Al momento de escribir sobre Europa, José Martí no lo hizo como un simple corresponsal de turismo cultural. Realizó una inmersión profunda en  las entrañas de las naciones que leían, sufrían y soñaban. Sin embargo, dentro de su vasta obra los textos dedicados al Viejo Continente —salvo honrosas excepciones como los trabajos de Paul Estrade en Francia, o Cintio Vitier y Fina García Marruz en Cuba— han quedado en segundo plano, tanto para la academia como para el público general. Suele pensarse que las crónicas sobre temática europea eran solo “información”, un deber periodístico y que carecen de la profundidad de sus pares norteamericanas.

Sin embargo, algunos países como Italia, Francia o la propia España —por razones de evidente afinidad cultural y lazos históricos— si han sido analizados por los investigadores. En contraste, otros han permanecido en la penumbra, sin ser objeto de investigaciones profundas y la aproximación a ellos ha sido fragmentada. Tal es el caso de Rusia, una nación con un acervo cultural enorme y que a primera vista resulta ajeno para el lector latinoamericano.

“El interés del Apóstol por el País de los Zares no fue fruto de la casualidad ni de una curiosidad superficial”. Fotos: Tomadas de Internet

El interés del Apóstol por el País de los Zares no fue fruto de la casualidad ni de una curiosidad superficial. Se adentró en su arte, en su turbulenta historia y en la vida de sus intelectuales. ¿Cómo logró este conocimiento sin dominar la lengua rusa? Las fuentes de este conocimiento parecen ser los textos sobre cultura e historia rusas que por el siglo XIX se escribían en francés, o se traducían del ruso a este idioma,  lecturas de las cuales dan fe las anotaciones en los Cuadernos de Apuntes 3, 6, 8, 13, 18 y 21. [1]

Ante los ojos del lector se muestran nombres de personalidades rusas de distintos ámbitos como artistas, científicos, políticos e intelectuales de diversa orientación así como reflexiones en torno a los debates entre occidentalistas y eslavófilos, y el paneslavismo, un movimiento nacionalista íntimamente ligado a la segunda de estas corrientes y sobre la cual mantuvo un gran interés. La atención del maestro por una cultura tan distante en lo geográfico como en otros aspectos se debe, por un lado, al afán universalista de su pensamiento y a un proceso de autorreflexión identitaria que quedaría trunco si se llevase a cabo en aislamiento.

“(…) el cubano no solo anotaba grandes corrientes filosóficas. También se interesaba por la vida cotidiana (…)”.

Pero el cubano no solo anotaba grandes corrientes filosóficas. También se interesaba por la vida cotidiana. En sus cuadernos fue conformando un pequeño glosario de términos rusos como mujik, vodka, isba, archimandrita, boyardo y kvas, que funcionaban como claves de acceso a la cultura rusa, o apuntes acerca de la forma de tomar el té de la aristocracia rusa, las maneras de contraer matrimonio, la comida más común de los campesinos rusos y notas rápidas sobre la obra de Alejandro II, sus intentos de reformas liberales y sus posiciones frente a la servidumbre. Igualmente se interesó por la composición social del país, su producción intelectual y literaria, de la cual demostraba un conocimiento superior al usual dentro de América Latina o incluso dentro de la América Anglosajona en aquellos años y el movimiento decembrista.

Dentro de este vasto interés, hay dos crónicas que brillan con luz propia. Una fue escrita en inglés para el periódico The Hour, con motivo de la inauguración de un monumento a Alexander Pushkin en junio de 1880, y la otra, un tanto posterior, publicada en La Nación de Buenos Aires, es una reseña de la exposición del pintor Vasili Vereshchaguin, realizada en Nueva York en 1888.

Pushkin, el “revelador” ruso:

Alexander Serguéievich Pushkin fue un poeta, dramaturgo y novelista ruso cuya obra se ajusta a los cánones del movimiento romántico. Pionero en el uso de la lengua vernácula en sus obras, creó un estilo narrativo que mezcla a un mismo tiempo drama, romance y sátira y que fue, desde entonces, asociado a la literatura rusa y que influyó de manera decisiva a otros escritores de renombre como Fiodor Dostoievski y Nikolai Gógol e incluso a compositores como Piotr Chaikovski y Modest Músorgski.

En el caso de la crónica Pushkin. Un monumento al hombre que abrió el camino hacia la libertad rusa llaman la atención los elementos antes mencionados que hacen pensar en un conocimiento previo, no superficial, del asunto sobre el cual se trataba y sobre el clima que imperaba en los círculos intelectuales rusos de la época. Es muy probable que la dicotomía de eslavófilos y occidentalistas, resonara para Martí con ecos de debates similares que se daban en Latinoamérica y que en cierto modo aún se dan hoy en día, acerca de la necesidad de modernizar las naciones al sur del Bravo, donde uno de los lados insiste en la apropiación de las formas extranjeras, sin apenas sentido crítico, en detrimento de los elementos autóctonos. Así mismo, al escribir sobre el poeta y sus circunstancias, Martí aborda el papel del intelectual en la sociedad y su relación con las estructuras de poder.

“(…) su ensayo sobre Pushkin rebosa de admiración por este y por los escritores rusos en general (…)”.

De acuerdo con Luis Álvarez en su libro La cultura rusa en José Martí, el cubano si bien no estaba totalmente informado de la manera en que funcionaba la relación entre los intelectuales y la autocracia zarista, si intuía de forma bastante acertada que esta era una relación similar a la que se daba en la América Hispana en el contexto planteado por el fenómeno del caudillismo. “El talento, como una linda mujer, es solicitado, halagado y acariciado. Se le aplasta cuando se rebela: se le adora cuando se somete”. [2] Ya en otra nota de sus Cuadernos de Apuntes Martí establecía paralelismos entre la realidad rusa y el contexto latinoamericano al comparar a las mujeres rusas con la Amalia de Mármol: “porque, seres humanos los de acá y los de allá, viven bajo la misma tiranía: Rusia, Rosas.” [3] Sin embargo, más allá de los reproches del Maestro al gran poeta ruso por su degradante amistad con el trono en los años finales de su vida, su ensayo sobre Pushkin rebosa de admiración por este y por los escritores rusos en general. “Las nacionalidades pasaron ante sus ojos como nubes en el cielo. Era un hombre de todos los tiempos y todos los países—un hombre intrínseco, el universo en un solo pecho.” [4]

Vasili Vereshchaguin, el pintor que hace odiar la guerra:

En el caso de Vasili Vereschaguin se trata de un pintor, también ruso, nacido en el seno de una familia de buena posición pero imbuido desde muy joven de un profundo sentido de justicia y conmovido por las duras condiciones de existencia del pueblo ruso. A pesar de los esfuerzos de su familia por impulsarlo hacia la carrera militar en la marina, su afición al arte lo hizo perseverar en su empeño mientras que sus repetidas demostraciones de talento sirvieron para vencer la oposición familiar.

Dada su convicción de que el arte debe desempeñar una función didáctica y que por tanto debe ser ampliamente difundido, Vereschaguin es considerado espiritualmente vinculado a los artistas rusos conocidos como Los Itinerantes. [5] No obstante, no perteneció al grupo. Su estilo pictórico rompe con los postulados de la academia en esos años, enfocada en el clasicismo, para mostrar su afinidad con el naturalismo.

“En lo referente a la crítica de arte realizada por Martí sobre la exposición de pinturas de Vasili Vereshchaguin, la figura del pintor fue objeto de un estudio serio por parte del cubano (…)”. En la imagen Después del ataque. Estación de preparación cerca de Plevna (1878).

Las pinturas del ruso Vereschaguin se pueden dividir en dos grupos principales: tema bélico y las que representan personajes y paisajes. Sin embargo, su arte de batallas destaca por su profundo carácter antibélico producto de sus reflexiones y observaciones vitales. Siendo testigo de muchos de los hechos por él representados, o por lo menos habiéndolos estudiado a profundidad, pinta sus escenas bélicas con el propósito de hacer odiar la guerra, en particular las guerras de conquista. [6]

En lo referente a la crítica de arte realizada por Martí sobre la exposición de pinturas de Vasili Vereshchaguin, la figura del pintor fue objeto de un estudio serio por parte del cubano, previo a la escritura y la publicación de la crónica. Además, hay indicios de que Martí conocía la obra del artista eslavo desde antes de la realización de la exposición en Nueva York el 10 de noviembre de 1888, en la cual estuvo presente el artista y la que se inauguró después en Chicago el 1 de febrero de 1889.

Ya en escritos realizados para de The Hour, anteriores a la muestra antes mencionada, hacía referencia al trabajo del ruso Vereshchaguin cuando en un artículo sobre los acuarelistas franceses, al referirse a la obra de Doré  decía: “A causa de su fuerza de color y sus espléndidos contrastes, pudiera ser tomado por una obra de ese ruso tan admirado, Vereshchaguin” [7] y luego retomaría de nuevo la figura del pintor viajero en la “Sección Constante” para La Opinión Nacional de Caracas en 1882. A medida que la fecha de la exposición se acercaba, Martí a modo de avance y con el fin de motivar a los lectores de La Nación, reveló información breve sobre el suceso cultural que se avecinaba en una crónica fechada el 6 de octubre de 1888, en la que además fue presentando al artista como una persona de profundos contrastes: “Ahora, antes de las nieves, y del dejarse resbalar por el tobogán, y de los trineos de cencerro y penacho, será la exposición de Vereshchagin, el ruso que hace odiar la guerra por lo real de sus pinturas, y amar la nieve, por lo potente de su luz […]”. [8]

“(…) el Apóstol (…) procedente de un país aún bajo dominio colonial extranjero, apreció la obra del eslavo de un modo por momentos distinto al de la crítica de arte norteamericana (…)”.

De acuerdo con la doctora Marlene Vázquez en su libro De surtidor y forja: La escritura de José Martí como proceso cultural, estas referencias sacadas de la prensa periódica, unido a las coincidencias de puntos de vista entre el cubano y el ruso, dieron lugar a la presentación que del artista hizo Martí en La exhibición de pinturas del ruso Vereschaguin. [9]

Sin embargo el Apóstol, llevado por sus propias circunstancias de emigrante en posición subalterna, procedente de un país aún bajo dominio colonial extranjero, apreció la obra del eslavo de un modo por momentos distinto al de la crítica de arte norteamericana, a ratos coincidente con ella y en muchos otros de acuerdo con las intenciones éticas detrás de las pinturas aunque considerara, a su juicio, que el ruso no había alcanzado a conmover todo lo necesario o posible a sus espectadores al no lograr el equilibrio necesario entre su discurso antibélico y en contra de otras formas de opresión, y el medio creativo para expresar su mensaje:

“Ni es de arte, ni mueve al horror solicitado, por faltarle, en fuerza de realidad, el grado intenso que constituye, en lo bello como en lo feo, lo artístico, otro lienzo donde la muchedumbre, como en ruedo blanco con costra de colores, se agolpa en plena nevada que salpica de copos caftanes y pellizas, a ver, colgando de la horca, dos sentenciados, como dos gusanos.” [10]

No obstante este pasaje alusivo al cuadro La horca en Rusia y otros similares referidos a otras pinturas dentro de la temática de las ejecuciones, y la muerte de seres humanos por la mano de sus semejantes, son más las coincidencias entre los modos de pensar de Martí y Vereschaguin acerca de los hechos representados en las láminas. Las opiniones del eslavo sobre la guerra, cuyos rigores había experimentado, y que sus obras transmitían al presentar sus rostros menos heroicos y bellos, eran plenamente compartidas por el cubano. Al escribir sobre las escenas de la Guerra Ruso-Turca, utiliza las propias palabras del artista ruso unido a su experiencia personal como asistente a la muestra:

“O después del combate, pintará, con sangre acabada de derramar, los heridos de bruces, encuclillados, enroscados, moribundos. El centinela, de capote gris, tiene la cara deshecha. Un general, con la cabeza baja, como quien va a recibir la hostia de la muerte, está, casaca al hombro, a los pies del que acaba de expirar, con el rostro como barro. Otro muerto también, encogidas las piernas, y los brazos abiertos, se ríe, con la cara verde. Este alza con cuidado, como a un amigo, la pierna en tablillas. Ese se sujeta el brazo que le pende. Aquel aprieta los labios, al tratar en vano de levantarse entre mochilas, cantinas y fusiles rotos. Entre los muertos y heridos otros fuman.” [11]

“(…) la identificación de Martí con el pintor ruso es notable”.

Ambos, Martí y Vereshchaguin insisten en este aspecto desagradable, cruel y difícilmente heroico de los hechos de armas, sobre todo en aquellos motivados por mezquinas ambiciones territoriales, como medio de hacer llegar a lectores y espectadores el mensaje antibelicista. Y el Apóstol va un poco más allá en su esfuerzo por subrayar el carácter egoísta de esa guerra al referirse del modo en que lo hace, a los cuadros en los que aparece el zar Alejandro II: “Si pinta una batalla, la velará en humo espeso ¡acaso para decir que es toda humo! como cuando su zar, desde la colina en que lo De surtidor y forja: rodean, sentado en la silla de campaña, sus generales de banda lila al cinto, ve a lo lejos, por la humareda que les va detrás, que huye Rusia del turco, que Alá les va cortando las colas a los potros cosacos”. [12]

Más allá de las diferencias ya mencionadas, la identificación de Martí con el pintor ruso es notable. Cada uno de ellos, salvando las particularidades culturales, ideológicas y las derivadas de sus propias historias personales, hizo dentro de sus esferas de creación lo que consideraron que actuaba en favor de los oprimidos. Uno de los indicios más claros de la importancia que tenía para el Maestro la crónica sobre Vasili Vasilievich y su obra, fue el hecho de que volviera a ella en otras ocasiones. Al redactar la carta a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, que luego fue considerada como su testamento literario, recomendó la inclusión de estas páginas en los libros que su amigo debería componer con sus papeles en caso de que algo le ocurriese, concretamente en el tomo VI dedicado a “Letras, educación y pintura”. [13]


Notas:

[1] Véase Luis Álvarez Álvarez. La cultura rusa en José Martí. Editorial Ácana, Camagüey, 2010. p. 13.

[2] José Martí: Obras Completas Edición Crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2003 (obra en curso), t. 7, p. 249. (En lo adelante las citas martianas cotejadas por esta edición se presentaran con las siglas OCEC)

[3] José Martí: Obras Completas, t. 22, p. 65.

[4] José Martí: OCEC, t. 7, p. 250.

[5] Los Itinerantes (Peredvízhniki en ruso) o Sociedad de Exposiciones de Arte Ambulante. Se trató de una sociedad compuesta por un grupo de artistas que abrazaron la ideología democrática al tiempo que mostraban preocupación por la injusticia y desigualdad que mostraba la  sociedad rusa de la época.

[6] Cabe destacar que Vasili Vereschaguin no fue el primer artista en reflejar el lado menos glorioso de los hechos de armas e identificarse con sus protagonistas más directos, es decir, las víctimas. La serie del aguafuertista francés Jacques Callot Las miserias y desdichas de la guerra (1632-1633) inspirada en la Guerra de los Treinta Años y Los desastres de la guerra (1810-1815) sacados del natural durante la invasión napoleónica a España por Francisco de Goya y Lucientes son testimonios trágicos y significativos de las atrocidades bélicas.

[7] Marlene Vázquez Pérez. De surtidor y forja: La escritura de José Martí como proceso cultural. La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2021, p. 231.

[8] José Martí: Obras Completas, t. 12, p. 62.

[9] Marlene Vázquez Pérez: ob. cit, p. 232.

[10] José Martí OCEC, t. 31, p. 54.

[11] José Martí OCEC, t. 31, p. 50.

[12] Para una mejor comprensión de este particular véase Marlene Vázquez Pérez: ob. cit, p. 248.

[13] José Martí OC, t. 1, p. 26.


Fuentes consultadas:

Álvarez Álvarez, Luis. La cultura rusa en José Martí. Editorial Ácana, Camagüey, 2010.

Martí, José. Obras Completas. Tomo 1. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991.

—————. Obras Completas. Tomo 12, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991.

—————. Obras Completas. Tomo 22. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991.

—————. Obras Completas Edición Crítica. Tomo 7. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2003.

—————. Obras Completas Edición Crítica. Tomo 31. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2023.