Alwin Damián y diez canciones para una noche de vino y velas
La palabra contemporáneo suele ser un comodín. A veces se usa para disfrazar lo vacío. Otras, para justificar el ruido. Pero en Hazme feliz, el nuevo fonograma de Alwin Damián, ese adjetivo recupera su verdadero sentido: lo que late aquí y ahora. No es un disco de nostalgia disfrazada, ni un ejercicio de muselina vieja. Es una colección de diez canciones que respiran con los pulmones del siglo XXI, aunque algunas hayan nacido hace décadas.
El álbum, nominado en la categoría de Canción en los Premios Cubadisco 2026, se mueve con soltura entre la balada, el pop y el aire trovadoresco. No hay fracturas. Todo fluye como una conversación larga entre dos personas que ya no necesitan palabras completas. Incluso “Se perdió nuestro amor”, aquel clásico de los años ochenta que Beatriz Márquez inmortalizó, reaparece aquí con una piel nueva, arreglos frescos, una interpretación reposada y esa luz que solo concede el paso del tiempo. La canción no llora su vejez, la celebra.
¿El secreto? Un equilibrio casi quirúrgico en la selección del repertorio. Cinco autores hombres, cinco mujeres. Nombres consagrados como Roly Rivero o la propia Beatriz Márquez conviven junto a jóvenes de empuje firme: Annie Garcés, Ian Cruz. No hay jerarquías. Cada tema ocupa su lugar como una pieza en un rompecabezas emocional. Y, precisamente, esa variedad generacional no es un gesto decorativo, sino que deviene columna vertebral de un disco que habla del amor y del desamor sin caer en lugares comunes.
En un panorama musical a menudo marcado por la inmediatez y el artificio, Hazme feliz se erige como un oasis de madurez artística.
Producido por José Manuel García Suárez y Carlos Ernesto Varona (este último también responsable de los arreglos y la dirección musical), Hazme feliz se despliega como un pequeño espectáculo dramatúrgico. No es casualidad que Alwin Damián conciba sus discos como viajes. El oyente no salta de una pista a otra: transita de “Dime a Danza”, de “Desnuda y descontenta” a M”e convierto en paz” y en ese trayecto hay un hilo invisible que ata heridas, abre preguntas y, de vez en cuando, regala una tregua.
En lo sonoro, la producción evita los excesos. Las guitarras de Varona le ponen elegancia a la desnudez. Daniel León Campos, al frente de la ingeniería de sonido, logra que la voz de Alwin no se imponga sobre los instrumentos, sino que dialogue con ellos. El resultado es un disco que no grita. Seduce. Se queda en el oído como una caricia que no pide permiso.
Escucharlo con velas encendidas, al lado de alguien, con una copa de vino entre los dedos: esa es la imagen que su propio creador propone. Y tiene razón. No es música de fondo para una cena cualquiera. Es banda sonora para esos silencios donde una pareja decide quedarse un rato más en la mesa, sin prisa, sabiéndose frágiles.
La producción, que cuenta con diez piezas que transitan entre la balada y el pop con una clara mirada trovadoresca, no busca imponerse, sino seducir con una honestidad que se ha vuelto casi revolucionaria.
Pero Hazme feliz también funciona en soledad. En horas de la tarde, cuando el sol se vuelve naranja y las ventanas empiezan a cerrarse. Entonces el disco se transforma en otra cosa, en una aceptación de que la felicidad, a veces, viene empaquetada en doce compases y una letra que dice justo lo que no te atrevías a pronunciar.
Alwin Damián no es un novato en esto. Viene de dos fonogramas anteriores: uno dedicado a Germán Nogueira y otro a Pedro Romero. Ambos lo llevaron a pisar escenarios y a cosechar nominaciones. Pero Hazme feliz huele a madurez, a la certeza de un intérprete que ha entendido que la canción cubana contemporánea no necesita estridencias para ser moderna. Solo necesita verdad.
Y eso es lo que sobra aquí. Verdad en los arreglos, en las voces, en el silencio entre nota y nota. Porque el disco, aunque suene a balada romántica, no es cursi. Es íntimo. No es complaciente. Es honesto. Y esa honestidad, en un mundo musical lleno de artificios, resulta casi revolucionaria.
Así que sí: Hazme feliz es un disco contemporáneo. Pero no por sus sintetizadores o por sus guiños a la producción actual. Lo es porque late. Porque Alwin Damián logra que una canción escrita hace cuarenta años suene a estreno. Porque sus diez temas parecen escritos anoche, justo después de que alguien dijera te quiero o adiós.

