La Historia me hizo un mejor ser humano
A mediados de 2014 la editorial Ciencias Sociales, perteneciente al Grupo Editorial Nuevo Milenio desde el año 2000, me propone hacerle una entrevista biográfica a Eduardo Torres Cuevas; esta formaría parte del tomo dedicado al historiador, en la colección Premio Nacional de Ciencias Sociales. Era una entrevista sui géneris, pues debía abarcar desde el nacimiento hasta el momento de la entrevista, con la mayor cantidad de información posible, y para su publicación no llevar las preguntas, sino que pareciera una rememoración ininterrumpida del propio biografiado, según me indicó el editor asignado, Fernando Carr. Confeccioné 82 preguntas iniciales, sobre infancia, adolescencia, juventud y madurez —que me obligaron a una extensa investigación inicial sobre el que iba a ser entrevistado—, amén de preguntas puntuales, aclaraciones, ampliaciones, etcétera, sobre lo ya respondido. Estuvimos trabajando vía computadoras, a veces teléfonos y personalmente, desde el mismo 2014 hasta aproximadamente 2017, más de tres años interrumpidos a veces por varios meses debido a viajes del entrevistado, otras tareas impostergables y miles de vicisitudes más. Todavía en el 2018 se estuvo trabajando en la edición con el editor de la editorial y, por criterios dispares de edición, no estuve de acuerdo con algunas cosas, como el guion que aparece en el apellido del historiador, que no lo debe llevar. Además, confeccioné la bibliografía activa y pasiva del autor, con una enorme ayuda del propio Torres Cuevas que me suministró la gran mayoría de los datos, así como una relación de sus principales conferencias, investigaciones y participación en eventos científicos y académicos; por otra parte, sus condecoraciones, distinciones, premios y homenajes. Incluí por petición del editor el acta del Premio Nacional de Ciencias Sociales 2000 y sus palabras de aceptación de este premio, más las palabras de elogio en el acto de entrega del premio por Eliades Acosta Matos, en la XI Feria Internacional del Libro de La Habana, 2001. Asimismo, con el propio Torres Cuevas hicimos una selección de fotos que entregué a la editorial para su publicación en la biografía. El libro se publicó en el año 2021.
El trabajo con el doctor Torres Cuevas fue maravilloso; a pesar de sus múltiples e intensas ocupaciones, siempre estuvo con la mejor disposición y gran amabilidad, receptivo ante todas las sugerencias y proposiciones de la edición, con una humildad que parecía no corresponder a su gran saber y altura científica. Recuerdo los encuentros en la Biblioteca Nacional, en su oficina de entonces, y en su casa, donde recibí una cálida hospitalidad tanto de él como de su esposa. Y fue uno de los trabajos en el que más aprendí, no solo del texto en sí, con su íntegra trayectoria en la vida, no exenta de contradicciones y dificultades, pero siempre con una voluntad de superarlas, dentro de una honestidad vertical en su desarrollo como persona, sino también de las conversaciones que sostuvimos sobre diferentes aspectos, motivado por su propia biografía, llena de detalles muy personales, íntimos incluso, relatados con sinceridad y modestia.
Quisiera hacer mención aparte del título de la entrevista. Pues yo estaba muy indecisa acerca de esto y no encontraba desde el principio alguno apropiado. Pero cuando concluimos la entrevista, al hacerle la pregunta “¿Qué le enseñó el estudio de la Historia?”, que debía ser como un cierre, el gran párrafo final me conmovió profundamente y decidí que estas palabras eran, efectivamente, un resumen de todo lo que de su vida y labor intelectual había develado: “…en resumen, me hizo mejor ser humano”.
A continuación, fragmentos seleccionados de esta larga entrevista, de 77 páginas en el libro publicado, con la recomendación de que busquen el libro y la lean completa, además del esclarecedor ensayo de Félix Julio Alfonso López y, sobre todo, los artículos del autor, algunos inéditos en su momento, seleccionados por el propio Eduardo Torres Cuevas, según me dijo.
Entrevista
Escogí algunas partes de la infancia y juventud, seguramente poco conocidas, además de su paso por la refinería Ñico López, la Universidad de La Habana y su Departamento de Filosofía, así como consideraciones sobre la sociedad, personalidades admiradas y su formación como historiador y persona.
El nacimiento, la infancia, la familia
El lugar de mi nacimiento fue absolutamente casual. Nací en la calle Compostela, en plena Habana Vieja, el 4 de septiembre de 1942. Mi madre siempre que venía a La Habana se quedaba en casa de una amiga que vivía allí. Como cursaba sus últimos exámenes en la Universidad de La Habana, había llegado desde Cienfuegos para efectuarlos y… en eso se me ocurrió nacer. Se llamaba María de los Ángeles Cuevas Ordóñez. Estudió Medicina y se graduó de Cirugía Dental en el año 1948. La semblanza que le hicieron en el libro de graduados, fue la siguiente: Excelente compañera / Muy agradable y muy fina / Sabe todas las maneras / De anestesiar la dentina / Conversando esta María / De veras es competente, / Bien tratándose de dientes / O de música y poesía.

Cuando heredó la consulta de la calle San Rafael y la clientela de mi abuelo —yo tenía alrededor de seis o siete años—, ya se estableció definitivamente en La Habana. Pero vivíamos en Neptuno, entre Gervasio y Escobar. Después nos mudamos para La Víbora, donde abrió otro gabinete dental en la avenida de Acosta n.o 120 y, por último, tuvo un tercer gabinete en Río Verde. Mi padre, Ulises Torres Parapar, era aviador y murió cuando yo tenía ocho años en uno de los accidentes aéreos más importantes ocurridos en Cuba. Fue el 16 de abril de 1950, en la provincia de Camagüey. Él era el piloto de un avión que trasladaba a dos legisladores y seis personas más. No hubo sobrevivientes. Los legisladores eran Carlos Álvarez Recio y Enrique Collot, ambos representantes a la Cámara. Al caer el avión, casi al anochecer, hizo contacto con los cables de alta tensión y se produjo una explosión en la cual murieron carbonizados los ocupantes. Con mis ocho años asistí a aquel velorio y a aquel entierro sin aún poder entender ni lo que pasaba ni lo que significaría para mi vida. Sus características eran las de un hombre jaranero, osado y que le gustaba arriesgarse. Quizás, por ellas, perdió la vida. Creo que esos rasgos, en cierta medida, los heredé.
Tengo una hermana a quien no veo desde hace más de cincuenta años. En mi último cumpleaños recibí un correo de ella desde Estados Unidos. ¡Al fin, y aún a tiempo, nos pudimos relocalizar! Tuve la dicha de contar con un buen número de primos y primas que llenaron con mucho cariño y mucho amor el espacio de los hermanos inexistentes. También llamo hermanos a un escaso número de amigos con quienes me unen, más que lazos sanguíneos, otros que nacen de sentimientos e identificación.

Por parte de padre mis abuelos fueron Eduardo Torres Cabrera y Antonia Parapar. Mi abuelo paterno fue un destacado pedagogo en la región cienfueguera. De él heredé algunos buenos libros como el Diccionario biográfico cubano, de Francisco Calcagno, que pasó de las manos de mi tío, Dr. Eduardo Torres Morales, a las mías. Es un libro que adoro, pues ha pertenecido a tres generaciones de Eduardos Torres. Mi abuela era una señora de fuerte carácter que imponía respeto sólo de mirarla. Recta, pero que sabía igualmente dar una caricia o una sonrisa cómplice. Mis abuelos maternos fueron el Dr. Andrés Cuevas Rodríguez, uno de los ocho fundadores del Colegio Estomatológico de Cuba y del Retiro Odontológico. Gozaba de especial prestigio, primero en Cienfuegos y después en La Habana, como dentista vinculado a la importación de instrumentales dentales. Mi abuela, María Obdulia Ordóñez Colina, murió cuando mi madre tenía diez u once años, sin embargo, mis dos tías abuelas, Edelmira y Cristina Ordóñez, se convirtieron en las madres de mi madre y en mis indiscutidas abuelas. De Cristina guardo un especial recuerdo. Fue de las primeras maestras nombradas al surgir la República en 1902, maestra rural. Siempre impecablemente vestida. Y la recuerdo reuniendo las tapas de los pomos de leche para hacer letras y números con los cuales enseñaba a leer a los niños de la zona de Caonao en Cienfuegos. En la sala de la casa de Caonao había una gran mesa de madera, por la tarde reunía allí a los niños con mayores problemas para enseñarlos a leer y escribir, sin ninguna remuneración. Hubo etapas en que el Ministerio de Educación pasaba varios meses sin pagar, pero ella no dejó un solo día de asistir a su escuelita de madera. En su cuarto había un retrato de Martí con un florero, nunca faltó una rosa blanca.
En verdad, viví mi infancia en el seno de mi familia materna, en Caonao, aunque teníamos casa en Cienfuegos, pero mis relaciones con mi familia paterna eran extremadamente afables. Creo que caracterizaba a ambas familias la exigencia en cuanto a la educación y al comportamiento, tanto en el seno familiar como en el medio social. No sé si por la temprana muerte de mi padre o por ganarme el cariño de quienes me rodeaban, lo cierto es que todos los recuerdos que guardo de tíos, primos y otros cercanos a la familia son, en general, agradables. Pienso que dos tíos míos influyeron con su personalidad en mi modo de ver a los adultos y, quizás comparando, los idealicé un poco.
El primero de ellos era mi tío Eduardo Torres Morales. Era uno de los intelectuales más importantes de Cienfuegos; escribía en los periódicos de la ciudad, es autor de una de las pocas historias de la pedagogía en Cuba, fue director de la Escuela de Comercio de Cienfuegos y un destacado masón de la Logia Fernandina de Jagua. Su modo de hablar, de caminar o sus observaciones sospecho que influyeron en mí. Él poseía una colección de libros que editaba anualmente una editorial española y que contenía las obras de los premios Nobel de Literatura. Llegar yo a Cienfuegos era ir a buscar uno de esos libros, y cuando la noche caía en Caonao, después de una buena comida, me ponía a leerlos. Eso fue después de haber cumplido los quince años, antes había tenido la dicha de beberme los veinte tomos de El Tesoro de la Juventud, colección que había pertenecido a mi abuela materna y que mi madre colocó en mis manos.

Mi otro tío inolvidable era el Dr. Francisco Cuevas Miranda —Pancho Cuevas—. Era dentista, siguiendo la tradición familiar, y tenía su gabinete en la calle Castillo, casi esquina a Prado, en Cienfuegos. Era un amante de la música. Lo recuerdo siempre buscando el último radio de la RCA Víctor, aquellos de madera con forma de catedral, cuya sonoridad se me antoja ahora maravillosamente antigua. Sin embargo, existía una diferencia entre la familia materna y la paterna. La paterna, a través de mi tío Torres Morales, tenía una influencia masónica, laica y de fuerte arraigo nacional. La materna era profundamente católica. No obstante, mi madre era más liberal y al final decidió buscar su propia religión. Por influencia de una de mis tías entró en la Christian Science que aún mantiene su templo en las avenidas 42 y 41, en Marianao. Ello me ayudó a rupturas y búsquedas en el terreno más íntimo, la búsqueda de una espiritualidad y un mejor entendimiento de la fe y de las creencias.
Las primeras escuelas
La primera escuela primaria a la que asistí fue el Colegio Champagnat de los Hermanos Maristas, de Cienfuegos. Allí cursé la preprimaria y el primer grado. No me sentí bien en ese colegio pese a su fama y su rigor. Reflexionando en las causas de mi molestia de entonces, pienso que era muy rebelde y no me adaptaba a aquel ambiente rigurosamente religioso, sobre todo porque recuerdo al maestro, español —se me ocurre que con rasgos franquistas—, que hizo tres cosas que me disgustaron: primero, castigaba colocando de rodillas contra la esquina de dos paredes; segundo, por tener una varillita de madera con la cual de vez en cuando, para silenciar al alumno, le daba con ella; y, tercero, porque siendo yo zurdo quiso imponerme escribir con la derecha (en los Maristas no había pupitres para zurdos), con lo cual me hizo sufrir despiadadamente y repeler aquel colegio con mucha fuerza. No debe olvidarse que la Iglesia católica de esos tiempos era la de Pío XII, intransigente, anticomunista, dogmática y que indicaba con el dedo acusador a todo aquel que practicara otra creencia. No hablaba de ecumenismo. Mi madre, ya mudada en La Habana, decidió que al niño había que disciplinarlo.
“En realidad, el mundo familiar que me rodeaba me inclinaba hacia la literatura, la historia y el arte”.
En 1951 abría sus puertas la Academia Militar del Caribe. Pese a que su lema era “Disciplina y Superación”, en el colegio se disfrutaba de un ambiente distinto al de la escuela religiosa, allí tuve mis maestros inolvidables. La primaria la dirigía el Dr. Alfredo Álvarez Builla, pedagogo excelente que, entre otras cosas, aceptaba a los zurdos como personas normales, por lo que la Militar del Caribe tenía pupitres para zurdos y no obligaba a escribir con la derecha. Confieso que fue un gran alivio para mí, que por ser zurdo no era una creación del demonio ni un ser anormal. Otra de las maravillas que encontré fue la enseñanza laica, por lo que convergíamos personas de muy diversas creencias religiosas, políticas y sociales. Incluso se aceptaban personas de todas las razas. El estudio de la Constitución del 40 era obligado en sexto grado, y las enseñanzas de Moral y Cívica fueron importantes para la posterior actitud asumida contra la dictadura de Fulgencio Batista. Otro profesor inolvidable lo fue Ramón Hernández Tápanes, que nos apoyaba en todas las ideas creadoras. A Tápanes lo recuerdo cuando se nos ocurrió, a un grupo de sexto grado, fundar un periódico que llevó el nombre de La Voz del Cadete. No sabíamos nada de periodismo, pero no concebíamos un colegio sin un periódico estudiantil. Y, por último, y solo último en la relación, no en la consideración, el profesor Moisés Gravoski. Fue mi profesor de tercer grado, de quinto grado y quien me preparó para los exámenes de ingreso a bachillerato. Por aquel entonces se podía, al terminar el sexto grado, en el mes de junio, efectuar pruebas de ingreso al bachillerato en septiembre. Gravoski era judío y de ideas revolucionarias. Para poder hacer esos exámenes, mientras mi madre partía para Cienfuegos, en esas vacaciones yo me quedé en la casa de huéspedes donde vivía el profesor. Un día, antes del almuerzo, lo veo entrar, eufórico, con una Bohemia en la mano. Entonces me llamó a su cuarto y cerró la puerta. Y con un entusiasmo enorme me leyó un escrito en el cual un desconocido llamado Fidel Castro anunciaba que ese año sería mártir o héroe. Empezó mi curiosidad mientras Gravoski me describía toda una historia que yo desconocía. Para colmo, me entregó un folleto bastante mal impreso que contenía un discurso de defensa titulado La Historia me absolverá. Durante semanas preguntas van y respuestas vienen. Ya no era solo comprender el folleto, sino el inicio de intentar entender la sociedad en la que yo vivía y, en particular, la dictadura que oprimía al país. Fue, no sé si consciente o inconscientemente, quien me colocó en una nueva y hasta entonces desconocida dimensión de mi vida.
En realidad, el mundo familiar que me rodeaba me inclinaba hacia la literatura, la historia y el arte. Deseaba ser músico, escribir poemas (algunos los escribí y luego los vi tan malos que los desaparecí para no dejar constancia de mis fallidos intentos), me encantaban los relatos históricos, me cautivaba la historia de Cuba. Sin embargo, tenía además cierta preferencia por las matemáticas. Y confieso que la asignatura que menos me cautivaba era la obligatoria asignatura de inglés. Por supuesto que esto no tenía ninguna razón política, porque me gustaban mucho la literatura inglesa y la norteamericana, leídas, por entonces, en español.
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Primeros amores
Con la palabra amor se quiere significar un sentimiento que nadie ha podido racionalizar ni explicar. Quizás es una especie de alquimia cuyos componentes nunca serían los de la química. No es calculable. En un sentido amplio diría que mis amores fueron mi madre, mis tías abuelas, tíos y primos, las tres zonas donde me criaba, La Víbora, Cienfuegos y Caonao, la patria que sentía, pero no podía definir. Ahora, si la pregunta se refiere a los amores que nacen de empezar a descubrir la belleza de aquellas muchachas, casi niñas, recuerdo, por lo que significaron, dos momentos. El primer beso, a los ocho años, a una niña de mi edad que se me antojaba el ser más bello que había visto. La historia de este beso inocente es muy sencilla. El día anterior había visto una película en la que actuaba Elizabeth Taylor, en la cual ella y su pareja que, por supuesto, no me acuerdo de quién era, se daban un beso recreado por una música que si no me equivoco era el concierto para violín y orquesta de Chaikovski. Aquello me impresionó tanto que compartí mi inocente descubrimiento con aquella preciosa criatura. Decidimos los dos probar el misterio de aquel acto de amor. Fue el primer y último beso. Por razones que desconozco dejamos de vernos. Pero el recuerdo quedó por lo limpio, bello e ingenuo. Otra cosa fue el despertar de la masculinidad a partir de los doce años. Bueno, como otros muchos, buscaba mi pareja, pero no era estable porque quería seguir buscando a mi pareja. El otro encuentro, que dejó cierta marca en mí, fue la primera novia estable, rodeada más que de realidades, de todo lo que yo quise ver en ella. Recuerdo, era muy inteligente y estudiosa, y nuestras relaciones empezaron por una polémica. Hablando yo de peces dije “pescados” y ella me rectificó “en el agua es pez, en la pescadería, pescado”. Aquello me picó el orgullo personal y traté de fundamentar mi error a pesar de que sabía que me habían cogido en el aire. Surgió una especie de debate cada vez que nos veíamos y de ahí nació aquella romántica relación que se rompió, a inicios de la Revolución, cuando sus padres decidieron emigrar a los Estados Unidos.
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Personalidades admiradas
De la historia de Cuba, por supuesto, José Martí. Él tuvo la extraña capacidad de poder hablar a los niños, de asentar valores en ellos, a través de su poesía y de su prosa. Su vida heroica y su trágica y temprana muerte, su pensamiento hicieron de mí, como creo que de gran parte de mi generación, un amante y apasionado martiano. De igual forma me impresionó la figura de Antonio Maceo. Me parecía tan grande como Aníbal, César o Napoleón. Por entonces conocía poco de su pensamiento, como la mayoría de los cubanos de entonces. En ese panteón estaban fray Bartolomé de las Casas, Félix Varela y José de la Luz y Caballero. Impresionantes eran Carlos Manuel de Céspedes e Ignacio Agramonte. Cuando en algún tiempo histórico, ya la Revolución triunfante, los esquematismos y los dogmatismos sentenciaron a algunas de estas personalidades a simples idealistas poco consecuentes, surgió en mí la indignación y me propuse el deber de rescatar, en toda su dimensión, estas figuras de los fundadores no solo de nuestra nación, sino, sobre todo, de nuestra cultura del hacer y del pensar a Cuba. Por suerte, otros igualmente emprendieron esa tarea. Pienso en Medardo y Cintio Vitier, Roberto Agramonte, Jorge Mañach, Juan Marinello, Raúl Roa, Alfredo Guevara, Fernando Portuondo, Ramiro Guerra, Hernández Travieso, Emilio Roig, Hortensia Pichardo, José Luciano Franco, entre otros muchos.
“De la historia de Cuba, por supuesto, José Martí. (…) Su vida heroica y su trágica y temprana muerte, su pensamiento hicieron de mí, como creo que de gran parte de mi generación, un amante y apasionado martiano”.
En cuanto a los nombres universales, mis admiraciones infantiles iban hacia esos colosos excepcionales de la historia: Alejandro Magno, Aníbal, Julio César, Carlomagno y Napoleón. A los doce años leí el Napoleón de Emil Ludwig, fascinante y cuya lectura he repetido en diversos momentos de mi vida. Por supuesto, luego me tocó leer la Historia del Consulado y el Imperio, de Thiers, con sus doce tomos, digna lectura para especialistas y, más recientemente, la biografía, en cuatro tomos, escrita por Max Gallo. Lo que más me ha interesado de estas figuras universales es la complejidad de sus personalidades y las increíbles capacidades para superar las situaciones límites. Estas lecturas juveniles, consecuencia del atractivo que en la etapa infantil ejercieron estas figuras, iban delineando el camino que con posterioridad seguiría.
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Formación de una familia y el trabajo en la refinería Ñico López
No estaba afiliado a ningún partido, por dos razones, primero no tenía edad para ello y segundo lo que conocía de estos —piénsese que estas cuestiones me comenzaron a interesar a partir de 1957—, no me hacían simpatizar con ninguno de ellos. Me atraía más el movimiento revolucionario, el 26 de Julio y el Directorio Revolucionario, pues al igual que muchos jóvenes los veíamos como los que podían producir, parafraseando al presidente de Ecuador, Rafael Correa, “no una época de cambios, sino un cambio de época”. Eso era lo que buscábamos los jóvenes a quienes nos dolía la parte oscura de la sociedad cubana.
Por varias razones mi vida cambió antes de graduarme de bachiller. Sin lugar a dudas, los cambios que se producían en el país, como consecuencia del triunfo revolucionario, hacían cambiar perspectivas en un aún no completado proyecto de vida. El factor, sin embargo, decisivo en el cambio de rumbo de mi vida lo fue la muerte de mi madre, en 1961, y las necesidades perentorias para sostener una casa y una familia. La perspectiva universitaria, de inmediato, se alejó, pero la aspiración de llegar a ella se mantuvo como una fuerte motivación.
Todavía sin haberme graduado de bachiller comencé a trabajar en la refinería Ñico López. Trabajando en ella me gradué de bachiller. Era el año 1962 y se me presentaban varias posibilidades de trabajo. Supe que en la refinería Ñico López, recién creada con la fusión de la refinería Belot, de la Esso Standard Oil, y la refinería Habana, de la Royal Dutch Shell, se necesitaba personal calificado para cubrir las plazas vacantes en ella. Me gustó la idea de trabajar en un proceso tan complicado como el de una refinería de petróleo. Me compré mi libro de química orgánica y me integré como trabajador de la planta de procesos que había sido de la Shell. Resultaba una maravilla tecnológica en ese tiempo. Realmente había iniciado su funcionamiento dos años antes, por lo que brillaba como joya de la tecnología del petróleo. El 98% de sus operaciones eran automáticas; su panel de controles era impresionante para la época. La planta contaba con tres unidades: refinación, el powerformer [Craqueo catalítico. Nota de la entrevistadora] y la de LPG. Ese trabajo se caracterizaba por la disciplina y el estricto cumplimiento de cada norma técnica y de todas las medidas de seguridad. En particular el powerformer era la última innovación en el proceso del petróleo. En la Unión Soviética y en China se usaba el ya anticuado cracking térmico.
El ambiente de la refinería sigue siendo para mí inolvidable. Allí nos reuníamos un grupo de jóvenes, todos bachilleres o estudiantes de distintas carreras universitarias, y no había tema vedado a las discusiones del grupo. Hoy puede parecer raro, pero entre nosotros lo mismo se leía a Vargas Llosa o García Márquez, que el Manual de economía política de la URSS, que los nuevos escritores cubanos como Guillermo Cabrera Infante (no recuerdo cuántas veces surgieron anécdotas sobre el cuento de “Josefina atiende a los señores”), Jaime Sarusky y otros, porque en los tiempos que vivíamos, y sin estar en el mundo de la literatura, nos gustaban los aires renovados. De aquel grupo, dos se graduaron de medicina, dos de economía, uno fue actor de cine, otro músico y yo sería algo así como el historiador del grupo. Junto a nosotros estaban los “veteranos” de la refinería que nos acogieron como “los muchachos” que ellos apadrinaban. Se creó una gran familia que, como toda familia, y particularmente cubana, de vez en cuando tenía sus fuertes desencuentros. Entre los veteranos estaba Rolando Ponce de León y Justiniani, el único negro en la aristocracia obrera de la planta, graduado en la Electromecánica de Belén, sin duda el más simpático y ocurrente de la vieja guardia. A mí me unió una amistad entrañable con mis colegas veteranos Lorenzo, González y “el Gallo” (recibía este nombre porque se decía compraba los gallos perdedores en la valla de Regla y me consta que hacía excelentes sopas de gallo). En el comedor que teníamos en la planta o en el fumadero en los exteriores se armaban tertulias inolvidables. Entre humo y café se podía hablar de todo, desde las pícaras anécdotas de la vida cotidiana hasta los temas de la Revolución y el país, así como algún que otro tema proveniente de un libro, una película o un programa de televisión. Trabajábamos en tres turnos de ocho horas porque la planta era de proceso continuo. Los que vivíamos en La Habana nos reuníamos en la Virgen del Camino, lugar en el que nos recogía una guagua de la refinería. Poco después llegaron las primeras motos checas CZ. Fuimos de los primeros en adquirir motos y ellas se convirtieron en el centro de nuestra vida deportiva. Correr por la Vía Blanca hasta Varadero era una de las prácticas del grupo. Otra, al terminar el turno de las once de la noche, irnos al Vedado a disfrutar las noches del filin. Yo seguía interesado en continuar mis estudios en la universidad. Sin embargo, decirle a la administración de la refinería y al sindicato que quería ser historiador o filósofo o literato podía parecer una burla. Lo importante eran las carreras tecnológicas. Un poco a mi pesar, pero sin mucho dolor, del todo no me desagradaba, matriculé Ingeniería Civil en las recientes aulas de la CUJAE [Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría. Nota de la entrevistadora]. Con posterioridad, y ya decidido a matricular Historia, porque la carrera de Filosofía no existía, conversé con un grupo de mis amigos y decidimos entre todos pagarnos un profesor particular que, contradictoriamente, nos iba a dar Matemática, Física y Química. Era mi antiguo profesor de Matemática. Sin que la intención fuera consciente, mi adquisición de libros siempre iba hacia la historia, la filosofía y la literatura. Recuerdo que cuando matriculé en la carrera de Historia y un tribunal valoraba a los aspirantes, al margen de las notas que hubiesen obtenido, el doctor Sergio Aguirre me preguntó sobre la figura de Stalin. Le llamó la atención que, para ese entonces, ya yo hubiera leído el Stalin de Trotski y el Stalin de Henri Barbusse. Si algo siempre he valorado de la refinería Ñico López, de mis siete años de trabajo allí, es que pude captar y aprehender cómo es realmente la mentalidad de un obrero, no por un libro ni por un relato hablado, sino por serlo en carne y hueso y haber compartido como igual con mis iguales. Al entrar en la Universidad de La Habana ya conocía gran parte de la Isla, cómo se vivía en las montañas, la vida cotidiana del obrero de Regla y Guanabacoa, y las aspiraciones y sueños que no nacen de explicaciones teóricas, sino de una práctica cotidiana que tiene sus secretos en los pequeños detalles de la vida.
“La refinería Ñico López fue una de mis mayores universidades”.
De los recuerdos de la refinería Ñico López, uno de los más permanentes fueron las acciones contrarrevolucionarias. El 25 de abril de 1963, siendo aproximadamente las ocho de la noche, un avión bimotor procedente de Estados Unidos bombardeó la refinería dejando caer una bomba de cien libras y cuatro latas de un producto parecido al napalm, lo cual debía provocar la explosión de lugares claves. El avión llegó a baja altura, unos 50 metros, y solo fue detectado cuando hacía sus pases sobre las instalaciones. Según se informó, la operación duró cuatro minutos y cuarenta segundos, si bien a mí, que estaba en ese momento trabajando al lado de la torre de refinación, me parecieron muchos más. Estaba realizando el trabajo de chequeo para entregar la planta a los compañeros que entrarían a las once de la noche. Sentí y vi el avión. Todos sabíamos que por encima de la refinería no podía volar ninguna nave, pero nos llamaba la atención que el sistema de defensa antiaéreo no hubiera funcionado. No obstante, estábamos seguros de que nos estaban bombardeando y solo esperábamos las detonaciones para iniciar los procesos especificados para los estados de emergencia. Por suerte no hubo explosiones. Ni la bomba explotó ni las latas de napalm funcionaron. Creo que ese día todos sentimos como una segunda oportunidad. Sin embargo, este no fue el único hecho. Con posterioridad hubo otro intento de producir explosiones en la refinería. Otro momento que no olvido fue el percance en la casa de calderas, por estar taponeado el quemador de la caldera de emergencia. A pesar de estas anécdotas lo cierto es que, dentro de los trabajadores de la refinería, en el área particular de procesos, había diversas posiciones políticas e incluso las llamadas apolíticas, que permitían debates candentes entre nosotros. La refinería Ñico López fue una de mis mayores universidades. Fue, ante todo, un aprendizaje sin tutor ni oponente; fue descubrir toda una amplia riqueza cultural cubana y, lo digo con orgullo, fue encontrar las verdaderas esencias de los hombres que día a día se ganan la vida, aman el pequeño gran mundo del hogar, su principal razón de ser y hacer, y crean una hermandad con lazos que, hasta hoy, en mi caso, nunca se han roto. Siempre he querido ser digno de esos queridos amigos y compañeros.
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Su percepción de la sociedad cubana antes de 1959
Frente a La Habana exuberante de El Vedado, estaban mis imágenes de La Habana Vieja, de Centro Habana y de La Víbora. Ya relaté el impacto que causó en mí ver esa ciudad de noche llena de mendigos. Asimismo, me impresionó el observar, en las faldas del Castillo de Atarés, los famosos barrios llamados de “Llega y pon” que no sé por qué razón visité, me parece que fue por el interés periodístico de Agüero para hacer denuncias de las condiciones en que vivía parte de la población habanera. El impacto fue tremendo. Personas viviendo en supuestas casas de cartón, zinc, cajas de madera, etcétera, sin luz y sin agua. La Habana nunca tuvo un Harlem, los llamados solares o casas de vecindad convivían con los palacios o casas de aceptable arquitectura. Había que penetrar a través de un pasillo estrecho para encontrar aquellas personas viviendo en condiciones infrahumanas. Visité una casa de las llamadas de vecindad —popularmente cuartería—. Aquello podía considerarse el infierno terrenal. Un primo mío era médico de un hospital conocido como Cangrejera. Yo era muy apegado a él, por ello visitaba el hospital. Por él pude ver a pacientes que venían de algunos de estos lugares, a pesar de que para ser atendidos allí se requería de la llamada “recomendación”. Las cuarterías y solares, por sus pésimas condiciones higiénicas y sanitarias, podían considerarse el emporio de las peores enfermedades, como la tuberculosis. En aquellas cuarterías podía usted encontrar camas hechas con cajas de cerveza, bastidores improvisados con alambre, una palangana para bañarse puesta detrás de un escaparate y, en el mejor de los casos, una cocina de carbón o luz brillante para la escasa alimentación. En otras, baños colectivos e insalubres y un mal olor que escapaba a veces de las deterioradas o inexistentes redes hidrosanitarias. La miseria partía el corazón. De ese sentimiento surgía la necesidad de estudiar qué sociedad teníamos. Todo esto fueron percepciones posteriores a la anécdota que ya relaté de cuando vi por primera vez los mendigos durmiendo en pleno mes de diciembre en las calles de La Habana.
Contrastando con esto, vi levantar el hotel Habana Hilton, hoy Habana Libre, y el edificio Focsa, este último una de las maravillas de la ingeniería civil cubana. Los dos grandes rascacielos que expresaban el esplendor de la capital habanera. Un amigo de la familia trabajaba en la instalación de los impresionantes equipos de aire acondicionado del Hilton. Fue una de las diversiones del grupo de amigos irnos a ver cómo iba creciendo ese hotel, lo mismo sucedía con el Focsa. La Habana cambiaba de imagen. No eran estos, pese a ser los más emblemáticos, los únicos “rascacielos” que se levantaban en la década de los cincuenta en la capital. Bajo el asombro de la muchachada vimos surgir del mismo modo “rascacielos” como los edificios de los hoteles Capri y Riviera, el Someillán, el edificio del Retiro Médico, el del Retiro Radial, el de la Gran Logia Masónica y las llamadas propiedades horizontales que se destacan en la calle G y en la de Línea, en El Vedado. Con anterioridad había asistido a la inauguración del edificio del Retiro Odontológico de la mano de mi madre, en 1948. Este edificio había obtenido premio por sus características. En la actualidad ahí reside la Facultad de Economía de la Universidad de La Habana. Cuando inauguraron el Habana Hilton, nos vestimos como mejor pudimos y fuimos a descubrir aquel secreto del hotel que corría entre nosotros. Las puertas se abrían automáticamente. Era todo un acontecimiento y provocaba las mayores especulaciones en el grupo de amigos. Uno de ellos afirmaba que, de seguro, en un lugar oculto, había alguien que observaba cuando se acercaban las personas y entonces halaba unos cables escondidos que abrían las puertas.
Se puede hablar de la ciudad nocturna, referencia obligada de las nostalgias habaneras. Pero yo tengo una visión mucho más amplia de la que a veces he leído con respecto a aquella época idealizada. Pocas reseñas he visto sobre la prostitución en La Habana, digna de un tratado sobre el tema. Según las posibilidades económicas eran los barrios de prostitutas. El más temible, la calle Pila, donde se reunía “el material de desecho”. Le seguía, es mi recuerdo producto de la curiosidad, no mi investigación, el barrio de Colón. En otra jerarquía estaba la calle Manrique y el famoso barrio de “Pajarito”. Eran zonas de tolerancia, prohibidas para menores de dieciocho años, pero visitadas desde los catorce. Y, con otro rango, las casas de cita. Como la famosa Tía Nena. Del mismo modo recuerdo lugares en los que, sin pertenecer a esta clasificación, se encontraban mujeres que se ofrecían a veces por un módico precio. Este era el caso de Agua Dulce, donde se encontraban los portales de la sastrería El Zorro. Eran abundantes las llamadas posadas, nombre eufemístico para pasar unas horas con una pareja sexual, circunstancial y pagada, o con la amante, expresión activa del amor oculto. Estas variaban según las posibilidades económicas. Las referencias a los famosos cabarés Tropicana, Montmartre y Sans Souci, lugares a los cuales concurría una élite económica o turística, no eran los que caracterizaban a la vida nocturna habanera. Esta estaba marcada por los numerosos bares y night clubs. Estos existían en todos los barrios. Allí se iba a tomar, bailar con una victrola y estaban las chicas para acompañar la noche, primero en el bar y, después, en la posada. Cierta concentración la tenía la zona de Prado y Neptuno, en cuya esquina estaba un night club, El Moroco, donde se ofrecía uno de los primeros stripteases de La Habana. Este aspecto de la ciudad nocturna aparece casi olvidado, no sé si por vergüenza o por olvido intencional, y sin él se haría inexplicable la lucha de los jóvenes que queríamos adecentar la sociedad. No puedo cuantificar cuántas muchachas fueron por esta vía. Lo cierto es que hasta en la música había una cierta idealización de aquellas “infelices” que en la letra de los bolerones lacrimógenos tenían buen corazón y mal destino. Hay algo olvidado. A principios de la Revolución a muchas de ellas se les dio la oportunidad de poder tener una vida diferente. Habían llegado a La Habana unos carros que sirvieron para el transporte público. Ellas fueron las que manejaron aquellas guaguas llamadas “polaquitas”, me parece recordar. Muchas, ocultando u olvidando su pasado, se integraron muy activamente al nuevo mundo que surgía.
Hay dos afirmaciones que para mí son dos convicciones. Yo diferencio una revolución de una rebelión. Todos los que nos iniciamos en el camino de la Revolución éramos entonces rebeldes ante la situación no solo de la dictadura, sino de las contradicciones y paradojas de la sociedad cubana.
“Yo diferencio una revolución de una rebelión”.
En ese proceso de ir conociendo a Cuba, a la Cuba de entonces, desempeñaron un papel muy importante mis estancias en Caonao. Allí pude ver otra miseria, la de los campesinos y habitantes de un pequeño pobladito sin muchos recursos económicos. Romana y Celestino, un matrimonio negro muy pobre, eran un modelo de educación. Lo que más me llamaba la atención era la diferencia entre cómo en La Habana, y en el mismo Cienfuegos, se trataba de ocultar la pobreza con una buena guayabera, aunque en la cocina solo hubiese un plato de harina, y en Caonao aquellos campesinos no podían ocultarla con sus camisas rotas, raídas, y sus sombreros de guano, a veces muy dañados. Allí oí conversaciones sobre la situación de esos trabajadores del campo, sobre sus dificultades para aprender a leer y a escribir, y el magro mundo de sus vidas. Sin embargo, también existía una fuerte clase media campesina con aspiraciones y llena de contradicciones. Creo que estas presencias marcaban profundamente mi percepción de una realidad que recibía, pero no entendía, y que me llevó por los caminos de las búsquedas históricas e intelectuales y de la Revolución.

La otra forma en que me acerqué a la comprensión de aquella sociedad fueron los libros. No haré aquí una larga relación. Sería imposible recordarlos todos. Pienso que lo más importante estuvo en las lecturas martianas, complementadas por el impacto causado por Los miserables, de Víctor Hugo, y las obras de José Ingenieros, Las fuerzas morales, El hombre mediocre y Hacia una moral sin dogmas. No se puede olvidar que, por sus características, la Bohemia jugaba un papel formador importante. Secciones de historia universal, de historia de Cuba, hechos extraordinarios, opiniones políticas diversas y, sin dudas, un acercamiento liberal hacia un proceso de cambios, no estructurales, pero sí cívicos y políticos. Yo recuerdo que lo primero que leía era una sección llamada “Estampas criollas”, de Eladio Secades. Estas estampas costumbristas con humorismo eran una aguda crítica social. Nunca se me olvidaron aquellas en la que se describía a un empleado público sacando la cuenta de lo que tenía que comprar al año para aparentar ser un hombre con ciertas condiciones económicas y cómo le era imposible hacerlo con su escaso sueldo. Tampoco se me olvida la que considero una pieza antológica, donde se ironizaba sobre el proceso en el que el Santa Claus norteamericano empezaba a desplazar a los Tres Reyes Magos tradicionales.
Conviviendo con esa sociedad invertebrada existía una bella imagen fraguada, sobre todo en una clase media, que más bien era una media clase porque deseaba ser lo que difícilmente podía ser, burguesa, y no quería ser lo que, por lo general, podía ser el destino de muchos, obreros de bajos salarios. Esa Cuba imaginaria creaba más motivaciones que realizaciones. Detrás de ese imaginario se producía el conflicto espiritual de aspirar a ser, negar su ser y vivir más la aspiración que la realidad. Un reflejo de los sueños es el famoso poema, recitado por Luis Carbonell, Los quince de Florita. Y un referente era la idealización de la sociedad norteamericana a través del cine, las revistas y los anuncios comerciales. En este sentido, ciertas películas norteamericanas, Playton Place (traducida en Cuba como La caldera del diablo), Picnic, Verano de amor, Algo para recordar, La gata sobre el tejado de zinc caliente; New York, New York; Can Can y otras a pleno tecnicolor, panavisión y sonido estereofónico, ayudaron al desarrollo de la percepción idílica de una sociedad cubana que dejara atrás las viejas tradiciones y se modelara bajo la impresionante égida del American way of life. En otro sentido, películas como El salvaje, Rebelde sin causa y Al compás del reloj influyeron en jóvenes que quisieron darle su sello a su tiempo juvenil con el nuevo cuño norteamericano del rock y la rebeldía sin causa, en el país de los rebeldes con causa. Es importante destacar que Cuba era, como se afirmó después, “un satélite privilegiado de los Estados Unidos”; mucho de lo que después impactó en otras sociedades del llamado “modelo norteamericano” ya estaba implementándose en Cuba. En particular, los elementos que conforman la sociedad de consumo. Entre ellos las tiendas por departamentos. El éxito, años después, de El Corte Inglés, en España, se basó en el inicio de las tiendas por departamentos que tenían sus modelos originales en La Habana; lo mismo sucedió con El Machetazo, en Panamá. Aunque la originalidad no era habanera. Era una copia norteamericana. En este sentido, en Cuba existía esa tendencia idealizadora que arrastró a gran parte de la clase media y de la media clase a abandonar el país porque su Cuba soñada no era la Cuba que comenzaba a reestructurar la Revolución cubana. Por otra parte, en Cuba revolucionaria existió, entre otras, una rara tendencia en la cual, al demonizar el pasado político, se ponderaron ciertas vulgarizaciones culturales presentadas como esencias de nuestra identidad. Aquel pasado nos llega fragmentado y cada cual compone su rompecabezas con los de la imagen que quiere o puede recordar.
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La Universidad
Las razones por las que no matriculé antes en la Universidad ya están explicadas con anterioridad: primero por la muerte de mi madre; segundo por tener que mantener ya una familia —mi hijo mayor, Eduardo Ulises, nació en 1962, y mi hija, María de los Ángeles, en 1963—; tercero, tampoco me gustaba la idea de la beca o un subsidio, porque siempre he querido tener como orgullo el que todo lo que tengo me lo gano; cuarto y último, aspiraba a poder realizar las dos cosas al mismo tiempo, trabajar y estudiar. Se dio el caso, en 1967, de que en cursos normales se permitiera la entrada de trabajadores. Aproveché la ocasión y entré por examen de ingreso. Historia no había sido una carrera universitaria. No existió en nuestras universidades hasta 1962. Por tanto, yo pensaba ejercer la historia más como placer y afición que como profesión. En cuanto a la vocación de ser historiador, creo que estuvo desde mi etapa de estudiante de primaria. Ya expresé cómo en sexto grado escribí mis, muy malos, primeros escritos de historia.
Quizás una de las etapas más hermosas de la vida es aquella que transcurre durante nuestra vida de estudiante universitario. No se trata tanto de la realidad como de la forma en que uno la percibe y la vive. La Escuela de Historia se encontraba en el mismo edificio que la Escuela de Artes y Letras, el famoso edificio Dihigo. Los de Historia cubríamos los cursos matutinos mientras los de la Escuela de Artes y Letras los de por la tarde. Como era lógico, había estado tanto tiempo distanciado del mundo estudiantil, que me sentía más un obrero entre estudiantes que un estudiante obrero. No obstante, la confraternidad que se fue creando entre nosotros fue borrando esas primeras impresiones. Yo era militante de la UJC. Estando en la refinería se produjo el cambio de AJR (Asociación de Jóvenes Rebeldes) por el de UJC (Unión de Jóvenes Comunistas). Eran tiempos de debates, pero también de cerrados dogmatismos y más de un extremismo. Recuerdo algunas reuniones de la UJC que empezaron por la noche y terminaron por la mañana. Algo que hoy parece imposible. Era tal el enredo de las discusiones y a veces la forma en que se defendía hasta el absurdo un punto de vista, que se hacían interminables los debates, algunos muy importantes para nosotros entonces y hoy casi banales. Por mis posiciones una compañera me dijo que si yo me creía el padre Las Casas. No le contesté, aunque medí la diferencia.

Por otra parte, el afán de estudio y la visión colectiva del grupo marcaba mucho lo mejor de nosotros. Teníamos la suerte de que se nos repartían gratis los libros, además, algo muy importante, la Escuela de Historia compartía su biblioteca con la Escuela de Letras. Nuestra bibliotecaria, Sara, era una francesa judía, esposa del doctor Juan Pérez de la Riva, que cuidaba los libros de un modo muy especial. Tenía una llave colgada del cuello que pertenecía al estante donde estaban los Raros y Valiosos. Más de una vez me demoré en entregarle un libro y más de una vez me persiguió por toda la escuela hasta lograr que yo se lo entregara. Pero la cultura de Sara y mi ambición de saber originaron muy buenos y fructíferos diálogos con ella. Para nosotros era sagrado el horario de biblioteca porque los profesores daban una bibliografía que superaba con creces a la que se nos entregaba. Un rasgo del profesorado era su juventud. Muchos apenas nos sobrepasaban en edad, sin embargo, al actuar en el aula, se veía la profunda preparación que realizaban para ello. Otros eran menos jóvenes. Y ocurrían hechos singulares. Rivalidades entre los ya establecidos creaban problemas para un desarrollo más integral, en el sentido de que los estudiantes pudieran percibir los distintos métodos, ideas y teorías que servían de base a sus proyecciones como investigadores o como ensayistas de la historia. Si te confieso quiénes influyeron más en mí en lo referente a la búsqueda de un método de investigación, al desarrollo de un pensamiento histórico y a las estructuras lógicas de exposición, debo decirte que ninguno fue profesor de la Escuela de Historia. Aplicaba el método de Luz y Caballero: “Todas las escuelas y ninguna escuela, he ahí la escuela”. Ya hablé de dos personas que sentaron profundas bases en mi modo de sentir la historia, el doctor Fernando Portuondo y del Prado y la doctora Hortensia Pichardo Viñals. Esa influencia venía desde el Instituto de La Víbora y se centraba fundamentalmente en el carácter patriótico de la historia y en la exigencia en el modo de reconstruir a través de los documentos un hecho, un proceso histórico. Sin duda, en mi generación el libro que ocasionó mayor impacto lo fue el de Manuel Moreno Fraginals titulado El Ingenio. Complejo económico social cubano del azúcar, publicado en 1963. El debate en torno a las tesis de Moreno que contradecían muchas de las tesis tradicionales cubanas, pero con una amplia base documental y estadística, creo que marcó a toda mi generación, tomase el partido que tomase frente a la obra de Moreno, aunque sin duda teniendo a esta como punto de referencia obligado. Y este debate se hizo con la publicación solo del primer tomo, pues los otros dos salieron cerca de quince años después. En lo personal me unió un fuerte vínculo de trabajo al doctor Luis Felipe Le Roy y Gálvez. Puesto que entre mis inquietudes estuvo el tratar de reconstruir el papel de las principales instituciones en Cuba, como es el caso de la Universidad de La Habana, la Iglesia católica, la masonería y la Sociedad Económica de Amigos del País, busqué un rinconcito casi escondido de nuestra Colina Universitaria, el Archivo Histórico de la institución, que se encontraba frente a la entrada del edificio Enrique José Varona y al que se accedía por una pequeña escalera que casi disimulaba la puerta de entrada, pero una vez dentro descubríamos una de las más maravillosas colecciones de documentos, fotos, recortes de periódicos, libros antiguos —entre los que se hallaban los primeros estatutos de la Universidad escritos en 1734— perfectamente organizados por Le Roy. Debo confesar que uno de los dolores que hoy llevo por dentro es haber visto cómo fue desmantelada aquella joya que contenía tanta historia y que de tanto me sirvió. De Le Roy recibí —él era químico devenido en historiador de la Universidad por su entrañable amor a la institución— la visión detectivesca para seguir las pistas que iban dejando los trazos de la historia y que permitían reconstruir procesos y situaciones. En aquel lugar encontré, y creamos una gran amistad, a una generación un poco mayor que la mía de excelentes investigadores y, sobre todo, de una cultura poco común. Solo te menciono tres, Delio Carreras, Tirso Clemente y Gregorio Delgado, este último uno de los más trascendentes historiadores de la medicina en Cuba. Otro de los historiadores que me apasionó en aquellos tiempos juveniles fue el doctor Juan Pérez de la Riva. Él había estudiado en Francia e introducía los estudios estadísticos, cuantitativos, con una cierta influencia de la llamada Escuela de Anales francesa. Se introdujo en temas como “La historia de la gente sin historia”, “La visión antioligárquica” y por él me acerqué a algo que estuvo de moda en aquella época, la Cliometría o Historia Cuantitativa.
Un último nombre que no puedo dejar de mencionar, por lo que significaron sus libros y sus estudios sobre la economía cubana, es Julio Le Riverend; su obra constituyó una sólida base para introducirnos en estos temas. También en esa época se produjeron los primeros estudios de la historia de la vida cotidiana, pero te confieso que sentía ausencias importantes en lo que yo quería hacer. Se publicaron libros que exponían distintas corrientes, como Apología de la historia, de Marc Bloch, que era una exposición de la, por entonces, afamada Nouvelle historie française, y el libro de Seignobos y Langlois, Introducción a los estudios históricos, que era una detallada exposición del método del positivismo histórico. Fueron varios los historiadores que, en sus obras, exponían sus concepciones y métodos, y que enriquecieron nuestra cultura del hacer y pensar la historia.
Sin lugar a duda los estudios más serios en estos terrenos tenían que ver con las corrientes de pensamiento que daban base a las ciencias sociales. Fue la lectura y discusión alrededor de las obras de Carlos Marx, Federico Engels y Vladimir I. Lenin las que ocuparon espacios mayores en los estudios de aquellos tiempos. Cierto es que la mayor difusión la tuvieron los manuales soviéticos, pero cierto es igualmente que los debates en torno al marxismo y a la revolución o a la no revolución tuvieron un importante número de obras y escritores, muchos de los cuales fueron traducidos y publicados en Cuba, como Crítica de la razón dialéctica, de Jean Paul Sartre, los de Mandel, los de Grigorievich, los de Althusser y en particular los del estructuralista Lévi-Strauss, Pensamiento salvaje y Antropología estructural.
Entre nosotros quizás las polémicas más importantes fueron las relativas a los manuales, en tanto entendíamos que para los estudios científicos y de cambios sociales que requería Cuba los manuales soviéticos más que síntesis eran simplificaciones, y tenían como objetivo final la visión de una revolución en la cual la voluntad de los hombres no alteraba el resultado. El socialismo era inevitable; la evolución era teleológica; en ese sentido, los cambios de época, los conflictos sociales, las acciones decisivas siempre tendrían un resultado predecible. El marxismo que me era más cercano, por el contrario, era por necesidad antidogmático porque era hijo de la Revolución cubana, muy distinta histórica, geográfica, económica y socialmente a lo que se estaba construyendo en la Unión Soviética. Se trataba de cómo pensar con cabeza propia para construir desde nuestra realidad un socialismo en rigor consecuente con la creación de una Cuba nueva, pero que, ante todo, seguiría siendo una Cuba cubana, entre cuyas raíces estaba la visión internacionalista mambisa, el humanismo y la problemática social generada por siglos de esclavitud, de dominación, segregaciones y de intentos fallidos de independencia total. Martí era el referente obligado al que yo añadía a Varela, Luz y Caballero, Céspedes y Maceo. Era un mundo de debates intelectuales, por lo que vivir aquellos tiempos era adentrarse en los eruditos y fervorosos polemistas que ofrecían diversas interpretaciones. Aquí solo he hecho un recordatorio apresurado, por lo que son numerosos los autores ausentes de esta relación.
Efectivamente en todas las conferencias de Ciencias Sociales en que participé en la universidad obtuve diversos premios, aunque ahora no recuerdo el título de las ponencias.

La pasión por los estudios no solo de historia sino de filosofía, sociología y en general de las ciencias sociales, materias que, por supuesto, eran debatidas entre los jóvenes estudiantes y profesores, no nos quitaba la alegría de vivir, sino que, por el contrario, salir de la biblioteca para ir a tomar el café del comedor universitario, sobre todo el del mediodía y el de la tarde, era un irreverente acto religioso. En aquella cola, que por cierto molestaba poco, porque el tiempo se empleaba entre chistes, pujos y buenas discusiones en las que arreglábamos al mundo y dirigíamos el país con las últimas ideas que alguien traía de cómo resolver tal o más cual problema, pasábamos momentos maravillosos. He sentido mucho la pérdida del horario del café que, además, permitía disfrutar la presencia de nuestras bellas compañeras universitarias. Por lo general después de aquel café un buen grupo terminaba en el famoso “banquito” del vestíbulo del edificio Dihigo. Muchas de las conversaciones de allí deben haber quedado en el recuerdo de los que nos reuníamos, algún que otro con una voz de tenor a lo Plácido Domingo que hacía retumbar el cerrado edificio y alguien le llamaba la atención. Otros se sentaban en la escalera de entrada, por supuesto había muchas parejas. Aquellas conversaciones estábamos seguros de que nadie las iba a reproducir después, y yo no me siento con el derecho de violar ese principio. Mas no fue solo el “banquito” del vestíbulo del Dihigo. Las mañanas recorriendo las plazas universitarias; las asambleas por tantos motivos que ya no recuerdo qué motivó la mayoría de ellas; el famoso “parque de los cabezones”, nombre impropio más muy juvenil del lugar donde están los bustos de Félix Varela y de Luz y Caballero; los atardeceres en la entonces Plaza Cadenas, que por alguna razón inexplicable cambió el nombre a Plaza Agramonte; mi otra biblioteca, la Central de la universidad, a la cual entraba como quien entra en un templo; y las bromas de buen y mal gusto que formaban parte de ese mundo de jóvenes con las más diversas características hacían muy completa la vida universitaria. ¿Amores universitarios? ¿Es posible que alguien no los haya tenido? ¿Es posible que esos amores, con una buena carga romántica y con toda la pasión de la edad, no conformen esos recuerdos inolvidables que nos acompañarán hasta el último momento de nuestras vidas? Así dejo mi respuesta a esta pregunta.
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El Departamento de Filosofía y la revista Pensamiento Crítico. Los inicios como profesor
Estudiaba el primer año de la carrera de Historia cuando se presentó una convocatoria selectiva para formar profesores de filosofía en el Departamento de Filosofía. En verdad fue una selección hecha, por los profesores del Departamento, de los alumnos que en diversas carreras presentaban los mejores expedientes y una inquietud dirigida al pensamiento teórico y a la revolución práctica. Mi grupo estuvo formado por personas que venían desde Matemática, Economía, Ciencias Políticas, Letras e Historia, según mis recuerdos. El edificio del Departamento se encontraba en la calle K entre 25 y 27, en El Vedado, la edad promedio de sus miembros no llegaba a los treinta años. Los que pasaban de este límite eran para nosotros “los viejos cabezones” o “las vacas sagradas”. Se inició un curso muy intenso, y en 1969, luego de aprobar todos los exámenes, ingresé en el profesorado universitario como Instructor graduado, o sea, profesor de Filosofía del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana. A finales de la década de los sesenta y comienzos de la de los setenta del siglo pasado, el mundo universitario era muy movido y se efectuaban bruscos cambios. El Departamento, centro de polémicas importantes en lo referente a las tesis vinculadas al desarrollo del proceso revolucionario, es disuelto en 1971 junto con la revista Pensamiento Crítico dependiente de este. Nunca hubo razones claras del porqué de esta decisión, ni explicaciones. Lo cierto es que fuimos desintegrados y muchas personas que dirigían en esferas científicas y universitarias nos tomaron como “revisionistas”, “desviados ideológicos”, y no sé cuántos otros epítetos acusatorios nos endilgaron, dentro de un extraño silencio de las causas. Pero creo que lo mejor del proceso fue que, pese a todos los hostigamientos, la conducta ética, la entrega al trabajo, el estudio constante y la solidez de los principios marcaron nuestra actitud. Entonces pasé a integrar los grupos de investigaciones de la Facultad de Humanidades. Mi grupo era el de estudios de religión. Yo desarrollé dos temas que con anterioridad y con posterioridad he seguido investigando, el de la Iglesia católica y el de la masonería. Como no había concluido mis estudios de Historia, al pasar a los de investigaciones decidí concluir la carrera, pedí autorización y efectué los exámenes correspondientes a segundo, tercero y cuarto años durante un curso académico. Eso me obligó a hacer, a veces, más de un examen en un día. Pero los concluí exitosamente. Al año siguiente hice las asignaturas de quinto año y presenté la tesis. Por supuesto que mi tesis resultaba extraña en el conjunto de temáticas que por entonces se defendían. Era sobre la historia de la masonería en Cuba. Obtuve así el título de Licenciado en Historia en 1973. Fue un buen récord.

Tres cosas me parecen imprescindibles señalar del Departamento de Filosofía. La juventud de sus miembros que iba unida a la osadía del pensamiento. Veíamos todo como un proceso de cambio y quizás exagerábamos en esa intención de crearlo todo nuevo. El segundo elemento era la fidelidad a la Revolución. Tuve la suerte de efectuar con un grupo de colegas del Departamento, en septiembre de 2013, el aniversario 50 de su creación. Prácticamente estábamos todos. Por distintos caminos y en circunstancias diferentes nos habíamos mantenido fieles a nuestros ideales juveniles. Me enorgullece haber pertenecido a un colectivo como el que se creó allí. El tercer aspecto que me parece notable es que, pese a la juventud del grupo o por eso mismo, por sus ansias de saber y hacer —una de las frases más socorridas entonces era “La praxis es el criterio de la verdad”—, aún hoy al leer aquellos escritos, los publicados y los no publicados, no deja de asombrarme la calidad y en algunos casos la profundidad con que nos acercábamos a los más diversos temas: marxismo, revolución, Tercer Mundo, la construcción del socialismo, la historia de la filosofía y el pensamiento cubano. Lo que aprendí en el Departamento me es difícil sintetizarlo. Estimo que dos cosas fueron fundamentales: aprender a romper esquemas liberando el pensamiento y profundizar en las raíces más auténticas de la revolución cubana y, en particular, del pensamiento revolucionario cubano. Después de las intensas lecturas de ese período ya no pude abandonar la búsqueda permanente de la Cuba cubana y socialmente justa que queríamos construir. Otro aspecto que considero me marcó fue el hecho de que en el Departamento encontrara un grupo de Lógica Matemática. Opino que todos los que balbuceamos en la lógica matemática, de un modo u otro, la hemos tenido como un componente importante a la hora de la estructuración lógica de nuestros trabajos. En cuanto a la revista Pensamiento Crítico, en septiembre de 2013 presentamos un multimedia que contiene la colección completa de la revista. Este trabajo realizado en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí lo llevó a cabo la investigadora Vilma Ponce. Es conocido el vínculo estrecho entre el Departamento de Filosofía y la revista Pensamiento Crítico. Las unía no solo las personas que compartían ambos espacios, sino también las inquietudes y los compromisos con el proceso revolucionario. Quizás sobre la revista te hubiera dado distintos criterios si me hubieras preguntado hace veinte años o hace treinta. Pero lo más genuino de lo que hoy te diría es que constituye un exponente del pensamiento crítico de los jóvenes que se reunían en el Departamento de Filosofía y fuera de él, todos envueltos en un apasionado y apasionante debate sobre cómo crear un mundo mejor y, para ello, cómo crear un hombre mejor. No hubo tema vedado en el conocimiento y en la búsqueda, sobre todo respecto a nuestra América Latina, el llamado Tercer Mundo y nuestro proyecto de Revolución. Pensar críticamente es correr todos los riesgos, pero, como afirmó Alfredo Guevara en esa revista, “practicar la herejía es fuente de profunda satisfacción”. No se trata de la crítica por la crítica misma, del debate por el ejercicio de una escolástica en el cual lo importante es el debate y no el contenido. Pensamiento crítico es pensar la realidad, sus posibles interpretaciones y sus posibles cambios. La revista Pensamiento Crítico a mí me asombra por lo que hizo y por lo que logró en el corto tiempo en que existió. No obstante, me entristece pensar que en aquel entonces ese tanque de pensamiento era muy joven y si hubiese continuado surge la pregunta: ¿Hasta dónde hubiera llegado el pensamiento teórico y de la praxis revolucionaria cubanos? El Departamento de Filosofía fue esencialmente antidogmático porque la Revolución misma rompía esquemas y dogmas. Si de algo debíamos cuidarnos era en no convertir el antidogmatismo en una nueva forma de dogmatismo.
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Qué le enseñó el estudio de la Historia
Ante todo, conocer mejor quien soy y nutrirme de un grupo de principios y normas de vida emanados de esos estudios. Incidió sobre todo en mi ética profesional y en mi actitud en la vida cotidiana. Me hizo más culto, me abrió horizontes, me disciplinó la vida y me permitió entender mejor la experiencia humana. Muchas veces, en el arte de enseñar y de enseñar historia, al hablar con los estudiantes uno recibe, a veces con una mirada, otras con una frase, la sensación de que ha ayudado a que otros encuentren un buen camino. Me enseñó a ser profesor, a interrogar no solo el pasado sino la vida, a ser exigente en mi condición de profesor, que no solo tiene en cuenta lo que tiene que enseñar, sino cómo lo enseña; en resumen, me hizo mejor ser humano. Me permitió tener más el sentimiento de amor que el sentimiento de odio. Este último no aparece ni en mi diccionario ni en mi actitud ante la vida.

