Presentar un libro de Senel, más que un compromiso, es un deleite, y comienzo por confesar mi admiración a toda su obra, lo cual aunque no sea menester justificar, sí obliga a señalar al autor no sólo como uno de nuestros narradores más queridos a título personal (para nadie es un secreto su modestia y su increíble sentido del humor), sino su estilo literario límpido, mesurado, auténtico y universal desde una inequívoca cubanía.

El niño aquel y otros cuentos es un regalo, sin dudas. Reúne trece narraciones escritas a fines de los años setenta, cuando siete de los cuentos conformaron “El niño aquel” con el cual Senel obtuvo el premio David en 1979, y gracias a ello, el maestro Heras León le entregó en calidad de préstamo dos libros maravillosos: “Celestino antes del alba”, del cubano Reinaldo Arenas y el volumen publicado por CASA que incluye “Pedro Páramo” y “El llano en llamas”, del mexicano Juan Rulfo. El propio Senel cuenta en la introducción al libro que hoy presentamos, que cometió el perjurio de no devolverle al Chino ninguno de estos tesoros.

Los restantes seis cuentos, descartados por el autor, y por ende, no incluidos en el volumen original que publicó Ediciones UNIÓN en 1980, ven la luz ahora, para beneplácito de nosotros, sus fieles seguidores, quienes no alcanzamos a comprender los motivos de dicho descarte, pero que a la vez, agradecemos el detalle de poder disfrutarlos ahora, como si no hubieran transcurrido 47 años desde que fueran creados. Gracias a eso, este libro es nuevo y conocido a la vez, como si regresáramos al momento inicial, pero ahora con renovados deseos.

“(…) este libro es nuevo y conocido a la vez, como si regresáramos al momento inicial, pero ahora con renovados deseos”.

Senel es, más allá de un excelente narrador, cuya originalidad atraviesa el tiempo para brindar frescura, divertimento, historias verosímiles y escritas sin el menor resquicio de costuras ni pronunciamientos vacíos, estériles, carentes de autenticidad sino todo lo contrario, un autor quien sin grandes pretensiones nos lleva a un vuelo imaginativo inolvidable. Además Senel es, decía, un hombre tímido que lejos de superar los orígenes de su entorno provinciano, nos regala el tono bucólico de su infancia como quien no se guarda nada para sí, porque le divierte mostrar los entresijos del modo en que recibió su formación primigenia. Me atrevería a decir que así como él se congratula en descorrer el velo de sus primeros años, nosotros recibimos lecciones de un entorno que nos resulta novedoso, diferente al nuestro y por consiguiente, nos motiva la curiosidad. Al mismo tiempo, su forma de narrar, sencilla pero no simple, enjundiosa en su aparente simplicidad, nos obliga a volar junto a la fértil imaginación que solo él posee.

Así, sus historias parecen una película y acaso lo son, sus juegos con el tiempo, sus constantes ires y venires con locaciones, sucesos y curiosidades hechizan, conmueven y conquistan. El empeño de Senel por regresar al punto de su infancia me obliga a citar a Jorge Mañach, entre otras razones (ya que hablo de autores a quienes admiro), porque considero que explica su deleite, su irrefrenable deseo por mostrarnos el mundo de donde él proviene. Hace 100 años dijo el autor de Estampas de San Cristóbal: “Al pasado hay que amarlo como tal pasado y no deseando que fuese todavía presente, pero uno no puede menos que exceptuar de ese criterio el pasado personal, el propio tiempo niño”.

La influencia del cine en la narrativa de Senel Paz es innegable.

Muy a propósito no me he detenido en alguna narración específica, para no robarle al público la mínima intriga que se requiere para adentrarse en la lectura de este y de cualquier libro. No obstante, debo detallar algunos de los textos, porque a mi juicio, mueven a un sorpresivo descubrimiento, que engrandece el valor del libro, regalo indiscutible como ya señalé.

De los seis cuentos añadidos (de los restantes ya se ha hablado lo suficiente por varias generaciones de lectores), sobresalen “Cuando la abuela olvida lo que está contando” porque resulta muy llamativo que el autor tuviera escasos 29 años de edad cuando su personaje dice “Durar mucho es terrible”, visto sobre todo ahora que Senel está a punto de cumplir 76 flamantes años. Le diríamos No, querido, terrible sería no alcanzar tu edad con la chispeante e inquieta alegría que suele caracterizarte.

Ha de señalarse que la figura femenina, por su parte, monumento a la mujer que también tipifica la obra seneliana en su conjunto, aparece muy sólida en “Los circos” (donde la madre del protagonista canta, baila, se roba el espectáculo, mientras aparecen guiños intertextuales muy precisos), en “Dios no nos ayuda”, quizás el cuento más surrealista del volumen, con un Jesuscristo corpóreo a quien la abuela del niño aquel expulsa de la casa; en “La santa”, el más hermoso, en el cual se expande el matriarcado pueblerino en todo su esplendor, y a la vez, es el cuento más imaginativo, el que más concentración y perspicacia requiere, toda vez que perpetúa un juego permanente con el uso de recursos cinematográficos. El propio autor reconoce la influencia del cine, con particular énfasis en el de Glauber Rocha. “La santa” es uno de esos cuentos que quedan impregnados en los lectores, como sucede con “El caballo de coral” de Onelio Jorge Cardoso, y con “La vieja Rosa” de Reinaldo Arenas, por sólo citar dos ejemplos.

El niño aquel y otros cuentos no solo recupera joyas literarias inéditas, sino que también dialoga con la tradición del cuento cubano y reafirma a Senel Paz como uno de los narradores más originales de su generación.

“Postdata”, la narración que cierra el libro, lleva implícita una doble significación. No solo es el final de un ramillete de cuentos perfectamente seleccionados y ubicados de manera que el lector encuentre un cálido y entretenido refugio desde el cual pueda continuar navegando una vez comenzada la lectura, sino que también hilvana los dos capítulos de El niño aquel y otros cuentos, por decirlo de alguna forma. Si en “Las hermanas”, cuento que pertenece al primer grupo, al original publicado, la voz narradora es el niño, en “Postdata” quienes cuentan son precisamente aquellas hermanas del niño este. El cierre es perfecto, sin dudas. Queda delineado el niño como figura protagónica, ya sea este o aquel, ya sea quien narra o sobre quien se cuenta. Es el pasado personal, es el tiempo niño del que hablara Mañach.

Solo me resta decir que si alguien recibe en calidad de préstamo un ejemplar de este libro publicado por Letras Cubanas, y no lo devuelve, puede sentirse libre de pecado. Después de todo, eso mismo hizo Senel Paz cuando Eduardo Heras le prestó dos de los imprescindibles libros que todo narrador necesita. El niño aquel y otros cuentos es también un obsequio, una gema que cada uno de nosotros conservará por el tiempo de los tiempos, y amén.

*Palabras de presentación para el libro El niño aquel y otros cuentos, de Senel Paz, en la Feria Internacional del Libro de La Habana, agosto de 2026.