El espectáculo intermedio del evento de Súper Bowl se ha convertido en un suceso dentro de un suceso, independizándose hasta cierto punto del aparato simbólico que representa el fútbol profesional norteamericano. Se trata de un evento cultural en el cual han confluido figuras de la cultura de masas que marcaron una época. Desde el espectáculo dado en su momento por Michael Jackson, el intermedio ha crecido en gasto económico, poder visual y proyección internacional al punto de ser uno de los más vendidos y vistos en los medios audiovisuales del orbe. Este año la presencia de Bad Bunny determinó la emergencia de debates en torno a la latinidad, el sitio de los hispanos en la cultura anglosajona y la posibilidad de un multiculturalismo liberal en el cual quepan las diversidades del continente. Más allá del contexto, Bad Bunny lleva un tiempo aludiendo en su discurso a las contradicciones de su país y de la hispanidad en un lugar donde la mercadotecnia habla inglés y posee unos cánones. El debate, entonces, se torna crucial y cruza el Estrecho de la Florida, para entronizarse en los momentos actuales que vivimos como cubanos y latinos.

Bad Bunny de por sí es un artista controversial. Con letras que rayan en lo extremo y en la radicalidad de los discursos sexistas; el cantante ha logrado un sello y hasta una cierta influencia en el consumo. Es una figura que ha conquistado escenarios globales desde la latinidad. En él están presentes los dramas de nuestros países en el momento que corre: por una parte del debate sobre la soberanía cultural y por otra la posibilidad de la absorción de nuestras identidades por un multiculturalismo construido desde los centros de poder mediático. Bad Bunny es alguien que —sin tener un discurso político sofisticado o con una articulación coherente— se ha erigido a sí mismo en un nuevo portavoz de la necesidad de la independencia de su país. Eso, claro está, aparece sostenido por una parafernalia de mercado que hace por lo menos sospechoso el uso de los símbolos culturales del nacionalismo por parte del conejo malo. Para quienes poseen una visión romántica de la política cultural, la reivindicación del latinismo en voz de Bad Bunny se contrapone a los sucesos de persecución de los emigrantes en Estados Unidos, al discurso racista y el miedo que se está viviendo en muchas comunidades hispanas producto de las medidas de la actual Administración. Todo apunta a que el cantante decidió asumir el ropaje de un Robin Hood de los oprimidos y catapultar en el Súper Bowl dicho drama para visibilizarlo. Hasta ahí no existen objeciones, sin embargo, nada debería analizarse desde un prisma puramente emocional, ya que en los matices, en la letra pequeña, están los detalles reveladores.

“Más allá del contexto, Bad Bunny lleva un tiempo aludiendo en su discurso a las contradicciones de su país y de la hispanidad en un lugar donde la mercadotecnia habla inglés y posee unos cánones”.

El show se inicia con un campo de caña que rodea una casa de las tantas que hay en los países de Latinoamérica. El techo de hormigón, las paredes sencillas sin adornos, las persianas de aluminio o de un material barato. Se canta y baila alrededor, sin que haya preocupación, solo alegría infinita. Abundan los sombreros desflecados —esos de los que tanto de burla Trump en sus discursos— así como el perreo, las posturas sexuales en los bailes, la sensualidad desbordada. Todo está aderezado con un monólogo que va hilvanando Bad Bunny en un tono que intenta parecerse a una melodía, pero que termina siendo apenas un susurro dicho por el micrófono. El slogan se repite una vez y otra: “Puerto Rico, estoy cabrón”. En el marasmo del espectáculo, aparecen otras dos figuras. Lady Gaga canta en clave de salsa y Riki Martin surge en una especie de descampado. Las orillas del mundo multicultural se superponen, se confunden y reaparecen en una papilla que asemeja ser nueva. Los íconos anglosajones se mezclan con los latinos y se nos ofrece un producto preeditado, uno que posee el valor ideológico del globalismo liberal anglosajón donde quizás no todos vamos a triunfar, pero quizás algunos sí, si creen en ellos mismos como dijo Bad Bunny. El mensaje está claro, aunque escondido por debajo de capas de sentido: no importa que vengas de estos barrios, que no poseas educación o cultura, que no pertenezcas al núcleo anglo de los Estados Unidos y la industria, ya que puede ser que la suerte del mercado te toque. No es prosperidad y libertad para todos, sino para aquellos que logren una mejor absorción de sí mismos por el sistema. Y por absorción lean también aplanamiento.

Aquí la dinámica es la siguiente: año electoral 2026, la actual Administración está enfrentando el rebote lógico de sus políticas de tratamiento migratorio y existe la posibilidad real de desbancar a los republicanos de las cámaras legislativas; entonces los demócratas se apoyan en el discurso del latinismo y lo enarbolan. Es justo que se pondere a los hispanos en el clima de persecución que existe, es necesario que haya una defensa de lo que somos y que se combatan las diferentes manifestaciones de racismo; sin embargo también es racismo imponer una sola visión de lo que es ser hispano y de eso está lleno el espectáculo de Bad Bunny.

“(…) la reivindicación del latinismo en voz de Bad Bunny se contrapone a los sucesos de persecución de los emigrantes en Estados Unidos, al discurso racista y el miedo que se vive en comunidades hispanas debido a las medidas de la actual Administración”. Foto: Tomada de Prensa Latina

La hispanidad es uno de los discursos culturales más potentes de Occidente y a la vez contradictorios y diversos. En ese paradigma está la vieja huella española que se extiende desde su génesis como provincia del Imperio Romano hasta la conformación del reino y posteriormente la conquista de América y la concreción traumática de identidades. Ser hispano no se reduce a bailar el perreo en un cañaveral con sombreros desflecados. Quizás esa sea la imagen que le conviene a la élite, la de personas que viven una existencia suave, superficial, en la cual se goza, se ríe y se piensa poco. Justo es señalar que esa élite no perrea, que acude a las recepciones de la alta cultura y las sociedades secretas y que consume los productos considerados de mayor estándar. Para nosotros, para los latinos, ellos reservan los intermedios del Súper Bowl, sobre todo porque de esa manera realizan el trabajo cultural perentorio en materia de votaciones. La colonización cultural también se da hacia el interior de los Estados Unidos y con una proyección global, luego de la caída de las fronteras como límites reales y la imposición de un globalismo de corte multicultural en el cual no poseemos como identidades un papel central, sino subalterno.

Además, hay que mencionar que en este panorama de absorción cultural, en el cual según Bad Bunny América somos todos, lo que se nos propone no es el latinoamericanismo, sino el panamericanismo. Son dos visiones en apariencia relacionadas, pero contrapuestas. En la primera, persiste la necesidad de una búsqueda ontológica del ser continental en la cual están vigentes los paradigmas propios desde la cultura precolombina hasta la formación nacional pasando por los grandes padres del arte, la literatura y el pensamiento. En la segunda, tenemos una construcción de poder que se realiza desde el centro anglosajón y que nos dice que hay una sola América, la que surge de la posibilidad de un solo escenario de mercado e intercambio con ventajas para quien sea capaz de imponer su narrativa.

“Ser hispano no se reduce a bailar el perreo en un cañaveral con sombreros desflecados. Quizás esa sea la imagen que le conviene a la élite, la de personas que viven una existencia suave, superficial, en la cual se goza, se ríe y se piensa poco”.

Cuba, como antípoda del panamericanismo, tiene un contrapunto interesante en este análisis. No en balde, cuando Bad Bunny la menciona en su discurso, hace una parada. Es como si dijera: “un momento, aquí está algo que es diferente, algo que diverge en su totalidad”. El modelo de consumo en la isla está condicionado necesariamente por ese excepcionalismo de su geopolítica. Si Puerto Rico orbitó en torno a la formación de una identidad erosionada por la porosidad del mercado anglosajón, en el caso de Cuba la pugna por la independencia siguió con periodos de intermitencia que marcaron su propia huella cultural. La absorción en este punto no es total, sino que opera por las fronteras de lo líquido en materia de modernidad y consumo, se da en la medida en que la noción de diáspora posee un peso en la identidad cubana sobre todo en tiempos de redes sociales. La capitalización de lo cubano en el espectáculo de Bad Bunny se une a la percepción de este tema en la gran política de los Estados Unidos: por una parte es un rezago de la Guerra Fría y por otra una huella que se usa de manera pivotante en tiempos electorales. Justo como ahora está sucediendo, cuando se está a las puertas de un timonazo con las legislativas del mes de noviembre del 2026.

Si bien en Cuba poseemos los mismos escenarios rurales, las mismas casitas en medio de la nada en las cuales se canta y baila; el proyecto del excepcionalismo insular es mucho mayor. La absorción requiere la negación de esas aspiraciones isleñas y la asimilación de la propuesta anglosajona y globalista. Bad Bunny no está consciente de la hondura de su discurso en el sentido colonial, no lo esgrime quizás con este nivel de articulación militante o política, pero sí forma parte de un aparato cultural que desde hace tiempo está tratando de capitalizar el descontento de lugares como Puerto Rico mediante el reguetón. Es mejor que la gente descargue su frustración perreando que protestando, es más controlable, es mucho más predecible. Se llama disidencia bajo supervisión del poder o creada por el propio poder. Paradójicamente, cuando este discurso enfrenta real oposición, los que la hacen son cancelados culturalmente.

Bad Bunny no está consciente de la hondura de su discurso en el sentido colonial, pero forma parte de un aparato cultural que desde hace tiempo trata de capitalizar el descontento de lugares como Puerto Rico mediante el reguetón.

El fascismo de un sector de la élite está siendo el rebote perfecto para adelantar en términos de colonialismo cultural el carácter panamericano del proyecto anglosajón. En ese panorama, Cuba y su resistencia identitaria deben ser absorbidas y aplastadas. Quienes crean que, en efecto, el sueño que defendió Bad Bunny es el de la dignidad de los latinos, está en un error. El sueño defendido es el american dream. La inclusión de la que se habla es una que nos pide estar en esos barrios, conformes, perreando, sin que traspasemos las fronteras reales que nos ha diseñado el globalismo neoliberal y que imponen diferencias de clase, de poder adquisitivo. La agenda demócrata, si bien en términos de discurso puede parecer más sofisticada, en realidad propende a mecanismos similares en los cuales no se persigue la anulación —como sí lo desea el maguismo— sino la eliminación por defecto mediante un multiculturalismo uniforme.

El año electoral dicta sus pautas y en materia de cultura veremos muchos más escenarios en los cuales se pivotea lo hispano hacia las tornas de la lucha política. Esta dialéctica negativa, que niega sin conducir a una superación del modelo, es la clave del espectáculo del Súper Bowl. No se está afirmando nada, sino que se le está simplificando para un uso como símbolo de lucha política, no se está creando un espacio para la inclusión cultural, sino que se abren las puertas para que el hispanismo sea un coto en el cual una parte de la élite utilice la ventaja discursiva de una forma oportunista y puntual.

“El fascismo de un sector de la élite está siendo el rebote perfecto para adelantar en términos de colonialismo cultural el carácter panamericano del proyecto anglosajón”.

Hay una escena de este show del intermedio que me pareció significativa y hasta cierto punto con un mensaje interesante en términos de decodificación. Unas torres de electricidad, en medio de las cañas, chispean, aludiendo al fallo eléctrico de nuestros contextos subdesarrollados (las islas del Caribe padecen de una anomalía crónica en su matriz energética debido a la necesidad de importar hidrocarburos e infraestructura). El episodio nos remite al gran apagón de Puerto Rico cuando pasó el huracán en el primer periodo presidencial de Trump; pero también a la propia crisis energética cubana motivada por sanciones y por la obsolescencia de nuestra infraestructura. ¿Hay aquí un guiño a que solo con la absorción, el neoliberalismo y el mercado global de la cultura podremos salir adelante? La imagen dice mucho, posee el poder de la elocuencia allí donde las palabras solo sugieren o trazan apenas una línea de sentido. Quizás esas chispas, ese apagón sean nuestro apagón, pero lo que no se explica en el espectáculo es la realidad geopolítica estructural que subyace. La falta de electricidad queda, de tal manera, normalizada para nosotros, habitantes de una periferia que de pronto aparece en el Súper Bowl, pero que sigue siendo tan cutre, pobre y sin opciones reales como en la vida cotidiana.

La manera de entender estos grandes espectáculos/plataformas es aplicando variables complejas y viéndolos en el contexto en que se producen. La despolitización de los análisis no conduce a verdades tangibles en materia de desmontaje. Bad Bunny podrá ser incoherente, a veces ininteligible en su dicción, pero resulta muy claro en materia de mercado y de estrategia cultural.