El año 2026 pudiera parecer caótico, difícil de entender, lleno de caminos que se entrecruzan. Sin embargo, hay que anotar que si algo lo define es precisamente la metáfora de la oscuridad. Hablo de esto no como una figura retórica, sino en su función comunicativa: toda estructura gramatical busca precisamente trasmitir un mensaje con eficacia, poder simbólico y, en la mayoría de los casos, con rapidez. Entonces la oscuridad como metáfora nos remite a una contraposición con la luz. Aquí hay que recurrir a una corriente que subyace a los sucesos que estamos viendo. La actual generación vive un momento en el cual las estructuras no pueden evitar las fisuras, de hecho son tan evidentes que la mayoría de las personas lo notan. Hoy el ser más común, más cotidiano, te dirá que las instituciones e ideas que fueron sólidas en la década de los años 90 ya no lo son, sino que muestran debilidad, incluso señales de muerte. La desconfianza de la masa hacia el status quo y los conceptos que definen la política son apenas la superficie de ese debate en torno a la metáfora de la oscuridad.

¿Cuál es la alternativa al mundo que se nos muere? He ahí el debate actual. Las tendencias del progreso que parecían visibles a finales del siglo XX hoy han seguido el camino de la hibridación y, sobre todo en sociedades del primer mundo liberal, no es posible distinguir entre las propuestas del espectro de poder. La democracia tal y como se razona en su metamorfosis moderna de la Ilustración está evidenciando la incapacidad de generar una matriz clara de frente a las masas. Existen votaciones, pero no elecciones. Para elegir debe haber fronteras, diferencias claras y construcciones que la gente sea capaz de comprender. En cambio, las personas sienten que están votando por la misma idea, sea quien sea el que la detente. Este es el esquema que más o menos —desde una perspectiva neoconservadora— nos propone el filósofo británico Nick Land en su libro titulado La ilustración oscura. El proyecto civilizatorio, político, cultural y antropológico salido de 1789, está en crisis y ello arroja una sombra sobre cada aspecto de la vida en los tiempos que corren. El primer síntoma de ese nuevo mal del siglo está, precisamente, en la oscuridad.

“La crisis que estamos sintiendo es la del proyecto de la Ilustración que, en su desgaste, arrastra el entendimiento civilizatorio hacia una estación de hastío”.

Lo oscuro es una condición de ausencia de luz, no vemos lo que nos rodea porque necesitamos un aditamento externo que emita iluminación y nos dé la posibilidad de visualizar el entorno. En la oscuridad no poseemos libertad, estamos sujetos a un estado de desconocimiento, de parálisis y de miedo. Existe, entonces, en la metáfora, una alusión directa a la sensación que actualmente se vive. En las pinturas del barroco se usaba a menudo una luz artificial para darle relevancia al foco visual de la obra. Esa cualidad definió conceptualmente una era transicional en la cual la humanidad se tomaba en serio a sí misma como sujeto de la historia. No se esperaba por la luz divina o la de los dioses antiguos, sino que el ser humano movía esa espiritualidad a gusto. Así, se pasó de retratar a personajes de la Biblia o a reyes y nobles y el foco recayó en burgueses, artesanos, personas realizando oficios. Ese barroco que tuvo en el arte flamenco uno de sus puntos referenciales nos hablaba del nuevo mundo de la razón construida que es la base del proyecto civilizatorio de la Ilustración. Lo importante no era ya lo contemplativo de la creación divina, sino el trabajo, la transformación que —en términos filosóficos— es la sujeción del objeto por parte de un sujeto consciente que lo cambia, que modifica su sustancia de manera absoluta. Suena muy bien; sin embargo, bajo esa lógica de la Ilustración se creó un proyecto fundado en el aplanamiento de la naturaleza en todo sentido y su esclavitud a ideas preconcebidas. Esas ideas fueron bautizadas por Immanuel Kant como categorías y a lo que quedaba fuera, aquello que no se podía conocer/aplanar, se le tildó como la cosa en sí.

La distinción entre el fenómeno (eso que podemos investigar, catalogar y clasificar) y lo noúmeno (el tabique que separa lo cognoscible de lo que no lo es) dio como resultante un proyecto político excluyente de los apetitos de la naturaleza y de la esencia inconsciente del ser humano. Una porción relevante de nuestra evolución como animales quedaba fuera y reprimida del proyecto político de la democracia. Según Land, ese proceso con el tiempo solo se ha ampliado, generando sociedades en las cuales la democracia liberal dejó de velar por las personas y se ha ido despersonalizando para velar solamente por su autoconservación. La crisis que estamos sintiendo es la del proyecto de la Ilustración que, en su desgaste, arrastra el entendimiento civilizatorio hacia una estación de hastío. Lo que nos está pidiendo hoy el entramado institucional es conformidad, entropía y parálisis, las cuales son orgánicas al poder oficial que domina el mundo desde los estamentos del Estado o las estructuras globales. La ilustración oscura sería entender todo esto como una crisis, como el resultado de una teleología invertida y contraproducente que no trajo ningún mesías y que erigió a la política posmoderna de las sociedades actuales en una religión sin Dios.

En su libro La ilustración oscura, el filósofo británico Nick Land propone retornar al monarca que gobierna para largos periodos pues media en él un sentido de la propiedad que va más allá de la mentalidad de alquiler, transaccional, de la política liberal. Fotos: Tomadas de Internet

¿Qué tiene que ver la ilustración oscura con los sucesos del 2026? Ya no se está ante la expectativa del año 2000 o en la primera década de este siglo en la cual se vivía una sensación de sorpresa. El hastío que se siente en la conclusión del primer cuarto de esta centuria se parece a los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Hay un escepticismo global ante la idea de la democracia. El pensamiento neorreaccionario que subyace a los despachos donde se toman decisiones está dispuesto a sacrificar la norma formal del voto si ello contradice al sistema. Ante esta verdad, se nos cae la moralidad que por siglos intentó vender el proyecto de la Ilustración: que la razón era coherente con una idea del bien común. Ahora la razón está demostrando que en verdad siempre fue un sujeto que tenía como objetivo sujetar y dominar el objeto y que ese objeto es la sociedad humana entendida como la sustancia de la cual vive el poder. En otras palabras, como dice Land, la razón es algo generado por el proyecto político de la Ilustración y puede perfectamente ponerse de cabeza y desmontarse. De hecho, lo que hace falible la estructura del sistema está precisamente en la gran mentira de la razón, en su carácter creado, artificial, moldeado por las circunstancias de una urgencia del poder y sus intereses. Land dice que la respuesta ante la crisis de esa razón no está en la ruptura de la reproducción del sentido del sistema (el capital), sino en lo noúmeno, aquello que está fuera y que Kant descalificó. De manera que el pensamiento crítico, a priori, el de las categorías, es desechado por los apetitos y una revalorización de la fuerza como única prueba de legitimidad del proyecto.

Land no nos propone una síntesis de contradicciones porque de hecho su pensamiento heredero de Nietzsche quiere romper todo, filosofar a martillazos. Para él, Hegel no es la cumbre de la razón filosófica del proyecto de 1789, sino que sus movimientos en torno a la astucia de la razón y la teleología de la idea son elucubraciones. En cierto sentido, cuando vemos el resultado de la unidad entre la idea y su correlato real en las sociedades de hoy, tendemos a darle la razón a Land. No hubo tal síntesis como resultado de las contradicciones de la historia. Asimismo, no se llegó a un punto de identificación entre el movimiento de lo real y la idea absoluta. Por ende, la teoría del conocimiento a través del progreso y la gradualidad quedó en nada.

“Ahora la razón está demostrando que en verdad siempre fue un sujeto que tenía como objetivo sujetar y dominar el objeto y que ese objeto es la sociedad humana entendida como la sustancia de la cual vive el poder”.

Lo que está cojo en la propuesta de Land es la idea del poshumano, o sea, una versión a su forma del superhombre de Nietzsche. Para él, lo que está impidiendo la transformación total de la sociedad en un proyecto de poder fundado en el retorno a la esencia subconsciente evolutiva de la humanidad es precisamente el último hombre. Esta idea nietzscheana que se halla en Así habló Zaratustra, Land la ve reflejada en las masas y la política en crisis de la democracia liberal, ambas enfrascadas en alargar la vida de un proyecto civilizatorio liberal que carece de oxígeno. Pero el poshumano depende de una aceleración del cambio que Land considera necesario e inevitable, un cambio fundado en la unidad entre el hombre y la máquina y la civilización que de ahí se deriva. El poshumanismo redefinirá la idea de la participación a partir de nuevas necesidades que hoy permanecen ignoradas, puesto que vivimos aún en el mundo del fenómeno y no nos hemos adentrado en lo noúmeno. Ese poshumano/superhombre no le teme al abismo del poder, sino que lo sobrevuela. Una imagen muy a lo Nietzsche y que evidencia que para el pensamiento aceleracionista no existe el miedo a la demolición de la democracia liberal y la construcción de un proyecto de poder directo, fundado en comandos incuestionables y en última instancia en la ley del más fuerte y la selección natural. Este neodarwinismo tecnológico similar a un feudalismo digital vendría siendo la concreción de una moralidad no ilustrada, una ilustración oscura a la cual ya no le interesa lo que se considera una formalidad sin funcionalidad (el sistema eleccionario). Así es como Occidente, según Land, se salva a sí mismo del agujero al cual lo está llevando la democracia que se ha tornado apenas una lucha demográfica por el poder.

En esas ideas resuena como una música de fondo la banda sonora de la voluntad de poder y ya sabemos que en términos de historia ello alude al menos tangencialmente a un peligro. Cuestionar el proyecto civilizatorio de la Ilustración no es pecado, incluso constituye un ejercicio de pensamiento crítico necesario; pero demoler todo lo que la modernidad nos trajo y reivindicar la barbarie como alternativa y a la fuerza como sustituta de la razón son ideas que proyectan una sombra alargada sobre el futuro. Pensar por fuera del sistema es una necesidad, pero hacerlo solo con la idea de destruirlo conduce a pasillos cuya deriva no tiene un buen sabor. Pero el pensamiento aceleracionista funciona como una fuerza ciega ya que en esencia niega la posibilidad de la contemplación y de la síntesis de contrarios. La contradicción no resolutiva es su combustible tal y como lo planteaba el nihilismo de Nietzsche. La nada, no obstante, no posee entidad suficiente para definir algo. Puede partirse de la nada para criticar lo existente, pero lo que Land nos está diciendo es que la nada es la sustancia. Ese noúmeno incluye el uso de la fuerza como razón legítima, pero en ello va el muy posible horizonte de la aniquilación al cual Nietzsche tampoco temía. El peligro de la voluntad de poder es que actúa tanto como fuerza que acelera como martillo que destroza. Su moralidad —al carecer de la información genética de lo que Nietzsche llamó moral esclava— no se detiene ante los límites de lo estatuido como razonable, noble o viable según el proyecto de la Ilustración. Esto último explicaría muchos de los sucesos derivados de decisiones de la élite liberal anglosajona en el año 2026. Al menos debería servir como un indicador claro.

“No se puede olvidar que la Revolución Francesa fue tanto la de Robespierre y la república virtuosa como la de Napoleón y el imperio de las águilas”. Ambas realidades del modelo siguen subyacentes a lo largo de la modernidad liberal.

Si según Land las ideas hacia las cuales ha derivado la democracia liberal de Occidente —el progresismo en todas sus variables— son marcas de una religión sin Dios, de un dogma moral que nos esclaviza y que paraliza la posibilidad del superhombre en las metas falibles y mediocres del último hombre, ¿cuál es la salida? Nietzsche era un pensador que operaba por metáforas, por eso el uso de la imagen de la oscuridad como vehículo comunicacional no es algo pasajero, sino potente en términos retóricos. La ilustración oscura, que por el momento carece de proyecto político visible, tendría que operar por oposición a la luz. Ello incluye la renuncia a la razón y el bien común como categorías, incluso al sentido común. Los cañones como último argumento de los reyes vuelven a posicionarse en la lógica de poder. Quizás por eso Land nos habla de los males de la alternancia en la democracia liberal, ya que el presidente es visto como un funcionario encargado por un número de años, quien ejerce el ejecutivo bajo la lógica de algo que no le pertenece. El filósofo nos propone retornar al monarca, que a la par que gobierna, lo hace para largos periodos ya que media en él un sentido de la propiedad, una pertenencia sobre el reino que va más allá de la mentalidad de alquiler, transaccional, de la política liberal. Ese monarca, además, posee las resonancias del famoso Rey Filósofo de Platón en La República y por ende constituye una revalorización de la crítica aristocrática a la idea de la democracia.

Aquí hago un aparte para criticar esa idea de Land, quien parece olvidarse que precisamente la no existencia de contrapesos políticos, la no independencia de poderes y la nula crítica derivada de un modelo monárquico fueron los pilares que impulsaron la necesidad de la revolución liberal moderna. De manera que la solución de la ilustración oscura, en otras palabras, la vuelta a la oscuridad, no constituye una síntesis orgánica de las contradicciones del mundo occidental, sino un acrecentamiento de los males de esa probable posdemocracia. Land critica el modelo de la catedral, que vendría siendo el entramado de instituciones globales de índole liberal el cual ya se muestra inoperante e incluso como un lastre para el propio ejercicio del derecho; pero en la propuesta material del proyecto político poshumano se arrasa con la posibilidad de una razón más allá de la fuerza y se nos dice que ante la falsedad de la luz lo único auténtico es la oscuridad, o sea cerrar los ojos y no ejercer el pensamiento crítico. El aceleracionismo no solo aumenta la velocidad de los cambios y valida esa rapidez en sí misma, sino que impide —a partir del propio ritmo de esa idea de la política— repensar qué transformaciones hacer y bajo qué premisas. Se apuesta por sacrificar lo que se critica, pero dándole valor al sacrificio en sí, sin que nos preguntemos cuánto de lo que hay en el abismo puede resultar edificante como proyecto político. Y es que para la idea nietzscheana de la moralidad lo que edifica carece de peso.

“Todo modelo que está en crisis busca cohesionar la sociedad mediante el miedo y la concentración de poder”.

El último hombre aún domina la política occidental, pero los sucesos de este año 2026 nos acercan a otro horizonte en el cual tendrá que debatirse el paradigma de la oscuridad no ya solo como metáfora para un ensayo de filosofía política, sino como realidad tangible. Vale pensar hasta qué punto lo que nos plantea Land forma parte también de la idea de la razón como ente arrasador que sujeta al objeto y lo engulle. A fin de cuentas, la violencia es también una porción importante de esa naturaleza de la razón. Quizás estemos cayendo en una trampa retórica al creer que la metáfora de la oscuridad es una crítica contundente al proyecto político de la Ilustración y no una reafirmación de la parte más reaccionaria de aquellos sucesos de 1789. No se puede olvidar que la Revolución Francesa fue tanto la de Robespierre y la república virtuosa como la de Napoleón y el imperio de las águilas. Ambas realidades del modelo siguen subyacentes a lo largo de la modernidad liberal y se expresan en el campo de las ideas a partir de la producción espiritual de los intelectuales orgánicos.

La ilustración oscura, en todo caso, es una idea interesante que conviene leer y repensar, sin que la veamos como la única arista de los tiempos que vivimos. Es la bestia negra que descansa en los recovecos de la historia cuando la razón se fatiga. Estamos en momentos de máxima expresión del mal del siglo, por ende, la recurrencia a los tiempos de oscuridad puede verse de forma transitoria como salvación. Todo modelo que está en crisis busca cohesionar la sociedad mediante el miedo y la concentración de poder. Negar al humano y proponer al poshumano puede ser una idea muy poética, incluso hermosa, si se la mira desde la óptica de Nietzsche, pero combinar eso con la voluntad de poder y la renuncia a la moral esclava, puede traernos recuerdos desagradables. Nick Land es un pensador que escribe entre anfetaminas y alucinaciones; en su prosa abundan los exabruptos, incluso las increpaciones a los grandes clásicos, pero ello no lo hace menos lúcido por momentos. La clave está, una vez más, en ser electivos y leerlo con las pinzas que impone nuestra capacidad de razonar.