I

Como es notorio, la historia de la literatura cubana tiene su inicio con el poema épico Espejo de paciencia (1608),de la autoría del cubano–canario Silvestre de Balboa. No fue casual, que la obra tuviera por ámbito geográfico la región de Bayamo, “provincia india” de las más importantes, como entonces llamó el fraile Bartolomé de Las Casas a los principales territorios de asentamiento indígena de la Isla. Tampoco parece serlo, que Silvestre de Balboa fuera vecino de Puerto Príncipe (Camagüey), otra de las provincias indias de importancia en el período, y que residiera por un tiempo en Bayamo, “el ameno lugar que tanto amo”, como nos lo hace saber en su poema. Todas claves de un desarrollo socioeconómico y cultural regional que tres siglos después llevarían a estas villas a ser la cuna de la nacionalidad cubana, al ubicarse la clase más instruida e influyente de su sociedad a la vanguardia del primer levantamiento armado de manifiesto carácter independentista de nuestra historia colonial. No hay coincidencias; lo que es, está en lo que fue.

Por mucho tiempo se ha pasado por alto (…) la existencia de un largo poema titulado La Florida, concebido por el fraile andaluz Gregorio Alonso de Escobedo a fines del siglo XVI, o sea, décadas antes de Espejo de paciencia.

En esta perspectiva histórico-literaria, sin embargo, por mucho tiempo se ha pasado por alto —a veces, por desconocimiento; otras, por rutina intelectual— la existencia de un largo poema titulado La Florida, concebido por el fraile andaluz Gregorio Alonso de Escobedo a fines del siglo XVI, o sea, décadas antes de Espejo de paciencia.[1]La obra de Escobedo tiene la particularidad de ser una especie de diario poético de más de 21 000 versos escritos en octavas reales, en los que recoge sus experiencias a partir del viaje que realizara desde La Española (Santo Domingo-Haití) hasta San Agustín, en la península de La Florida, a donde llegó el 7 de octubre de 1587.

Por el poema de Escobedo sabemos que nuestros aborígenes adoraban el Sol, la Luna y Las Pléyades. Tenían al arco iris como un dios benéfico y mayor, como cabía esperar de pobladores de una región amenazada por temporales y huracanes.

Al narrar el fraile-poeta el primer tramo de su trayecto hacia La Florida, dice navegar “para el puerto de Baracoa que es en la Isla Dorada donde está la ciudad de La Habana”. De la cita se infiere que la Isla aún conservara tal nombre de los años iniciales del siglo XVI, “época en que la búsqueda de dicho metal mediante la esclavitud indígena parecía aún una promesa de la tierra”.[2]

Cuba era conocida como la Isla Dorada, cuando la búsqueda de ese metal parecía una promesa para los conquistadores. Imagen: Tomada de Internet

También por el poema de Escobedo sabemos que nuestros aborígenes adoraban el Sol, la Luna y Las Pléyades. Tenían al arco iris como un dios benéfico y mayor, como cabía esperar de pobladores de una región amenazada por temporales y huracanes. Al arco iris lo llamaban “serpiente de collares”.

De hecho, tenían una lengua cargada de poesía, ligada a su permanente interacción con la naturaleza. Lengua que alcanzaba cotas de significación inefables cuando se refería a los sentimientos más universales del género humano: al amigo lo llamaban “mi otro corazón”, y al alma “el sol del pecho”. Para pedir perdón, decían “olvido”.

Insertar chapeau: La satisfacción que le causa este primer contacto con la cocina indígena de la Isla, como era de esperarse, lleva al fraile-poeta a mencionar el árbol del cual proviene el apetitoso fruto, legándonos el primer testimonio literario sobre nuestro árbol nacional.

II

En 2009, el arqueólogo y documentalista cubano Carlos Andrés García, concibió el documental Cuba, la Isla Dorada, en el que da testimonio de la descendencia aborigen e influencia de sus costumbres entre los actuales habitantes de la ciudad de Baracoa y regiones aledañas. El guion visual del documental crea un paralelismo entre lo narrado en el poema La Florida y el cotidiano de vida de los baracoenses en pleno siglo XXI. Por ejemplo, la elaboración del palmito (cogollo de la palma real), que hoy día sigue siendo un plato típico de la región. He aquí como lo describe en su poema Escobedo cinco siglos atrás:

Cortamos un palmito (es cosa cierta)
Que admirará si acaso lo refiero
Que abrió a treinta hombres franca puerta
Para comer, del último al primero
Y aunque su gusto a más comer despierta,
Afirmo yo que atrás quedé postrero.

Que había que comieran otros veinte
Quedando satisfecho el más valiente.

La satisfacción que le causa este primer contacto con la cocina indígena de la Isla, como era de esperarse, lleva al fraile-poeta a mencionar el árbol del cual proviene el apetitoso fruto, legándonos el primer testimonio literario sobre nuestro árbol nacional, tres siglos antes de que nuestro primer Poeta Nacional, José María Heredia, le diera tal connotación en su oda Niágara. Veamos esta primera descripción de cierto sesgo costumbrista de nuestra palma real, tal y como nos la legó en su poema Escobedo:

No son cual los de España los palmitos,
Son palmas de diez brazos en altura,
Que los que cortan quedan tan aflictos
Que se suelen quitar la vestidura:
Guardan en la dejar antiguos ritos,
Imitando a los indios de cordura,
Que para trabajar se despojaban
Porque el vestido con sudor manchaban.

Si atendemos el criterio de Fernando Ortiz, que la cubanidad “es una condición del alma”, a no dudar, el fraile andaluz fue el primer poeta español de Cuba, de igual forma que Silvestre de Balboa es el primer poeta cubano de Canarias. No deja de ser una clave del destino que el primer viaje de Colón, en razón del desconocimiento que tenía de la ruta a emprender, diera real comienzo en La Gomera, la más occidental isla del archipiélago canario, y no en Palos de Moguer.

Seguir negándole a Escobedo la primicia de tal condición poética en un contexto histórico y geográfico tan particular como inédito en todos los sentidos, es desconocer al primero que nos legó en nuestra lengua no solo la descripción de nuestro árbol nacional, sino también el sabor del “dulcísimo y sabroso” fruto de la guayaba, y el no menos dulce del plátano maduro.

Desde entonces las Antillas comienzan en las Canarias, límite del último mar conocido y la primera de las nuevas tierras por conocer. Para un mayor acuerdo con esta realidad histórica, recordemos que en Canarias tuvo lugar el primer ensayo de conquista de la política imperial de la Corona española, al reprimir y casi exterminar a su población nativa, conocida como los guanches.

Nos consta que fuera de Cuba no hay otro pueblo más parecido al cubano que el canario. Por otra parte, seguir negándole a Escobedo la primicia de tal condición poética en un contexto histórico y geográfico tan particular como inédito en todos los sentidos, es desconocer al primero que nos legó en nuestra lengua no solo la descripción de nuestro árbol nacional, sino también el sabor del “dulcísimo y sabroso” fruto de la guayaba, y el no menos dulce del plátano maduro, entre otras muchas observaciones sobre nuestra naturaleza y hábitos de vida de nuestra embrionaria sociedad.

En el “Canto V”de su poema, Escobedo describe las costumbres imperantes en la génesis de una sociedad variopinta, así como el alto concepto en que se tenía al visitante, sobre todo, si este era gente de paz como nuestro fraile, a más de dejarnos los primeros rasgos de una civilidad que terminaría por identificar la manera de ser del cubano con todo visitante, nativo o extranjero. Sirva de ejemplo la siguiente octava real:

No se gasta dinero en el camino.
En todas partes dan buena comida,
Nunca falta la ternera de contino
Que comerla en verano da la vida;
Agua fría se bebe que no hay vino
La gente es dadivosa y tan cumplida
Que da con mucho gusto lo que tiene
Al caminante que a su casa viene.

Sobre La Florida ha escrito el profesor estadounidense J. Rus Owre: “Cuidadosas y claras son las descripciones de la tierra y del pueblo, como los vio Fray Alonso; nada de fantasía, nada de invención. Lo que él dice, lo podemos comprobar en las historias de otros testigos que no eran poetas. Sus datos son importantes para el antropólogo y para el historiador”.[3] No tenemos la menor duda. A fuer de sincero, ya es hora que toda nueva historia o artículo sobre los inicios de la literatura cubana comience a escribirse a partir de las octavas reales que dan testimonio de la estancia de Escobedo en Baracoa. Esta parte del contenido total de La Florida, no solo es nuestro canto iniciático, sino también la primera odisea pacífica que se escribiera con verdadera sinceridad y aire de Nuevo Mundo.

     ¡Hasta la poesía siempre!                                          


Notas:

[1] El manuscrito del poema La Florida se conserva en la Biblioteca Nacional de España.

[2] José Antonio García Molina. Indígenas y criollos en los primeros versos escritos sobre Cuba, en Revista de la Biblioteca Nacional “José Martí”, enero-junio, 2004.

[3] Véase: J. Rus Owre: Apuntes sobre La Florida de Alonso de Escobedo. AIH. Actas I, Universidad de Miami, 1962.