“Sin cultura no hay libertad posible”: el pensamiento de Fidel Castro como brújula cultural
La cultura en Cuba no es un accidente ni un adorno; es un pilar de la nación. Esta certeza, defendida con vehemencia por el líder histórico de la Revolución, Fidel Castro Ruz, no fue una declaración ocasional sino una obsesión fundacional que recorrió todos sus discursos y definió las políticas de la isla. Para Fidel, salvar la cultura era la batalla decisiva; en ella, las costumbres, las tradiciones y los trabajadores de la cultura se convirtieron en los soldados de una guerra constante contra el olvido y la homogeneización.
Para el Comandante en Jefe, la cultura era una necesidad existencial, no un lujo. En el discurso de clausura del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, el 30 de abril de 1971, Fidel alertó sobre lo que llamó “esa otra forma sutil de colonización que pretende subsistir al imperialismo económico y al colonialismo, y que es el imperialismo cultural”. Ante esta amenaza, subrayó la necesidad de fortalecer “la cultura autóctona como vía emancipadora del ser humano”, concibiendo la cultura como un bastión de resistencia.
Fidel hizo suyas las palabras de José Martí —“Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”— y las complementó con una sentencia lapidaria: “sin identidad (sin cultura) no hay libertad posible”. Para él, la memoria y el patrimonio no eran piezas de museo, sino herramientas de afirmación nacional. La cultura, en su concepción más amplia, era el antídoto contra la desidia y la banalidad.
“Para el Comandante en Jefe, la cultura era una necesidad existencial, no un lujo”.
Lejos de ser una figura marginal, el trabajador de la cultura ocupó un lugar central en el proyecto revolucionario. Fidel entendía que la construcción de una sociedad culta requería del esfuerzo consciente de creadores, artistas e intelectuales, a quienes definió como portadores del “escudo y la espada de la nación”.
En las “Palabras a los intelectuales” de junio de 1961, Fidel sentó las bases de la política cultural con una declaración que se convertiría en principio rector: “La Revolución no puede pretender asfixiar el arte o la cultura, cuando una de las metas y uno de los propósitos fundamentales de la Revolución es desarrollar el arte y la cultura, precisamente para que el arte y la cultura lleguen a ser un verdadero patrimonio del pueblo”. Allí mismo acuñó la frase que marcaría el rumbo: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.
Fidel insistió en que “la cultura dejará de ser cuestión de élite cuando pertenezca a todo el pueblo”. No en vano Miguel Barnet afirmó: “El artífice de la política cultural cubana, el gestor, es Fidel… Todas las opciones culturales que hoy tenemos se las debemos a Fidel”.

Fidel Castro rompió con la visión reduccionista que separaba lo material de lo espiritual. Para él, el nivel de vida no se medía únicamente en bienes materiales, sino también en la riqueza del espíritu. Su aspiración era construir “una sociedad de conocimientos, de cultura, del más extraordinario desarrollo humano que pueda concebirse”.
Esta concepción integral de la cultura implicaba democratizar el acceso al conocimiento. Fidel recordó que “sin educación y sin cultura no hay ni puede haber democracia”, y citó a Martí: “Ser culto es el único modo de ser libre”. La Campaña de Alfabetización de 1961 fue la manifestación práctica de esta convicción. “Estamos pidiendo el máximo desarrollo en favor de la cultura, y muy precisamente en función de la Revolución, porque la Revolución significa, precisamente, más cultura y más arte”, afirmó en aquellos años fundacionales.
“El pensamiento de Fidel Castro sobre la cultura sigue marcando el rumbo de Cuba. Su idea de que ‘sin cultura no hay libertad possible’ resuena con fuerza en un mundo globalizado donde las identidades nacionales se ven constantemente desafiadas”.
A nueve años de su partida física y en el umbral de su centenario (1926-2026), el pensamiento de Fidel Castro sobre la cultura no es un capítulo cerrado en los libros de historia, sino una brújula que sigue guiando a la nación cubana. Como afirmó Abel Prieto, presidente de Casa de las Américas, al presentar el libro Fidel y la cultura, “a Fidel nunca lo podemos ver en una vitrina o en un museo, hay que tenerlo como compañero permanente”.
A través de este volumen, que reúne discursos y reflexiones del Comandante, “se ponen a combatir de nuevo las ideas del Comandante en Jefe en torno a la cultura, pues nos habla desde el presente y lo que necesitamos para hoy”. Sus compiladores destacaron que “la cultura constituye la única manera de salir airosos en estos tiempos tan complejos, de ataque a nuestra historia, pues esta batalla cultural no es solo contra el presente, también va contra el pasado; trata de llevarnos a una amnesia histórica”.
Fidel, además, advirtió con claridad profética sobre los peligros del mundo digital, analizando “el lado satánico de las nuevas tecnologías sobre la cultura” y alertando cómo “un ignorante es conducido de un lado a otro”. Estas palabras, pronunciadas cuando las redes sociales apenas despuntaban, resuenan hoy con fuerza ante la desinformación masiva y la manipulación digital que amenazan la soberanía cultural de los pueblos.

En el año del centenario de Fidel, el presidente Miguel Díaz-Canel reafirmó que “la cultura sigue siendo escudo y espada”. La vigencia de aquellas palabras —subrayaron los asistentes al acto por el 65 aniversario de “Palabras a los intelectuales”— convoca “a continuar edificando una cultura comprometida con la justicia, la identidad y la libertad”.
El pensamiento de Fidel Castro sobre la cultura sigue marcando el rumbo de Cuba. Su idea de que “sin cultura no hay libertad possible” resuena con fuerza en un mundo globalizado donde las identidades nacionales se ven constantemente desafiadas. “Un pueblo será tanto más fuerte, tendrá un porvenir tanto más seguro, cuanto más cultura, cuanto más capacitación tenga en todos los órdenes; pero sobre todo cuanto más cultura política, cuanto más cultura revolucionaria tenga ese pueblo”, sentenció.
Para el Comandante, la cultura era el alma de la Revolución, el vehículo para preservar la soberanía y la herramienta más eficaz para construir un futuro de justicia. Su legado no es un monumento estático, sino una brújula que nos recuerda que en la batalla por la identidad nacional, la cultura es, como él mismo dijo, el escudo y la espada de la nación. En tiempos de guerra mediática y embestidas culturales, revisitar sus ideas constituye ejercicio imprescindible e impostergable; comprender e incluso enfrentar retos presentes y futuros, gracias a su vigencia imperecedera y claridad meridiana.

