(Fragmentos de la introducción a la tercera edición de Cuando el beisbol se parece al cine, en proceso de publicación en este 2026 por Ediciones Icaic).
Ante todo, una aclaración necesaria a modo de disculpa con los posibles lectores. Escribí estas páginas porque era el libro que quería leer, noble egoísmo, común a los que tenemos vocación por el ejercicio de la escritura. Después de la primera publicación de este título en soporte papel con crédito en el 2019 —aunque por diversos contratiempos industriales y pandémicos se presentara en los últimos meses de 2021—; a solicitud de Ediciones Icaic, preparé la segunda edición en formato E-book, ya como una versión actualizada y corregida de la anterior, a solo unas semanas de que la tesis ineludible de nuestro libro —el reconocimiento de que nuestro deporte por excelencia se declarara como Patrimonio Cultural de la Nación—, se convirtiera en una celebrada realidad. En la primera ocasión, por limitantes de la imprenta, no pude incluir un conjunto de anexos, veintiuno en total, que ahora se incorporan, y dialogan con el cuerpo del libro, desde la crónica, el cuento, el artículo, la fundamentación de curadurías de arte, o la entrevista, y en el que se suman las voces de escritores, ensayistas, periodistas, ya sea como especialistas del tema, simples aficionados, lectores de su integración en el vasto diapasón de la cultura nacional.
Las dos primeras presentaciones públicas de este título ocurrieron en octubre de 2021, en apariencia en espacios diferentes. Una fue en los jardines de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en El Vedado habanero, y la otra en los terrenos del mítico estadio Palmar de Junco, en el barrio matancero de Pueblo Nuevo, reconocido también como reservorio musical. Sin embargo, esa aparente paradoja de los escenarios escogidos es precisamente la tesis de este volumen, de cómo la cultura y el deporte se dan de la mano. En este sentido debo destacar que de los primeros y más entusiastas lectores que han tenido estas páginas, quisiera detenerme en cuatro, y que tres de ellos incluso reconocen que no les interesa para nada la pelota (uno me llegó a confesar que la odia), y el cuarto dice que sí, pero tangencialmente. Pero lo que más me congratula es que se trata de figuras significativas de nuestra cultura. Estoy hablando de Miguel Barnet, de Reynaldo González, de Francisco López Sacha —tristemente fallecido—, y de Luciano Castillo. Y los cuatro, sin ser seguidores de este deporte, han coincidido al identificar los postulados del libro y han reconocido que en él se rompen los compartimentos estancos y de la pasión que trata de trasmitir el autor, lo cual es siempre un desafío. Y que ellos encuentren esa pasión, como me subrayó Luciano, en cada uno de sus párrafos, es el mayor elogio que un escritor pueda recibir. Tal vez así se cumple lo que el propio Barnet escribiera como cifra universal, de que “cada libro tiene su libro”.
“Estos papeles sobre el beisbol (ese ‘centro del universo’) tratan de reivindicar todo lo que de agradecido tiene ‘un cajón de sastre’ convertido en ‘cajón de bateo’, como me sugirió un poeta amigo”.
Y de los varios comentarios de los especialistas —“modestia, apártate”—, pudiera privilegiar este que se aproxima a mi ambición y voluntad de estar en sintonía con el universo del beisbol: “En su obra culta y cautivadora Cuando el beisbol se parece al cine, Norberto Codina, entre los pasajes mágicos que nos narra sobre este deporte, nos recuerda algunas frases que hicieron época. Una de ellas fue la del jugador Damaso Blanco, quien debutara en mayo de 1972 con los Gigantes de San Francisco. Él dijo que ‘el beisbol es una partitura que cada quien ejecuta como puede’” [1].
Estos papeles sobre el beisbol (ese “centro del universo”) tratan de reivindicar todo lo que de agradecido tiene “un cajón de sastre” convertido en “cajón de bateo”, como me sugirió un poeta amigo. Aquí se reencuentran, si no todas, muchas obsesiones compartidas, y compiladas algunas claves personales y prestadas acerca de la relación entre beisbol, cultura, cine, literatura e historia, que al final todo suele ser lo mismo. Parafraseando la conocida sentencia, el destino de la pelota se escribe con líneas —y curvas— torcidas, a mitad de camino entre la verdad, la fantasía y la pasión del aficionado. Es un evento impredecible y complejo, con caprichosas variantes de la ley de las probabilidades, una de sus diversas provocaciones es que un bateador que falla siete veces de diez es considerado una estrella. Otra consiste en el desafío de pegarle a una circunferencia de nueve pulgadas de diámetro y cinco onzas de peso, que puede venir a una velocidad de más de noventa millas o trazando curvas sorprendentes, y ese golpe propinarlo con un palo no más largo que cuarenta y dos pulgadas, con poco más de dos y media de diámetro, en su parte más ancha, y novecientos gramos de peso —regla 3,02 de la MLB—: la manufactura en la carpintería,/ leños de fresno/ de tronco recto y cilíndrico,/ con su propio peso más allá de la abrazadera/ mientras/ el madero gira. Tal vez para definir, según una fuente docta, esa extraña relación de la esférica, en forma de recta supersónica o curva endemoniada, con el leño presto a batearla, lo mejor es parafrasear una frase ilustrativa de Alfonso Reyes: “cuando la piedra del pícher viene en camino, algo, que es mineral en nuestro bate, la presiente por imantación”. Tratando de evitar que el bateador acierte la bola con “el punto dulce”, que es donde el bate es más fuerte, y genera su máximo potencial expansivo.
“Cultura y beisbol convocan a una lectura sobre esos azares que establecen misteriosas asociaciones entre una película, una canción o una final de campeonato, expresiones legítimas de ‘un estad(i)o de ánimo’, atravesado”.
Es un deporte que puede pasar del tedio más profundo a una dinámica electrizante de batazos, carreras, fildeos, con toda una coreografía de los atletas en juego, algo incomprensible para el espectador neófito. La memoria reedifica el pasatiempo nacional, y a partir de las glorias de antaño se retoma y reconstruye lo que hoy vivimos, sufrimos y gozamos de su naturaleza previsible, pero incierta a la vez. Cada seguidor genera una percepción de la realidad del juego, y esa relación sensorial e intelectual le acompañará persistentemente fuera de los predios del estadio, del coro de voces de los aficionados y de las páginas deportivas. Entre el público y los jugadores, no importa el bando o la rivalidad, siempre hay complicidad en el arco y la progresión dramática del juego. Y si son del mismo equipo, se descubre la confabulación de la tribu.
El amigo y narrador madrileño Antonio Jiménez Morata, desde una cultura cantábrico-mediterránea tan lejana a nuestro deporte caribeño, nos trasmite la experiencia —con una cita amable que me dedica—, sobre su exigido aprendizaje de este:
[…] la competición sirve como entrenamiento, y en eso, también, hay un paralelismo con la vida […] Algunas veces estaba en Nueva Orleans Norberto Codina, el director de La Gaceta de Cuba, porque su hija estudiaba en la Universidad, y se nos unía fungiendo de filósofo oficial de la pelota, porque entre otras cosas tenía todo un libro sobre el asunto. Las horas viendo algunos de los encuentros siempre cuando se trataba ya de eliminatorias […] el modo en que uno aprende a leer los datos contables, que son el origen de la obsesión estadística de los deportes gringos […] Un deporte donde lo determinante no ocurre en la cancha, sino en la conversación de los espectadores y en la mente de los jugadores. Eso es lo que me sedujo de la pelota […] hay algo eminente social a la pelota que lo justifica [2].
Cultura y beisbol convocan a una lectura sobre esos azares que establecen misteriosas asociaciones entre una película, una canción o una final de campeonato, expresiones legítimas de “un estad(i)o de ánimo”, atravesado, como en una secuencia cinematográfica, por la convicción y la incredulidad que genera el juego. “Existe la tendencia de hacer del beisbol una metáfora”, escribió con tono enigmático un estudioso norteamericano. Con estas páginas apuesto a reconocerme en esa preferencia, y sustentarla con todos los ingredientes de un argumento o guion que asume el beisbol como espectáculo. Es una dramaturgia que refrendan aficionados y teóricos, como lo ha considerado Graziella Pogolotti.
“Con la crónica deportiva pasa, como sucede con la creación literaria en general, que el escritor se involucra tanto que se siente de manera orgánica tan protagonista, como autor de lo que escribe, en deuda siempre con la emoción”.
A través del arte y la literatura pretendemos una relectura del beisbol. “La esférica en caja cuadrada” suele ser elusiva al replicarse en jugadores, estadísticas, reglas, seguidores, estudiosos, pero a su vez supera las diferencias nacionales, generacionales y de época, conformando una sola sabiduría del juego, más allá de su natural fragmentación. Como dijera el erudito Fernando Ortiz: “Toda cultura es dinámica. Y no solo en su trasplantación desde múltiples ambientes extraños al singular de Cuba, sino en sus transformaciones locales. Toda cultura es creadora. Toda cultura es creadora, dinámica y social”. Con la crónica deportiva pasa, como sucede con la creación literaria en general, que el escritor se involucra tanto que se siente de manera orgánica tan protagonista, como autor de lo que escribe, en deuda siempre con la emoción. Y ese eco de nuestras emociones demuestra, en sus pausas, que los silencios pueden ser tan importantes como el bullicio de la afición.
La historia de Cuba y su cultura pueden escribirse desde procesos colaterales como el deporte, desde esos costados donde también se evidencian sus iluminaciones, sus límites, sus angustias y tensiones como nación. Nuestra cultura, como sucede comúnmente en todas las naciones y sobre todo en las que solo suman unos pocos siglos de existencia, es una acumulación que se enriquece con las apropiaciones. Ya sea por la vía de corrientes migratorias, vecindades, comercio, o influjos coloniales o neocoloniales, esas influencias se incorporan y asimilan en el proceso de formación de las culturas emergentes, incluso en las ya establecidas. Dentro de nuestro patrimonio intangible, han sido reconocidas con justicia, entre otras, la décima, proveniente de las Islas Canarias, y la rumba, cuyo sincretismo tiene en tierras africanas sus raíces primigenias. Así el beisbol, cuya génesis se inicia en los Estados Unidos, fue en unos pocos años asumido y metabolizado por el cuerpo de una tierra que desde hacía siglo y medio se encontraba en la plenitud de su eclosión como nacionalidad en desarrollo. En consecuencia, el beisbol reivindica su condición de patrimonio nacional, adquiere calidad de alegoría, porque ha sido siempre riqueza y memoria, reflejo de nuestra historia y de nuestra cultura, de nuestro cine, música y literatura.
“(…) lo más importante ha sido reivindicar el sentir de peloteros, aficionados, instituciones deportivas y especialistas al proponer a la Comisión Nacional de Patrimonio Cultural la necesidad inaplazable de declarar al beisbol como Patrimonio Cultural de la Nación Cubana”.
La convocatoria, en noviembre de 2014, del coloquio nacional “Museo y Salón de la Fama del Beisbol Cubano: de la utopía a la realidad”, que contó con el impulso de casi un centenar de cronistas, periodistas, historiadores y demás conocedores de nuestro pasatiempo nacional, representantes de todos los seguidores del archipiélago, desde Baracoa hasta Minas de Matahambre, tuvo como corolario la refundación del salón y la exaltación de diez figuras inmortales, partiendo del decimonónico Enrique Esteban Bellán, que debutó con los Troy Haymakers en la Asociación Nacional de Baseball, génesis de la actual Liga Nacional, hasta llegar a Omar El Niño Linares, el indiscutido mejor pelotero amateur del último medio siglo. En el evento estuvieron representados, en algunas de sus figuras, más de ciento cincuenta años de historia del beisbol cubano.
Con Bellán se reparó una injusticia histórica. Protagonista de los míticos juegos del 27 de diciembre de 1874 y del 29 de diciembre de 1878, mánager triunfador con el club Habana en los primeros torneos oficiales, tal vez el primer jugador latino en los torneos profesionales norteamericanos estaba ausente, sin embargo, de la tarja que perpetúa a los consagrados desde la fundación del salón en 1939, hasta su cierre indefinido en 1960. La galería contó entre sus primeros homenajeados a Cristóbal Torriente, José de la Caridad Méndez y Armando Marsáns, a los que se sumarían, entre otros, Emilio Sabourín —incorporado al salón en 1941—, Alejandro Oms —en 1944—, Martín Dihigo —en 1951— y Adolfo Luque —en 1958.

Junto a estos hechos, por demás históricos, lo más importante ha sido reivindicar el sentir de peloteros, aficionados, instituciones deportivas y especialistas al proponer a la Comisión Nacional de Patrimonio Cultural la necesidad inaplazable de declarar al beisbol como Patrimonio Cultural de la Nación Cubana. Entre las manifestaciones cubanas que han merecido el reconocimiento de la Unesco como patrimonio de la humanidad están la Tumba Francesa (2008), la Rumba (2016), el Punto Cubano (2017), y las Parrandas de la Región Central de Cuba (2018). A nivel nacional, aparte de las ya mencionadas, han sido reconocidas como patrimonio, entre otras tradiciones: el Tres (2011), el Son (2012), las Lecturas de Tabaquería (2012), el Danzón (2013), y el Bolero (2021).
Notas:
[1] Oscar Sánchez: “En tiempos de cero jits cero carreras, el clásico Industriales-Santiago de Cuba”, Granma, sitio digital, 29 de marzo de 2022.
[2] Antonio Jiménez Morata: NOLA, Montzales Editores, México, 2019, pp. 318-320.


