Al cumplirse doce meses de su muerte, y justo cuando hubiera cumplido 75 años Francisco López Sacha, asistimos al lanzamiento de su última creación, un postrer regalo que nos dejó a nosotros, sus fieles colegas y lectores. Gracias al empeño de la editorial Letras Cubanas, y al cuidado de sus amigos Senel Paz y Hugo Vergara, quienes asumieron la edición del manuscrito que Sacha no alcanzó a revisar por última vez, accedemos a la lectura de Licor diabólico, una novela/resumen/testimonio.

Con múltiples guiños a personajes, a personas reales y cercanas, a maestros del autor tanto en literatura como en el teatro, y por supuesto a músicos, la novela se deja leer con facilidad una vez que nos adentramos en la rocambolesca aventura que significa que una deidad llamada “El señor” observe el acontecer del mundo durante varias décadas, incluyendo el estallido de la revolución cubana y muy particularmente el sino de una criatura llamada Salvador, llegado al mundo sin destino. O eso pretende hacernos creer Sacha. En un juego/viaje seguimos los avatares de dicho individuo desde que nace hasta que encuentra al fin el camino por donde ha de seguir el cauce de vida.

“No hay que ser muy agudo para reconocer en la novela varios descubrimientos, guiños de Sacha”. Imagen: Tomada de Internet

No hay que ser muy agudo para reconocer en la novela varios descubrimientos, guiños de Sacha, sus obsesiones, su permanente convicción de cuán imbricadas coexisten las manifestaciones artísticas como la música, la literatura, la dramaturgia e incluso algo tan científico como la cosmología. Aparecen, por ejemplo, la sensualidad erótica de su cuento “El rectángulo de las delicias” (la novela toda está marcada por el amor y el deseo carnal); el esoterismo de “El que va con el ángel” (la figura de Dios o “El señor” no se limita a observar a Salvador sino que le envía ángeles protectores, y como nota humorística resulta que no es un Dios arcaico sino moderno, a quien le gusta el rock y aprende de computación, más que el propio Sacha); el deslumbramiento por el joven provinciano que llega a la capital de la isla como quien arriba a París (de “Voy a escribir la eternidad”), sin que se trate de una repetición, sino de un compendio más profundo, a través del cual el autor esclarece cómo le gustaría ser recordado, cuáles son las claves de su intencionalidad frente al arte de escribir. Antes de referirme a este aspecto, señalo el excelente juego que Sacha establece entre la historia minúscula del protagonista Salvador, y la historia mundial, todo al unísono, como el telón de fondo donde se funden ambos aconteceres. En uno de los escarceos sexuales del entonces adolescente Salvador, nos dice “En esos instantes se detenía el mundo, en esa posibilidad de un placer desconocido… mientras el Señor trataba de evitar que los militares golpistas rodearan la Universidad de San Marcos, los Tupamaros crearan un frente de lucha en el interior del país, los seguidores de Marcos Mariguella se fueran a la huelga de hambre, y los soldados de Gary Prado, bajo las órdenes del general Barrientos mataran al Che.”

Esta visualidad de historias se repite en la novela, de forma que podemos seguir los aconteceres desde varios puntos a la vez, aunque el hilo conductor sea el transcurrir del protagonista, quien a su vez va madurando e implicándose cada vez más en la escena cultural cubana. Teatro, música, literatura, pintura, como ya dije, giran alrededor de un mismo eje, con sus creadores activos, participantes de una obra intensa llamada vida. En un juego constante que comienza con el mero título, Licor diabólico, cuya ilustración de cubierta muestra la botella de un ron cubano que no se consume en las más de doscientas páginas de la novela (en realidad, los protagonistas y acompañantes beben cerveza y no ron); viajamos junto a Salvador no sólo físicamente a su Manzanillo natal, sino también en las rememoraciones que él hace a su niñez y adolescencia en aquel paraje; mientras escuchamos a Los Beatles (no faltaba más tratándose de Sacha), a los músicos tradicionales de Cuba, a Silvio, a Pablo, y también revisitamos obras teatrales y películas con marcado énfasis en lo auténticamente cubano. Además del juego cultural que implica Licor diabólico, y quizás sea esto lo más sobresaliente de la novela, el autor insiste en la obsesiva persecución de la perfección a la aspira, la que se exige a sí mismo al escribir. “Todo lo que hago no es más que balbucear en el tiempo lo que quiero hacer. Nada de lo que escribo tiene la solidez ni el resplandor de un diálogo de Chéjov o de Ibsen. Todavía no sé cómo escapar al laberinto de las palabras”, nos dice, para más adelante insistir en su agónico interés por la perfección “Salvador quiere un texto poroso, que deje pasar la música, el ambiente sonoro, las imágenes poéticas a través de las palabras…Quiere un texto vivo y sometido a la escena, un texto portátil, montable y desmontable”. Obviamente, es Sacha y no lo es. Es su alter ego, Salvador Pérez Franco, el manzanillero que nació sin destino. Pero el Sacha escritor es también el Sacha que va acotando notas al margen de la narración, e incluso llega a colocar su propio nombre en referencia, como quien toma distancia de lo que va creando, como si editara lo que brota de su propio ingenio. Por su parte, El Señor (Dios o algo parecido) no sabe qué hacer con esa criatura que lo desobedece, que se burla de los ángeles protectores, y así se robustece el costado lúdico de la novela: “Tendré que ser yo, personalmente, quien dirija su vida para que no interrumpa la vida de otros, o más bien el destino de otros. Y ya sabemos el enorme riesgo que corro al pretender organizar y dirigir la vida de quien ha nacido sin destino.”

“(…) en la novela (…) podemos seguir los aconteceres desde varios puntos a la vez, aunque el hilo conductor sea el transcurrir del protagonista, quien a su vez va madurando e implicándose cada vez más en la escena cultural cubana”.

Cabe preguntarse quién cuenta este libro. “El narrador, esa extraña criatura, mezcla de autor y personaje”, responde Sacha, colocado en la postura de lector, a sabiendas de que emerge y se oculta, se le reconoce pero enseguida escamotea su identidad, para hacernos partícipes de su juego/licor diabólico. El súmmum lúdico de esta especie de ocultamiento se resume en su frase “Era tan, pero tan profundo que cuando lo pensaba, cerraba los ojos para evitar que lo supiera el narrador” El ser omnisciente que representa a Sacha, al Señor, a Salvador, quizás incluso a la isla, nos hace meditar no solo en las ausencias, en los descalabros, en los logros y en las alegrías sobre todo del amor en sus múltiples disfraces.

Ya que una de las definiciones del vocablo destino es aquella que dice que es el “encadenamiento de sucesos considerado como necesario y fatal”, entonces es válido creer que Licor diabólico es un texto necesario, sin ninguna duda, así como es maldito el hado de que su autor, Sacha, no haya podido asistir a su lanzamiento y segurísima aprobación. Lo lograste, querido amigo, dan ganas de decirle. Aquí estamos, disfrutando como siempre de tu chispeante, musical e infinita imaginación.