Me confesaba una conocida y reconocida narradora cubana que cuando en su adolescencia, hace décadas, sintió la necesidad de escribir cuentos decidió, sin pensarlo demasiado, matricular en la Escuela de Periodismo Manuel Márquez Sterling.
Solo así, también me comentaba, podría llegar a conocer, aprender y dominar aquellos recursos —válidos tanto para el periodismo como para la literatura— que, con el paso del tiempo, podrían permitirle dedicarse, como era su propósito, a escribir cuentos.
He recordado ahora esa conversación, al volver sobre un tema de incuestionable trascendencia: las discutidas fronteras existentes entre el periodismo y la literatura, asunto que, a lo largo del tiempo, no ha dejado de preocupar, y ocupar, la atención del mundo.
¿Dónde termina el periodismo y dónde comienza la literatura? ¿Cuáles son sus rasgos comunes y cuáles sus diferencias? Diversos, y a veces equidistantes, resultan los puntos de vista que se manejan al respecto, para así tratar de explicar los límites posibles entre uno y otro ejercicio intelectual.

En una célebre conferencia, pronunciada en el periódico Granma, en 1975, el periodista y narrador Alejo Carpentier aclaraba que el periodista y el escritor se integran en una sola personalidad y solo se diferencian por modalidades de trabajo y de técnica.
El periodista —para el autor de El siglo de las luces— emplea “el estilo elíptico”, caracterizado por la síntesis, por eliminar todo aquello ajeno al relato del hecho; mientras que, el escritor, utiliza el “estilo analítico”, que permite la disquisición, la conclusión filosófica, el examen de un acontecimiento en su totalidad.
Los periodistas que se deciden a escribir literatura conocen que no es fácil —y en ocasiones hasta imposible— determinar, luego de concluir la redacción de un determinado texto, si se está frente a una crónica o si, por el contrario, se ha escrito un cuento.

Reinaldo Cedeño Pineda, periodista con varios años de fecunda y reconocida trayectoria profesional, quien atesora en su amplia bibliografía dos libros de cuentos —titulados La edad de la insolencia y Obstinado silencio— conoce esa extraña y singular paradoja.
Al presentar su primer libro de relatos, La edad de la insolencia (Ediciones Caserón, Santiago de Cuba, 2013, 88 pp.), duda al clasificar la entrega y hasta llega a afirmar que los textos reunidos en el cuaderno “a veces no sé si son crónicas devenidas cuentos”.
En esta colección, integrada por 16 relatos, Cedeño Pineda, mediante una narración precisa, ajustada, sin excesos, logra armar esas historias que cuentan de actitudes, sentimientos, emociones, de quienes aman, construyen, esperan, sufren, viven, sueñan…
Son historias inteligentemente pensadas y creadas, con personajes bien perfilados, hombres y mujeres simples, sin méritos heroicos, dueños de la cordura o la locura, unos apagados por el tedio cotidiano y otros a las puertas de lo marginal, quienes piensan, viven y actúan de acuerdo a las circunstancias contadas.
La edad de la insolencia es un logrado intento de su autor por convertir las historias reunidas en estas páginas en un gran fresco de hechos y actitudes, para así presentar un auténtico testimonio de las realidades y problemas de una época y de quienes son sus protagonistas.

En Obstinado silencio (Editorial Oriente, Colección Ficciones, Santiago de Cuba, 2024, 78 pp.), en que se reproducen 15 cuentos, Cedeño Pineda vuelve a escribir, ahora con una mirada más madura, sustentado en los presupuestos ideo-estéticos de su primer libro de relatos.
Son textos que, desde una escrutadora y profunda mirada, cuentan de la venganza, la libertad, el sexo, para así indagar, cuestionar, reflexionar, en sentimientos y actitudes, realidades y sueños, angustias y esperanzas, para así retratar la propia condición humana.
“El hombre —escribe José Raúl Fraguela, editor de esta entrega— es el centro de estos silencios, el hombre en medio del torbellino de sus ambiciones, de las emociones —odio, deseo, amor— que dictan su conducta, el hombre con sus máscaras y desnudeces, sus instintos reprimidos o irreprimibles, sus errores bien intencionados o su intolerancia”.
“Vergüenza”, “Loca”, “Piedra lavada”, “El clan de los hombres voladores”, son algunos de los relatos publicados, en que personajes perfectamente delineados protagonizan historias —tan reales como la vida misma— que conmueven, estremecen, emocionan, a quienes lleguen a estas páginas.
Al referirse a estos textos, el escritor Noel Pérez afirma que “no cuentan historias bellas, ni necesariamente felices, pero de qué hermosa manera las cuentan, y es ahí donde radica su mayor mérito. Narrativa escrita con alma y pulso de poeta. Narrativa de la sugerencia, de la insinuación, del soplar mientras se roe, narrativa del sobresalto”.

Para entender en su real dimensión la obra narrativa de ficción de Reinaldo Cedeño Pineda (Santiago de Cuba, 1968) es necesario conocer y valorar algunos rasgos de su ejercicio intelectual de más de tres décadas vinculado al periodismo y la literatura.
Cultivador por excelencia de la crónica, su labor periodística —en la prensa escrita, la radio, la televisión y los medios digitales— aparece recopilada, entre otros libros, en Cartas a Saturno (2003), El diablo y la luz (2004), El hueso en el papel (2011), Ser periodista, ser Quijote (2019) y Las pequeñas palabras (2019).
Sus investigaciones —como A capa y espada, la aventura de la pantalla (2011) y Son de la loma (2001), en coautoría con Michel Damián Suárez— son muestra, igualmente, de ese interés de indagar, descubrir, escudriñar, que mueve a todo profesional de la prensa.
Algo similar pudiera afirmarse al leer su bibliografía lírica —reunida en títulos como Nadie se llama tristeza (1997), Los corderos alzan la vista (2005), Poemas del lente (2013) y La abeja libando sal (2017)—, marcada por un discurso que enarbola la síntesis, esa que exige el buen periodismo.
La lectura de La edad de la insolencia y Obstinado silencio, los dos únicos libros de cuentos de Reinaldo Cedeño Pineda, confirman, asimismo, cómo es posible contar historias desde la apretada síntesis del periodista y la fantasiosa imaginación del narrador.
Dos libros que, además, confirman la existencia de esos sólidos y fecundos vasos comunicantes que pueden existir, que existen, entre el periodismo y la literatura. Bienvenida esta narrativa escrita no solo con alma y pulso de poeta, también con alma y pulso de periodista.

