Quien ame el jazz en Cuba hoy se encuentra ante una gran disyuntiva: a dónde ir, o cuál es el mejor espacio donde escuchar jazz en estos días de la edición 41 del Festival Jazz Plaza. La historia se viene repitiendo edición tras edición del evento y es un panorama similar al que enfrentan los habitantes de esta ciudad cada mes de diciembre cuando trascurre el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.
Tengamos presente que estos días de festival son la expresión de que el jazz se convierte en un fenómeno de masas que cada año asciende; lo que habla de un crecimiento exponencial en consumidores de esta música que se pueden dividir en tres categorías, a saber: jazzófilos, diletantes de ocasión, y los que arriban al evento buscando una fuente de esparcimiento y que con honestidad comentan que “…no entiendo el jazz pero es una oportunidad para salir de casa… y si puede ser con la familia mejor…”
Es decir, hay momentos que en un mismo espacio coinciden estos tres tipos de “habitantes musicales”; sobre todo en aquellos espacios públicos destinados a este fin, que para suerte de la ciudad y su cultura cada vez son más; independientemente de las condiciones objetivas y económicas que nos rodeen. El jazz hay que vivirlo.

Sin embargo, no siempre fue así. En los últimos cincuenta o sesenta años el jazz cubano pasó de un clandestinaje social a ser un fenómeno de masas, y ese tránsito no siempre fue en buenos términos.
Revisemos ese camino y en este viaje hagamos justicia a aquellos que fueron pioneros en este asunto de “hacer de La Habana un gran jazz sesions”.
No porque se haya contado una y otra vez es necesario volver a ese origen que fuera el Club Cubano de Jazz, nacido a mediados de los años cincuenta y que vivió tiempos de inestabilidad en cuanto a su sede oficial.
Su historia comienza en el Cabaret Tropicana, los lunes —día que no había función en ese prestigioso espacio— desde el final de la tarde, a partir del prestigio que en ese espacio tenía don Armando Romeu, su director musical en ese entonces. Allí permaneció hasta el año 1962, que entonces se trasladó al Cabaret Parisién del Hotel Nacional.
En los años sesenta indistintamente funcionó en los Jardines del 1830 y el Club Johnny Dream’s, siendo este último el sitio donde funcionó por mayor tiempo. Un detalle importante es que fue en estos dos lugares donde comenzaron a converger parte importante de los estudiantes de la Escuela Nacional de Arte en la especialidad de Música, que fueran convocados allí por algunos de sus profesores, y por el hecho de que era la oportunidad de ver a muchos de los integrantes en ese entonces de la Orquesta Cubana de Música Moderna desdoblados en tríos o cuartetos. Es interesante en ese momento la presencia casi obligada del pianista Frank Emilio y su Quinteto de Música Moderna, que sería conocido posteriormente como “Los amigos”.
En esos mismos años sesenta era posible escuchar tanto jazz como “música instrumental ligera” en el Bar Elegante del hotel Habana Riviera —donde se presentaba habitualmente Felipe Dulzaidez con su grupo—, en lo que puede ser considerada la “primera academia social de jazz cubano” a partir de la capacidad que tenía este pianista para sumar a jóvenes talentos musicales del momento.
Otro espacio de obligada referencia para escuchar jazz en la ciudad lo fue el Bar Las Cañitas del Hotel Habana Libre, donde desde comienzos de los años setenta se estableció el saxofonista Nicolás Reinoso son su grupo, que al igual que Dulzaides nunca dudó en reclutar a músicos desconocidos, muchos de ellos estudiantes, que en sus atriles comenzaron a entender los secretos del jazz como música y cultura.
“El Pabellón Cuba, es justo decirlo, era (y es) la gran vitrina que demostraba la unidad de la música cubana con el jazz, sin importar estilos o generaciones”.
Sin embargo, el lugar de mayor arraigo para los amantes y cultores del jazz en el último medio siglo ha sido la Casa de la Cultura de Plaza, sitio en el que se refugiaron aquellos músicos una vez que el Johnny cerrara sus puertas —allá por el año 1974— y su administrador de entonces, Armando Rojas, pasara a ocupar la misma función en este lugar y en complicidad con Bobby Carcassés decidieran organizar jazz sesions en ese lugar los domingos en la tarde.
Para ese entonces los amantes del jazz no eran tantos ni tan notorios como ahora. Alguien, no se sabe quién, había hecho rodar la visión de que “…el jazz era música de minorías, que requería para su comprensión un alto coeficiente intelectual”, y lo más doloroso era aquella afirmación de que “a los cubanos no les gusta el jazz…”.
Lo que sí resulta innegable es que aquellas tardes cada vez fueron reuniendo más público del que podía aceptar aquel pequeño teatro y se tomó la decisión de comenzar a hacer las descargas en el patio, en una tarima improvisada en una esquina del mismo. Y una de aquellas tardes el entusiasmo de Bobby Carcassés se convirtió en una de las grandes ideas culturales de los últimos tiempos en Cuba: convertir aquellos encuentros en un festival que agrupara a los jazzistas de la ciudad y del país.
Para los años ochenta, una vez que se convierte el encuentro en una cita internacional, los espacios se abren un poco más al incorporarse primero el Teatro Mella y sus Jardines —que dirigía en ese entonces Sergio Vitier— y posteriormente el Teatro Nacional, una vez que Nisia Agüero asume la dirección del mismo.
A mediados de los años ochenta es Bobby Carcassés quien quema todo su capital social y humano y logra convertir el club Maxim’s en el espacio permanente para reunir a los jazzistas cubanos; y tal y como habían hecho antes Dulzaides y Reinoso, su grupo Afrojazz se convierte en la principal academia de los nuevos jazzistas.
Y aquí quisiera detenerme, pues de los atriles de estas tres formaciones se nutrieron algunas de las más prestigiosas agrupaciones cubanas de esos tiempos. Este capítulo de la historia del jazz cubano y de su impacto más allá de nuestras fronteras está ahí a la espera de que alguien la escriba con todo el rigor que merece.
Es decir, que entre festival y festival había tres espacios con una programación estable para los amantes del jazz que en esos años ochenta ya comenzaba a crecer; y en ese crecimiento influyó la internacionalización del festival y la intencionada campaña de promoción que lo acompañaba. El mito de que “era música para entendidos”, de que “a los cubanos no le gustaba” y otras tantas afirmaciones vacías, había quedado sepultado y en ello jugó un papel importante la popularidad de Irakere y de otras formaciones del momento como Afrocuba, Opus 13, Raíces Profundas, entre otros que vincularon abiertamente lo popular con lo jazzístico.
Los años noventa, en su primera mitad, trajeron una disminución de los espacios dedicados específicamente al jazz aunque se mantuvo contra viento y marea el Festival Jazz Plaza. Así llegamos al año 1998 en que se abre primero La Zorra y el Cuervo —incentivado por la compañía Carishow del grupo Cubanacán— y en el Café Cantante del Teatro Nacional comienza a presentarse el grupo Habana Ensemble dirigido por Cesar López y Alfred Thompson. Casi al terminar esa década comienza a funcionar el Jazz Café en el restaurante del centro comercial Galerías de Paseo.
No es secreto para nadie que fue La Zorra y el Cuervo el epicentro de la vida jazzística que comenzó a vivir La Habana en estos años. En el interior del país también comenzaron a funcionar espacios dedicados al jazz, fundamentalmente en las ciudades de Santiago de Cuba —donde el papel de Roudolfo Vaillant fue determinante— y Santa Clara, en esta última impulsados por el regreso de Pucho López a su ciudad natal y el papel de la pianista Freyda Anido.
Por su parte el Festival siguió expandiéndose en diversos espacios de la ciudad y era posible escuchar jazz en esos días en otros espacios como el club Imágenes, el Café Brecht y el Pabellón Cuba, que fue caracterizado como el sitio familiar por excelencia y en el que era posible disfrutar de espacios dedicados a cierta zona de la música popular cubana menos beneficiadas por el consumo masivo; especialmente la presencia de charangas como La América, la Orquesta Jorrín, la del maestro Rubalcaba —que era la Siglo XX anteriormente—, y conjuntos como el Chapottín o el de Arsenio Rodríguez.
El Pabellón Cuba, es justo decirlo, era (y es) la gran vitrina que demostraba la unidad de la música cubana con el jazz, sin importar estilos o generaciones.
El jazz, llegada la segunda década del presente siglo, e impulsada por un grupo de reformas económicas que vive el país, pasó a convertirse en “la música reina” de algunos lugares de moda. Era la música perfecta para el consumo, sobre todo impulsada por la proliferación de formatos pequeños, y el hecho de que muchos músicos cubanos residentes en el exterior y con carreras sólidas giro vagaban por esos espacios durante sus estancias en la isla. Entonces, qué mejor idea que contratarlos en esas fechas.
Contra todo pronóstico, hacer jazz no solo era un placer ahora, era una fuente de empleo estable. Así con mayor o menor fortuna se fueron expandiendo los espacios, que aunque no son de asistencia masiva de público sí han fortalecido el movimiento jazzístico cubano y potencian nuevos nombres que se combinan con aquellos ya establecidos.
La cima de esta nueva integración del jazz como fenómeno social fue la apertura del César Jazz Club, dirigido por el saxofonista César López, que ha logrado conjugar sus experiencias musicales con la visión de lo que debe ser un club de jazz al estilo de los más prestigiosos del mundo y la tradición dentro del género a lo largo de estos años. Y es que él fue actor y testigo de esta historia contada líneas arriba.
Por lo pronto, 41 festivales después, se impone la disyuntiva del comienzo: a dónde iré hoy a escuchar jazz en La Habana.
No tenga miedo, consulte la programación y no ignore que todo jazz man cubano que se respete no debe dejar de ir a la Casa de la Cultura de Plaza. Esa es la gran casa del jazz cubano contemporáneo.
Se lo digo yo, que aprendí en su patio a escuchar, a vivir y ser parte del jazz cubano.

