Para Bruno, mulato oriental, pichón de jamaicano, Mamita Yunái no era ese emporio multitentacular, ese monstruo mitológico capaz de adquirir mil caras.
Nunca podré olvidar aquello. Esa noche en que yo, a mis 16 años, atravesé por el más rotundo desconcierto experimentado en mi ya prolongadísima existencia. Enseguida me explico.