el papel. El gesto individual, contenido. Ahora toca al cuerpo colectivo, la calle, el paso constante, la movilización que también es fiesta. Los trabajadores de la cultura en Cuba desfilan este Primero de Mayo después de haber estampado su rúbrica en el movimiento “Mi Firma por la Patria”. No hay contradicción entre ambos actos; al contrario: firmar selló un rechazo a la injerencia externa, y la marcha convertirá ese rechazo en una danza popular.

El arte también estará en las calles siguiendo la convocatoria del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Cultura (SNTC). Mañana, sus afiliados no se quedarán en los talleres, las salas de ensayo o las cabinas de edición. La obra, este viernes, se escribe de pie, entre consignas y pasos constantes.

Los creadores cubanos saben que desfilar es también una forma de hacer cultura. El actor que abandona el vestidor para pisar la avenida prolonga su oficio fuera del proscenio. El músico que cambia el atril por una pancarta convierte la marcha en una partitura abierta. El bailarín no necesita luces de teatro: el sol de La Habana y la multitud bastan para construir movimiento con sentido. El artista visual que carga un cartel ejerce el diseño gráfico en tiempo real. La literatura, las artes escénicas, la música y las artes plásticas encuentran en el desfile una puesta en escena que ninguna sala podría albergar completa.

La obra, este Primero de Mayo, se escribe de pie, entre consignas y pasos constantes.

El SNTC entiende que el Primero de Mayo no es un receso del quehacer artístico, sino parte de la amplificación, de estar donde se requiere en el momento exacto. La jornada convoca a técnicos de sonido, gestores culturales, promotores, conservadores de museos y bibliotecarios. Abandonan temporalmente sus espacios habituales porque la defensa de la soberanía requiere rostros visibles, cuerpos en desplazamiento, voces que no se guardan en el bolsillo ni se postergan para el próximo estreno. La cultura cubana, tan acostumbrada a hablar desde el escenario, decide, como cada año, habitar la calle sin mediación de tramoya.

El punto de reunión elegido por el gremio conversa directamente con su identidad. Los trabajadores de la cultura se encontrarán en las inmediaciones del Teatro Nacional de Cuba, edificio que ha sido casa de la danza contemporánea, el ballet, el concierto sinfónico o la música popular cubana.

Ese lugar guarda la memoria de estrenos inolvidables, de ovaciones compartidas, de noches donde la Mayor de las Antillas se reconoció a sí misma en un acorde o una coreografía. Desde allí partirá la marcha, como si el arte decidiera desbordar sus propios muros y derramarse por las avenidas en un acto que podría describirse poético.

“Los creadores cubanos saben que desfilar es también una forma de hacer cultura”.

La columna de pueblo avanzará hasta la Tribuna Antimperialista José Martí, balcón que también ha sido escenario cultural. Allí se han montado conciertos donde las letras denuncian el bloqueo. Allí los trovadores han afinado sus guitarras para cantarle a la resistencia. La Tribuna se ha convertido, con los años, en una sala al aire libre, sin butacas, pero con una audiencia que no aplaude, marcha. Cerrar el desfile en ese punto es, para los trabajadores de la cultura, terminar la función con el telón más justo.

El Primero de Mayo reúne entonces dos gestos que parecen distintos, pero son el mismo: la firma por Cuba y la marcha multitudinaria. La literatura que se escribe después del desfile tendrá otro tono. La música compuesta al día siguiente llevará el ritmo del paso colectivo. La pintura que nace de esta jornada usará colores que antes solo se veían en las banderas. La cultura, en Cuba, desfila para recordar que su oficio es, antes que nada, estar del lado de la patria.