José Martí es el Héroe Nacional de Cuba y a su vez nuestro principal escritor, poeta, político y pensador. Todos estos honores los consiguió en 42 años de vida. Nació el 28 de enero de 1853 y murió el 19 de mayo de 1895. Su existencia y legado cultural están muy relacionados con la emigración. La madre de Martí era oriunda de Islas Canarias, específicamente de la isla de Tenerife, y el padre nació en Valencia. En 1850 era muy difícil que se conocieran en España una joven de una isla del océano Atlántico, cercana a Marruecos, África, y un joven de una ciudad con costa al mar Mediterráneo. Gracias a la llegada progresiva de españoles a Cuba desde el siglo XVI hasta la primera mitad del XX es que pudieron suceder matrimonios como esos. La emigración puede llevar a herencias culturales muy singulares. Martí heredó el intelecto de su madre —pues ella aprendió a leer con unas pocas lecciones (algo muy raro para su tiempo)— y la perseverancia en el trabajo, la tomó de su padre valenciano.
Él aprendió a emigrar desde bien pequeño, como una reacción normal ante situaciones económicas, políticas y laborales que se les presentan a las familias. Primero fue la migración interna dentro de la misma ciudad natal. En dependencia del salario mensual eran las diferentes viviendas de alquiler. Cuando las posibilidades laborales se hicieron más difíciles en La Habana, el padre comenzó a buscar empleo fuera de las murallas. El niño Martí viajó y vivió con su padre en el campo de Caimito de la Hanábana y en Honduras Británica (actualmente Belice). Como familia, en su conjunto, emigraron dos veces, regresaron a Valencia, España, donde nació una de las siete hermanas que tuvo el escritor, y vivieron en México donde murió otra de ellas (Ana, en 1875). Antes, en Cuba, habían muerto dos hermanas más a muy corta edad (Pilar en 1865 y Lolita en 1870).
La familia se reencontró en México, porque Martí ya no podía volver a Cuba. Con solo 16 años se convirtió en preso político. Estuvo cuatro meses picando piedras como el reo número 113. A causa del deterioro de su salud fue llevado primero a la Isla de Pinos y luego a su primer destierro a España, donde completó, en las ciudades de Madrid y Zaragoza, sus estudios de bachiller y licenciatura en las carreras de Derecho y Filosofía y Letras.
“Como emigrado que fue desde muy joven conoció lo importante de la solidaridad para el recién llegado”.
Siempre hay un motivo económico-familiar o político o una combinación de ambos para las migraciones, pero también está la decisión férrea de no partir sea cual sea la suerte que nos depare el destino. En Cuba, ambos caminos están trazados desde el siglo XIX por nuestros poetas románticos. José María Heredia amaba a su patria, su paisaje y su familia, pero no podía vivir sin libertad, le afectaba grandemente la forma de gobierno colonial y despótica de las autoridades españolas en la Isla, así que marchó al exilio donde escribió un poema modélico para la literatura cubana: “El himno del desterrado”. Martí y otros muchos intelectuales cubanos son hijos de esos versos.
El otro caso es José Jacinto Milanés, a quien un amigo mexicano le aconsejó que emigrara de la isla para un ambiente intelectual de menos censura, donde creciera más su literatura. No fue un mal consejo, pues, poco tiempo después de aquella carta, en 1844, varios escritores cubanos sintieron el peso de la represión del gobierno español, el cual, temeroso de que se expandiera por el país la ola independentista de otras naciones del continente americano, fusiló al poeta mulato Gabriel de la Concepción Valdés, eliminó las tertulias literarias de Domingo del Monte y provocó que el escritor negro, Francisco Manzano, desapareciera el segundo tomo de su autobiografía y dejara de escribir.
Después de esos lamentables acontecimientos, el estado nervioso de Milanés se vio afectado, perdió la razón y concluyó su carrera de escritor; sin embargo, quedó para la historia la respuesta en forma de versos que le hiciera al amigo mexicano. El poema se titula “Epístola a Ignacio Rodríguez Galván”, y es el texto literario emblemático para los que deciden permanecer en su país a pesar de la suerte adversa de este; muchos otros escritores e intelectuales cubanos también se sintieron reflejados en esas estrofas.
“En un apunte de hoja suelta escribió sobre el reto que había representado su vida de emigrado y el hecho de haber resistido la lengua, el clima diferente y la competencia laboral”.
Emigrar es como recomenzar. Una decisión audaz, arriesgada, que a veces termina en prosperidad, otras en tragedia. Las aves y otros animales emigran sistemáticamente en busca de mejores zonas de alimento y clima —acorde con los ciclos de las estaciones—, y luego retornan cuando vuelven las condiciones propicias. Sin embargo, los seres humanos, debido a leyes migratorias, crisis económicas, guerras, condiciones laborales, etc., toman muchas veces un camino definitivo y no regresan a sus naciones de origen. Martí fue un emigrado que quiso desde el exilio cambiar el destino de la patria adonde no podía regresar, y que esta se convirtiera en una república con todos y para el bien de todos, la cual, al estilo libre de las aves, brindara la oportunidad al viajero de volver a su origen sin limitantes de credo, raza o ideología política.
Como emigrado que fue desde muy joven conoció lo importante de la solidaridad para el recién llegado. La Biblia tiene todo un libro relacionado con esa experiencia, el Éxodo, y en el capítulo 22, versículo 21 queda asentado muy claramente este mandato al pueblo hebreo: “Al extranjero no maltratarás ni oprimirás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto”.[1]
A los emigrados les une el trabajo y el sacrificio. Al llegar a tierra, clima y lengua extraña deben esforzarse y luchar para adaptarse lo más rápidamente posible a las nuevas condiciones. Cuando Martí llegó a Nueva York en el invierno de 1880, después de su segundo destierro político a España, pudo encontrar techo en la casa de un antiguo amigo de la cárcel, hasta que fue capaz de tener habitación propia en una casa de huéspedes y comenzar el primero de los múltiples empleos que tuvo en los Estados Unidos.

Para Martí el sacrificio y la cultura de trabajo son naturales. Su primer empleo sin sueldo fue a los nueve años. La emigración fue parte de la lucha de su vida. Siendo el hijo de una “ama de casa” y un celador se convirtió en el escritor más original en lengua española de su tiempo. Con no poco esfuerzo alcanzó el bilingüismo en francés e inglés. Esquivó la queja, se fue adiestrando en todo tipo de labores en el campo intelectual. Llegó a ser crítico de arte, cronista, traductor, oficinista, escritor literario, periodista de temas diversos, maestro, orador, cónsul de otras naciones latinoamericanas en Nueva York, comunicador social para revistas de economía, agricultura y comercio. Y alternaba el trabajo, con la poesía y la conspiración de una guerra de independencia. Hay publicaciones que realizó prácticamente solo como La América, El Economista Americano, La Edad de Oro (dedicada a los niños) y los primeros números del periódico Patria.
En un apunte de hoja suelta escribió sobre el reto que había representado su vida de emigrado y el hecho de haber resistido la lengua, el clima diferente y la competencia laboral. El gran escritor cubano que lo antecedió, José María Heredia, no pudo sostener la tiranía del invierno, y estableciendo distancia del frío neoyorquino, fijó su residencia en México. Martí había intentado vivir antes en México, Guatemala y Venezuela, pero allí encontró un ambiente de censura política para su obra literaria. La ciudad de Nueva York hizo más original y plural la escritura de José Martí. En aquella cuartilla dispersa anotó:
Hoy ha sido un día bello. He visto sin embargo, relampaguear la ira en los ojos de un envidioso. —Se dolía de mi bien; procuré cándidamente hacerle olvidar su pena. Cuando llegué a New York: —todo fueron pronósticos sombríos, (…). De éste oí que moriría de hambre, de aquél, que era una tierra dónde la vida me sería imposible.[2]
Los países que aceptan emigrados se enfrentan a una complejidad. Por un lado ganan en productividad, pero por otro, deben lidiar con diferencias culturales, religiosas, económicas que pueden llevar al descontento social. Un emigrado que no se supere a sí mismo, que no se adiestre en lengua, cultura y costumbres y que no muestre un deseo de adaptabilidad, tiene grandes posibilidades de fracasar en su empresa personal o familiar.
Una de las más bellas crónicas de José Martí está dedicada al puente de Brooklyn, sus arquitectos y sus obreros. El alemán John A. Roebling soñaba con la utilidad de grandes puentes colgantes, pero, por falta de financiamiento, no podía desarrollar sus ideas en la nación que lo vio nacer. Emigró entonces a los Estados Unidos y llamó a su hijo Washington, el cual se graduó también como ingeniero. El padre logra el permiso para la construcción del puente de Brooklyn, proyecta la obra, muere, el hijo, la retoma, enferma luego de poner los cimientos, queda incapacitado, su joven esposa norteamericana, llamada Emily, comienza a estudiar y a llevar las indicaciones del marido a los obreros de diferentes naciones. Al inaugurarse en 1883 el primer puente colgante de hierro y acero que todavía presta servicios, todos se quedan impresionados, pero, detrás de esos cables y torres, está el empuje de dos tipos de emigraciones, la especializada que sobresale por su ingenio y la obrera que vuelve realidad la teoría. Además, el puente de Brooklyn anuncia el papel revolucionario de la mujer para los venideros siglos XX y XXI.
“Martí soñaba con imprimir una cultura de trabajo en la República futura”.
Otro momento idílico del tratamiento de la emigración por Martí son las fiestas por la llegada de la Estatua de la Libertad, en 1886. La obra es un regalo a los Estados Unidos del gobierno de Francia. El escultor es francés, el ingeniero que ha de emplazarla, igual; pero la ciudad, con la ayuda también de todos sus emigrados ha pagado cada centavo del pedestal. El escritor focaliza, con perspectiva aérea y cercana, cada grupo humano de diversas naciones que, olvidándose del día lluvioso, se juntan para ver la escultura. Él se siente un insecto escapado de su tierra, pero sabe, que, en esa mañana histórica, debe llenarse de fuerza y compartir con la muchedumbre el suceso irrepetible. La primera oración, resume su estado de ánimo: “Terrible es, libertad, hablar de ti para el que no te tiene” y poco más adelante exclama antes de comenzar a pintar con palabras: “Pero levántate ¡oh insecto! que toda la ciudad está llena de águilas”.[3]
“La nación, como sus hijos viajeros, aprende nuevas lenguas, técnicas de trabajo, y estas se insertan y enriquecen luego al mismo tronco de la nacionalidad”.
Ciudades norteamericanas, sobre todo en el estado de La Florida, crecieron y se desarrollaron con el esfuerzo de la emigración cubana. Martí soñaba con imprimir una cultura de trabajo en la República futura, como antes la había deseado el pensador José Antonio Saco en su libro Memoria sobre la vagancia en Cuba. Si el destierro lo llevó a trabajar y ganarse el pan en un país ávido de riquezas que mostraba frialdad y superioridad hacia otras razas, si muchos compatriotas lograron poblar y desarrollar la economía en ciudades antes pequeñas como Tampa, cuánto no podía hacerse si se favorecían las condiciones de la agricultura, industria y comercio en una nueva nación independiente. A los propios estadounidense les recordó en el periódico The Evening Post que los cubanos en Key West o Cayo Hueso “fundaron una ciudad de trabajadores donde los Estados Unidos no tenían antes más que unas cuantas casuchas en un islote desierto”.[4] La ilusión que generó el escritor entre los emigrados fue tal que comenzaron a crear en 1889 un poblado en la parte oeste de Ocala al cual llamaron Martí City. El lugar llegó a contar con 600 obreros del tabaco con sus familias, pero la idea solo perduró siete años y, con la muerte del poeta y el desarrollo de la guerra en Cuba, el asentamiento se abandonó en 1896. La clase trabajadora fue el principal aliado del Martí político, la cual veía en él a un gran trabajador, honrado y desinteresado, que prefirió pacientemente ir solucionando los suministros para la independencia con el peso obrero que esperar la ayuda de grandes sumas de dinero. Equilibró al rico y al humilde y practicaba en la estrategia económica de la guerra la idea de transparencia y sabiduría del país por venir.
También Martí quería que la Cuba futura tuviera la flexibilidad de un emigrado, es decir que fuera una mezcla de pluralidad y singularidad. Él lo comparaba con la técnica agrícola del injerto, donde la planta mejora su rendimiento y características manteniendo sus raíces. La nación, como sus hijos viajeros, aprende nuevas lenguas, técnicas de trabajo, y estas se insertan y enriquecen luego al mismo tronco de la nacionalidad. Pero si el que sale no retorna o se poda la rama con frutos, cada vez habrá menos posibilidades de desarrollo. Ser cubano no es una fórmula cerrada sino una abierta para nuevas relaciones e intercambios de trabajo. Por ejemplo, Martí potenció el teatro mexicano en compañía de un español; trabajó en casas de traducción norteamericanas con ediciones que unían culturalmente a la América del Norte con la América del Sur; se relacionó con un venezolano para que en Caracas supieran de las novedades de Europa y los Estados Unidos, lo mismo hizo con un argentino y con un mexicano. Gracias a sus relaciones con amigos uruguayos, argentinos y paraguayos se desarrolla su carrera de cónsul de esas naciones en Nueva York. Con un alemán realiza una revista de economía, con un brasileño confeccionó una para los niños de América, unos italianos colaboran con él en la impresión de un periódico político y luego este se realizó en compañía de trabajadores de imprenta de Puerto Rico, un pintor sueco fue a su oficina a pintarlo, y tertulias y conversaciones tuvo con ilustres colombianos, nicaragüenses, ecuatorianos. Sus aportes a la educación, al arte, al teatro y al magisterio en Guatemala todavía son recordados, al igual que sus breves visitas a Costa Rica.
“…comprendió que el emigrado es el eslabón más débil en la cadena que ata a los países. Cuando el nacionalismo aumenta el recién llegado sufre. Cuando el instinto de reprimir se desata las minorías rebeldes son castigadas”.
Tristeza sentía por su condición de emigrado y la lejanía de sus seres queridos, pero no dejaba de vivir a plenitud cada día, de aprender de otras culturas y disfrutar la felicidad de los otros. El 24 de diciembre de 1881 escribió: “Los desterrados vuelven con desesperación los ojos a la patria; los pequeñuelos los ponen con avaricia en los mercados llenos de juguetes: todo es flor, gala y gozo; todo es pascuas”.[5]
Describió la fiesta de Jánuca de los hebreos y su adoración por Judas Macabeo, llamado también el Macab, en donde la celebración, la religión y la patria se vuelven una misma palabra. Relató el festival artístico alemán o “Künstlersfest”, en el cual se mezcla, a través de escenas de baile, la poesía y la historia. Tradujo las costumbres griegas y cómo sus fiestas nombraban los meses del año, por ejemplo, las fiestas panateneas para el período del 21 de junio al 21 de julio y las dionisíacas, que ocurrían en el mes de noviembre. Martí es como un cuerno de la abundancia, desde su ojo de emigrado nos muestra: un funeral chino, una fantasía árabe, un vino húngaro, un pintor ruso, un poeta irlandés, una ópera italiana, una actriz francesa, una llegada de hombres del Polo, un científico inglés, una soprano sueca, un inventor norteamericano. Y para los latinos nos levantó a palabras, con imágenes vívidas, como debió ser la ciudad de Tenochtitlán antes de la llegada de Hernán Cortés.
“El concepto de patria para Martí no puede ser limitado o estrecho, sino que este se fue moldeando con los años gracias a su experiencia de emigrado. En cualquier lugar donde se encuentren condiciones de trabajo y vida habrá hogar y, por consecuencia, patria”.
Pero también comprendió que el emigrado es el eslabón más débil en la cadena que ata a los países. Cuando el nacionalismo aumenta el recién llegado sufre. Cuando el instinto de reprimir se desata, las minorías rebeldes son castigadas. Cuando las crisis económicas sobrevienen, el empleo del extranjero es el más inestable. Martí nos relató el asesinato injustificado de negros e italianos en los Estados Unidos, el juicio y ejecución de los anarquistas en la ciudad de Chicago, la discriminación laboral a la que se vieron sometidos los chinos y latinos.
Un día el escritor leyó un telegrama de prensa que llegó a Nueva York sobre un hombre llamado Edward Schwerzmann. Era un extranjero que se suicidó junto a sus tres hijos en el poblado de Little Rock, en Arkansas. A partir de esa noticia escribió un poema que tituló “El padre suizo”, fue este uno de los casos donde la emigración terminó en tragedia. El poeta trata de entender por qué aquel ser desesperado atentó contra sus hijos y contra sí mismo.
¡Padre sublime, espíritu supremo
Que por salvar los delicados hombros
De sus hijuelos, de la carga dura
De la vida sin fe, sin patria, torva
Vida sin fin seguro y cauce abierto,
Sobre sus hombros colosales puso
De su crimen feroz la carga horrenda![6]
Aunque la emigración no resulte, no debemos perder el espíritu de trabajo ni la esencia de lucha y resistencia que debe encontrar cada ser humano para la vida. Los años de estudios, lecturas y viajes llevaron a Martí a expresarque a pesar de las diferencias culturales, religiosas, económicas: “el hombre es el mismo en todas partes, y aparece y crece de la misma manera, y hace y piensa las mismas cosas, sin más diferencia que la de la tierra en que vive”.[7]
Los caminos o formas para la existencia son diversos, pero al final todos transitamos un ciclo vital de nacimiento, desarrollo y muerte. El concepto de patria para Martí no puede ser limitado o estrecho, sino que este se fue moldeando con los años gracias a su experiencia de emigrado. En cualquier lugar donde se encuentren condiciones de trabajo y vida habrá hogar y, por consecuencia, patria.
Las migraciones y el flujo y reflujo de ideas son necesarias; donde hay perspectivas de desarrollo y creatividad, hay nación. Una de las grandes frases de Martí nace de su estancia en Nueva York y su experiencia con emigrados de todo el mundo, para él: “Patria es humanidad”.[8]
Notas:
[1] https://www.biblegateway.com/verse/es/Éxodo%2022%3A21 [Consultado el 5 de enero de 2025]
[2] José Martí. “Fragmento 372”. Obras completas. La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1975, t. 18, p. 254.
[3] Ambas citas están en José Martí. “Fiestas de la Estatua de la Libertad” (1886). Obras Completas Edición Crítica. La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2012, t. 24, p. 309.
[4] José Martí. “Vindicación de Cuba” (1889). Obras Completas Edición Crítica. La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2012, t. 31, p. 213.
[5] José Martí. “Carta de Nueva York expresamente escrita para La Opinión Nacional” (1881). Obras Completas Edición Crítica. La Habana, Centro de Estudios Martianos, t. 9, p. 201.
[6] José Martí. “El padre suizo”. Obras Completas Edición Crítica. La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2007, t. 14, p. 127.
[7] José Martí. “La historia del hombre contada por sus casas” (1889) Obras Completas. La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1975, t. 18, p. 357.
[8] José Martí. En periódico Patria, 25 de enero de 1895.

