Un artista aficionado es un artista. No habría que poner en duda esa condición. También quienes hacen del arte su profesión lo hacen, en buena medida, por afición, por una necesidad expresiva que trasciende cualquier reconocimiento o remuneración. Otra cosa es que no todas las personas reúnan las condiciones, la formación o las credenciales necesarias para convertir esa vocación en un ejercicio profesional. Pero la sensibilidad artística, cualquiera que sea su nivel de desarrollo, merece estímulo y acompañamiento. Porque el arte aficionado no solo permite que muchas personas encuentren una vía para expresarse y realizarse creativamente: también contribuye a formar públicos y a establecer relaciones más diversas y participativas con las distintas manifestaciones artísticas.
Una de las responsabilidades fundamentales del sistema de Casas de Cultura en Cuba es precisamente promover el movimiento de artistas aficionados, propiciar espacios para su desarrollo y ofrecerles herramientas que enriquezcan sus procesos creativos. En esa tarea resultan imprescindibles los instructores de arte, cuyo acompañamiento puede marcar una diferencia en la formación de esos creadores, pero también quienes se ocupan de gestionar, producir y sostener espacios para que la creación encuentre posibilidades concretas de realización y socialización.
“Un artista aficionado es un artista”.
Que el movimiento de artistas aficionados se mantenga vivo, incluso en circunstancias particularmente difíciles para el país, constituye una de las realizaciones más importantes del sistema de Casas de Cultura. A lo largo y ancho de Cuba existen experiencias que demuestran cuánto puede hacerse cuando hay voluntad, iniciativa y compromiso. Allí donde estos procesos no alcanzan el desarrollo necesario, convendría mirar esos referentes y aprender de ellos.
Hay comunidades en las que los propios aficionados no se limitan a participar en la programación cultural, sino que también impulsan iniciativas y asumen responsabilidades en la dinamización de la vida artística. Y habría que reconocer, además, el extraordinario nivel alcanzado por algunos de estos creadores, cuya calidad y dominio de sus respectivas manifestaciones podrían situarlos perfectamente en el ámbito profesional, aunque hayan elegido otros caminos para su vida laboral.
“Que el movimiento de artistas aficionados se mantenga vivo, incluso en circunstancias particularmente difíciles para el país, constituye una de las realizaciones más importantes del sistema de Casas de Cultura”.
Hay una relación que da sentido a todo este esfuerzo: la que se establece entre el movimiento de artistas aficionados, la Casa de Cultura y la comunidad. Es en ese vínculo donde la creación encuentra su espacio más cercano y natural, donde los aprendizajes se comparten, los talentos se reconocen y el arte deja de ser una experiencia individual para convertirse en patrimonio colectivo. No se trata solamente de descubrir vocaciones o acompañar a quienes aspiran a desarrollar sus capacidades artísticas. Se trata también de hacer de la cultura una práctica cotidiana, participativa y profundamente vinculada con la vida de las personas.

