“En una mañana como hecha por sus pinceles —transparente de aire fino, viciada de luz— murió la mariposa de los colores cubanos. De niña la llamaron Amelia, de joven era Amelia Peláez, de adulta volvió al Amelia, singular e inconfundible como su obra, porque los cuadros también se nombran amelias”. Así escribió en 1968 Fernando G. Campoamor, un gran olvidado del periodismo y la cultura cubana.

Pero hay más: “Amelia Peláez es el ejemplo más extraordinario de cómo debe aproximarse un artista vigoroso a las corrientes modernas de París” [1]. Y ahora es David Alfaro Siqueiros quien lo dice, en 1943, durante su visita de trabajo de varios meses a la Isla. El gran muralista mexicano recorre los salones de la Institución Hispano-Cubana de Cultura, que acogen una exposición retrospectiva de la obra de Amelia, y entonces escribe otra de sus valoraciones: “No creo exagerado afirmar que esta mujer pintora sea la mejor pintora de todos los países en el momento presente. En todo caso, yo no conozco otra de valores plásticos más serios”.

La joven Amelia Peláez hizo estudios en la Academia de San Alejandro, donde fue alumna del maestro Leopoldo Romañach, a quien veneraba. Imagen: Tomada de Internet

Nacida el 5 de enero de 1896, en Yaguajay, hija de un médico y sobrina del poeta Julián del Casal, la familia Peláez toda se mudó para La Habana en 1915. Se establecieron en una amplia casona de la barriada de la Víbora, donde transcurrió el resto de la vida de Amelia y cuyas paredes, por tanto, presenciaron el nacimiento de cada una de sus obras.

Pese a que las bellas artes eran consideradas un oficio idóneo para las damas, acceder a ellas no era tan fácil y exigía, además de la disposición natural, cierta posición económica familiar que sustentara tan exquisitos gustos. Amelia la tuvo.

Amelia viajó bastante: Francia, España, Italia, Alemania, Suiza, México. Vio cuanto se hacía en Europa, incluido el cubismo por sus mejores exponentes; asistió a cursos con profesores que representaban el súmmum del conocimiento artístico de la época; se relacionó con los artistas del Viejo Mundo. Siete años pasó en Europa, para regresar en 1934 con una formación e ideas precisas acerca de cuál sería el rumbo de su pintura.

“(…) Lo que importa es la relación del motivo con uno mismo, con nuestra personalidad, y el poder que tiene el artista de organizar sus emociones. Esta es la razón por la cual rompí, deliberadamente, con las apariencias”.

Sin embargo, mucho antes de partir ya tenía hechos estudios en la Academia de San Alejandro, siendo alumna —de las buenas— del maestro Leopoldo Romañach, a quien veneraba. En 1924 presentó su primera exposición y tres años después, en mayo de 1927, era una entre los numerosos artistas invitados a la Exposición de Arte Nuevo auspiciada por la Revista de Avance, en lo que significó el primer reto público de la renovadora plástica cubana de vanguardia.

“Con Amelia —apunta el crítico Juan Sánchez— el cubismo —ese modo de hacer pintura colocando el acento sobre las formas, sobre los ritmos, sobre los espacios concretos— se instaló frescamente entre nosotros para desenredar cuanto de tupido y caótico y de salvajemente bello tiene el trópico” [2].

Y en cuanto a ella, decía de sí misma a comienzos de 1936:

“No me interesa copiar el objeto. A veces me pregunto: ¿para qué pintar naranjas de un verismo exterior? Lo que importa es la relación del motivo con uno mismo, con nuestra personalidad, y el poder que tiene el artista de organizar sus emociones. Esta es la razón por la cual rompí, deliberadamente, con las apariencias”.

El universo de Amelia Peláez, la cerámica incluida, es de valores ornamentales enriquecedores, portadores de un inmediato efecto comunicativo. Imagen: Tomada de Granma

No es necesario ser un especialista en artes plásticas para identificar los cuadros de Amelia, inconfundibles dentro de la pintura cubana. Fue ella quien dio a las naturalezas muertas (frutas, flores, jardines) la vida que las angustiaba y confundía a unas con otras. Las suyas, las de Amelia, acriolladas, son distintas por el colorido, por la incorporación de la luz y las formas geométricas. Las naturalezas muertas de Amelia no se suman al arte seriado, integrando piezas únicas de la pintura cubana y continental.

Afiliada por sus conceptos y realizaciones al grupo de los modernos, el universo de Amelia Peláez, la cerámica incluida, es de valores ornamentales enriquecedores, portadores de un inmediato efecto comunicativo. Los vitrales, su colección de pinturas, que va desde las primeras muestras de expresión romántica y transita por el dibujo, hasta el cubismo tropicalizado por elementos (frutas, peces, líneas, colores) propios de nuestra latitud, revelan la inquietud latente de una artista enamorada de la tranquilidad de su trabajo, en el hogar, su Villa Carmela, la casa de doña Carmela del Casal, la hermana del malogrado poeta Julián, muy cerca de la Loma de Chaple, donde Amelia murió el 8 de abril de 1968.


Notas:

[1] Revista Ultra, número de julio de 1943.

[2] Juan Sánchez, en Hijos de su tiempo. Once pintores mayores de Cuba, editado por Publicigraf, 1994, p. 36.