En el área Patrimonial del Cubadisco 2026 salta a la vista una compilación que bajo el nombre de Transparencia (Colección 6 Vol.) Selección de grabaciones entre 1976 a 2020, nos deja entrever que no han sido solo años los vividos por Miriam Ramos, quien este 6 de mayo arriba a sus ocho décadas de existencia. Por el contrario, más que lapsos de 365 días multiplicados hasta hoy desde 1946, su vida podría contarse en “vuelos” por la canción, como aquella “Mariposa” sin tiempo de Pedro Luis Ferrer grabada allá por 1977.

Para la intérprete, compositora y actriz, volar ha sido como convertir la música en un territorio de ternura y sensualidad; figura que se reafirma como una de las más delicadas y profundas voces de la cultura cubana, además de lauros que la confirman como una especie de patrimonio espiritual de la nación, como el Premio Nacional de Música que recibió en 2024.

Alas de colores, recorriendo escenarios donde un estilo simpar —su modo de libar— conjuga la intimidad de la canción con la fuerza de la tradición, dejando huellas imborrables en la memoria de varias generaciones, fanáticos o no. No importa. Todos la han sabido allí, entre himnos de otros que ella ha convertido en rezos sin otra fe que la defensa de la identidad; entre el Benny, María Teresa Vera, Silvio Rodríguez, el Bola o Sindo Garay.

“… Miriam canta como quien susurra al oído de un país entero, y en ese gesto se revela la fuerza de lo auténtico…”

Voló en la Escuela Nacional de Arte, y pronto se posó con sutileza en el Movimiento de la Nueva Trova, aportando una sensibilidad distinta: la de la mujer que canta desde la simpatía, la intimidad y la lira. Su timbre, cálido y envolvente, no busca imponerse por la potencia, sino por la sutileza, por esa capacidad de acariciar con la voz y de convertir cada canción en confidencia.

La crítica ha destacado siempre esa singularidad: Miriam canta como quien susurra al oído de un país entero, y en ese gesto se revela la fuerza de lo auténtico; no es un susurro erótico, —o al menos, no todo el tiempo— sino una especie de frecuencia amorosa que surte miel con el dulzor exacto; o soplando polvos como una bruja mansa que anuncia más que el simple y vulgar embeleso.

Su repertorio abarca desde la trova tradicional hasta la canción contemporánea, pasando por incursiones en el jazz y en la música de cámara; y en cada interpretación, la canción convertida en un espacio de encuentro entre lo íntimo y lo colectivo.

La intérprete voló en la Escuela Nacional de Arte, y pronto se posó con sutileza en el Movimiento de la Nueva Trova, aportando una sensibilidad distinta. Fotos: Tomadas de Telesur

Es Miriam Ramos, además, actriz y compositora; versatilidad que amplió aún más su horizonte, pues supo encarnar personajes con la misma sensibilidad con que interpreta, dejando piezas que revelan su vocación de creadora integral, capaz de unir palabra y música en un mismo gesto.

La metáfora de la mariposa, usada varias veces por cronistas, biógrafos y musicólogos, se ajusta como anillo al dedo a su arte: ligera y delicada, pero capaz de recorrer largas distancias; frágil en apariencia, pero resistente en esencia; cantando como quien vuela, como quien se posa suavemente en la memoria de quienes la escuchan; y una música-jardín donde cada canción es una flor y cada interpretación un vuelo.

Esa dimensión lírica la distingue de otras intérpretes: en Miriam la técnica nunca se impone sobre la emoción, y la emoción nunca se desborda sin control. Es un equilibrio que solo alcanzan los grandes artistas.

El legado de Miriam Ramos debería estudiarse más en conservatorios y universidades, aunque sus discos siguen circulando entre melómanos.

De ahí que el Premio Nacional de Música constituyó más que un reconocimiento: fue la confirmación de que su obra había trascendido lo individual para convertirse en patrimonio colectivo, tal y como se subrayó en el acto de entrega, destacándose su aporte a la canción cubana, el magisterio como intérprete y la capacidad de transmitir emociones con autenticidad. Para la comunidad artística, en diálogos cercanos que trascienden lo oficial, el Premio fue un momento de justicia, pues Miriam llevaba décadas defendiendo la autenticidad frente a la banalización sonora.

Hoy, en su cumpleaños 80, su legado debería estudiarse más en conservatorios y universidades, aunque sus discos siguen circulando entre melómanos. La musicología cubana la sitúa en la genealogía de las grandes intérpretes, junto a figuras como —omisión voluntaria para no herir sensibilidades de ausentes o contemporáneas—, pero con una voz conforme, evidente, tierna y sensorial; influencia que ya se percibe —de manera no manifiesta— en jóvenes creadoras que, eso sí, han heredado su espíritu de búsqueda y su compromiso con la cultura.

“… el Premio Nacional de Música constituyó más que un reconocimiento: fue la confirmación de que su obra había trascendido lo individual para convertirse en patrimonio colectivo…”

La vigencia de Miriam Ramos radica en que su música no envejece; al contrario, parece anticipar debates actuales sobre identidad, género y autenticidad en un mundo donde la homogeneización sonora amenaza con borrar las diferencias.

Esa mujer mariposa recuerda que la música es reminiscencia, tenacidad y aseveración de lo propio. Su voz es un mapa de Cuba: desigual, penetrante, franca, fiel a su cepa; donde la canción no necesita gritar para ser profunda, porque puede ser caricia, o arte verdadero que se acerca —volando— al corazón, con respeto y amor.