No por esperada la noticia, deja de doler enormemente: la destacada bailarina, maître, y coreógrafa del Ballet Nacional de Cuba, María Elena Llorente, falleció en horas de esta mañana, en el Hospital Hermanos Ameijeiras donde se encontraba hospitalizada desde hace varios días. Personalmente fue mi compañera de muchos años, por lo que quiero evocarla de manera muy especial.
Yo la había visto bailar un pas de deux bellísimo, del coreógrafo Iván Tenorio, llamado Adagio para dos, obra que posteriormente la convirtió en solista en 1967. Me impresionó no solo su manera de bailar, sino también esa belleza rubia que me imantaba.
Recuerdo que una noche, de ese propio año, yo regresaba a mi casa en un ómnibus, cuando en la pizzería Cinecittá, ubicada en 12 y 23 en El Vedado, miré y asombrado noté que María Elena se encontraba allí junto a su esposo Salvador, el crítico Arnold Haskell y su esposa Vera. No lo pensé dos veces y me acerqué para admirarla. Años después le recordaba la anécdota de forma jocosa diciéndole: “Sí, vi que eras linda, pero en el escenario lo eras mucho más”.

Cuando recientemente supe que su salud estaba delicada me dediqué a llamarla a diario, hasta que me dijo: “Es mi final, Cabrera”, siempre me llamó por mi apellido. Para los lectores de La Jiribilla puedo decir, desde el aprecio que siempre le tuve, que hoy perdimos a una gran artista y a un gran ser humano. Ella tuvo, como algunos pocos, ese sentido de pertenencia al ballet de Cuba desde que ingresó en él a temprana edad y fue una de las mayores defensoras de la Escuela Cubana de Ballet. María Elena Llorente obtuvo gran relieve internacional, trajo lauros para Cuba en eventos de tanta trascendencia como el Concurso Internacional de Ballet de Varna y de Moscú, donde fue bailarina acompañante. Siempre presta a defender la unidad del Ballet Nacional de Cuba y sus conquistas desde la historia, la técnica, la ética y la estética, que siempre guiaron al ballet.
La Llorente nació en La Habana, el 20 de mayo de 1946. De niña inició sus estudios de ballet en la Escuela de la Sociedad Pro-Arte Musical de La Habana, y en la década del 50′, ingresó en la Academia Nacional de Ballet “Alicia Alonso”. Bajo la guía de la prima ballerina assoluta, por la que sintió siempre gran afecto, y Fernando Alonso, junto a otros maestros, especialmente José Pares, quien le otorgó una guía fundamental para su desarrollo artístico.
María Elena Llorente obtuvo gran relieve internacional, trajo lauros para Cuba en eventos de trascendencia y siempre estuvo presta a defender la unidad del Ballet Nacional de Cuba y sus conquistas desde la historia, la técnica, la ética y la estética.
En 1962, tras incorporarse al Cuerpo de baile del Ballet Nacional de Cuba (BNC), compañía en la que fue promovida a la categoría artística de Solista, en 1967; y a Primera bailarina, en 1976, la Llorente inició una destacada trayectoria de triunfos caracterizada por la limpieza, pues ella, en la escena, mostraba técnicamente la pulcritud que tenía como persona. Nunca se dejó llevar por las tretas de la espectacularidad, sino que puso siempre su talento y seguridad en el rol que debía interpretar.
Mientras escribo estas memorias la veo desfilar como salida de una galería inmortal que nos entregó, la tenemos como la Lissette de La fille mal gardeé, como la Coppelia y la Princesa Aurora, roles hechos específicamente para ella donde el público aclamó siempre su sentido de la comedia y su ductilidad estilística, fue también una hermosa Giselle, Odette-Odile, en El lago de los cisnes, o Kitri, en Don Quijote, y los estrenos que hizo para ella Iván Tenorio, como la Ofelia de Hamlet, como la trágica Julieta, la Esperanza de Tarde en la siesta y otros personajes como la famosa Oshún en el ballet El río y el bosque, la valquiria cubana que junto a Lázaro Carreño dio vida a ese famoso pas de deux.

Muchos premios y distinciones obtuvo, pero hoy, María Elena Llorente, para ti, la certeza de que como siempre decía Alicia: “No morirás, físicamente quizás, pero no muere todo aquello que se recuerda”.
Estas palabras son mi firme testimonio de que siempre estarás con nosotros.




