El estudio de la vasta obra del destacado intelectual Jorge Mañach [1], de cuyo fallecimiento se acaban de cumplir 65 años, dejó de ser hace ya algún tiempo un tabú entre los estudiosos de la cultura cubana.
Afortunadamente, el “vilipendiado Mañach”, como lo llamó una vez Jorge Domingo Cuadriello [2], ha recuperado su lugar eminente en la república letrada insular, de lo que da fe la reedición reciente de varias de sus obras. Hombre de agitada e intensa vida pública, sus variados talentos le permitieron dedicarse a labores intelectuales diversas, entre ellas la literatura costumbrista, el periodismo cultural, el ensayo filosófico, la biografía, la conferencia académica, la discusión estética y la crítica artística y literaria. Como han sostenido varios de sus comentaristas, en Mañach el intelectual cívico y el profesional de la cultura forman una unidad dialéctica difícilmente separable.

Si su condición de pensador político y hombre público ha suscitado notable atención, como una especie de oráculo o conciencia critica de la sociedad republicana, la faceta de crítico de arte y literatura ha sido menos atendida por la exégesis contemporánea, con la excepción del valioso acercamiento realizado por Luz Merino Acosta a su condición de crítico de arte, dibujante y pintor ocasional, con un extenso estudio introductorio que lo sitúa entre las más importantes autoridades criollas en la materia; y Marta Lesmes Albis en el caso del crítico literario, quien ha desplegado una labor de búsqueda y compilación de sus textos dedicados a ponderar y juzgar obras poéticas y narrativas de autores coetáneos.

“El estudio de la vasta obra del destacado intelectual Jorge Mañach, de cuyo fallecimiento se acaban de cumplir 65 años, dejó de ser hace ya algún tiempo un tabú entre los estudiosos de la cultura cubana”.

Un primer resultado de este quehacer profesional fue la publicación en 2018 del volumen Literatura cubana. Glosas, que recoge parte de su producción valorativa en el diario El País, precedido de un enjundioso exordio, del cual me gustaría subrayar algunas cuestiones del método critico que Lesmes Albis plantea como brújula epistemológica para entender su labor en este campo. Jorge Mañach, nos dice la ensayista, ejerce un modelo de crítica de tono introspectivo, de clara intencionalidad axiológica y formativa del gusto estético. Se valía para ello de estrategias comunicativas que razonaban los temas en distintas direcciones sin pretender agotarlos. Asimismo, es posible advertir en estas Glosas la extensión y calidad del pensamiento crítico de Mañach, que atraviesa cuarenta años de ejercicio formal del oficio en numerosos periódicos y revistas culturales, y admite paradigmas conceptuales de la erudición filológica, la crítica impresionista, la hermenéutica del texto literario y la función orientadora del intelectual en la sociedad.

La obra que ahora presentamos, La literatura cubana en la crítica de Jorge Mañach, constituye un momento teórico superior, como resultado del ejercicio académico para obtener el doctorado en ciencias filológicas. El libro se estructura en dos apartados bien definidos: los elementos formativos del pensamiento crítico-literario de Mañach y sus incursiones especulativas en zonas de la poesía y la narrativa cubana de la primera mitad del siglo XX. Complementan el cuerpo del ensayo un extenso repertorio de fuentes, referencias bibliográficas y un índice actualizado de las colaboraciones de Mañach en el diario El País.

Si el temprano elogio del joven Carpentier, cuando lo llamó en 1924 “monstruo medieval de la escritura”, nos puede parecer algo exagerado, la posterior ejecutoria del autor de Estampas de San Cristóbal le otorga plena validez a aquel halago. Jorge Mañach fue un autor con plena conciencia de lo que significaba el oficio de la crítica y estuvo dotado de cabal inteligencia y peculiar sensibilidad para ejercerla. En tal sentido suscribimos la percepción de Marta cuando afirma: “Puede decirse que Mañach fue un adelantado con respecto a la concepción de la crítica contemporánea al considerarla como escritura con un doble carácter: evaluativo y creativo a la vez”. También debemos atender otra cuestión no menos importante, y es la función social de esa escritura, lo que la autora explica con palabras persuasivas: “Las ideas de Jorge Mañach sobre la literatura cubana desbordan las problemáticas literarias específicas que tratan y se extienden a aspectos y preocupaciones sobre la sociedad neocolonial cubana y su cultura”.

El título aborda, entre otros temas, los elementos formativos del pensamiento crítico-literario de Mañach y la narrativa cubana de la primera mitad del siglo XX.

Marta Lesmes establece la filiación crítica de Mañach dentro del eclecticismo, de larga tradición en el devenir especulativo criollo, cuyo fundamento descansa en el enfoque sociológico de obras y autores, en particular aquellos que tributan al universo narrativo. La autora explica que fueron el positivismo, la fenomenología y el pragmatismo las corrientes filosóficas que mayor notoriedad tuvieron en su ejercicio reflexivo, asumidas de maneras más o menos originales, en diálogos controversiales con otras escuelas del pensamiento occidental como el marxismo, al que rechazaba por lo que consideró afanes deterministas y lógicas reduccionistas en sus análisis del hecho económico o el ser nacional.

Sin que sea objeto de análisis en el libro, la discusión sobre las fuentes filosóficas del pensamiento de Mañach ha sido motivo de divergencia entre los expertos, para lo cual remito al documentado estudio del profesor Miguel Rojas Gómez, quien cuestiona la etiqueta de intelectual ecléctico, le adjudica reminiscencias del positivismo, lo sustrae del escepticismo pesimista y establece como sus principales fuentes teóricas las filosofías vitalistas de Nietzsche, Dilthey, Bergson, Max Scheler y sobre todo José Ortega y Gasset, al extremo de hablarse de él como “el Ortega y Gasset cubano”. También menciona otras posibles influencias del existencialismo y el condicionalismo axiológico, lo que tributaría a una personal teoría filosófica sustentada en lo que Rojas Gómez llama “una especie de metafísica de la vida”. [3] Es muy notable también el hecho de que Mañach se desempeñó durante dos décadas como profesor de historia de la filosofía en la Universidad de La Habana, lo cual, al decir del investigador Félix Valdés: “lo obligó a mantener determinada consideración sobre esta disciplina y hacer oficio de ella”. [4]

No menos ardua ha sido la disputa sobre su pensamiento político, que oscila entre narrativas que lo sitúan dentro del conservadurismo social, el nacionalismo de derecha, el liberalismo clásico, el nacional reformismo, la socialdemocracia, el fascismo, el anticomunismo y otros ismos no menos contradictorios entre sí. De cualquier manera, a los efectos de su obra como pensador cultural, resultan conocidas sus posturas a favor de la misión regeneradora del cuerpo social que debía desempeñar la cultura en un país joven como Cuba, dirigida por selectas minorías intelectuales. Es en este punto donde se observa de manera más diáfana la influencia del pensamiento de Nietzsche —y en cierto sentido también del darwinismo social—, defensor de la existencia de la alta cultura y una aristocracia espiritual con funciones dirigentes en la sociedad, de raíz antiilustrada y vocación antidemocrática.

“(…) uno de los principales aciertos del acercamiento que realiza Marta Lesmes a la reflexión literaria de Jorge Mañach, es la pretensión de sistematizar su pensamiento sobre la cultura como agencia de modernidad y progreso (…)”.

Entiendo que uno de los principales aciertos del acercamiento que realiza Marta Lesmes a la reflexión literaria de Jorge Mañach, es la pretensión de sistematizar su pensamiento sobre la cultura como agencia de modernidad y progreso, y advertir sus articulaciones con la sociedad y la política de su tiempo. De ahí que la crítica sea para Mañach: “un agente social de extraordinaria utilidad en el buen desempeño de la sociedad moderna y una movilizadora de ideas y de acciones tendientes a realizar reformas sociales significativas. Referida al hecho literario, un instrumento que sirve como mediación entre el objeto de estudio y la sociedad”.

Sobre los paradigmas culturales que asumió Mañach para cultivar la crítica literaria, Marta expone sus matrices intelectuales más sobresalientes: España y los Estados Unidos, cuya influencia aparece en distintos pasajes de su biografía y de las circunstancias intelectuales dominantes en las primeras décadas del siglo XX en el orbe hispanoamericano. La cuestión hispanófila, que mereció el rechazo de Fernando Ortiz, tuvo sin embargo en Mañach a uno de sus más conspicuos defensores, lo que explicaría la actitud conservadora que asumió en la famosa polémica sobre el meridiano intelectual de Nuestra América. Su posición frente a la sociedad norteamericana fluctuaría entre la sincera admiración de su cultura y avances tecnológicos y el rechazo de la injerencia política en los asuntos cubanos. De lo anterior la autora concluye, con honestidad y cierto pesimismo, que el paradigma crítico de Mañach resulta problemático y contradictorio, oscilante entre dos hegemonías asimétricas que trataban de imponer imaginarios culturales y arquetipos civilizatorios, ante lo cual: “Atrapada, pues, entre proposiciones dicotómicas a las que no puede dar solución debido a su incapacidad para comprender la raíz profunda de los antagonismos entre los centros de hegemonía económica y cultural, que le sirven como paradigmas, y sus también contradictorios presupuestos cosmovisivos, la crítica literaria de Jorge Mañach se encuentra en tal sentido en un callejón sin salida”.

En lo relacionado con las bases metodológicas de la crítica literaria en Mañach, son varios los aspectos que Marta descubre en sus textos: claridad y sencillez expositiva; dimensión ilustrativa, en el sentido de guiar al lector en el proceso de recepción de la obra literaria; brevedad del juicio, dictada por el oficio periodístico, y la presencia de anécdotas y detalles pintorescos —propios del sistema critico de Eugenio D’Ors— sin que esto signifique falta de rigor o ligereza hermenéutica. De igual modo es ostensible en el modelo valorativo de Mañach el influjo de Ortega, pues ambos comparten una visión pragmática de la crítica, en la cual lo estrictamente estético ocuparía una función secundaria y “ambos se desplazan de la intención literaria hacia la programática, de reconstrucción nacional, política, social y cultural”.

De tal modo, podemos suscribir la tesis de Mañach, citado por la autora, quien se definía a sí mismo como “un hacedor sin método de la cultura”, actitud de librepensamiento que le permitía ejercer la crítica de distintas maneras, más o menos originales, y desde perspectivas estéticas y filosóficas dialogantes entre sí. Además del prolífico ensayista, este libro muestra la existencia de un Mañach autor de poesías y ficciones de alguna estimación, muchas veces ignoradas por estudiosos y lectores, más allá de su conocida obra dramática Tiempo muerto, la novela corta Belén el ashanti —donde postula una curiosa variación del idilio interracial, de estirpe decimonónica— o su participación en el proyecto coral vanguardista Fantoches. Las reflexiones en torno a la calidad intrínseca del periodismo de Mañach es otra faceta reveladora de este ensayo, al que con justicia se le puede adjudicar una voluntad de estilo literaria.

“Este libro es prueba de madurez exegética, que se distancia de los distintos momentos de silencio y bullicio en torno a la figura de Jorge Mañach en los últimos decenios (…)”.

La manera en que Mañach interpela las creaciones líricas y narraciones de sus contemporáneos constituye una de las piedras miliares del ensayo de Marta Lesmes, lo que pudiera resumirse de manera un tanto esquemática en dos direcciones. Mañach realiza la crítica de poesía “hacia adentro” y la de narrativa “hacia afuera”. En el caso de los poemas privilegia su inteligibilidad, asunto de ardua polémica con Lezama en la década de 1940, es decir, su comprensibilidad fundamental, accesible mediante el intelecto, así como la validez y significado del sonido y el ritmo, en síntesis, se trataría de “develar el misterio del verso”; sin embargo, su análisis de La Zafra de Agustín Acosta, demuestra una tensión notable entre la lectura esteticista del poema y la ponderación de sus contenidos de denuncia social.

El ensayo señala asimismo que era en la novela donde Mañach depositaba la aspiración de que la literatura reflejara el drama nacional y su personal visión de lo “cubano real”. Desde esta perspectiva nacionalista su reflexión indaga con desigual fortuna en cuestiones de índole social o subjetiva, como en los casos del tratamiento del racismo en la obra de Félix Soloni, el sentido de la picaresca en la narrativa de Carlos Loveira o su interés en la literatura de Carlos Montenegro. Paradójicamente, censura el tema homoerótico en Alfonso Hernández Catá y elogia el tono feminista en las novelas de Miguel de Carrión. No menos complicados resultan sus acercamientos a la literatura escrita por mujeres, deudores de un enfoque androcéntrico, sensitivo y estereotipado, o a la propuesta surrealista de Enrique Labrador Ruiz, donde reaparecen los conflictos de inteligibilidad de la obra artística que tanto le preocupaban. En resumen, nos dice la autora: “Dentro del pensamiento literario de Jorge Mañach sobre el género novelístico, lo representado debía ser la nación. La ausencia de una conlleva necesariamente a la inexistencia de la otra. En Cuba no había narrativa porque en realidad no había nación”. Idéntico corolario había sido expresado en La crisis de la alta cultura en Cuba: no podía existir una identidad literaria sin la presencia de una cultura nacional.

Este libro es prueba de madurez exegética, que se distancia de los distintos momentos de silencio y bullicio en torno a la figura de Jorge Mañach en los últimos decenios, y postula un conocimiento académico, sosegado y profundo, que atiende a la biografía del autor y la ensambla de manera coherente a sus disquisiciones críticas sobre un amplio universo de textos y sus posibles interrogaciones desde la teoría literaria y la praxis interpretativa. Nos encontramos en presencia de un estudio serio, útil y preciso sobre una de las figuras cimeras de la intelectualidad republicana, en uno de los campos del saber cultural que frecuentó con mayor asiduidad y genuina pasión.


Notas:

[1] Presentación de: La literatura cubana en la crítica de Jorge Mañach de Marta Lesmes Albis, La Habana, Cubaliteraria, 2025. Todas las citas en el texto pertenecen a esta edición.

[2] Jorge Domingo Cuadriello, “Mañach, el vilipendiado”, Revolución y cultura, La Habana, noviembre-diciembre, 1996, pp. 14-19.

[3] Miguel Rojas Gómez, “Jorge Mañach Robato”, en La condición humana en el pensamiento cubano del siglo XX. Segundo tercio del siglo, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2012, tomo II, p. 107.

[4] Félix Valdés, “Sin hacer del monte orégano. Jorge Mañach en la filosofía cubana”, en Temas, La Habana, no. 52, octubre-diciembre de 2007, p. 130.