De niños muchas veces nos enrolamos en uno de aquellos juegos en que el contacto físico nos hacía sentir reales, vivos, aun cuando ese toque fuera brusco. “Dale al que no te dio” se llamaba el movido jueguito y consistía en eso mismo: en no darle al que antes te diera sino al primero que pudieras alcanzar. Corríamos y sudábamos, y a veces exhibíamos las espaldas enrojecidas por los galletazos que nos propinábamos, porque había que pegar con la mano abierta.
Recuerdo ―relacionado con lo mismo― aquel número, compuesto por Rafael Óscar Muñoz Bufarti (Bouffartique) e interpretado por Celia Cruz, que por 1954 sonaba incesantemente en la radio: Songo le dio a Borondongo, / Borondongo le dio a Bernabé, / Bernabé le pegó a Muchilanga, / le echó Burundanga y le hincha los pies. [1] Nunca hemos sabido si la canción le trazó guion al juego o fue el juego el que inspiró la canción. La lógica es la misma.
Dudo que el actual presidente de los Estados Unidos y su secretario de estado hayan jugado a “Dale al que no te dio”, pese a que eso mismo es lo que hacen, sobre todo con Cuba. Mr. Rubio proclama una cubanía solo existente en el apellido, y en ella dice basarse para un desquite con lo que el castrismo le hizo a sus padres, emigrados antes de que Fidel triunfara en 1959. Lo que sí está claro es que esa dinámica, solo que sin ánimos lúdicos, la practican con nosotros a nivel de política de Estado. Resulta más que visible que sus golpes no son tan inocentes como lo eran en nuestros juegos, como menores no son sus daños y secuelas. Nos golpean con todo y por todas partes sabiendo las consecuencias y que, al menos de momento, no les devolveremos los gaznatones.
“Mr. Rubio proclama una cubanía solo existente en el apellido, y en ella dice basarse para un desquite con lo que el castrismo le hizo a sus padres, emigrados antes de que Fidel triunfara en 1959. Lo que sí está claro es que esa dinámica, solo que sin ánimos lúdicos, la practican con nosotros a nivel de política de Estado (…)”.
Es bueno conminarlos a enumerar las veces en que los hemos agredido con otra cosa que no sea proclamar nuestra soberanía y la decisión de optar por el desarrollo con pautas socialistas, si es que eso pudiera clasificar como agresión. Ni un solo volador de nuestras parrandas de barrio fue a dar a las costas de Cayo Hueso, y al confrontarlo con la voladura del avión de Cubana en 1976 (cito solo un ejemplo) queda claro que en este juego de dale al que no te dio estamos representando el papel de Muchilanga que, sin pegarle a nadie, recibe golpes de Bernabé y además le echan burundanga y le hinchan los pies. Recibir sus golpes nos define, en su argot guapetón, como amenaza excepcional y extraordinaria para su seguridad.
La historia de las agresiones de los gobiernos imperiales hacia nosotros abarca una larga lista donde sobresalen, además del brutal atentado que antes cité, la colocación de artefactos explosivos en hoteles y embajadas cubanas, secuestros de barcos de pescadores, ataques con lanchas piratas a poblaciones costeras, introducción de plagas, intentos de magnicidio y suministro de armas a aquellas bandas contrarrevolucionarias de los primeros días posteriores al triunfo. Y no agoto la lista, pero no puedo dejar de añadir el bloqueo energético actual.
“Con el paso de los años devenimos Muchilanga por obra y gracia de la soberbia del grandote del barrio. No obstante, sería bueno que ese gigantón grotesco y su orejudo edecán reciban lecciones de historia para que les recuerden que una vez un pequeño David (Vietnam) derrotó a Goliat”.
La mayor parte de las veces se cuidaron de usar mercenarios disfrazados de luchadores por la libertad, y siempre, tras los fracasos o desenmascaramientos de sus marionetas, les dieron protección dentro de sus fronteras. Ni una sola de esas acciones recibió de nosotros respuesta en otro sentido que no fuera el diplomático en los espacios de concertación global. Hoy no se conforman solo con golpear; el estrangulamiento se sumó al repertorio del muñeco diabólico y al acto en sí le agrega la denuncia al estrangulado por lo que considera su asfixia por insuficiencia del sistema respiratorio, en ningún sentido por su garra estranguladora.
Éramos niños y jugábamos a devolver el soplamocos inocuo, pero nunca al que te lo había propinado. Con el paso de los años devenimos Muchilanga por obra y gracia de la soberbia del grandote del barrio. No obstante, sería bueno que ese gigantón grotesco y su orejudo edecán reciban lecciones de historia para que les recuerden que una vez un pequeño David (Vietnam) derrotó a Goliat.
No es que constituya un modelo ni mucho menos, pero en el más reciente período de distensión de las relaciones entre el Tío Sam y Liborio (léase época Obama) nuestro Estado, al que hoy llaman fallido, sostuvo con éxito su generosa plataforma social justiciera y logró significativos avances en la economía. Recordando de nuevo el gracioso número precursor de la salsa en voz de la compatriota ―excelente intérprete y miope política― me atrevo a aconsejarles al dúo de bocones que se inspiren, aunque sea un poquito, en aquella actitud de su antecesor y pasen a corear otra estrofa de “Burundanga”: Abambelé, practica el amor / Defiende al humano / Porque entre hermanos se vive mejor.
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