Hablar de Revolución en la concepción política de Fidel Castro es hablar sobre toda su vida y su obra. Obligaría referirnos a su pensamiento como revolucionario que es tan amplio, que sería una tarea difícil de cumplir para un simple y aislado estudioso de su ideario.

En el libro Un grano de maíz que recoge la entrevista que le concedió a Tomás Borge, en abril de 1992, hay un párrafo al que muy bien le falta un nombre, que no podía ser señalado por el entrevistado. En el texto se resaltan las siguientes palabras de Fidel: “…ni el pensamiento de Marx, ni de Engels, ni de Lenin, ni del Che son dogmas, sino brillantes muestras de talento, de visión política, de visión social, de visión revolucionaria, creadas en un momento determinado”.

Hoy podemos decir que, en el pensamiento de Fidel Castro no existe un ápice de dogmatismo, sino brillantes muestras de talento, visión política, social y revolucionaria resultado de un momento histórico, cuya vigencia no se limita a ese momento determinado. En su pensamiento hay derroche de humanismo, cultura, optimismo, fe en el futuro, y confianza en el pueblo.

El pensamiento de Fidel Castro sintetiza de manera creadora la unidad, entre lo más genuino del pensamiento patriótico y revolucionario en la lucha del pueblo cubano por la independencia y la soberanía con el pensamiento socialista y revolucionario mundial. En él se une de una manera dialéctica el ideario martiano con el marxismo-leninismo.

El pensamiento de Fidel Castro sintetiza de manera creadora la unidad, entre lo más genuino del pensamiento patriótico y revolucionario en la lucha del pueblo cubano por la independencia y la soberanía con el pensamiento socialista y revolucionario mundial.

La política para Fidel es ciencia y arte. Es la transformación permanente de la sociedad en bien del pueblo. Cuando inauguraba una presa, un hospital, una fábrica, una carretera, una escuela, una cooperativa, estaba llevando a vías de hecho la Revolución en su más clara comprensión política. Cuando se sentaba a comer con una simple bandeja de aluminio con los trabajadores, cuando sudaba la camisa en los cortes de caña, cuando disfrutaba de un juego de baloncesto con estudiantes, patentizaba el carácter político de la Revolución.

Cuando desde la torreta de un tanque T-34 defendía a la Revolución en Playa Girón, estaba materializando una de las páginas políticas más bella de nuestra historia.

Toda actividad que tiene que ver con el hombre y su bienestar: la educación, la cultura, la salud, las condiciones de vida materiales, la dignidad humana, los valores de tipo espiritual del hombre son precisamente los objetivos de la política de la Revolución. Para el Comandante en Jefe, “La obra de una revolución no se mide sólo en piedras, no se mide sólo en fábricas. Se mide en eso, pero se mide esencialmente en los factores morales y humanos”.

El concepto de Martí de “ser culto es el único modo de ser libre” constituía para Fidel una convicción profunda de su actuación, como lo era también el complemento martiano de ese pensamiento que enfatiza que, para ser libre se necesita ser próspero. Para estos dos hombres la prosperidad no se mide en bienes materiales, hay que analizarla en un sentido más amplio como parte del enriquecimiento espiritual de los individuos.

“La política para Fidel es ciencia y arte”.

El bienestar del pueblo, como objetivo político de la Revolución, no es sólo la conquista de los bienes con que las necesidades materiales se satisfacen. Para él eso era, en todo caso, una base. “Bienestar es también el espíritu de fraternidad humana. Bienestar es la hermandad y la amistad verdadera entre los hombres. Bienestar es la salud humana. Bienestar es la conciencia moral del hombre”. Eso era hacer política como esencia misma de la Revolución.

Al estudiar sus discursos, las entrevistas y otros documentos, se comprende de inmediato que el pueblo es el núcleo de su pensamiento político. Para él con el pueblo todo era posible y sin el pueblo la Revolución fracasaba. Ninguna política, por perfecta que parezca, logra triunfar si no la abrazan primero las masas.

El 19 de junio de 1954, en carta dirigida a Melba Hernández y Haydee Santamaría, cuando aún cumplía prisión en el Presidio Modelo de la Isla de la Pinos, Fidel afirmó: “… tenemos derecho a ganarnos la fe del pueblo, sin la cual, lo repito mil veces, no hay revolución posible”.

Hay, dentro de los estudios referidos al pensamiento de Fidel, no pocos trabajos destinados a sistematizar su legado con relación a la actividad de diferentes sectores de la sociedad, como, por ejemplo: Fidel y la salud; Fidel y el deporte; Fidel y la educación; Fidel y la defensa, Fidel y la cultura, etc., sin embargo, hay pocos destinados a la sistematización de las categorías “pueblo” e “ideas”. Casi puede afirmarse que no hay discurso, entrevista, carta o cualquier otro tipo de documento en los que no se hable de pueblo y de ideas. Ambas constituyen el núcleo de su ideario y encierran todo un caudal de sabiduría y enseñanza.

Respecto al lugar que ocupa el pueblo dentro de su visión política de la Revolución pueden destacarse cuatro ideas básicas que transversalizan todo su pensamiento y actuación:

Fidel alertó sobre la necesidad de conocer la idiosincrasia y psicología del pueblo como parte esencial de la política. Sentenció que quien no conociera profundamente al pueblo no podía estar al frente de la Revolución. Conocía como nadie las características del pueblo cubano, calificó de fortuna su agudeza y sentido del humor, y sobre este diría: “…Pueblo alérgico a la imposición, pueblo alérgico al abuso, pueblo alérgico al ‘clisé’, pueblo capaz de pensar hasta lo infinito y no ser en nada fanático, pueblo al que no se le puede andar con mentiras (…) quien no lo conozca se estrella, ¡se estrella!”

Desde “La historia me absolverá” Fidel dejó sentado qué significaba para él el concepto de pueblo.

Insistió siempre en la necesidad de que el pueblo estuviera informado sobre los problemas y las dificultades, para poder enfrentar las peores circunstancias y al mismo tiempo sentirse convencido de la victoria. Para Fidel no había problemas sin solución y era el pueblo el encargado de resolverlos. Y eso fue sentenciado por él desde el mismo mes de abril de 1959, cuando indicó:

…Y no faltará nunca al pueblo la palabra clara y precisa, no faltará nunca al pueblo la verdad, y habrá que orientarlo muchas veces y habrá que decir la verdad muchas veces, porque el pueblo debe saber que, afuera y adentro, los poseedores de grandes recursos, los representativos de grandes intereses, emplearán todos los medios materiales y todas las armas para debilitar y vencer a la Revolución.

Política es preveer. Fidel iba al futuro la analizaba, preveía como se desarrollarían los acontecimientos y regresaba no para contarlo, sino que nos alertaba como debíamos de prepararnos. No hubo Congreso de la UJC, no hubo encuentro con los estudiantes donde faltara esa previsión.

Cuando se estudia el pensamiento y la obra de Fidel se puede constatar su enorme respeto y consideración por el pueblo; como él mismo expresó: “…hay algo dentro de nosotros frente al pueblo, algo que siempre será demasiado poderoso, y es la lealtad al pueblo, el respeto al pueblo.”

Decirle la verdad al pueblo constituyó un principio que no podía sacrificarse por nada en el mundo y esa posición intransigente frente a la mentira fue un hilo conductor que mantuvo durante toda su vida revolucionaria como elemento esencial de su concepción política de la Revolución. En ese sentido indicó: “…nunca se le puede mentir al pueblo, ni por táctica, ¡ni por táctica!” (…) “Jamás, por ninguna razón del mundo, prostituiremos nuestra conciencia con la mentira o con la hipocresía.”

La Revolución para Fidel no se reducía a la toma del poder político. Y eso fue algo que dejó muy claro al redactar el “Manifiesto n.⁰ 2 del 26 de Julio al pueblo de Cuba”, proclamado el 10 de diciembre de 1955, desde Ciudad de México, al subrayar: “una revolución, a diferencia del putsch militar, es obra de pueblo y hace falta que el pueblo, esté sobre aviso para tomar el poder político”.

…el poder revolucionario no es producto de una imposición, el poder revolucionario no es producto de un golpe aventurero, el poder revolucionario no es producto de un cuartelazo; el poder revolucionario es producto de un largo proceso de lucha, el poder revolucionario es la culminación de un anhelo grande de todo nuestro pueblo, que comenzó a luchar desde el siglo pasado sin haber logrado alcanzar nunca verdaderamente ese poder revolucionario.

Para Fidel, la Revolución es una lucha de clases, y en ese enfrentamiento cada clase juega su rol. Es un cataclismo social; donde el pueblo desbordado, lo inunda todo, lo invade todo y también es capaz de arrasar todo lo que se le ponga delante y todos los obstáculos que se le pongan delante.

Desde los primeros días del triunfo revolucionario, alertó que una revolución es una tarea que requiere de paciencia y de actuar con mucha certeza. En ese sentido expresó:

La Revolución surge de un régimen social explotador, surge de un régimen social caótico, donde mil intereses se entrelazan y se unen, y donde el sistema de privilegios luego alcanza incluso a sectores que no son reducidos, donde los privilegios y los beneficios de aquel régimen alcanzan incluso a sectores amplios de la población; y por eso no es fácil hacer una revolución.

Fidel es, por principio, antidogmático. Para él ningún proceso político, ¡ninguno!, se ajusta exactamente a un esquema, y sentenció: en política los esquemas no existen. Para el Comandante en Jefe, es necesario analizar bien cada medida que se va a aplicar, cada decisión que se adopte y cuánto va a perjudicar. Estudiarla, persuadir, convencer. En sus propias palabras:

… buscar la buena voluntad de todos, incluso de los intereses que resulten afectados, porque a esos intereses hay que demostrarles que no se les quiere afectar por afectarlos o por odio, o porque se le quiera hacer daño a nadie, sino porque es un derecho del pueblo y que tenemos la obligación de gobernar…

Resultaba necesario explicar al pueblo qué significaba la Revolución, cómo se iba destruyendo el viejo edificio para construir el nuevo y este no se puede levantar sobre los cimientos del viejo. Decía el 2 de enero de 1961: “un proceso revolucionario tiene que destruir para poder construir.”

Ese proceso de construcción lo tienen que realizar las masas, aún ignorantes tras siglos de explotación y marginación, llenas de entusiasmo y de enormes necesidades, pero aún falta de la conciencia requerida, masas hasta ayer explotadas que demandan soluciones inmediatas a sus innumerables problemas, cosa esta que se repite a lo largo de todo el proceso, en particular en los momentos difíciles.

Esto Fidel lo resumió de una manera clara: había quienes creían (y aún los hay) que una revolución era recoger sin haber siquiera sembrado, pero una revolución es sembrar y trabajar mucho. No faltaba ocasión en la que Fidel no alertara: “El pueblo debe estar consciente de que la Revolución no es una tarea fácil, de que la Revolución no es un problema de unos pocos días o meses, o de unos pocos años, que la Revolución es una tarea de muchos años…”

La Revolución como proceso implica una lucha permanente contra su contrario, por cuanto ella se desarrolla en una unidad dialéctica entre el nuevo modo de producción que se construye y el viejo modo que se le opone. A partir de esa comprensión Fidel sentenció: “La Revolución necesita al enemigo, el proletariado no rehúye al enemigo, necesita al enemigo. El revolucionario para desarrollarse necesita su antítesis, que es el contrarrevolucionario. Y ese es el espíritu que deben tener los revolucionarios”.

“El pueblo debe estar consciente de que la Revolución no es una tarea fácil, de que la Revolución no es un problema de unos pocos días o meses, o de unos pocos años, que la Revolución es una tarea de muchos años…”

Fidel fue el hombre de la unidad. Para él, lo ideal en política era la unidad de criterios, la unidad de doctrina, la unidad de fuerzas, la unidad de mando como en una guerra. Porque una revolución es eso: es como una guerra. Es difícil concebir la batalla y que se esté en el medio de la batalla con 10 mandos diferentes, 10 criterios diferentes, 10 doctrinas militares diferentes y 10 tácticas. Lo ideal es la unidad. Ahora, eso es lo ideal y otra cosa es lo real. Advirtió que, “el éxito de toda revolución como de toda guerra depende fundamentalmente de la estrategia que se adopte; una estrategia revolucionaria es siempre más complicada que una estrategia de guerra, no se estudia en ninguna academia…”  

Fidel fue un permanente insatisfecho. Sabía que todo lo mal hecho perjudicaba al pueblo y a la imagen misma de la Revolución. Luchaba por perfeccionar la obra, aún consciente de que ninguna obra humana es los suficientemente perfecta. En ese sentido alertó: “Cuando en una revolución todo está mal planteado desde el principio al fin, basta un casquillo de bala que caiga en una caja, o una confidencia adversa o el asesinato de un hombre clave para que todo se venga a tierra en un minuto. No es justo entonces culpar del desastre al confidente, o al casquillo o al asesino, en vez de pensarse que una revolución debe estar organizada de modo que ni el confidente, ni el asesino, ni el caso fortuito la puedan detener”.  

Fidel concebía las revoluciones como procesos vivos de transformaciones políticas. Cuando detienen su marcha transformadora, impulsadas por la fuerza de las masas las revoluciones se estancan y perecen. Fidel nunca dejo espacio para la autocomplacencia y el conformismo, la vanagloria, el exceso de triunfalismo y el paternalismo, no toleraba la blandenguería y consideró a la crítica y la autocrítica como instrumentos indispensables para el desarrollo del proceso revolucionario.

Siempre alertó sobre la imposibilidad de ser infalibles. Consideraba que el error estaba implícito en el propio proceso al ser los hombres los encargados de realizarlo. Partió de la tesis leninista acerca de que la seriedad de un partido revolucionario se mide por la actitud ante sus propios errores y recalcó que la seriedad de la Revolución Cubana también se mediría siempre por nuestra actitud ante nuestros propios errores. En este sentido rechazó aquellas actitudes que buscaban las causas de los problemas únicamente en factores externos y objetivos y subrayó: busquemos también la culpa en nuestros errores, busquemos también lo que hay de culpa en nosotros cuando falta algo, y preguntémonos siempre si hemos hecho todo lo que hemos podido o no lo hemos hecho”.

“Fidel fue el hombre de la unidad. Para él, lo ideal en política era la unidad de criterios, la unidad de doctrina, la unidad de fuerzas, la unidad de mando como en una guerra. Porque una revolución es eso: es como una guerra”.   

Fidel insistió en el relativo papel que juegan los hombres (los dirigentes) en los procesos revolucionarios y al respecto enfatizó: “Una empresa revolucionaria no es obra de dirigentes revolucionarios, es obra de todo un pueblo, es obra y es tarea de las masas del pueblo”, y agregó: “…nada pueden hacer los dirigentes de una revolución si las ideas de la revolución no se convierten en conciencia de las grandes masas revolucionarias”.

Fidel comprendía que lo que defiende la soberanía de un país, lo que defiende una causa justa, es que el pueblo sea capaz de sentir esa causa como suya y albergar una profunda convicción acerca de la justicia de esa causa y la decisión de defenderla a cualquier precio. Eso es precisamente lo que protege a nuestra Revolución y lo que protege a la soberanía de nuestro país frente a la amenaza imperialista. Por eso decía: “Y cuando tenga una dificultad vendré a ver al pueblo y cuando tenga un problema vendré a ver al pueblo; y siempre agotaré hasta la saciedad los razonamientos, los argumentos, la persuasión, la diplomacia… lo primero que haré siempre, cuando vea en peligro la Revolución, es llamar al pueblo.”

Fidel tenía una confianza absoluta en los pueblos y, en especial, en el cubano, formado en una rica historia de heroísmo, de lucha, de esfuerzos y sacrificios. Decía: “Este es un pueblo tan inteligente y tan despierto, que lo que necesita nada más es tener la noticia de lo que pasa; las conclusiones las hace él” (…) “El pueblo de Cuba es lo suficientemente inteligente para decirles a los gobernantes lo que tienen que hacer.”

Muchos en el mundo se preguntan cómo ha sido posible la existencia de la Revolución por más de 65 años, en las mismas narices del más poderoso imperio en la historia de la humanidad, cómo ha podido enfrentar todo tipo de guerra y la sigue enfrentando cada día con mayor crueldad y cinismo y la respuesta la dio muchas veces el propio Fidel: por la propia obra de la Revolución, por la unidad de nuestro pueblo, por la conciencia plena de que los problemas de nuestro país solo los puede resolver la Revolución, por difíciles que sean.

Porque entre los cubanos siempre ha sido un principio no hacerle concesiones al enemigo de ninguna clase, porque como nos alertó el líder de la Revolución “los que creen que sobreviven haciendo concesiones al enemigo están perdidos, sobreviven los valientes, los que resisten, sobreviven los que luchan. Porque nunca hemos olvidado aquella alerta del Che: “¡al imperialismo, ni tantico así”! Eso es hacer política como ciencia y como arte y políticas de principios. Como enfatizó Fidel: “Si nosotros hubiéramos cedido una sola vez a las exigencias imperialistas, la Revolución Cubana no existiría”. Los vientos que hoy baten de diferentes partes del mundo de claudicación frente al enemigo jamás han dañado ni dañarán la conciencia del pueblo cubano. Por el contrario, la hacen más fuerte.

“Fidel concebía las revoluciones como procesos vivos de transformaciones políticas”.

El hecho mismo de estar al lado de Estados Unidos y de haber experimentado más de 100 años de historia en nuestras relaciones con ese gigante tan expansionista, tan avaro, tan agresivo; el saber que la defensa de la Revolución depende de nosotros mismos y de nadie más y que no podíamos cometer aquí errores garrafales, puede ser ─como sentenció Fidel─ uno de los factores que explique por qué nuestra Revolución era cada vez más fuerte, por qué nuestra Revolución es más auténtica. Mantener una posición de principios frente al enemigo, es el más alto logro político de la Revolución y eso solo se podía alcanzar con la unidad del pueblo.

Existía entre Fidel y el pueblo una relación de enorme confianza, admiración, respeto y amor recíproco. Mientras que la expresión de Comandante era propio de aquellos cuadros y dirigentes que veían en él no solo el líder, sino, además, al jefe directo, en las filas del pueblo la comunicación adquirió siempre un carácter familiar. El pueblo lo llamaba sencillamente: Fidel. Las masas lo tuteaban como al padre, al hijo, al hermano, y eso solo se produce cuando los líderes calan hasta las entrañas de la nación. Fidel supo convertir la política en un arte, donde su obra más genuina fue la Revolución.  

Estamos hoy aquí, por la Revolución que se ha hecho, por el pueblo que tenemos, por el Gigante que tuvimos: por Fidel.

* Ponencia presentada en el I Coloquio Internacional Fidel: legado y futuro.