Con el rostro atravesado en la penumbra
El telescopio de la hormiga era una deuda que yo tenía conmigo mismo, porque la idea de escribir este libro comenzó a darme vueltas el mismo 30 de diciembre de 2005, fecha en que fallece el poeta. Por aquel entonces me decía: ¿cuándo lo escribo?, ¿cómo lo escribo? En fin, la huella que mi padre había dejado, confundida a diario con la desolación familiar, era algo que de forma constante me taladraba el pecho.
Cuando recibí la invitación para dar clases de literatura en la Universidad Bolivariana de Santiago de Chile (noviembre de 2007) creí tener entre las manos algo vital para el acto de creación: lejanía física de un entorno que se me estaba presentando emocionalmente adverso. Pero aquel remedio de utilizar la distancia como vía de escape fue peor que la propia enfermedad. Jamás pude escribir allí ni una sola línea que se relacionara con el Indio Naborí.
“¿Por qué recordar al Indio Naborí desde la tristeza? (…) ¡Basta ya de lágrimas y sollozos! A él hay que recordarlo desde de la poesía, dado que ella fue el eje cardinal de su vida”.
Cualquier intento mío, a veces impulsado por la lectura de algún poema suyo, me hacía presa de un extraño nudo en la garganta que luego impedía el desarrollo de un pensamiento coherente. Y volvía a preguntarme: ¿cuándo lo escribo?, ¿cómo lo escribo? Imaginemos esta apertura:
Jesús Orta Ruiz, más conocido como el Indio Naborí, nacido en La Habana, Cuba, el 30 de septiembre de 1922. Poeta, ensayista y periodista. Premio Nacional de Literatura. Es considerado por la crítica literaria como una de las figuras más sobresalientes de las letras cubanas.
Esas palabras de inicio, aunque ciertas, ¿no resultan ajenas? Una y otra vez me ocurría lo mismo. Estaba padeciendo, en carne propia, un profundo sentimiento de angustia que siempre asocié con segundas y terceras personas. Yo no sabía lo que era la tristeza. Pero la muerte de mi padre me la mostró sin miramientos: amanecer sonámbulo con el rostro atravesado en la penumbra.
Así viví durante varios años. Hasta que el tiempo se encargó de cambiar las cosas. ¿Por qué recordar al Indio Naborí desde la tristeza? Fue una interrogante que al final hizo blanco en toda mi familia. ¡Basta ya de lágrimas y sollozos! A él hay que recordarlo desde de la poesía, dado que ella fue el eje cardinal de su vida.
En ese dilema andaba yo cuando mi madre, la gran Eloína, cumple ochenta años. Luego de pensarlo mucho le escribí una carta:
Querida Vieja:
…Necesito traer de vuelta a nuestro Viejo. Quiero regresártelo con sus canas perfectas y su dicción inigualable; dado que allí, exactamente a la izquierda de la puerta principal, están los sillones donde a diario nos sentábamos a conversar… Vuelvo a esos sillones tratando de inventarme el entusiasmo de antaño. Veo risas. Escucho lágrimas. Se mantiene intacta la niñez de Noelito. Pasa Chuchy, pasa la China, pasa Nivaldo, pasa Zulema y pasan tus nietos repletos de futuro… Todo ello tratando de inventarme el entusiasmo de antaño; virgen aún si me arranco de la mente el eco torturador que me produce el nicho 29 y la agonía de imaginar al Viejo en una perenne posición horizontal… Hoy es un gran día. Y como hoy es un gran día quiero pensar que el Viejo nos mira feliz desde la cima. Adiós al llanto. No se puede vivir con los brazos cruzados, inútiles, cobardes. Rescatemos del aire nuestro tesoro en fuga. Necesito verte sonreír y recuperar la completa visión de porvenir que siempre tuvieron mis adioses, razón que explica esta carta con cristal de aumento…
Finalmente, la primera edición de El telescopio… ve la luz en España (diciembre de 2012) y pocos meses después, tras la oportuna y generosa intervención del Frente de Afirmación Hispanista de México, se publica en ese país, encargándose esa institución cultural de enviar la obra a las Bibliotecas Nacionales de todos los países hispanoparlantes. ¿Qué pasó después? Pues que México, otra vez México, imprime una tercera edición aumentada (enero de 2015). A ojos vista, yo estaba casi feliz; y digo “casi” porque mi gran ilusión era que también se publicara en Cuba. ¡Solo importa Cuba! Y fue la mano franca de Miguel Barnet la que, dos años después (enero de 2017), acogió su publicación en la Isla, esta vez bajo el cuidado de Ediciones Unión.
Se acercaba entonces el 2022, y con ese año se aproximaba el Centenario del poeta. La época era perfecta para una nueva edición, aumentada, por supuesto. La época era perfecta para volver sobre el autor de las Estampas campesinas, de La fuga del ángel, de La controversia del siglo, de Boda profunda, de La marcha triunfal del Ejército Rebelde, de La elegía de los zapaticos blancos, de Una parte consciente del crepúsculo y del memorable Con tus ojos míos. Y es así cuando aparece el entusiasmo del Instituto Cubano del Libro (ICL). Nunca olvidaré la sincera alegría y el sólido compromiso de Juan Rodríguez, de Juanito, cuando recibió el original, y nunca olvidaré el gran entusiasmo de la Editorial José Martí cuando comenzó a trabajarlo: Ana Elena en la coordinación y primera lectura comentada. Natalia en la edición, Laura Melissa en las ilustraciones, Enrique Mayol en el diseño de cubierta y el mismo Enrique, junto a Roberto Moroño, en el diseño interior y composición. En fin, el libro quedó listo para la imprenta. Pero llegaron, en ese instante, los problemas de papel, tinta y cartulina que todos conocemos. Y El telescopio… se quedó mirando el horizonte. Ante ese difícil escenario, la decisión del ICL y de la editorial fue inmediata: hacer una edición digital. Y se hizo, claro que se hizo.

¡Y mire usted lo que es la vida! Hoy estamos aquí, en el Sábado del Libro, presentando, por fin, la edición impresa, la quinta edición impresa. Cuando la tuve frente a mí, no pude menos que escribirle a Juanito para decirle: “Con el corazón a flor de pecho, quiero agradecerte a ti, al ICL, al Mincult y a la editorial José Martí, la edición impresa de mi libro El telescopio de la hormiga (Los períodos creativos del Indio Naborí). Ese esfuerzo de todos en función de la literatura, es una forma de continuar perpetuando la memoria de un poeta que ya resulta un ingrediente indispensable de la identidad nacional”.
Aunque El telescopio de la hormiga sostiene su valoración literaria a partir de un análisis donde lo que impera es la teoría de la expresión poética, yo puedo asegurarles que no se trata de un ladrillo. Es decir, no es una muralla, no es una bomba y no es una roca impenetrable la que tendrán ante sus ojos. Yo puedo asegurarles de que El telescopio… se puede leer de golpe, asistiendo por períodos, vía que nos regala la historia, a una conjunción entre la vida y la obra del poeta, una obra que me permitió dejar atrás la tristeza y recordarlo desde la poesía.
La mejor prueba de lo anterior es el libro en cuestión. Lo escribí casi de memoria, envuelto cada mañana en un aire íntimo que no admite bibliografía o notas al pie de página. Sépase de antemano que este ensayo va dirigido a los jóvenes lectores. Decir Indio Naborí, en cualquier lugar de la Isla, pasa primero por ser sinónimo de imaginario, y luego termina convirtiéndose en tradición, mito, leyenda o fascinación de obligada referencia.
Pero la escritura no fue nada fácil. ¿De qué forma, como parte del acto de creación, podría encontrar yo el tono definitivo de la obra? Desde mi condición de hijo, me resultaba bien complejo decir Indio Naborí. ¿Indio Naborí? No, si yo a él le decía papá, papi, viejo, viejuco… ¿Cómo llamarle ahora de otra manera? Nada, así son las cosas: uno llega a la vida y escucha voces de aquí, de allá, de este, de aquel, de todos, y con tanto ruido externo no puede escuchar su propia voz. ¿Qué debía hacer entonces para sentir los ecos de mi yo profundo? Tal vez, y en primer lugar, desentrañar las resonancias literarias-emocionales de mi propio padre, para lo cual tuve que poner en práctica una rigurosa fórmula de distanciamiento. Entraba el ensayista y salía el hijo, entraba el hijo y salía el ensayista.
Dicho sea de paso: el servidor que hoy les habla, como mismo viene haciendo desde hace treinta años, continuará concentrándose en escribir y publicar libros de poesía, narrativa y ensayo; y también continuará concentrándose en escribir argumentos de ficción, textos dramáticos, guiones de cine, guiones de series e investigaciones sobre la identidad, el arte y la literatura; acciones artísticas que serán combinadas con recitales, clases, conferencias y talleres en los sitios más diversos. Pero no obstante todo eso, el escritor que hoy les habla continuará siendo, para una gran mayoría, el hijo del Indio Naborí, solo el hijo del Indio Naborí. ¿Un título honorífico que me acompañará de por vida? He ahí los sonidos de una realidad personal donde a diario se escucha la siguiente respuesta: ¡bienvenido el título honorífico!, dado que siempre, corran los tiempos que corran, lo llevaré con mucho orgullo.
“Decir Indio Naborí, en cualquier lugar de la Isla, pasa primero por ser sinónimo de imaginario, y luego termina convirtiéndose en tradición, mito, leyenda o fascinación de obligada referencia”.
Gracias, poeta, porque cuando mirabas sin tener mirada muchos sentíamos en lo más hondo el oscuro esplendor que llevan consigo los hombres como tú. ¿Acaso eras un pequeño Dios que en esos momentos nos iluminaba el futuro? Estoy seguro que sí. Pero como es lógico, y a la luz del tiempo transcurrido, ya tu techo no tendrá quince o veinte goteras. Toda la lluvia será tu techo. De una vez y para siempre debemos contemplarte desde un mirador profundo, lo que permite que aún permanezcas intacto en millones de cubanos.
Con El telescopio de la hormiga dejo saldada la deuda personal que mencioné al principio y, desde la verdad, le rindo homenaje al hombre más importante de mi vida. Concluyo ahora “paraverseando” un rondel de consonancia octosilábica que me permite, sin medias tintas, dejar bien clara la luz que a diario me trasmite el Indio Naborí:
Entre los poetas míos
tiene mi padre un altar,
por ser uno de esos ríos
que no se van a la mar.
Hoy me llega con un brío
más nuevo, más secular,
y por su eterno cantar
de rumores manantíos,
entre los poetas míos
tiene mi padre un altar.
*Texto leído el 26 de septiembre de 2026 en el Sábado del Libro, Calle de Madera, Centro Histórico, La Habana, Cuba.

