La violonchelista y pedagoga Jacqueline Jardines define El viaje de Fala como “una obra de fusión artística y emocional, donde la música cuenta historias y crea puentes entre culturas, generaciones y emociones”. No es una definición menor. Detrás de esas palabras hay años de trabajo con niños, investigación pedagógica y una convicción profunda: la música puede convertirse en herramienta de transformación social y emocional.

Este fonograma, ya nominado en los premios Cubadisco 2026 dentro de la categoría de Canción para Niños, es el fruto de esa certeza. Producido por la propia Jacqueline bajo el sello Producciones Colibrí, el disco nace de una necesidad muy concreta: colaborar con músicos cubanos como Rony Cintra y unir la música, la imaginación y la educación en un solo viaje.

“El fonograma continúa una búsqueda que Jacqueline ha desarrollado desde hace años: acercar el violonchelo y la música llamada ‘clásica’ a las tradiciones populares caribeñas y cubanas”.

La figura de Fala —que da título al álbum— simboliza la voz, la infancia, la libertad. Y junto a ella aparece “La Maestra Invisible”, un concepto que la artista desarrolló para acompañar a los niños y al público en una travesía interior. Las letras de las canciones no salieron de un escritorio solitario: fueron creadas en Santiago de Cuba junto a Daniela, Dalila Cepeda y Lorenzo, tres niños de 11 y 13 años en ese momento. Ese gesto colaborativo define el espíritu del proyecto: no se trata de un disco hecho para la infancia, sino con ella.

El fonograma continúa una búsqueda que Jacqueline ha desarrollado desde hace años: acercar el violonchelo y la música llamada “clásica” a las tradiciones populares caribeñas y cubanas. En proyectos anteriores ya había explorado la integración de ritmos tradicionales, la oralidad y la memoria cultural. Pero aquí logra una síntesis más madura, donde la música, la literatura y la educación dialogan de manera orgánica.

La base sonora está profundamente enraizada en la herencia yoruba y las tradiciones afrodiásporicas del Caribe, pero a esos elementos se suman influencias de la música clásica y contemporánea, especialmente en la escritura para violonchelo y en el tratamiento armónico de las piezas.

Jacqueline Jardines (a la izquierda, en la foto) lleva años de trabajo con niños, investigación pedagógica y la convicción de que la música es un vehículo de transformación social. Imagen: Tomada de France-Antilles

El resultado es un lenguaje mestizo donde el tambor, el canto responsorial y la percusión evocan ceremonias tradicionales. El disco integra referencias a universos culturales como la Santería en Cuba, el Candomblé en Brasil y el Vudú en Haití, espacios donde la música actúa como medio de comunicación con lo sagrado.

Ritmos como el candombe y los cantos afrouruguayos aparecen como parte de esa memoria sonora compartida. El objetivo, aclara la artista, no fue mezclar estilos de forma superficial, sino crear un diálogo profundo entre tradición y contemporaneidad. El violonchelo se convierte entonces en el puente: entre lo académico y lo popular, entre lo escrito y lo oral, entre lo europeo y lo afrodescendiente.

El “viaje” del disco no es una sucesión casual de temas. Fue concebido como una travesía interior, un relato en movimiento donde la música se vuelve camino, memoria y revelación.

“La base sonora está profundamente enraizada en la herencia yoruba y las tradiciones afrodiásporicas del Caribe, pero a esos elementos se suman influencias de la música clásica y contemporánea (…)”.

La secuencia sigue una lógica de transformación: desde la curiosidad inicial, pasando por el descubrimiento del mundo, hasta llegar a la conciencia de la identidad y la libertad. Cada etapa atraviesa un universo sonoro específico. Los “pueblos” musicales no son lugares físicos, sino espacios simbólicos.

El “Village de Do” abre la puerta a la memoria ancestral. Allí la mitología yoruba respira en la naturaleza misma —montañas, ríos, las fuerzas llamadas Orishas—, recordando que todo elemento del mundo posee una voz espiritual.

El “Village de Re” se sumerge en la profundidad del agua y del canto. Allí emerge Yemayá, madre del mar y del sonido, y la música se expande como una ola ritual hecha de tambores, respiraciones colectivas y pulsos que evocan ceremonias donde el cuerpo y el espíritu dejan de separarse.

A juicio de la autora del fonograma, uno de los temas más emblemáticos es la canción “El pueblo de Fa”, que representa el viaje de Fala hacia la luz y la solidaridad colectiva. Imagen: Tomada de Internet

El ritmo no acompaña: invoca. En el Village de Mi, la luz se vuelve más íntima. Es el territorio de Oshún, de la dulzura, del amor y del aprendizaje. Aquí la música se transforma en enseñanza invisible, en caricia sonora, en transmisión silenciosa de saberes antiguos.

Jacqueline señala que uno de los temas más emblemáticos es la canción “El pueblo de Fa”, que representa el viaje de Fala hacia la luz y la solidaridad colectiva. Esa pieza concentra la poesía, la tradición caribeña y la fuerza emocional del violonchelo. Habla de resistencia, de imaginación y de la necesidad de crear belleza incluso en medio de las dificultades. Por eso resume el espíritu del proyecto.

En el corazón profundo de este viaje resuena también una memoria pedagógica y humana encarnada en la figura de Cuca Rivero, la “profesora invisible” de Cuba. Su voz atravesó generaciones enteras a través de la radio, llevando la educación musical a las aulas más humildes.

“Aunque el disco nace desde una identidad profundamente caribeña, los temas que aborda son universales: la infancia, la memoria, la cultura, la esperanza y la necesidad humana de encontrarse con el otro”.

Su legado no es solo institucional o histórico: es una forma de presencia, una manera de entender que la música puede entrar en la escuela como entra la luz, sin pedir permiso, despertando lo que ya está vivo en cada niño. El ejemplo de Cuca Rivero ilumina el espíritu del disco: la convicción de que enseñar música no es transmitir un saber cerrado, sino abrir un espacio de escucha, de dignidad y de imaginación colectiva.

El equilibrio entre lo contemporáneo y lo tradicional fue uno de los mayores desafíos del proyecto. Jacqueline insiste en que su intención nunca fue oponer ambos mundos, sino hacerlos dialogar. Respetaron las raíces tradicionales, sus ritmos y su esencia, pero utilizaron recursos contemporáneos en los arreglos, la producción sonora y la narrativa musical. “La tradición permanece viva precisamente cuando es capaz de reinventarse sin perder su alma”, afirma.

En el corazón profundo de este viaje resuena también una memoria pedagógica y humana encarnada en la figura de Cuca Rivero, la “profesora invisible” de Cuba. Imagen: Tomada de Cubarte

La artista espera que el público, tanto en Cuba como internacionalmente, reciba este trabajo con sensibilidad y apertura. Aunque el disco nace desde una identidad profundamente caribeña, los temas que aborda son universales: la infancia, la memoria, la cultura, la esperanza y la necesidad humana de encontrarse con el otro.

Recomienda disfrutarlo con tiempo y tranquilidad, permitiendo que cada pieza respire. El momento ideal quizás sea al final del día, con auriculares o un buen sistema de audio que permita apreciar los matices del violonchelo y de los arreglos. Es un disco para escuchar de manera íntima, casi como quien abre un libro o emprende un viaje interior.

Un viaje donde Fala avanza como quien atraviesa un sueño despierto, y donde la música deja de ser objeto para convertirse en experiencia viva, en puente entre mundos, en respiración compartida entre lo humano, lo ancestral y lo imaginado.