Varios de nuestros artistas estuvieron en Angola cuando la guerra. Pero no todos fueron a animar la tropa o a documentar aquella experiencia bélica y el arrojo de las tropas cubanas junto a las angolanas: lo hicieron como soldados, como es el caso, por solo citar un ejemplo, de Aldo Soler, artista visual de extenso currículo. Poco se sabe de esto. También nuestros artistas incursionaron en aquel territorio participando en sus planes de reconstrucción, con su arte, pero también como profesores integrados a los programas de formación que dotarían a esa nación de instructores, artistas y docentes con los conocimientos y las herramientas técnicas necesarias para potenciar sus diferentes manifestaciones artísticas, siempre desde la riqueza de su propia cultura. De esto tampoco se sabe.

A aquel llamado internacionalista se incorporaron figuras relevantes de nuestras artes visuales como Nelson Domínguez y el recientemente fallecido Eduardo Roca, “Choco”, entonces profesores de esa especialidad en la Escuela Nacional de Arte (ENA), quienes a su regreso contaban que habían aprendido más de lo que enseñaron, de la vida, pero también, del arte. Porque cada experiencia humana tiene una configuración visual que el artista atrapa, con la que gesta símbolos cargados de sentido.

Es el caso de Pedro Ocejo Huerta (Bayamo, 1990), quien se desempeñó como profesor de varias disciplinas de las artes visuales en el Instituto Superior de Artes de Luanda, entre marzo del 2017 y agosto del 2022, y que ahora presenta aquella experiencia en una exposición personal a la que tituló INTERKAMBIO, y que contó con la experta curaduría de Teresa Toranzo. La muestra se sustenta en el ejercicio final que propuso Ocejo como estudiante de la primera edición de la Maestría en Producción simbólica contemporánea y mediación sociocultural desarrollada por la Facultad de Artes Visuales de nuestra Universidad de las Artes. Así, como el cierre de su maestría, la exposición es también una suerte de cierre o balance de un ciclo vital en el que se mezclan recuerdos, vivencias e impresiones de diversa índole; balance del trasiego de culturas diferentes -a pesar de nuestro componente negroafricano-, de la experiencia atravesada por una temporalidad aplazada, una percepción densa y dilatada del tiempo real, ya no de su permanencia en aquel país, sino por la prolongada espera que medió entre su regreso a la isla y la llegada de sus embalajes despachados desde puerto angolano, que contenían “lo que trajo de allá”.

“Tómate mi tiempo” (2020-2025). Latas de cerveza fermentadas en caja de municiones. Dimensiones variables. Tarjetas de embarque sustituyen la ficha técnica tradicional.

Es lo que mostró Ocejo en el gran cubo blanco del Centro Hispanoamericano de Cultura, entre febrero y marzo de 2026: sus residuos embalados en diferentes contenedores y transfigurados por el tiempo; recuerdos que terminan en una simbiosis de significados; pasado y presente reformulados como estados alterados del subconsciente y del consciente. Con esa mutación de la experiencia, el artista alude a esa zona intermedia, compleja, ambigua e imprecisa, donde se produce el intercambio de esencias y significados del objeto que contiene nuestra memoria. Podría decir que teje con sus piezas una narrativa autorreferencial, aunque con un marcado valor universal.

Esa dualidad se testimonia en “75 Kg”, una fotografía ampliada con la que inicia la exhibición, cuya imagen registra su llegada a Angola con ese peso corporal. En 1975 comenzó la guerra, coincidencia que aprovecha para construir una alegoría sobre el comienzo de su propia guerra. La referencia bélica está presente en más de una de estas piezas de la postguerra, como en la memoria de muchos cubanos.

“75 kg”. Fotografía b/n. 84 x 114 cm.

El intercambio de sentido, trasmutado por el tiempo y la permutación de escenarios, se revela en una caja de municiones que sirve de reservorio a las latas de cerveza -dispuestas cual granadas de fragmentación-, que el artista envió al término de su misión para celebrar con su familia su regreso. Finalmente llegaron fermentadas, tres años después. Frustrado el objetivo, el episodio termina en el irónico título “Tómate mi tiempo” (2020-2025). La ambigüedad del interkmbio también se confirma en “Por el ojo de la aguja” (2020-2025), con la fusión de monedas angolanas y cubanas, cuyo color bronceado y agrupadas en fila, semejan bases de municiones.

“Por el ojo de la aguja” (2020-2025). Dimensiones variables.

Entre sus trastoques de objetos y de sentidos, se advierte la sustitución de las tradicionales fichas técnicas por tarjetas de embarque, devenidas cartelas de sus piezas. También sus títulos entran en este juego entre lo expuesto y lo velado.

Cubren los muros varios lienzos informalistas de gran porte, trabajados entre 2025 y 2026 con la operatoria del collage, específicamente realizados en técnica mixta sobre lienzo. Los dos primeros conforman una secuencia, “generando contenidos”, según manifiesta el artista en sus “fichas técnicas” o tarjetas de embarque, cuyos respectivos enunciados nos permiten advertir desde un “asta”, en “Asta que…” –refiriendo un asta de banderas quebradas, punto intermedio entre los dos países-, que varía su sentido hacia un “hasta”, cuando es seguido de la siguiente pieza: “tú cambies…”

“Asta que…” (2025). Mixta/lienzo. Dimensiones variables.
“…tú cambies”. (2025). Mixta/lienzo. 148 x 276 cm

Su otro collage, titulado “Cuervos en el aire”, es prácticamente una declaración de su conflicto entre pasado y presente, “y la necesidad de reinventarse constantemente en una realidad apegada a la raíz cultural”.

“Cuervos en el aire” (2025). Técnica mixta/lienzo. Dimensiones variables.

En “Las bellas catástrofes”, el artista lacera las superficies de este tríptico con los números de las facturas de envío de sus bienes, con tierra y polvo angolanos, entre otros materiales-huellas significativos. En fin, es su manera catastrófica, más allá de la anécdota, de referir, criticar, advertir como constante, aquí y allá, la burocracia ineficiente, sea en la tramitación de traslados, embarques, documentos, o cualquier otra acción “facilitadora”.

“Las bellas catástrofes” (2025). Mixta/lienzo. 128 x 300 cms


 
“Cefaleas compartidas en la oscuridad del laberinto” (2025), el gran lienzo que cierra el recorrido por los muros, propone una reflexión que recuerda aquella obra simbolista o filosófica de Paul Gauguin donde el artista se preguntaba sobre el pasado, el presente y el futuro de la especie humana. Esta vez encontramos figuras femeninas angolanas en posición sedente sobre sus propias piernas flexionadas, postura frecuente en las culturas ancestrales, generalmente asociadas al poder y a la sabiduría. La elección de la mujer como tema, figura que el artista plasma tres veces sobre el lienzo, remite a varias interpretaciones: desde la madre mitocondrial africana, la madre tierra, la conservación de las tradiciones y la línea consanguínea; o, sencillamente, nos invita a pensar en quiénes somos y a dónde vamos. Acaso, al cabo, pensar duela. El artista acompaña esta obra con una figura femenina en una pose semejante, tallada en ébano, pieza característica de las culturas africanas fundadoras, hoy replicada como artículo de souvenir.

“Cefaleas compartidas en la oscuridad del laberinto” (2025). Técnica mixta/lienzo y talla en ébano. Dimensiones variables.
“Cefaleas compartidas en la oscuridad del laberinto”. Vista de la talla

Aunque es lo primero que nos impacta visualmente cuando accedemos a la galería, he dejado para el final el impresionante conjunto instalativo que interviene el espacio interior del cubo. Se trata de “Aún huele la carcasa” (2025), pieza compuesta con los embalajes originales de las pertenencias que el artista enviara hacia La Habana, contenedores envueltos con plástico adhesivo negro, como suele hacer el viajero con la paquetería a transportar, cuyas superficies muestran los desgarros de la manipulación y transportación, dilatada más de lo esperado (tres años), al punto que sus contenidos llegan a perder su razón de ser, su impacto o hasta su utilidad. Su tiempo ya pasó: queda solo el envoltorio como testimonio o, al cabo, como el residuo de lo que fue, el olor de la desmemoria o de una memoria ya confusa.

“Aún huele la carcasa” (2025). Instalación. Dimensiones variables.

El acertado emplazamiento hace balancear cada “carga pesada”, pues pende de un hilo desde el techo, o levita desde el suelo; se confirma la sensación de ambigüedad e incertidumbre, de intercambio de sensaciones y vivencias que se mueven entre la levedad y la pesadez, lo fijo y lo mutable, lo claro y lo difuso, que, como presupuesto general y con significativa coherencia, propone el artista en el total de las piezas expuestas a través de distintos recursos y vertientes expresivas. El sentido de la K, es otra de sus sustanciosas “indefiniciones”.

Pedro Ocejo nos mantiene también pendientes de sus próximas propuestas, sea por el camino de la incertidumbre, o de la certeza.

“Interkambio”. Panorámica de la exposición.
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