Un busto erigido en el Paseo del Prado de Cienfuegos nos recuerda que en esa sureña ciudad cubana nació Mercedes Matamoros y del Valle, hace ahora 175 años.

El ilustre crítico dominicano-cubano Max Henríquez Ureña destacaba tiempo atrás que “dos aspectos principales hay que señalar en la obra de Mercedes Matamoros: su labor como traductora, que prefirió apelar muchas veces a las paráfrasis antes que a la versión literal o demasiado ceñida al texto original, y sus creaciones poéticas originales”.

En cuanto a la faceta de traductora, a veces pasada por alto, se explica porque en su niñez y junto a don Dionisio, padre y mentor, aprendió varias lenguas. De ahí sus traducciones de Byron, Longfellow, Chaucier, Tennyson y Thomas Moore, del inglés; de André Chenier y del Conde de Vigny, del francés; y de Goethe y Schiller, del alemán.

Como poetisa, Mercedes es autora del soneto “La muerte del esclavo”, que seguros estamos no resultaría del agrado de las autoridades coloniales:

Por hambre y sed y hondo pavor rendido,
Del monte enmarañado en la espesura,
Cayó, por fin, entre la sombra oscura
El miserable siervo perseguido.

Aún escucha, a lo lejos, el ladrido

Del mastín olfateando en la llanura,
Y hasta en los brazos de la muerte dura
Del estallante látigo el chasquido.

Mas de su cuerpo ante la masa yerta
No se alzará mi voz conmovedora
Para decirle: —¡Lázaro, despierta!

¡Atleta del dolor, descansa al cabo!,
¡que el que vive en la muerte nunca llora,
y más vale morir que ser esclavo!

La poetisa, nacida el 13 de marzo de 1851 y huérfana de madre a los tres años, llevó una vida triste desde el momento en que su padre enfermó y perdió la razón. Cuando don Dionisio murió en 1893, ella quedó en una situación económica muy precaria, viviendo ya en la capital.

Es en su humilde morada de Guanabacoa donde noche tras noche durante más de una década, recibe la visita de su vecino Antonio Miguel Comoglio, de profesión periodista. Hablan de poesía y seguramente él la escucha con admiración, sabedor de que en modo alguno Mercedes Matamoros es una desconocida, pues comparte la amistad de figuras importantes de la literatura y la cultura cubana. Está, además, el respeto que le inspira una interlocutora bastante mayor que él.

Busto erigido en el Paseo del Prado de Cienfuegos a Mercedes Matamoros y del Valle, quien nació en esta ciudad hace 175 años.

El tema ha sido abordado por varios autores (más bien autoras), siempre con un toque de muy delicado respeto y simpatía hacia Mercedes, cuyos versos son reveladores del lirismo y la pasión de su espíritu:

Yo te siento venir, luz de mi vida,

como un ritmo de amor, si estoy despierta,

yo te siento venir si estoy dormida,

que siempre está mi corazón alerta.

De la dicha más grande y más cumplida

el alma te abre la dorada puerta;

que en insomnios inquietos, o dormida,

está por ti mi corazón alerta.

Y sentiré también, cuando esté muerta,

tus pasos en la tierra humedecida

que cubrirá a tu amante, muda y yerta,

porque en eterno sueño, aunque dormida,

siempre estará mi corazón alerta.

También se cruzan cartas entre ambos y en la única conservada (del 20 de mayo de 1900), la despedida de ella es elocuente: “Espero que me disimulará que una humilde trinadora se haya permitido escribir a tan altivo sultán”.

Mercedes Matamoros publicó dos libros. El primero, Poesías completas, de 1892, con prólogo de Aurelia Castillo, “sirvió para aliviar la crítica situación de la insigne poetisa”, como señaló el escritor y ensayista José Manuel Carbonell.

Un segundo volumen, Sonetos, de 1902, apareció prologado por el diplomático y literato Manuel Márquez Sterling. Muchas composiciones las dio a conocer en Diario de la Marina, El Fígaro y otras publicaciones literarias, haciéndose conocida por el seudónimo de Ofelia.

La poetisa falleció en Guanabacoa el 25 de agosto de 1906. Nada mejor para finalizar este sencillo homenaje a su memoria que hacerlo reproduciendo un fragmento del poema que a la manera de agudo retrato le dedicara José Martí en un abanico:

            …tú, la doncella garbosa

            en cuyos ojos anidan

            blandas miradas de tórtola,

            trágicas luces sombrías.