Lourdes González Herrero lo hace de nuevo: Nos sorprende, como si ella misma fuera María toda, o estuviera inmersa en un inacabado Ensayo. Esta vez, reaparece con lo que ha dado en nombrar El libro discontinuo (Ediciones La Luz), una colección espléndida de más de un centenar de minitextos que no pueden ser considerados minicuentos en su sentido estrecho, sino más bien reflexiones filosóficas en tanto pensamientos, definiciones conceptuales del largo transcurrir de una vida que si no resultó enteramente satisfactoria, deja el sabor de una obligada esperanza, de un estoicismo que conmina a la felicidad, sin que se perciba resignación pasiva.

Los temas, de forma efectivamente discontinua, saltan de las interioridades del mundo de la creación literaria (entiéndase la impostergable necesidad de dejar constancia de la existencia humana y de cuanto la rodea; de las funciones inherentes a la edición, oficio que la autora practica desde hace décadas; del mundillo artístico a ratos fatuo, impostado, y sobre todo de la misión que lleva implícita el acto de escribir).

“(…) Podría decirse que en la discontinuidad de estas páginas se refleja una Lourdes González en su estado más lírico, más profundo”.

“La escritura suspende nuestra historia (nos dice) disipando la realidad para que no moleste con sus amenazas. De eso se trata, de estallar y volver recuperados, de volar por los aires y reaparecer íntegros”. Y más adelante, insiste en el tema casi obsesivo en el libro discontinuo: “Si la literatura sirve para añadir salidas a las convivencias desafortunadas debe servir también para enseñarnos a encontrar el regreso”.

La felicidad como concepto revolotea sobre las páginas de este volumen, como ya dije, casi un compendio de reflexiones filosóficas. No percibimos ni facilismo ni poses románticas, no hay ningún atisbo de puerilidad en cuanto a la concepción de felicidad que la autora expresa, sino su propia admisión de la dicha que debe encontrarse a pesar de los pesares. Podría decirse que en la discontinuidad de estas páginas se refleja una Lourdes González en su estado más lírico, más profundo. “Los problemas que son temporales no tienen resonancia alguna”, nos dice, para luego reafirmar su irrevocable resiliencia ante la corrosiva cotidianidad “A pesar del lastre que envilece, a pesar de la duda, hay que ser feliz”.

La amistad como recurso salvador, el vínculo familiar (madre, padre, hijo), viñetas de viajes, anécdotas de eventos culturales, y el amor desde el prisma de quien ya está de vuelta, de regreso de fracasos y de algunos momentos de plenitud, son también objeto de estas profundas páginas donde la autora se desnuda para nosotros, sin guardarse nada, como quien cumple la sentencia atribuida a Maya Angelou: “No hay agonía como la de llevar una historia no contada dentro de ti.”

“(…) el amor desde el prisma de quien ya está de vuelta, de regreso de fracasos y de algunos momentos de plenitud, son también objeto de estas profundas páginas donde la autora se desnuda para nosotros (…)”.

Desde mi apreciación de lectora de muchos de sus libros, puedo afirmar que la discontinuidad de este libro de Lourdes González es casi una trampa, nacida de su experimentada habilidad para crear personajes, ambientes, contextos, en este caso los suyos propios. Porque sin dudas es ella y no una figura ficcional la que nos conmina a reflexionar, o a asombrarnos, o a meditar la intensidad de las definiciones que nos ofrece.

No se trata de textos evasivos, sino de todo lo opuesto. Sin redundar en las condiciones en las cuales nos vemos inmersos, ella, con suma elegancia resume la precariedad de nuestras vidas con frases como “Tendremos que regresar al estoicismo”, gracias a lo cual impide no reconocernos. En este libro discontinuo pero llevado con mano maestra, encontraremos respuestas a conflictos existenciales que ni siquiera sospechábamos. Celebro el nacimiento de este volumen, que reafirma la autenticidad sobrecogedora que Lourdes Gonzáles nos obsequia.