En el sesquicentenario de Panchito Gómez Toro
En su brevísima vida de 20 años, Francisco Panchito Gómez Toro tuvo el privilegio excepcional de gozar del aprecio de tres hombres extraordinarios: el Generalísimo Máximo Gómez, su padre; José Martí, a cuyo lado vivió en Nueva York, y Antonio Maceo, de cuyo Estado Mayor formó parte y junto al cual cayó en San Pedro. Panchito tuvo conciencia del honor que representaba haber tenido tales mentores, y con disciplina, valor y sacrificio correspondió a la confianza por ellos depositada en él.
Panchito nació el 11 de marzo de 1876 en la finca La Reforma, perteneciente a la entonces jurisdicción de Sancti Spíritus, donde vivía Bernarda Toro, Manana, la esposa del General, y fue el tercer hijo del matrimonio. De él escribiría Gómez en 1897: “Francisco, por su seriedad, por su juicio y por su cariño, se había constituido en una especie de jefe de familia; se había impuesto a todos, conmigo mismo, para muchos asuntos, y en muchos casos, era mi consultor… Fue Francisco dado al estudio, y aunque mi pobreza no me permitió los medios de ofrecérselos superiores, aprendió, sin embargo, lo suficiente para poder vivir entre gentes cultas: conocía bastante bien nuestro idioma, el idioma inglés y un poco de francés, y era muy fuerte en contabilidad”.
Cuando en 1894 Máximo Gómez fue a Nueva York para delinear los planes independentistas con Martí, llevó consigo a Panchito, quien a pedido de Martí quedó allá con él. En mayo del mismo 1894, Martí escribía a su amigo y discípulo Gonzalo de Quesada: “Pancho me tiene enamorado. Su bello corazón se indigna o se derrama. Hay genio en el niño… Y a mí me llena el corazón, porque es como si me hubieran devuelto el hijo que he perdido”. Entretanto, en carta a Gómez le expresa de Panchito que “ya él conoce la llave de la vida, que es el deber; y en lo que hace, como en lo que dice, no domina el deseo de parecer bien, ni el miedo de parecer mal; sino la determinación de prestar el servicio necesario a la hora en que lo hace o lo dice. No creo haber tenido nunca a mi lado criatura de menos imperfecciones”.

Al salir junto a Gómez con destino a Cuba el 1ro de abril de 1895, no quiso Martí traer a Panchito, pero en julio envió por él a Cesar Salas y a Alfredo Sánchez Agramonte, consiguiendo que Panchito embarcara en la expedición del vapor Three Friends, comandada por el general puertorriqueño al servicio de Cuba Libre, Juan Ríus Rivera, que desembarca por Cabo Corrientes, Pinar del Río, el 8 de septiembre de 1896. Traen una valiosa carga de 920 fusiles, un cañón neumático, 100 proyectiles para el cañón, dinamita, fusiles, cartuchos, machetes, medicinas…
El 18 de septiembre, en la tarde, Panchito es llevado ante Maceo, quien –según relata el historiador y patriota Gerardo Castellanos en libro biográfico sobre Panchito- “lo abrazó efusivamente” y adscribió a su Estado Mayor. Es grande el regocijo en el campamento. De inmediato se incorpora Panchito a la vida en campaña. Participa en los combates de Tumbas de Estorino, Ceja del Negro, Soroa, El Rubí, El Rosario…
Entre la correspondencia coloca una carta a la madre en Santo Domingo: “Nuestras marchas son diarias, nos amanece ensillando y algunas veces andando desde la tarde anterior, las operaciones son muy calientes. (…) Se dice que Papá viene a la provincia de La Habana y entonces me juntaré con él. Pudiera ir con una comisión ahora, pero prefiero ir con el ejército, y mientras tanto estoy en lo más rudo de la guerra”.

El fatídico 7 de diciembre de 1896 se encuentra Panchito en el campamento, tiene el brazo izquierdo inutilizado por una herida en combate. Allí está cuando llegan los heridos del combate de San Pedro con la noticia de la muerte de Maceo, cuyo cadáver han tratado los ayudantes de colocar sobre un caballo para retirarlo, pero han fracasado. Al saber Panchito que el cuerpo del Titán de Bronce ha quedado solo, parte hacia allí por voluntad propia. Una bala lo derriba, cae sobre el cuerpo inanimado de su jefe y en una hoja de papel escribe: “Mamá querida, papá, hermanos queridos: Muero en mi puesto, no quiero abandonar el cadáver del general Maceo y me quedaré con él. Me hirieron en dos partes. Y por no caer en manos del enemigo me suicido. Lo hago con mucho gusto por la honra de Cuba…”.
Se conocerá después que todavía estaba vivo cuando cinco guerrilleros españoles que pretendían desvalijar los cadáveres, lo machetearon a mansalva.
Cerramos estos apuntes ─inevitablemente dolorosos─ con las palabras de Máximo Gómez a María Cabrales, esposa del General Antonio, en Costa Rica:
“Hay que acatar mi buena María, los mandamientos irrevocables del Destino. Ha muerto el general Antonio Maceo en el apogeo de una gloria que hombre alguno alcanzó mayor sobre la tierra, y con su caída en el seno de la inmortalidad, lega a la patria un nombre que por sí bastaría, ante el resto de la Humanidad, para salvarla del horroroso estigma de los pueblos oprimidos.
“A esta pena se me une, allá en el fondo del alma, la pena cruelísima también de mi Pancho, caído junto al cadáver del heroico guerrero y sepultado con él, en una misma fosa, como si la Providencia hubiera querido con este hecho conceder a mi desgracia el triste consuelo de ver unidos en la tumba a dos seres cuyos nombres vivieron eternamente unidos en el fondo de mi corazón. Ud que es mujer; Ud que puede ─sin sonrojarse ni sonrojar a nadie─, entregarse a los inefables desbordes del dolor, llore, llore, María, por ambos, por Ud y por mí, ya que a este viejo infeliz no le es dable el privilegio de desahogar sus tristezas íntimas desatándose en un reguero de llanto”.

