No hay nada más abstracto que leer de golpe una ficha bibliográfica:

-Autor: Miguel Barnet.

-Título: Biografía de un cimarrón.

-Año: 1966.

-Edición: Primera.

-Editorial: Academia de Ciencias de Cuba.

-Lugar: La Habana.

-Número de páginas: 254.

-Tema: Vivencias del otrora cimarrón cubano Esteban Montejo.

Eso sí, para volver sobre Biografía de un cimarrón, tras el paso de seis décadas, hay que olvidarse por completo de las fichas bibliográficas y detenerse en lo que escribió el escritor británico Graham Greene cuando leyó la obra: “No ha habido un libro como este antes y es improbable que vuelva a existir otro como él”.

Pero llegar a 1966 trae consigo la necesidad de primero encender la memoria y después darle espacio al intenso 1963. Varias son las imágenes que se apoderan de mi mente: ciclón “Flora”, muerte de Benny Moré, estreno de la película Los pájaros (Alfred Hitchcock), atentado al presidente John F. Kennedy, revuelo mundial de los Beatles con su disco Please Please Me y la publicación de un revelador poemario: La piedra fina y el pavo real. He ahí el primer libro de Miguel Barnet, que en aquel momento tenía 23 años.

“…Biografía de un cimarrón, una novela-testimonio que es hoy un mito literario”.

Traigo al ruedo este poemario para señalar, con toda intención, que estamos ante un escritor que tuvo y tendrá siempre en la poesía su emblema dominante. ¿Acaso porque la poesía es un Oficio de Ángel? Para mí, y como parte de un proceso integrador ascendente, la lírica se presenta como el elemento sustancial que lo define. El Barnet poeta, dueño de un estado mental que lo hace orgánico desde la raíz, está en todas partes, donde luego alcanzan vuelo los otros “migueles”: narrador, etnólogo, antropólogo, historiador, ensayista, folclorista, fabulista, periodista, guionista de cine y promotor cultural por excelencia.

Fijemos un detalle de “La piedra fina y el pavo real”:

Para vestir el sueño de las hojas…

Convoco al cielo afincado en una piedra

Arranco un mazo de helechos negros…

Aún hay noches en que la miseria se cubre de luna y crece el amor

El más hondo de los ríos en el cuerpo abierto de la vida.

Ahora bien, ¿por qué insisto en el ya mencionado 1963? Son cinco las razones que se suman a la publicación del poemario:

1) Miguel Barnet labora en el Instituto de Etnología y Folklore, perteneciente a la Academia de Ciencias de Cuba.

2) Miguel Barnet mantiene un sólido vínculo de trabajo con los maestros Argeliers León, Manuel Moreno Fraginals y Juan Pérez de la Riva.

3) Miguel Barnet es discípulo de Don Fernando Ortiz.

4) Miguel Barnet da continuidad a su ininterrumpida relación con el cine cubano, siendo asesor del documental Cuentos del Alhambra, de Manuel Octavio Gómez. Un año antes, había participado (como guionista) en el audiovisual Abakuá, de Bernabé Hernández.

5) Miguel Barnet lee en la prensa cubana un artículo que versa sobre Esteban Montejo, quien dice haber sido esclavo, cimarrón y mambí.

Es decir, aquello que tuvo su inicio en 1963, con la visita del poeta al Hogar de Veteranos de La Habana, sitio donde residía Esteban Montejo, encontró su punto culminante en 1966. Luego de tres años de profunda investigación, se publica, para gloria de la narrativa cubana, Biografía de un cimarrón, una novela-testimonio que es hoy un mito literario, como también lo son Cecilia Valdés o La loma del ángel, de Cirilo Villaverde; El reino de este mundo, de Alejo Carpentier; Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante y Paradiso, de José Lezama Lima.

Ahora doy paso a Esteban Montejo:

Hay cosas que yo no me explico de la vida. Todo eso que tiene que ver con la Naturaleza para mí está muy oscuro, y lo de los dioses más… Por eso aquí han pasado tantas cosas raras… Y los hombres… estamos sujetos a un Dios: a Jesucristo, que es del que más se habla. Jesucristo no nació en África, ese vino de la misma Naturaleza porque la Virgen María era señorita… Los dioses más fuertes son los de África… Y hacían lo que les daba la gana con las hechicerías. No sé cómo permitieron la esclavitud…

Mi intención no es hacer aquí un análisis minucioso de la obra. A estas alturas, no hace ninguna falta. Pero sí pretendo tocar algunos puntos que, en ocasiones, son obviados o minimizados, favoreciendo con ello, a partir de enfoques superficiales, la aparición de argumentos extraliterarios.

Perfilemos entonces un primer punto: si la antropología estudia los aspectos biológicos, culturales y sociales del ser humano, si la etnología estudia, comparativamente, los orígenes y expresiones de la cultura de los pueblos y si la etnografía no es otra cosa que el estudio descriptivo de la cultura popular, no hay que darle más vueltas al asunto: Biografía de un cimarrón es un compendio excepcional, un valiosísimo resumen de los tres conceptos. Dígase mejor así: la antropología, la etnología y la etnografía en perfecta avenencia con una disertación oral para nada ortodoxa o rígida, que rebasa las fronteras del tiempo y nos permite conocer y asimilar, de manera más inteligente, el ayer colonial de Cuba. Pero a estos tres conceptos, en el caso específico de Biografía de un cimarrón, hay que sumarle otros dos: historia y literatura.

¿Será Biografía de un cimarrón el libro más editado de la literatura cubana?

Cierro este primer punto haciendo una invitación: quien de verdad desee adentrarse en el ayer colonial de Cuba, quien de verdad desee conocer los ciclos dramáticos que tuvo la esclavitud o quien de verdad desee visualizar signos de transculturación, identidad y nación, puede lograrlo acercándose a cuatro obras de singular importancia: Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), de Fernando Ortiz; Memorias de una cubanita que nació con el siglo (1963), de Renée Méndez Capote; El Ingenio (1964), de Manuel Moreno Fraginals y Biografía de un cimarrón (1966), de Miguel Barnet, que ya cuenta en su historia con noventa ediciones. ¿Será Biografía de un cimarrón el libro más editado de la literatura cubana?

Dicho lo anterior, paso de inmediato al segundo punto: la obra está estructurada en tres capítulos o grandes temas: la esclavitud, la abolición de la esclavitud y la Guerra de Independencia, siendo Esteban Montejo, el impar Esteban Montejo, quien cuenta su propia historia, lo que le aporta al contenido una carga expresiva de singular trascendencia. A partir de un discurso monologar, donde respiramos una ascendente autoridad poética, el autor logra romper con moldes, corrientes, métodos y formas tradicionales de abordar la narrativa, hasta lograr una ruptura o fragmentación de lo puramente genérico. ¿Hay o no hay en esta realidad un gran aporte a la literatura moderna?, ¿hay o no hay en esta realidad un gran aporte a la narrativa latinoamericana de la época? Aquí el conflicto no viene dado por el empleo de datos escondidos, vasos comunicantes, patrones de cambios o retrospectivas interminables. No. Aquí el conflicto, de principio a fin, está resumido en una sola palabra: CIMARRÓN; alguien que tiene nombre y apellido, tan cubano que se hace táctil, cuyo acento, además de novedoso, seductor y diferente, regala al lector el más importante testimonio que haya existido en Cuba sobre el ocaso sangrante de la esclavitud.

Para desarrollar el tercer punto, debo detenerme en la singularidad y originalidad que tiene Esteban Montejo como personaje protagónico. Sobre él, patriota, rebelde, sincero, intenso, imaginativo y para nada predecible, recaen, en todo momento, los rasgos sicológicos dominantes; y por ende, también sobre él, recae por completo el interés sicológico de la obra. De ahí que no sea necesario cambiar el ritmo del tiempo verbal o insertar tramas colaterales. Basta con la palabra del protagonista, con su imaginación y con la verdad virginal de su pensamiento.

En esos tres elementos narrativos, queda definida la intensidad y la acción del conflicto, de un conflicto que es su propia vida, contada sin tapujos desde la primera línea, a veces de forma discursiva y a veces de forma telescópica. ¿Cuál es el resultado final? Pues que el personaje, a través de la palabra, se va caracterizando a sí mismo, algo muy difícil de lograr cuando el quehacer dramático solo depende de recuerdos y expresiones. Luego de leer las primeras cinco páginas del libro, el lector queda completamente hechizado. Ya sabe lo que tiene delante, dándole igual si el tiempo de la historia resulta circular o específico. En Biografía de un cimarrón lo único que importa es seguirle la huella a Esteban Montejo, diana absoluta de la llamada ley del interés.

“Esteban Montejo, a veces sabio y a veces mágico, era una incógnita, era un enigma”.

Es conocido que Miguel Barnet se acercó al Hogar de Veteranos de La Habana con un objetivo indefinido. El pretexto era llegar allí y presentarse como un joven investigador del Instituto de Etnología y Folklore. ¿Para qué? Ni él mismo lo sabía. Pero algo interno cobraba fuerza en la mirada incisiva y profunda del apacible anciano. Esteban Montejo, a veces sabio y a veces mágico, era una incógnita, era un enigma. En fin, el mismo autor ha confesado que no fue allí para ver una pieza de museo ni tampoco para ver a un anciano centenario, fue a buscar lo que no estaba en los libros. ¡Y lo encontró!, pudiendo comprobar que aquel posible hombre sin historia tenía más historia que cualquier otro hombre.

Algunos podrían preguntarse: ¿una intuición?, ¿una señal del destino?, ¿una fuerza inexplicable de la juventud?, ¿un mensaje de la divina providencia?, ¿un camino abierto por los dioses negros? Muchas podrían ser las preguntas, incluida la mía, que viene acompañada de una introducción: a mí no me queda la menor duda de que Miguel Barnet conocía a fondo el libro Juan Pérez Jolote (1948), del mexicano Ricardo Pozas. No me cabe la menor duda de que había leído las páginas de Pedro Páramo (1955), del también mexicano Juan Rulfo. No me cabe la menor duda de que había asimilado (muy bien) los mensajes testimoniales que aparecen en Se llamaba S.N. (1965), del venezolano José Vicente Abreu. No me cabe la menor duda de que había estudiado (tal vez como nadie) las exploraciones antropológicas de Calixta Guiteras Holmes. Y no me cabe la menor duda de que había leído innumerables obras de Ramiro Guerra o textos de contenido histórico, etnológico o folclórico que se atesoraban en bibliotecas, archivos, revistas y librerías.

Pero lo esencial, y que todavía me despierta asombro, es la claridad de horizonte que tuvo Miguel Barnet para definir el qué y el cómo de Biografía de un cimarrón, entre otras cosas porque su autor no tenía experiencias narrativas anteriores. Entonces, ¿dónde radica el misterio? Quiero pensar que radica en su inmensa capacidad de observación, quiero pensar que radica en la luz que le aportaba el Instituto de Etnología y Folklore, y quiero pensar, con mayor énfasis, que radica en el ya mencionado emblema dominante: la poesía, sin perder de vista la explicación que él mismo nos ofrece:

…Después organicé el libro… Una historia cronológica, pero cuya cronología estaba marcada, no por fechas históricas, sino por hechos y acontecimientos sociales que estaban dentro de la leyenda, dentro de la mitología, dentro de un sistema de valores muy diferente al sistema que habían empleado tradicionalmente los historiadores…

Y como hace un momento utilicé la palabra poesía, hago hincapié en el período 1963-1966; porque en esa etapa, al mismo tiempo que investigaba, escribía y organizaba Biografía de un cimarrón, Miguel Barnet escribía y organizaba un nuevo libro de poemas. Esta vez, La sagrada familia, que se publica en 1967. Ni hablar del poemario. Daría para otro análisis. Solo diré que en ese cuaderno, indiscutiblemente de alto vuelo, están incluidos poemas que enriquecieron para siempre la lírica cubana.

Fijemos un detalle de “La sagrada familia”:

Donde dice un gran barco blanco

debe decir nube

donde dice gris

debe decir un país lejano y olvidado

donde dice aroma

debe decir madre mía querida…

pero donde dice espalda

donde dice idioma

donde dice extraño amor aquel

debe decir naufragio

en letras grandes.

En un mismo período de tiempo, dos libros de extraordinaria valía: Biografía de un cimarrón y La sagrada familia. ¿Qué más se puede pedir? Tal vez lo que se puede pedir es que yo continúe por el camino que venía, ahora para analizar el cuarto y último punto: la novela-testimonio.

Sobre el tema en cuestión se ha escrito mucho, aunque no lo suficiente para que el género literario sea visto, analizado y reconocido como género literario en toda su expresión, que es muy amplia y contradictoria en cuanto a definir, con rigor y justeza, dónde encontrar la génesis de este poderosísimo acto de creación. Ojo: no me estoy refiriendo al clásico relato testimonial, porque esa forma de expresión ha existido desde que el mundo es mundo, me estoy refiriendo a la novela-testimonio, esa que toma hechos concretos y se lanza con ímpetu a desentrañar la realidad, sobre todo cuando se trata de hechos que han afectado la sensibilidad de un pueblo.

Repito una frase: desentrañar la realidad, es decir, el escritor intentando dilucidar y revelar lo intrínseco, lo que no se ve, aquello que viaja más allá de lo puramente biográfico, noticioso o memorialista; verdad que explica el portento literario de Biografía de un cimarrón cuando nos muestra, sin medias tintas, el contenido síquico (inteligencia anímica) de su protagonista: libre, digno, contradictorio e inconforme. Tal vez algún teórico podría definirlo como realismo estético, y no está mal; pero yo, que cabalgo desde hace varios años sobre las luces renovadoras de este libro, prefiero definirlo de otra manera: alegría estética; aunque se trate de esclavos, latigazos, cuevas, montes y barracones, alegría estética. La misma alegría estética que Miguel Barnet, a través de una maravillosa propuesta lingüística, mostraría después en varios de sus libros: Canción de Rachel, Gallego y La vida real. Quien le haga un zoom in a esos textos, encontrará, de igual manera, el contenido síquico (inteligencia anímica) de sus protagonistas.

En esas cuatro obras, con Biografía de un cimarrón a la cabeza, está el momento cumbre de la novela-testimonio en todas las épocas. Pero si alguien quiere buscar antecedentes en el Capitán Canot (1854), contada por Brantz Mayer, que lo haga; y si alguien quiere enredar la pita con la antropología sociocultural del también norteamericano Oscar Lewis (1914-1970), que lo haga; y si alguien quiere, para continuar con la polémica, detenerse en Operación Masacre (1957), de Rodolfo Walsh o en A sangre fría (1966), de Truman Capote, que lo haga… Sería válido, sería lícito, siendo más válido y más lícito si ese alguien se detuviera después en Biografía de un cimarrón, porque allí encontraría lo distinto, allí encontraría la ruptura o fragmentación genérica que mencioné en párrafos anteriores.

“…el verdadero iniciador de la novela-testimonio, como género literario, se llama Miguel Barnet”.

¿Quién fue entonces el verdadero iniciador de la novela-testimonio? ¿Acaso fue Rodolfo Walsh?, ¿acaso fue Truman Capote? No, amigos míos, el verdadero iniciador de la novela-testimonio, como género literario, se llama Miguel Barnet, nacido en La Habana, Cuba, el 28 de enero de 1940. Es cierto que los otros dos nombres estuvieron cerca, pero ellos nunca renunciaron al periodismo de investigación, nunca renunciaron a los hechos mediáticos, nunca renunciaron a la espectacularidad de la noticia, nunca renunciaron a contar la historia utilizando el reportaje como telón de fondo y nunca renunciaron al narrador omnisciente. Lo de ellos, sin dejar de reconocer la calidad de las obras, fue más un testimonio novelado que una novela-testimonio. Y no hace falta ser un gran experto para entender, con conocimiento de causa, lo que ahora estoy afirmando.

Miguel Barnet, desde la primera persona (narrador personaje), y apoyándose en un desconocido y humilde protagonista, hace todo lo contrario. Aquí lo regional destierra el regionalismo, aportando con ello una nueva forma de desentrañar la realidad, una nueva forma de asumir los rigores de la literatura, una nueva forma de expresar los secretos del idioma y una nueva forma de abordar la historia, en este caso de Cuba; revelando así los claroscuros del alma de la nación cubana, muchas veces ocultos en los pasillos o laberintos de la superficialidad.

Pero en el caso de Cuba, los críticos del mundo, tal vez por menosprecio, por fatalismo geográfico, por malas intenciones o por algún extraño movimiento del destino, no valoran esas contribuciones literarias con el rigor y trascendencia que merecen. El tiempo ha demostrado que, si vienen de la Isla, los aportes son casi siempre ignorados, desestimados, minimizados y sustituidos de manera inmediata. Una vez más, la justicia se presenta injusta. Veamos algunos ejemplos:

—Francisco Covarrubias (1775-1850): ¿por qué no se le reconoce, con todas las de la ley, como el precursor o iniciador del teatro “Bufo”?

—José Martí (1853-1895): ¿por qué no se le reconoce, con todas las de la ley, como el precursor o iniciador del “Modernismo”?

—Alejo Carpentier (1904-1980): ¿por qué no se habla, con todas las de la ley, de “Lo real maravilloso”?

—Virgilio Piñera (1912-1979): ¿por qué no se le reconoce, con todas las de la ley, como el precursor o iniciador del teatro del “Absurdo”?

—Miguel Barnet (1940): ¿por qué no se le reconoce, con todas las de la ley, como el precursor o iniciador de la “novela-testimonio?

En ese orden, y dada mi experiencia impartiendo clases y conferencias en diferentes universidades de habla hispana, cito los nombres que con mayor preponderancia son mencionados como principales exponentes. Del teatro “Bufo”, Francisco Arderíus Bardán (español); del “Modernismo”, Salvador Rueda Santos (español), Manuel Gutiérrez Nájera (mexicano), José Asunción Silva (colombiano) y Rubén Darío (nicaragüense); de “Lo real maravilloso” se habla muy poco, y cuando se habla, esa categoría literaria queda silenciada por la presencia omnipotente del “Realismo mágico”. Entonces sí aparecen nombres: Miguel Ángel Asturias (guatemalteco), Arturo Uslar Pietri (venezolano), Juan Rulfo (mexicano) y Gabriel García Márquez (colombiano); del teatro del “Absurdo”, Eugène Ionesco (rumano-francés) y Samuel Beckett (irlandés); y de la novela-testimonio, Truman Capote (norteamericano).

“Una historia de vida, o vida de una historia, que jamás pierde vigencia”.

Ah, pero a esos cinco ejemplos anteriores tendríamos que añadirle otra pregunta: —¿Por qué en la mayoría de las universidades hispanoparlantes, como parte del famoso “BOOM” literario de América Latina (1960-1970), no se menciona a ningún cubano? A veces, de soslayo, solamente aflora Alejo Carpentier. ¿Y por qué no mencionar a José Lezama Lima, a Guillermo Cabrera Infante y a Miguel Barnet? Paradiso, Tres tristes tigres y Biografía de un cimarrón, fueron libros publicados y aplaudidos en ese mismo período de tiempo. ¿Cuál es el motivo de esa marcada omisión?, ¿será acaso un rechazo patológico a los hombres que nacen en la Isla insurrecta?

En fin, de omisiones, injusticias y olvidos conscientes está lleno el planeta tierra. De no ser así, ya Cuba, desde hace muchísimo tiempo, tendría un Premio Nobel de Literatura. Y si de premios internacionales se trata, bien vale la pena dejar dicho aquí que Miguel Barnet, por el conjunto de su vasta, plural y trascendente obra literaria, merece, con letras mayúsculas, cualquiera de esos reconocimientos, incluidos el “Cervantes” y el “Princesa de Asturias de las Letras”. ¿Llegarán algún día? Puede que sí y puede que no. Eso queda en manos del tiempo, y en manos también de las personas que los entregan.

Lo que sí es un hecho tangible, que ahora cumple sesenta años, se relaciona con Biografía de un cimarrón, cuya universalidad y grito anticipado de descolonización cultural, se enlaza con el carácter poderosamente único de su protagonista. Una historia de vida, o vida de una historia, que jamás pierde vigencia. He ahí el secreto, he ahí el quid de la manzana. ¿Vendrán otras seis décadas?, ¿vendrán siglos enteros? Por supuesto que sí, pero estoy seguro que la voz pausada de Esteban Montejo continuará resonando con la misma energía que resuena en este preciso minuto:

…Y aunque mañana yo me muera, la vergüenza no la pierdo por nada. Si me dejaran, ahora mismo salía a decirlo todo. Porque antes, cuando uno estaba desnudo y sucio en el monte, veía a los soldados españoles que parecían letras de chino… Y había que callarse. Por eso digo que no quiero morirme, para echar todas las batallas que vengan. Ahora, yo no me meto en trincheras ni cojo armas de esas de hoy. Con un machete me basta.

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