Surcar la Isla —tierra y asfalto, parques pequeños, el marabú sobre la palma— es un desafío; pero esta vez lo hice con ella. Me fue arropando, me fue venciendo. Cada kilómetro develaba un asombro, cada canción me sumergía en un mundo. Me apretaba a los audífonos con sobrecogimiento. Miriam cantaba para mí las canciones del Bola, mientras rodaba por Cuba: “No me dejes olvidar tu nombre / Yo te quiero recordar / No dejes que te olvide / Por favor…”

Estás conmigo (Homenaje a Bola de Nieve) con el piano de Andrés Alén, había merecido el Gran Premio de la Feria Internacional Cubadisco 1999. Eran las canciones de Ignacio, las mismísimas, pero eran otras. Lo que creías saber, nada sabías. Ella despertaba las palabras, tocándolas como de puntillas, como de estreno. Ella te daba una estocada larga, un golpe de revés, una corazonada. Y luego, volvía como si nada, a marcarte. Era un tributo desde la excelencia, a lo grande; pero sin unción.

Había que ser mucha Miriam para tanto Bola.

Por supuesto que la conocía, a Miriam Ramos, aquella dama que aseguraba en un susurro que “una estrella puede ser suceso” y “una catedral, una canción”. La conocía de escucharla, digo, de verla a través de la pantalla.

“La conocía de escucharla, digo, de verla a través de la pantalla”.

Días y flores, el tema de Silvio Rodríguez, concurso Adolfo Guzmán. Historia de cuando estos concursos reunían a lo mejor de la música cubana en el teatro Karl Marx, en largas sesiones (cierto); pero sin concesiones a la imitación, sin palabritas ante las cámaras. Y si existe una clase magistral de interpretación, esta es. Tengo la grabación siempre a mano, siempre lista.

Miriam Ramos asume una introducción galante, fresca, diría que jubilosa, para adentrarse luego en las tantas rabias que Silvio ilustra. Y allí, cada fragmento está acentuado con su justa puntada. Vayamos al detalle, al preciosismo. Cuando asume la frase “La rabia madre, por Dios, tengo frío”, se detiene, más que cantar dice la canción. Mira al cielo, rebusca, como una confesión.

Cuando toca el verso “La rabia dame o te hago la guerra”, Miriam Ramos ya está crecida, anclada en la mismísima médula del tema. Aprieta los dientes, abanica el aire, sus ojos se lanzan. El tono es un disparo. Ha leído perfectamente la rabia abominable de la guerra, el tósigo brutal del egoísmo.

Miriam Ramos interpreta Días y flores en estado de gracia.

Ella era capaz de redimensionar al Benny, al mismísimo Lecuona.

La tuve frente a frente, un día de esos. La geografía me hurta a veces momentos que hubiese querido vivir, me proporciona otros sin esperarlo. A la teatrista Fátima Patterson —y a aquel primer intento de café teatro en la calle Enramadas—, al trovador José Aquiles y al poeta Gabriel Soler, lo debo. Cada uno dijo una palabra, cada uno puso lo suyo.

“Ella era capaz de redimensionar al Benny, al mismísimo Lecuona”.

Nadie me pida el año ni hará falta, porque el instante lo tengo sostenido donde nadie puede borrarlo. Todo lo que uno quiere ha de tocarlo. Tocar es un impulso irrefrenable, es un imperativo humano. Yo le tomé las manos, las sostuve, a la dama de la radio y la canción. Y no sé qué habré dicho, caramba, no recuerdo a estas alturas las palabras.

La escuché, extasiado, bordar aquella inacabable, inconcebible, inmarchitable canción de Pedro Luis Ferrer (¿quién otro?): “Ay, mariposa / Contigo el mundo se posa / En la verdad del amor / Sé que en el mundo hay dolor / Pero no es dolor el mundo”. Aprehender, en cambio, otro tema de la propia firma de Miriam, requirió más experiencia vital de mi parte (tal vez más desenfreno o más torcedura): “Seas tú / Aunque me augures soledad, silencio/ Seas tú…”.

Dicen que son ochenta, pero no puedo asegurarlo. Soy torpe con los números, soy fatal con los años. Yo solo sé de aquella voz que me borró el camino, que me viajó despacio por las venas.

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