“La dignidad no se negocia”: Fidel y la política exterior de la Revolución Cubana, una lección de soberanía
Hay momentos en la historia que definen el carácter de un líder y de un pueblo. Para Fidel Castro, uno de esos momentos fue la crisis de los misiles en octubre de 1962. El Che Guevara, años después, escribiría que sintió “el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo” en aquellos “días luminosos y tristes”.
¿Por qué resaltar ese episodio? Porque allí, en el momento de mayor peligro para la humanidad, un joven líder cubano de apenas 36 años demostró una firmeza que hoy sigue siendo piedra angular de la política exterior de la isla. Así lo recordó Carlos Fernández de Cossío, viceministro de Relaciones Exteriores, durante su intervención en el foro “Fidel y la política exterior de la Revolución Cubana”, en el marco del I Coloquio Internacional “Fidel: legado y futuro”.
La historia oficial cuenta que la crisis se resolvió con el retiro de los misiles soviéticos de Cuba a cambio de la promesa estadounidense de no invadir la isla. Pero Fernández de Cossío fue más allá y recordó que el acuerdo se hizo sin la participación directa de Cuba. “Llegó entonces el Secretario General de la ONU, a explorar la posición del Gobierno cubano”, relató. “Manifestó que Estados Unidos deseaba montar un dispositivo con la ONU que le asegurase que en un período de tres semanas no quedarían armas ofensivas en Cuba”. Y Fidel, con su proverbial claridad, preguntó: “¿Qué derecho tiene el Gobierno de Estados Unidos para pedir eso? ¿Se basa en un derecho real o es una exigencia por la fuerza?”.
Fidel Castro: “La causa de la independencia de Puerto Rico acompaña nuestra historia desde el siglo XVIII. No podemos abandonarla”.
El viceministro citó textualmente el intercambio. Fidel fue implacable: “Nosotros no hemos violado ningún derecho. No hemos llevado a cabo agresión contra nadie. Todos nuestros actos han estado basados en el derecho internacional. En cambio, nosotros hemos sido víctimas de un bloqueo que es una agresión”. Y luego, la frase que resume la esencia de su pensamiento soberano: “Cuba es un país soberano. Ni más ni menos que cualquier otro Estado miembro de las Naciones Unidas”. Aquella demanda de inspección —dijo Fidel— era “un intento más de humillar a nuestro país” y sentenció: “por esos derechos estamos dispuestos a pagar el precio que sea necesario”.
Fernández de Cossío subrayó que esa defensa sin fisuras de la soberanía se convirtió en “piedra angular de la política exterior de la Revolución”. Luego, puso un segundo ejemplo: los intentos de Estados Unidos, en la segunda mitad de la década de 1970, de negociar con Cuba a cambio de que abandonara sus compromisos internacionalistas.
Uno de los temas más sensibles era la solidaridad de Cuba con la independencia de Puerto Rico. En los encuentros discretos que sostuvieron ambas partes, los representantes estadounidenses dejaron claro que había un precio: Cuba debía poner fin a su apoyo a los independentistas puertorriqueños. La respuesta de Fidel fue inequívoca: “La causa de la independencia de Puerto Rico acompaña nuestra historia desde el siglo XVIII. No podemos abandonarla”. Como muestra de ese compromiso, Cuba llegó a un arreglo bilateral con Estados Unidos para liberar a los prisioneros independentistas Lolita Lebrón, Rafael Cancel Miranda, Irving Flores y Andrés Figueroa Cordero, sin pedir nada a cambio. “Fue un golpe soberano y una demostración del compromiso de Fidel con una causa muy significativa”, afirmó Fernández de Cossío.

El internacionalismo en África fue otro de los capítulos que el Viceministro desgranó. En una reunión en noviembre de 1973, un representante cubano dejó claro a la delegación estadounidense: “De ninguna forma vamos a hacer de nuestra ayuda a nuestros amigos africanos un elemento de negociación”. Fidel había orientado esa posición con extrema precisión. “Estamos preparados para continuar nuestra política constructiva a fin de promover la paz donde quiera que esté el mundo, pero de ninguna forma vamos a hacer objeto de negociación los acuerdos que hemos establecido con países aliados”, fueron las palabras que el Viceministro recuperó.
En otro encuentro, el 23 de noviembre de 1984, en Ciudad de México, el entonces secretario de Estado de Estados Unidos, Alexander Haig, trasladó una oferta a Carlos Rafael Rodríguez, representante cubano. El presidente Reagan consideraba incluso la posibilidad de una relación comercial con Cuba. Pero había un precio: Cuba debía poner fin a su apoyo solidario a las fuerzas políticas de izquierda, retirar sus maestros de Nicaragua y sacar sus tropas de Angola. La respuesta fue un no rotundo. “Estamos dando y continuaremos dando a Nicaragua nuestra solidaridad y nuestro apoyo. Lo consideramos nuestra obligación y nuestro deber. No existen obligaciones que hayamos asumido en cualquier país que no hayamos sido capaces de cumplir. Esto debe quedar claro al Gobierno de Estados Unidos”, fue la réplica.
“Su enfoque y su método eran marxista-leninistas, pero sin dogmatismos”.
El Viceministro dedicó un extenso apartado a la denuncia del orden económico internacional injusto, un tema al que Fidel dedicó mucha de su energía. “Sus discursos y sus intervenciones en eventos académicos son materiales de estudio imprescindibles para entender los grandes problemas del mundo”, afirmó.
La responsabilidad principal de financiar el desarrollo de los países del Sur —entendía Fidel— corresponde a los Estados que hoy disfrutan los beneficios de aquellos siglos de saqueo y colonialismo. Llegó a diseñar una sólida propuesta sobre de dónde y cómo podrían obtenerse esos recursos. “Nunca antes la humanidad había tenido un potencial científico y técnico tan formidable, una capacidad de generación de riqueza tan extraordinaria, y nunca antes el mundo fue tan desigual y la inequidad tan grande”, era una de sus reflexiones recurrentes.
Su enfoque y su método eran marxista-leninistas, pero sin dogmatismos. Se inspiraba en los intelectuales más destacados del mundo en desarrollo y conversaba con expertos de todo el planeta con un afán inagotable de dar respuestas. Desde la década de 1970, ya identificó los riesgos para el medio ambiente y estableció el vínculo entre la erosión del ecosistema y los patrones insostenibles de producción y consumo de los países capitalistas.

Fernández de Cossío recordó también las manifestaciones de la política exterior cubana que llevaron el legado de Fidel más allá de las fronteras: la solidaridad masiva con el pueblo de Vietnam, las brigadas médicas, las donaciones de sangre para pueblos en situaciones de desastre, la creación del contingente internacional Henry Reeve y su contribución decisiva en la lucha contra pandemias, la formación en escuelas cubanas de decenas de miles de estudiantes de todo el mundo, y la gesta internacionalista en África.
“Su legado hoy nos acompaña y continúa”, afirmó el Viceministro al tiempo que convocó a difundir más en Cuba y en todo el mundo las enseñanzas que nos legó un líder revolucionario “cuya ambición era defender el derecho inmanente de su país a disfrutar de la plena y absolutamente plena independencia, y junto al bravo pueblo cubano tratar de contribuir a llevar justicia o poner fin a la injusticia en todos los reinos del mundo.
