A Roberto Acosta Hechavarría, en el recuerdo de mi infancia.

“Recorriendo la lectura de este valioso libro nos percatamos de que estamos en presencia de un pensador sobre arte que merece estudio y atención…”, con estas palabras Rafael Acosta de Arriba cierra el presente título [1], a propósito de su comentario sobre el volumen Desacatos del profesor Eduardo Morales Nieves. Líneas idénticas a estas fueron las que suscribí hace un cuarto de siglo sobre Rafael, cuando tuve la oportunidad de presentar su primera compilación de ensayos, El signo y la letra (2001), y celebrar como una prometedora, pero convencida apuesta por su condición intelectual, sospecha más allá de las coordenadas del arte y de la historia, refrendada ―modestia “apártate―, en el tiempo transcurrido y en la diversa y enriquecida trayectoria del autor.

Comentar y traer oportunas citas a colación de los varios textos aquí reunidos en cinco bloques, a saber: Siglo XIX, Siglo XX, Arte, Entrevistas, Reseñas y Prólogos; sería una natural tentación, pero sin dudas haría larga y fatigosa la aproximación que deseo compartir. Por eso el primer desafío es condensar lo que su prologuista Juan Valdés Paz gustaba reconocer siempre en el amigo e interlocutor afín, al cual apreciaba como “un destacado representante de una poderosa tradición intelectual cubana de renacentistas, quienes han sentido la necesidad de incursionar en los más diversos campos del conocimiento y de la cultura, buscando la imagen más exacta de su nación y de su pueblo, siempre mutante e inaprensible”.

Registrar la amplia y rigurosa bibliografía aquí reunida, con un aparato de citas y fuentes que hacen más loable el esfuerzo investigativo, es otra cualidad a resaltar. Con su proverbial lucidez, Valdés Paz ―tal vez en lo último que escribiera, fechado a unas semanas de su fallecimiento―, nos propone claves para acercarnos al ensayista y a la obra. Como adelanta la nota de la editora, es una lectura múltiple y diversa de lo que somos. Una experiencia con un abordaje poliédrico (Rubickdixit), y con un calado que se agradece. La sinestesia entre la ciencia y la conciencia ―como la conocida divisa universitaria― es la clave para estudiar todo lo que se puede leer en estas páginas.

Rafael Acosta de Arriba junto a Juan Valdés Paz (a la izquierda, en la imagen). Foto: Cortesía del autor

La independencia y a su vez el tramado de sus textos, que reúne ensayos, entrevistas, prólogos y reseñas, que Acosta identifica como vasos comunicantes, porque él siempre ha pensado “que un conjunto de ensayos agrupados en un volumen muestra una forma coherente de ver las cosas, sean de la temática que fueren”. Y aquí retomo por coincidentes, y hago mías una vez más, las palabras de Gastón Baquero de que “un libro es una pequeña batalla contra el olvido”, quien a su vez razonaría sobre el sentido de este tipo de compilaciones como la voluntad de agrupar “trabajos dispersos en periódicos y revistas. [Pues] cree el autor que es injusto el prejuicio contra los libros formados por acarreo de artículos y de conferencias porque, en definitiva, lo que debe decidir en el aprecio de un libro es lo que el autor diga y cómo lo diga, y no el cuándo y el dónde lo ha dicho”. [2]

Por lo que una posible y legítima lectura puede ser, como en la rayuela cortazariana ―nuestro tradicional juego infantil del “pon”―; o aplicando “el principio del Cubo de Rubick” en su dinámica cambiante, cuando cada prisma o faceta nos descubre interpretaciones diferentes y a su vez enriquecedoramente complementarias, y permite a saltos transitar por los diferentes tópicos abordados. Mucho va desde el Manzanillo de Céspedes hasta el de Julito Girona. O el trotskismo en su capítulo cubano, en la narrativa del presente, en acontecimientos culturales o en el testimonio de algunos de sus protagonistas. Compromiso como testigo de la memoria del padre, hombre consecuente con sus ideas hasta el final de su vida.

En una lectura que pretendo coherente, sin dejar de ser arbitraria, selecciono para compartir algunos de los textos que me son de mayor interés. El primero, no podía ser menos, “El angustioso y difícil camino hacia Guáimaro en 1869”. Un tema, que como destaca el ensayista, “sigue siendo motivo de álgidas y encontradas discusiones. Y lo seguirá siendo”. Polémica que asumen sin tibieza: “Céspedes y Agramonte discutieron sus diferencias con firmeza y apasionamiento. Fueron […] encuentros de intensa esgrima verbal, como ha de suponerse, un diálogo entre dos fuertes caracteres y juristas (uno experimentado, el otro recién graduado; pero ambos conocedores de los vericuetos de las leyes), dos hombres que se estrenaban en los juegos de la política y quizás (o sin quizás), los dos únicos de aquella guerra con estatura y dotes de estadistas”. Y con este ensayo se encabalgan de manera natural “Los primeros ciudadanos cubanos. La cuestión de la ciudadanía, liberalismo republicanismo en el momento de la primera de las guerras por la independencia”; y “Una reivindicación a destiempo”, que sirve de homenaje a los grandes interlocutores cespedistas que fueron su maestra Hortensia Pichardo y su amigo Eusebio Leal. Como lo fue, y rinde también tributo en estas páginas, monseñor Carlos Manuel de Céspedes y García-Menocal, figura de nuestra cultura y sociedad.

“La sinestesia entre la ciencia y la conciencia ―como la conocida divisa universitaria― es la clave para estudiar todo lo que se puede leer en estas páginas”.

Esa joya para un lector universal, más allá de la historiografía, que es Carlos Manuel de Céspedes. El Diario perdido, tuvo en Rafael un valioso colaborador, “en cuyas investigaciones confronté mis textos”, [3] reconocería Eusebio en los agradecimientos.

El capítulo llamado Siglo XX inicia con otro tema de renovada polémica en nuestros días, el trotskismo. “El tema del trotskismo en Cuba es una de las asignaturas pendientes en nuestra historiografía. Cada día que transcurre se presenta como una injustificable omisión para las ciencias sociales del país”. Con este referente dialogan varios asientos ―a saltos como en el juego del pon―, a saber “El final del trotskismo organizado en Cuba”; “Leonardo Padura, la historia y el poder de la literatura después de una nueva lectura de El hombre que amaba los perros”; y “La verdad será siempre revolucionaria. Entrevista al trotskista Juan León Ferrera”. Un tópico a debate será la especulación sobre la posible condición de Ernesto Guevara como simpatizante de León Trotski. El estudioso lo deslinda en su estudio y cito: “La relación de Ernesto Che Guevara con el trotskismo cubano merece un análisis aparte”. Algo que aborda desde testimonios privilegiados de León Ferrera y su propio padre. Ahora me gustaría traer a colación algo que dejó escrito el Che en la advertencia preliminar de su diario del Congo: “…una norma general, norma que siempre he seguido, aquí solo se dice la verdad, al menos mi interpretación de los hechos, aunque esta pueda ser enfrentada por otras apreciaciones”. [4] La búsqueda de la verdad, una verdad que puede ser incómoda, rebatida, siempre sometida por cada lector a la interpretación y al escrutinio personal de los hechos, es una clave consciente en estas lecturas, una de sus comprometidas virtudes.

A propósito de su ensayo sobre Leonardo Padura, para mí tiene, entre otras cualidades, el rastrear en su primer título basado en una tesis de licenciatura ―Con la espada y con la pluma. Comentarios al Inca Garcilaso de la Vega [5]―, la “piedra de toque” en la construcción posterior de toda su armadura narrativa, periodística y ensayística en la extensa obra que se le reconoce. Padura lo corrobora en la introducción fechada en octubre de 1980, cuando cumplía apenas veinticinco años: “Finalmente, quiero confesar que este libro […] sueña con escapar de las fronteras del ensayo literario para convertirse en un pequeño escalón, pero un escalón más, de la necesaria indagación cultural del pasado histórico hispanoamericano”. [6] El primer párrafo de la obra en cuestión bajo el llamado de Noticia ―lo que Francisco López Sacha gustaba identificar como el “imán” sedicioso en el discurso literario―, revela la vocación del narrador incipiente (“un pequeño escalón, pero un escalón más”) sin el corsé académico propio de una tesis: “El 18 de mayo de 1781, en la Plaza Mayor del Cuzco, se pone fin a la sublevación dirigida por José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, descendiente de Incas. Se cortan lenguas, se decapita, se estrangula, se mata a patadas, se descuartiza a los jefes de la rebelión”. [7]

El libro Carlos Manuel de Céspedes. El Diario perdido tuvo en Rafael un valioso colaborador, reconocería Eusebio Leal. Fotos: Tomadas de Internet

Al repasar el conjunto de un autor que le es tan familiar y al que se ha acercado en múltiples ocasiones, toma la que para mí es su mejor y más ambiciosa novela, El hombre que amaba a los perros, como cauce de sus especulaciones sobre escritura e historia, retomando a su vez que la trama central de esta es cercana desde muy temprano a la educación intelectual y afectiva de Rafael.

Este es un libro con el que se puede interactuar por cualquier pasaje y resurgir por otro, sin perder por ello el sentido íntegro de su conocimiento. Así me adentro en “El Congreso olvidado”, aparecido por primera vez en La Gaceta de Cuba (número uno de 2013), en un extenso dosier dedicado a los años 60 en nuestro contexto. Este trabajo es el adelanto, y en gran medida un resumen enjundioso, del libro tan necesario que ya tiene Acosta terminado sobre el Congreso Cultural de La Habana, uno de los eventos cubanos más significativos de la década y que abrió el año con enorme repercusión y circulación mediáticas. Estudio que se religa con “El momento más alto e intenso de una relación”, al apuntar a “la década de los sesenta del siglo xx [que] ha sido considerada por muchos, casi es un consenso, como un fragmento de tiempo singular en la historia moderna por la cantidad de sucesos, cambios y profundas mutaciones operadas en el panorama internacional”. Para los cubanos ―“otra década crítica” la llamó Graziella Pogolotti―, es un largo período para muchos, entre quienes me incluyo, puede empezar en 1959 con el triunfo de la Revolución y darse por cerrado su ciclo en ¿1971? Año que fuera como un parteaguas en un período de inflexión cultural e ideológica, como lo atestigua el excelente estudio de Jorge Fornet Gil, [8] en su momento un suceso editorial.

La fotografía es tempranamente, tal vez junto a Céspedes y Octavio Paz ―piedras angulares de sus dos tesis de doctorados―, la temática más socorrida en cuanto artículos, ensayos y curadurías de exposiciones y libros, en la trayectoria del escritor y promotor que nos ocupa. “Fotografía y cuestión racial: las imágenes de los otros” nos involucra con los límites del racismo y las políticas públicas de las sociedades, y cómo se descubren de manera refractaria en las artes visuales, y en el caso que le interesa al autor de modo singular en la fotografía. “El tema racial se convirtió en uno de los pivotes principales, al menos, en el ámbito cubano, en cuanto a la voluntad crítica de la fotografía hacia lo social. La representación de lo negro se transmutó en naturaleza dentro del arte cubano durante las últimas tres décadas. En tal sentido, las artes visuales han marchado muy por delante del discurso oficial sobre el tema”.

Más adelante “Algunas ideas sobre arte, sociedad y algunos puntos de fuga”, es sin dudas uno de los textos que da sentido a la interpretación, enlaces que hemos descubierto en la lectura total de este libro, por aquello de las trastiendas simbólicas en la vida y la sociedad, el arte desempeña un protagonismo que se hilvana en todos sus tejidos. Resumo en palabras del autor: “Hoy la urgencia por existir de la imagen, su indetenible ascenso y proliferación, prevalece sobre sus propias cualidades. Se ha producido una verdadera polución icónica”.

“Este es un libro con el que se puede interactuar por cualquier pasaje y resurgir por otro, sin perder por ello el sentido íntegro de su conocimiento”.

El enunciado “Una aventura intelectual dentro de la herejía cubana de los 60”, que da título a la entrevista a Juan Valdés Paz ―a quien tuve la oportunidad de conocer a principios de los setenta por el amigo común Ramón Vidal Chirino, igualmente fallecido―, hace justicia al hombre, al intelectual y al revolucionario que fuera Valdés Paz. Es una de las contribuciones en estas páginas que más agradecí, tal vez por los amigos y conocidos de noble memoria que reconozco en el antaño departamento de Filosofía; por el retrato fiel de su protagonista; o por las remembranzas formativas como Pensamiento Crítico, cuyos ejemplares intercambiaba con Rafael cuando estábamos en el tránsito rebelde de la primera juventud. Hay dos números antológicos que conservé durante años, el dedicado al Che después de su caída en combate; y el de la Revolución del 30. Por lo que suscribo con el entrevistado que “la historia del cierre de la revista Pensamiento Crítico y del departamento fue casi más importante que la de su creación”. Aquí nos rencontramos de manera diáfana con “la herejía cubana de los 60” o lo que Acosta define como “el turbión de la década”, y volvamos a lo dicho por la doctora Pogolotti.

En el capítulo final, por afinidades compartidas, agradezco en especial dos textos. Su apreciación “De la memoria, los enigmas de la historia y la condición humana”, sobre un título del historiador Francisco Pérez Guzmán ―el siempre recordado Panchito para sus colegas―, autor de libros imprescindibles por lo riguroso y necesario de sus referentes, como el que aquí se comenta y del que tuve el privilegio de publicar su primicia, La aventura cubana de Cristóbal Colón. “A pesar del tiempo transcurrido (o gracias a él), de las correcciones y adulteraciones sufridas, el Diario de a Bordo del Primer Viaje de Cristóbal Colón, sigue siendo una lectura fascinante, la revelación de un mundo virginal que brotaba, maravilloso e imperfecto, ante la azorada humanidad”. Como dice el reseñista, sigue revelándose como un placer releer esa obra que en su momento me recomendara a viva voz, en presencia de Rafael, la doctora Pichardo. Acompañamos hoy esa imaginación desbordada que se emocionó deslumbrado en cada hallazgo: “vido tres sirenas […] pero no eran tan hermosas como las pintan”. Manatíes convertidos en las mitológicas representaciones homéricas.

En “Julio Girona y su pensamiento político visual”, el autor brinda un acercamiento humano y cabal al viejo cofrade querido y admirado.

Junto al conocimiento del historiador y el ensayista, en más de una ocasión estas páginas han tributado de manera consecuente a la amistad. Por eso, cuando el crítico escribe a propósito de Sátira y Choteo. La caricatura política de Julio Girona, de la investigadora Ana Suárez Díaz, bosqueja algo más que una reseña en su “Julio Girona y su pensamiento político visual”, donde nos brinda un acercamiento humano y cabal al viejo cofrade querido y admirado. Y cito: “fue un hombre de la cultura de los pies a la cabeza, poeta, narrador, pintor, caricaturista, soldado antifascista, hombre de izquierda, revolucionario, buen amigo, excelente conversador y cosmopolita, todo a un tiempo”. En noviembre del 98 acompañé a Rafael, entonces presidente del Consejo Nacional de las Artes Plásticas ―“experiencias que le permit[ieron] distinguir entre la realidad y la fantasía, así como apreciar la densidad de ambas”, al decir de su prologuista―, al piso 18 de N y 23 para darle a Julito la noticia “oficial” de que esa tarde el jurado correspondiente lo había declarado como el flamante Premio Nacional de Artes Plásticas, lo cual celebramos al momento con las reservas de añejo que siempre tenía a su alcance.

Para recapitular los que nos depara el amplio y sedicioso poliedro de estos estudios, sucesos, temas y protagonistas, concomitantes en años de diálogos y vivencias ―“buscando la imagen más exacta de su nación y de su pueblo, siempre mutante e inaprensible”―, me gustaría, como acto de elemental justicia con el intelectual “renacentista” que celebramos, terminar con aquello que contempló otro escritor que también nos hizo ver de forma diversa más allá de lo evidente, Sergio Pitol: “Uno es una suma mermada por infinitas restas. Uno está conformado por tiempo, adicciones y credos diferentes”.

*Palabras en la presentación del volumen La memoria crítica (Ediciones Matanzas, 2026), en la 34 Feria Internacional del Libro de La Habana, 12 de agosto del 2026.


Notas:

[1] Rafael Acosta de Arriba. La memoria crítica (Ediciones Matanzas, 2026).

[2] Gastón Baquero. Paginario disperso (Ediciones Unión, 2014), p. 11.

[3] Eusebio Leal Spengler. Carlos Manuel de Céspedes. El Diario perdido (Ediciones Boloña, 1998, quinta edición), p. 7.

[4] Ernesto Guevara. Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo (Editorial Mondadori, Barcelona, 1999), p. 32.

[5] Leonardo Padura. Con la espada y con la pluma. Comentarios al Inca Garcilaso de la Vega (Editorial Letras Cubanas, 1984).

[6] Ob. cit. p. 18.

[7] Ob. cit. p. 7.

[8] Jorge Fornet. El 71. Anatomía de una crisis. (Editorial Letras Cubanas, 2013).